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TRIBUNA ABIERTA

La ciencia política estadounidense: una ciencia al servicio del neoliberalismo

Conocida como pluralismo político, cuyo máximo representante es Robert Dahl, es la visión de la ciencia política que justificó el orden neoliberal presentado desde la academia como lo más adelantado a lo que podemos aspirar.

Jueves 8 de septiembre de 2016 | 23:41

El periodo histórico que va desde la década de 1980 hasta la fecha fue una época caracterizada por la caída de la URSS y por lo tanto el triunfo definitivo del imperialismo estadounidense.

Fenómenos económicos como la liberalización extrema del mercado y su contraparte, la precarización extrema de los trabajadores en el mundo; fenómenos políticos como la extensión de la democracia liberal a la mayor parte del mundo y fenómenos ideológicos como el triunfo del individuo sobre los colectivos sociales, sentó las bases para extender la ciencia política estadounidense como lo más afín a los regímenes democrático-liberales del mundo.

Conocida como pluralismo político, cuyo máximo representante es Robert Dahl, es la visión de la ciencia política que justificó el orden neoliberal presentado, desde la academia como lo más adelantado a lo que podemos aspirar, lo más compatible con la democracia o lo mejor que la humanidad ha podido dar para vivir en civilidad y pacíficamente.

Sin embargo, detrás de la fachada “democrática” del pluralismo político lo que se esconde es una visión elitista conservadora y de raíz aristocrática que sustenta el orden neoliberal donde millones viven bajo condiciones miserables y sólo un 1% de la humanidad más rica -la burguesía internacional más poderosa- es la que disfruta de los beneficios del trabajo ajeno. Sumado a la ideología liberal de la democracia que supone que los explotados y oprimidos no pueden hacer política porque no tienen la capacidad para hacerla, sólo se les permite escoger quién será el nuevo “jefe político”, quién se encargará de hacer cumplirlos dictados de los organismos internacionales que incluye más precarización y violencia para las grandes mayorías.

El modelo pluralista surge en Estados Unidos tiene sus bases en la llamada revolución “behaviorista” durante la década de los treintas y cuarentas del siglo XX y el desarrollo de la perspectiva pluralista a partir de la década de los sesentas. El modelo pluralista propone la necesidad de que las élites en competencia se puedan agrupar desde los partidos políticos. En vez de una sola élite política que haya una pluralidad de élites en competencia que se legitimen con mecanismos jurídicos y constitucionales ante los diversos sectores de la sociedad. El concepto que utiliza Robert Dahl para explicar las relaciones e interacciones entre las distintas élites es el de “poliarquía”.

No hay en la realidad un régimen totalmente democratizado… cabría considerar a las poliarquías como regímenes relativamente (pero no completamente) democráticos; dicho de otra forma, las poliarquías son sistemas sustancialmente liberalizados y popularizados, es decir, muy representativos a la vez que abiertos al debate público (Dahl, 1997: 18)

Hasta aquí parecería que el pluralismo político es de lo más democrático que existe pero es muy reveladora su visión acerca de la política la democracia y el Estado y aquí es donde entramos en terreno espinoso para el pluralismo político. Si la concepción de la democracia está vinculada a las distintas élites en competencia por medio del consenso. Es decir que el procedimiento electoral sea igual para todos los competidores. Dan por hecho que las mayorías a la única democracia a la que pueden aspirar es a escoger quien los va a gobernar cada determinado tiempo.

En suma, la democracia no significa ni debe significar que el pueblo gobierne efectivamente en ninguno de los sentidos evidentes de las expresiones pueblo y gobernar. La democracia significa tan solo que el pueblo tiene la oportunidad de aceptar o rechazar a los hombres que han de gobernarle (Shumpeter: 1996 204)

Por lo tanto la concepción de la democracia se reduce a un proceso de toma de decisiones de minorías políticas y en consecuencia la estabilidad de la democracia dependería de saber escoger buenos líderes.

Según Robert Dahl “la política es una relación entre los actores en la que un actor induce a otros actores a actuar de una forma que de otra manera no actuarían “(Dahl, 1968:52). Por un lado, la concepción de la política es vista como una relación entre las distintas élites a partir de negociación y conflicto por vía institucional, es decir, las decisiones de los órganos de gobierno que se toman en los parlamentos o senados. Por otro lado, el grado de influencia que tienen sobre el electorado.

Su visión de la política solo está en las élites que son las que toman las decisiones en los parlamentos y/ o senados. El proceso político tendría como fin la maximización de las preferencias individuales. Mientras su visión del estado se encuentra en un Estado mínimo, es decir, un estado que intervenga sólo para salvaguardar los intereses de las élites. Incluso sustituye el concepto de Estado por el concepto de sistema político. Es aquí donde entramos en el terreno de la ciencia.
David Easton aportó al modelo pluralista centrarse en el estudio de las actividades, particularmente las acciones y relaciones sociales. La construcción de modelos de análisis que simplifiquen el proceso político basado en el comportamiento político electoral en un marco técnico-instrumental. Al cual le llamó el sistema político. Easton define el sistema político como cualquier pauta de interacciones relacionadas con alguna forma de poder a partir de una distribución imperativa (autoritaria) de valores.

Obviamente esos valores son los valores de la clase dominante que en la ciencia política se expresa en la visión liberal. Es decir tanto en su discurso político como en su discurso científico expresa connotaciones valorativas ideológicas de corte liberal o neoliberal. La ciencia política norteamericana conocida con el nombre de pluralismo político es expresión de un orden mundial unipolar basado en el consenso.

Esta visión hegemónica sobre la política, la democracia y la ciencia forman un todo coherente que, en los hechos, separan lo político de lo social, dejando la política en manos de las élites del consenso que son quienes toman las decisiones que nos afectan, mientras que al resto de la sociedad, en cuanto a su participación política se les reduce a seguir una normatividad técnico instrumental reflejada en el voto electoral, es decir, solo obedecer, mientras las élites mundiales votan planes de ajuste en contra de estas mayorías y despliegan toda la violencia del estado a quienes se oponen. Es aquí donde está el consenso neoliberal.

Hasta el final es un falso pluralismo porque a pesar de que haya distintas élites en competencia no hay diferencia en cuanto a su política de clases sociales, es decir, se sigue privilegiando las políticas de mercado que se traduce en más precarización y más violencia para los sectores explotados y oprimidos. Desde la gama política que va desde la derecha, centro e izquierda han mantenido el orden neoliberal del consenso. La difusión de un consenso neoliberal tanto a nivel económico local y global como a nivel político internacional se desprende que la política está sujeta al mercado y no a la política. Quien fija las metas políticas y sociales es el mercado y no la sociedad. Es una mercantilización de la política, las élites del consenso ven la política en términos de costo beneficio, es decir, desde un punto de vista estrictamente económico.

Por lo tanto, este modelo de ciencia política, donde el concepto de ciencia converge con una aceptación particular de la política, la democracia y el estado para mantener un orden; donde los valores del liberalismo son presentados como lo mejor a lo que podemos aspirar, justificado por el consenso de la ideología liberal, en la práctica, deriva en una visión elitista, aristocrática y de raíz conservadora.
La conclusión es que este escenario es propicio para el surgimiento de opciones políticas fundamentalistas de ultraderecha o el surgimiento de opciones políticas revolucionarias que se propongan conquistar el poder político. En lo personal me identifico con la segunda opción.

Bibliografía

  •  Gonzalo Eduard y Requejo Ferran. “Las democracias” en Manual de Ciencia Política. Editorial Técnos, Madrid, 1996
  •  Dahl Robert. (1997). “Democratización y oposición pública” en La poliarquía participación y oposición. Editorial Técnos, México, 1997.




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