Cultura

LITERATURA

La carne (y la obsesión del tiempo) de Rosa Montero

La escritora española pasó por Buenos Aires para presentar su novela. La carne ensaya una reflexión sobre el paso del tiempo en una historia con algo de suspenso, mucho deseo y desesperación.

Celeste Murillo

@rompe_teclas

Domingo 30 de octubre de 2016 | Edición del día

La Buenos Aires que recibió a Rosa Montero el jueves en El Ateneo Grand Splendid todavía respira el aire agitado del 19 de octubre y las marchas contra los femicidios. Y aunque La carne (Alfaguara) no es una historia sobre la violencia, llega a una ciudad donde la movilización de las mujeres empuja muchos debates desoídos o banalizados en la cotidianeidad: estereotipos, belleza, amor romántico, deseo.

Rosa Montero confesó en varias oportunidades estar obsesionada con el paso del tiempo y que su pasión por la literatura, género que practica junto al periodismo hace varias décadas, tiene mucho que ver con su pelea contra la muerte. Pero advierte que no le tengan pena porque, según dice, quien piensa mucho en la muerte está lleno de vida. Quizás el mayor temor sea al deterioro y las vidas precarias, las únicas promesas de esta sociedad para la humanidad.

Una de las cosas más ridículas que la edad conlleva es la cantidad de trucos, potingues y ortopedias con los que intentamos combatir el deterioro: el cuerpo nos va llenando de alifafes y la vida, de complicaciones (77).

La protagonista de La carne también está obsesionada con el paso del tiempo, por las cicatrices físicas y emocionales, pero no por eso se priva de tratarlas con ironía y humor: “A cierta edad, plantearse hacer el amor con alguien exigía una planificación y una intendencia tan rigurosas como la campaña de África del general Montgomery” (78).

A punto de cumplir 60 años, Soledad acaba de terminar una relación con un hombre más joven que ella, casado con una mujer aún más joven y con quien pronto se convertirá en padre. Un encuentro en la Ópera para ver Tristán e Isolda de Wagner –un placer al que Soledad lo introdujo– dispara su brote de cólera y venganza.

A su edad, cada día era un desperdicio. A su edad estaba entrando ya en el tiempo de los perros: siete años por cada año humano (…) así de definitivos y de vertiginosos eran los cambios y las pérdidas.
Miedo
(30).

Así inicia la historia de esta curadora de museos, que decide contratar los servicios de un escort para despertar celos y remordimiento en su examante y termina enredada en una trama cruzada por el suspenso, algunas mafias, mucho desamor y miedo al futuro. Por pedido explícito de la autora, que en la página final pide a sus lectores y lectoras que guarden silencio sobre la historia para no arruinar la tensión, no incurriremos en spoilers.

La primera frase de La carne dice, “La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir” (9). Soledad Alegre no vive alegremente su soledad sino como una condena, y no porque sea infeliz. A pesar de ser reconocida por su trabajo (está preparando una gran exposición, la otra gran historia de la novela), vive atormentada en una sociedad que no tolera la vejez y mucho menos a las mujeres que llegan a ella solas y sin hijos. Este estigma, que aparece silencioso a veces y a bocajarro otras, la persigue y la empuja a la desesperación.

…ese no que la marcaba como mujer no madre y que la lanzaba a la playa de los desheredados, como un resto sucio de tormenta marina, porque los prejuicios sociales eran inamovibles en ese punto y toda hembra sin hijos seguía siendo vista como una rareza, una tragedia, mujer incompleta, media persona… (107).

Lo mejor de la historia es que el de Montero no es un relato de autocompasión ni de derrota. Más allá de los momentos de ansiedad, de inmadurez o de laberintos con exceso dramatismo (como la vida misma), la batalla encuentra su curso aunque la guerra tenga siempre el mismo final inexorable. La protagonista se encuentra ensimismada en su individualidad, cuando una serie de acontecimientos la hacen verse “a sí misma por un instante dentro del todo, microscópica e igual” (230).

En ese “dentro del todo”, es capaz de ver otras vidas que no han sido fáciles, de otras personas con deseos e insatisfacciones, como el mismo Adam, el gigoló ruso que sueña ascender socialmente, o Jerusalém, que llega a España engañada por una red mafiosa, o su vecina Ana, esa periodista y madre soltera que lucha por consagrarse como escritora aunque más no sea para pagar su hipoteca.

La carne recorre los miedos cotidianos de Soledad y de casi todas las mujeres, en una sociedad que no solo las coloca en un lugar de desigualdad sino que las enfrenta en una competencia encarnizada contra el paso del tiempo y entre ellas mismas.

Los malditos, la otra historia

Hay una historia paralela en la novela, la preparación de la muestra Escritores malditos, mediada por la competencia con Marita Kemp, una arquitecta joven que llega a hacer temblar los cimientos de su reino profesional. En uno de sus primeros enfrentamientos, Soledad es desafiada a definir qué es un “maldito”, para lo que ensaya como respuesta:

Ser maldito es saber que tu discurso no puede tener eco, porque no hay oídos que lleguen a entenderte (…) Ser maldito es no coincidir con tu tiempo, con tu clase, con tu entorno, con tu lengua, con la cultura a la que se supone que perteneces. Ser maldito es desear ser como los demás pero no poder. Y querer que te quieran pero sólo producir miedo o quizá risa. Ser maldito es no soportar la vida y sobre todo no soportarse a ti mismo (24).

¿No encierra esa descripción muchos de sus miedos, sus contradicciones y ansiedades? ¿Habla de los escritores, de ella, o de todos?

Mientras se desarrolla la historia de Soledad, leemos las vidas alucinantes, desdichadas o desesperadas de escritores como William Burroghs, que antes de destrozarle la cabeza a su esposa mientras imitaba a Guillermo Tell se había cortado una falange para probarle su amor a un amante. La de Phillip K. Dick y los fantasmas que lo persiguieron hasta la tumba, María Luisa Bombal, María Carolina Geel o Josefina Aznárez. O la de Ulrico von Liechtenstein, que se rebanó el meñique y se lo envió bañado en oro para que su amada Teodora (esposa del duque Leopoldo de Austria) lo utilizara como señalador.

Una de esas joyas (que sin duda merece su propia historia) es la de la “escritora maldita” María Lejárraga, esposa del escritor Gregorio Martínez Sierra, que firmaba todas las piezas que ella escribía. Condenada a vivir a la sombra de la fama de su esposo ideó sin embargo venganzas brillantes, haciéndole pronunciar discursos feministas y proclamas en defensa de la voz de las mujeres. El exilio marcó Buenos Aires como destino, donde moriría casi 100 años después de su nacimiento. En un cóctel caprichoso de épocas, su historia resonó en la misma ciudad pero en 2016, en lo que supo ser el Cine Teatro Gran Splendid. Esa Buenos Aires mantiene intactas las cicatrices de los prejuicios que conoció Lejárraga, pero alberga hoy en sus calles a las que se resisten a perecer en la sombra de alguien.




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