Economía

OPINIÓN

La caída del precio del petróleo o el hechizo del oro negro

Sábado 29 de noviembre de 2014 | Edición del día

Los precios internacionales del petróleo acumulan un descenso de más de 35% desde mediados de junio. La cuestión se agravó con la reciente negativa de la OPEP a recortar la producción de crudo. Abordamos las raíces de este fenómeno en Causas que explican la caída de los precios de las materias primas. Trataremos aquí algunas de sus posibles consecuencias.

Una mirada británica

En una extensa nota titulada Ganadores y perdedores, The Economist sintetiza los probables efectos contradictorios de la caída de los precios del petróleo. Recuerda que a principios de año, el FMI pronosticaba que el PBI mundial podía disminuir entre el 0,5 y 1,5% si se producía un shock petrolero a consecuencia de la guerra de Irak. Sin embargo, dice The Economist, el ISIS sigue avanzando, Rusia, el tercer mayor productor del mundo, continúa envuelta en el conflicto de Ucrania. Irak, Siria, Nigeria y Libia, todos productores de petróleo, transitan procesos convulsivos. Pero el precio del crudo Brent cayó más del 35% y según el FMI una reducción del 10% en su precio se asocia a un incremento del 0,2% del PBI mundial. Una caída de los precios aumenta normalmente la transferencia de recursos desde los productores hacia los consumidores. El mundo produce poco más de 90 millones de barriles diarios de petróleo. A 115 dólares por barril se produce un valor aproximado de 3,8 billones al año y ya a 85 dólares, el monto se reducía a 2,8 billones. Beneficiándose de este modo los países consumidores con la transferencia de 1 billón de dólares.

Esta situación, según el semanario británico, favorecería a China que es el segundo mayor importador neto de petróleo. Mientras tanto, el impacto en Estados Unidos sería mixto porque el país es a la vez el mayor consumidor del mundo, importador y productor. La extracción de petróleo de esquisto es costosa de modo que Estados Unidos es uno de los primeros candidatos al retiro de inversiones cuando el precio internacional cae. Barclays señala que una caída de 20 dólares en el precio mundial del petróleo reduce los ingresos de los productores estadounidenses antes de intereses en un 20% y sólo 4/5 partes de las reservas de esquisto serían rentables como para extraer petróleo con la tecnología actual y un Brent en torno a los 85 dólares que continuó descendiendo. La velocidad a la que puede disminuir la producción como resultado de esta situación sin embargo, no está clara ya que los costos de los productores varían y el impacto se modifica también según la región. Como comprador, Estados Unidos debería beneficiarse ya que es importador neto, sin embargo este efecto es menos importante que antiguamente porque el petróleo está disminuyendo su lugar en la economía norteamericana.

The Economist considera que en el sector en el que más influiría la caída del precio del petróleo es en las políticas monetarias. Con una inflación por debajo del objetivo del 2%, la caída de los precios podría conducir a la FED a mantener las tasas en cero por un tiempo más largo e incluso a promover un nuevo programa de expansión cuantitativa. Sin duda los temores deflacionarios afectan mayormente a Europa. Si bien el petróleo representa el 75% de sus importaciones de energía, la caída de los precios podría echar nafta a la deflación a la vez que complicaría los planes europeos de reducir la dependencia de Rusia. Por otra parte, si para países como la India, Indonesia o para los importadores de petróleo de Medio Oriente, la reducción de los precios podría tener efectos positivos, el resultado sería ambiguo para el caso de Brasil. Si por un lado Brasil necesita un precio alto para atraer inversiones a sus reservas pre-sal, por el otro, un precio bajo significaría un alivio para Petrobrás que importa a precios mundiales y vende a precios subsidiados. Por último, si una nación directamente afectada como Arabia Saudita podría sobrevivir con precios más bajos, no podría hacerlo ni Venezuela, ni Irán, ni Rusia.

Del estancamiento secular al “optimismo secular”

Gabyn Davies –con quien polemizáramos a propósito del estancamiento secular- se entusiasma ahora desde las páginas de Financial Times. Señala que aunque la insatisfacción respecto de la débil y desigual recuperación del PIB mundial desde 2009 abunda y con razón en los círculos políticos y entre los comentaristas económicos respetables, los mercados financieros podrían estar oliendo una mejora cercana en el crecimiento del PBI global. En los últimos días la caída en el precio del petróleo indujo a los bancos centrales a aliviar más aún las condiciones monetarias. Señala Davies que incluso cuando muchos analistas consideran que las políticas monetarias gozan de poca efectividad, los precios más bajos del petróleo, si se mantienen, podrían por sí mismos impulsar el crecimiento del PBI mundial entre 0,5-1,5% el año próximo. Davies realiza la siguiente reflexión que incluye una periodización en tres fases. Desde 2008/9 la combinación de políticas fiscales y monetarias expansivas, habrían funcionado hasta cierto punto, logrando un crecimiento para el año 2010, superior a la previsión.

A partir de 2010 la continuidad de políticas monetarias expansivas se combinó con austeridad presupuestaria arrojando como resultado un crecimiento igual o por debajo de la previsión. Por último desde 2014, comienza una tercera fase en la que se combinan la expansión monetaria con la disminución de las presiones hacia la austeridad fiscal. Si bien es cierto que la Fed y el Banco de Inglaterra detuvieron sus respetivos programas de expansión cuantitativa, no es menos cierto que el Banco de Japón y el Banco Central Europeo, están incrementando sus políticas de expansión monetaria. Incluyendo los recortes en las tasas de interés del Banco Popular de China y siempre según Davies, la tasa global de expansión monetaria de los bancos centrales, se está acelerando actualmente. Señala a su vez que Estados Unidos y Japón están deteniendo sus políticas fiscales contractivas y que en la Unión Europea los planes fiscales restrictivos están siendo reemplazados por políticas más neutrales. En el análisis de Davies, la caída de los precios del petróleo, gozan de una influencia clave en cuanto a reforzar las políticas prevalecientes en la última fase de intervención iniciada en el presente año.

El impacto del precio del petróleo se refracta en el “pensamiento” de los Bancos Centrales temerosos por la caída de la inflación general que aumenta el riesgo de generar una trampa deflacionaria. Puede que no sea suficiente para significar el fin del estancamiento secular, se ataja Davies, pero la nueva combinación de políticas, haría posible que por primera vez en media década, el pronóstico del crecimiento global tenga que ser revisado al alza y no a la baja.

Predilección por las soluciones mágicas

Sin duda la caída del precio del petróleo contribuye a reavivar las tensiones deflacionarias influyendo en el “pensamiento” y las políticas de los Bancos Centrales, como aseguran tanto The Economist como Davies. Mucho menos certero resulta pensar que estas medidas arrojen un resultado superior al obtenido desde 2008/9. Apelando aún a la periodización de Davies, la “tercera fase” ni siquiera contempla medidas de expansión fiscal. Los efectos de la caída del precio del petróleo resultan por su parte, como muestra The Economist, de signo indefinido en muchos casos –como particularmente el de Estados Unidos- y de signo claramente negativo en muchos otros como Rusia, Irán y Venezuela. Resulta difícil ignorar en este escenario desigual la posibilidad de que un “shock” mayor en alguno de esos países enturbie las previsiones tranquilizadoras de Davies. Más aún tratándose, muchos de ellos, de zonas calientes desde el punto de vista geopolítico.

Tampoco puede evitarse pensar en un agravamiento de las tendencias a la guerra de precios tal como comenzaron a ponerse de manifiesto en la negativa de la OPEP a recortar la producción. Por último, y amén de las contradicciones del caso, tampoco puede descartarse que de la comunión de factores alentados por el bajo crecimiento y los peligros deflacionarios, resulte como auguran Davies y The Economist, una leve mejora en el corto plazo. Lo que sí debe desecharse es la ilusión de que la caída del precio del petróleo, que no es más que una humilde consecuencia, pueda alterar ya sea “suficiente” o “insuficientemente” el diagnóstico de estancamiento secular (ver acá y acá). Recordemos que el propio Davies advertía sobre la necesidad de identificar la retracción a partir de 2008 como momento particular de una tendencia de los aproximadamente últimos 40 años y no como un descenso aislado y repentino. Pero sucede que el mundo de la economía tiene una peculiar afición por las soluciones o las explicaciones mágicas.

Lo mismo sucedió con la crisis de los años ’70, muy mal denominada –y no casualmente- “crisis del petróleo”. Es normal. No puede esperarse otra cosa de una teoría que alcanzó su identidad plena en el universo de los fenómenos, dando la espalda a sus sabios interrogantes iniciales. La tesis del estancamiento secular –a la que venimos haciendo referencia en esta columna- en tanto identificación de los hechos, podría ser demasiado “fuerte” y estar demasiado necesitada de explicaciones que superen el mundo de lo fenoménico. Quizá por ello algunos de sus adherentes (no todos) buscan refugio y un potencial alivio a sus propios augurios, en el movimiento descendente de los precios del petróleo.







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