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La caída de Robert Mugabe: de héroe de la independencia a dictador

Después de 37 años en el poder y una semana de crisis política, finalmente Robert Mugabe, el eterno autócrata de Zimbabwe, presentó su renuncia antes de que el parlamento le iniciara un juicio político.

Jueves 23 de noviembre | Edición del día

Foto: Reuters

El fin se precipitó en quince días. El primer movimiento en este ajedrez de fracciones rivales fue de Mugabe, que despidió a Emmerson Mnangagwa, un veterano de la guerra de independencia que hasta entonces se desempeñaba como vicepresidente y era el candidato a suceder al anciano dictador.
El plan de Mugabe era poner en la línea de sucesión directa a su esposa, “Gucci” Grace Mugabe, desplazando el centro de gravedad del poder de las fuerzas armadas a la nueva generación del partido oficialista, la Unión Nacional Africana de Zimbabwe-Frente Patriótico (ZANU-PF) conocida como G40 (generación 40).

La respuesta no se hizo esperar. El 15 de noviembre el ejército decidió que ya era hora de jubilar a Mugabe. Los tanques salieron a la calle, las tropas ocuparon los principales sitios del poder y los medios de comunicación mientras que desde la cadena nacional, el comandante del ejército, el general Constantine Chiwega, rodeado de un centenar de uniformados, insistía que no se trataba de un golpe (Ceci n’est pas un coup d’Etat, dirían Magrette y Foucault).

El único que parecía no haberse dado cuenta que el golpe palaciego ya estaba consumado era el propio Mugabe que intentó durante algunos días hacer de cuenta que no pasaba nada.
Pero el sábado pasado, a los tanques se sumó una movilización de masas. Cientos de miles coparon Harare y exigieron la partida del dictador que hace tiempo ha perdido el aura de héroe de la independencia nacional para transformarse en un autócrata odiado.

Finalmente con la propuesta de impeachment en el parlamento, Mugabe llegó a la conclusión de que no le quedaban factores de poder para resistir: ni el ejército, ni su partido, y menos aún, alguna base popular. Y decidió retirarse, probablemente negociando impunidad y un buen pasar para lo que le quede de vida.

La caída de Mugabe fue producto de una guerra al interior de clase dominante y de sus instituciones de poder y no de un levantamiento popular. Las masas obreras y populares que viven una situación ruinosa, con cifras de desocupación e inflación desorbitantes, y que han soportado décadas de opresión política, fueron convocadas por el ejército para convalidar su golpe palaciego y para ejercer presión y desconvocadas una vez conseguido el objetivo.

En el corto plazo, E. Mnangagwa será el reemplazo del dictador depuesto. Pero está claro que este personaje no tiene ninguna diferencia sustancial con Mugabe, a quien sirvió con lealtad durante décadas. Más aún Mnangagwa es el representante casi en estado puro del “estado profundo”, responsable de la seguridad estatal, y por lo tanto, de la tortura y persecución de dirigentes sindicales, activistas y opositores políticos.

Los militares y sus aliados políticos del ZANU-PF alegaron que Mugabe estaba tratando marginar a la vieja guardia de los “héroes de la independencia” para favorecer una renovación que tenía como referente a su esposa, conocida por sus gustos extravagantes y su debilidad por el consumo suntuario.

Pero lo que está en disputa no es el heroísmo, sepultado hace décadas cuando la guerrilla que dirigía Mugabe triunfó en la guerra de liberación anticolonial y en la guerra civil contra la minoría blanca en 1980.Los viejos combatientes como Mugabe, Mnangagwa y el actual jefe del ejército son grandes millonarios que amasaron sus fortunas administrando el estado y la economía.

El golpe palaciego también ha puesto en juego los intereses geopolíticos y económicos de las grandes potencias en el continente africano. No hay ninguna duda de que Mugabe no era un “antiimperialista”, a pesar de haber encabezado la lucha de anticolonial por la independencia del país (entonces Rhodesia del Sur) de Gran Bretaña. Algún trasnochado todavía le decía “marxista” (por su pasado guerrillero y maoísta) pero el hombre no solo fue un dictador y un homofóbico confeso, sino también un aplicador de planes del FMI. Aunque al verse acorralado haya recurrido a ciertas medidas demagógicas nacionalistas. Entre ella la más importante fue la llamada “ley de indigenización” que obligaba a las empresas extranjeras a ceder el 51% de sus acciones a la “población negra”, amenazando sectores rentables para el capital imperialista como la industria minera.
Esto comprometía inversiones de Gran Bretaña y otros países de la Unión Europea, y fundamentalmente de China que veía peligrar sus intereses en la industria de los diamantes. Mugabe pasó de ser un “camarada” a un potencial peligro para el régimen de Beijing. Quizás por eso, E. Mnangagwa apeló a China, Estados Unidos y Gran Bretaña en su pulseada contra Mugabe.

El presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma, fue quien más expresó preocupación por la estabilidad regional. El fin de Mugabe puede también ser un llamado de atención para otros dictadores que siguen usufructuando un lejano pasado ligado a las guerrillas de liberación nacional. Es el caso de Yoweri Museveni en Uganda, Paul Kagame en Ruanda, y Joseph Kabila en la República Democrática del Congo, que el año pasado aplastó manu militare una rebelión de masas que durante meses se movilizaron por su renuncia.

El futuro de Zimbabwe es incierto. El plan que parece más plausible es una “transición” ordenada y la realización de elecciones en agosto próximo. Varios analistas consideran la posibilidad de que se constituya un gobierno de unidad nacional que incorpore al gobierno a la débil y fragmentada oposición, representada por Morgan Tsvangirai, líder del Movimiento por un Cambio Democrático que fungió como peón de diversas potencias imperialista.

Los trabajadores, los jóvenes y las masas populares en general celebran la caída del dictador. Pero más temprano que tarde descubrirán que el motor de este golpe palaciego es dirimir qué fracción de la clase dominante y la casta político-militar se queda con la parte del león de negocios millonarios como la miniería y en particular, los diamantes. Y que para conseguir sus demandas, incluso las mínimas, deberán enfrentarlos en todas sus variantes.








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