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ESTADOS UNIDOS - ELECCIONES

La bancarrota del mal menor

Votar a Hillary Clinton como el mal menor no derrotará el movimiento reaccionario que Trump representa. Sólo canaliza el descontento fuera de las calles, esconde el desarrollo de una alternativa de la clase trabajadora, y pone su fe en una líder diametralmente opuesta a nuestros intereses.

Robert Belano

Washington

Martes 1ro de noviembre | 11:44

Reproducimos el artículo publicado originalmente en inglés The Bankruptcy of Lesser Evilism en Left Voice , parte de la Red de La Izquierda Diario

En cada temporada de elecciones, incontables liberales e incluso muchas figuras que se consideran parte de la izquierda, nos llaman a votar por el candidato demócrata, mientras admiten que ese candidato tiene muchas debilidades, como un mal menor a los republicanos. Este fenómeno no es nuevo. Por lo contrario, es casi tan viejo como el sistema bipartidista. Aun así, la exhortación a votar a los demócratas se ha vuelto particularmente intensa este año, con el surgimiento de Donald Trump, uno de los candidatos más reaccionarios que el GOP ha nominado en décadas.

No negamos las obvias diferencias que hay entre Clinton y Trump. Trump ha pedido la deportación de 11 millones de inmigrantes indocumentados y la construcción de un muro impenetrable a través de toda la frontera mexicana. También ha anunciado que va a restringir la entrada de cualquier musulmán al país. Ha hecho incontables comentarios misóginos, se ha jactado de asaltar sexualmente a mujeres y ha declarado que debería haber un castigo para las mujeres que se hacen abortos. Clinton, cuyos crímenes discutiremos en un momento, todavía mantiene los votos de las mujeres los latinos y los afroamericanos, y no puede y no hará ese tipo de comentarios racistas y sexistas. Dicho esto, sería obviamente incorrecto poner en el mismo nivel a Clinton que Trump.

Aun así, estas diferencias no hacen de Clinton una alternativa para los trabajadores, las mujeres y las minorías oprimidas. El largo legajo de Clinton como primera dama, senadora y secretaria de estado, apuntan a una política que constantemente ha actuado de acuerdo a los intereses de los grandes empresarios y en contra del bien de la clase trabajadora.

Como primera dama, dio su bendición al recorte de los beneficios sociales para los pobres que realizo Bill Clinton, a través de las cuales planeó llevar al “fin de la asistencia social como la conocemos”. Tuvo éxito en su misión. Menos de un cuarto de las familias que hoy viven en la pobreza reciben asistencia económica. Apoyó con su firma la Carta del Crimen, que llevó a la construcción de más prisiones, hizo que más crímenes sean castigados con la pena de muerte, y llevo a la encarcelación de más de un millón de personas en la década siguiente. Es bien conocido que apoyó muchos acuerdos de libre comercio que redujeron los salarios de los trabajadores – tanto en EE.UU. como en otros países, empeorando las condiciones de trabajo, y destruyendo las protecciones medioambientales, mientras ayudaba a crear un récord de ganancias para las corporaciones multinacionales. El más notable de estos acuerdos fue el NAFTA, firmado por Bill Clinton en 1993 con el apoyo de la primera dama. El acuerdo no sólo llevó a bajar la presión de los salarios en EE.UU., sino que también coincidió con el aumento de precios de la comida, la baja de salarios y el incremento del desempleo en México. Hillary Clinton apoyó múltiples, aunque poco conocidos, acuerdos de comercio en el senado, incluso durante su batalla contra Bernie Sanders en las primarias a principio de año, en la que apoyó el TPP (Acuerdo de Libre Comercio Trans Pacífico) diciendo que era “un estándar de oro en los acuerdos de comercio”.

Como secretaria de estado, Clinton llevo una estrategia de cambio de regímenes no muy diferente a la que llevaba Bush durante su administración en los años anteriores. Su oficina financió y respaldó el golpe de estado contra el presidente de Honduras Manuel Zelaya y la represión que siguió a él, así como la remoción del Presidente Fernando Lugo en Paraguay. Agitó las aguas para el bombardeo de Libia y la caída de Gaddafi, con las sangrientas secuelas que continúan hoy en día.

Y como presidente, Clinton afirma que quiere continuar el legado de Obama, un legado que incluye la mayor deportación de inmigrantes en la historia de EE.UU., la expansión de programas de vigilancia a niveles sin precedentes, el bombardeo y masacre de ataques de drones en Medio Oriente, millones de dólares en ayuda militar al apartheid israelí, la junta militar en Egipto, y regímenes represivos y autoritarios a lo largo del mundo, junto con el reclutamiento de miles de jóvenes americanos cada año que son desproporcionadamente negros y latinos, y generalmente poniendo el futuro de nuestro planeta en la expansión del fraking y la minería a cielo abierto.

Todo esto es verdad, van a decir estos “progresistas” pero ¿no es Clinton ligeramente mejor que Trump? Incluso la menor diferencia entre los dos candidatos deben dictar que votemos por el mal menor, dicen. Después de todo, uno de estos dos candidatos será el presidente. Incluso llegan a decir que no votar por Clinton es una falta de conciencia hacia las personas que serán más afectadas por una presidencia de Trump (inmigrantes, negros, musulmanes, mujeres y grupos oprimidos). Según ellos, sólo los “privilegiados” no votarán por Clinton porque pueden sostener una presidencia de Trump.

Éste es un argumento verdaderamente cínico, dado que son los políticos demócratas los que actualmente llevan las políticas de deportación de inmigrantes, matan o encierran masivamente a los afroamericanos, y vigilan a los musulmanes. Incluso el derecho al aborto, el cual los demócratas tenían como su gran victoria, ha sido rápidamente erosionado con Obama. Un número record de clínicas de aborto han sido cerradas en los últimos 5 años mientras los demócratas se han negado a movilizar a los simpatizantes para defender el derecho al aborto. La lógica del mal menor demanda que aceptemos los bombardeos, las deportaciones, las intervenciones imperialistas y los recortes. Niega la posibilidad de que podamos votar basados en nuestros principios; deja de lado la idea de que podemos movilizarnos para algo mejor, antes que resignarnos a un candidato presidencial apoyado por Wall Street, los grandes bancos, la industria militar, y de manera explícita o implícita, una buena parte de los republicanos.

La lógica del mal menor de esta manera se convierte en una de las grandes armas a disposición de la clase dirigente. El candidato demócrata sólo debe ser ligeramente preferible al republicano con el objetivo de ganar el apoyo de la gente. Posicionarse como tal ha sido de hecho la estrategia central de la campaña de Clinton, la cual se centra sobre todo en que ella no es Donald Trump. Esto fue expuesto ya en la fuga de memos de la campaña de Clinton hacia la Conferencia Demócrata, en la cual buscaban legitimar a la franja del ala derecha de los candidatos republicanos, como a Donald Trump y a Ted Cruz, al principio de la campaña. El equipo de Clinton sabía que el escándalo de los emails y el apoyo dado al NAFTA y a los TPP la hacían extremadamente impopular y vulnerable a una derrota por parte del ala moderada de los republicanos. En otras palabras, el partido demócrata quería candidatos como Trump para ganar e hicieron todo lo que pudieron para garantizar su nominación. ¿Y ahora alguno piensa que podemos ganarle a Trump votando a los demócratas?

Una vez elegidos en el cargo, los demócratas siempre han procedido a hacer acuerdos con los republicanos en contra de los intereses de la mayoría y a favor de los grandes capitalistas, sancionando leyes cada vez más reaccionarias y anti obreras. Hemos visto esto una y otra vez con candidatos aparentemente más progresistas e inspiradores, incluyendo a Obama. De hecho, su programa actual lo habría hecho el mal mayor antes que el menor algunas décadas atrás.

Por sobre todo, el argumento del mal menor ha sido efectivo en impedir el crecimiento de un partido socialista y de la clase obrera, ya que cualquier partido por fuera de los demócratas y los republicanos, es rotulado de inelegible y por ende no merecedor de nuestro voto. Pude prevenir el surgimiento de organizaciones políticas independientes de los movimientos sociales de masas como Black Lives Matter, Occupy o Fight for $15.

No es por nada que Clinton tenga el menor nivel de aprobación de un candidato presidencial en toda la historia, con el 65% de sus votantes con una opinión negativa de ella. Si no fuera porque Trump se vuelve cada vez más repugnante para los votantes, su proyección caería abismalmente. Durante las elecciones primarias, Clinton fue expuesta como la candidata favorita de Wall Street. Desde su discurso de 600 mil dólares a Goldman Sachs –uno de los arquitectos del colapso financiero de 2008- hasta su apoyo al NAFTA y los acuerdos de libre comercio, y los millones recibidos en las campañas de contribución por parte de multimillonarios como Warren Buffett y George Soros, es bastante claro cuáles son los intereses para los cuales va a gobernar. Su campaña gastaría alrededor de 1 billón de dólares esta temporada con el objetivo principal de convencer a los trabajadores, la gente de color y los pobres, de que a pesar de todo esto, ella representa una alternativa a los republicanos.

Podemos encontrar muchas diferencias entre los programas que han propuesto Clinton y Trump, pero aun así es más lo que los une que lo que los separa. Ambos son miembros de una elite ultra millonaria (Clinton participó de la boda de Trump en 2005, y éste donó 100 mil dólares a la fundación Clinton). Ambos apoyan la guerra en Irak (aunque Trump ahora lo niegue), la guerra en Afganistán, y la actual guerra contra ISIS a través del medio oriente –guerras que han dejado cientos de miles de muertos en la última década y media. Ambos celebran la brutal ocupación colonialista de Palestina. Ambos apoyan el modelo de tratados de libre comercio –aunque Trump ha criticado mucho el NAFTA, debemos recordar su comentario en el último debate de que “habrá más acuerdos de libre comercio” durante su presidencia, además de la renegociación de los que ya están en favor de los negocios americanos, antes que de los extranjeros.

Dado el relativo apoyo que hay por un tercer candidato este año, también debemos señalar que no podemos apoyar a los candidatos del Partido Verde: Jill Stein y el Libertario Gary Johnson. Johnson, quien defiende expandir las escuelas Charter (escuelas privadas que reciben subsidios estatales), recortar las regulaciones medioambientales y eliminar los impuestos a los ricos, no es más que otro purista librecambista republicano a la medida de Rand Paul. La candidatura de Stein ha alcanzado el apoyo de una parte significativa de la izquierda, así como muchos de los votantes de Sanders, a los cuales no les da el estómago para votar a Clinton. Es alentador que miles de jóvenes estén dándole la espalda a los demócratas y buscando una alternativa, pero de todas maneras, la visión del Partido Verde de un capitalismo ecológicamente amigable no ofrece ninguna salida a la crisis actual.

Tampoco su campaña se ha mostrado particularmente dinámica –imposibilitados de conectarse, expresar y fortalecer los movimientos más dinámicos en Estados Unidos hoy en día, Black Lives Matter, y la lucha de los pueblos originarios Americanos contra la North Dakota Access Pipeline (Oleoducto de Dakota del Norte). Estos dos candidatos no pueden y no representan la furia contra el racismo y el cuestionamiento al sistema capitalista que grandes sectores de estadounidenses especialmente los jóvenes vienen planteando.

El gran socialista norteamoericano, Eugene Debs, quien sacó el 6% de los votos populares en la elección de 1912, describía el sistema bipartidista de la mejor manera: El trabajador “no tiene opción entre estos dos partidos capitalistas, ambos están comprometidos con el mismo sistema, y sea que gane uno o gane otro, mantendrán la esclavitud asalariada que existe hoy en día”.

Lo que necesitamos para combatir la actual crisis, y con ella la miseria, las guerras interminables y el desastre medioambiental, no es el menor de dos males, sino un partido de la clase trabajadora que desafíe a los capitalistas por el poder. Ni Trump ni Clinton nos ofrecen alguna esperanza. Para ganar el mundo que deseamos, debemos movilizarnos, trabajadores, jóvenes, mujeres y oprimidos, debemos organizar una alternativa política, y debemos reafirmar incondicionalmente: ¡No Con Ellos!

Traducción: Maximiliano Ortiz




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