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La Segunda Guerra Mundial: una historia de contrarrevolución

Han pasado setenta años de la finalización de la Segunda Guerra Mundial (SGM) y todavía siguen repitiéndose las explicaciones que, bajo la bruma de la “lucha ideológica contra el fascismo”, ocultan las verdaderas razones del enfrentamiento mundial.

Nicolás Bendersky

Ediciones IPS-CEIP

Viernes 13 de noviembre de 2015 | Edición del día

La justificación y glorificación de la guerra por parte de los aliados proclama que, para “hacer del mundo un lugar más seguro para la democracia”, había que derramar “sangre, sudor y lágrimas” en la lucha antifascista contra la reacción feudal y oscurantista del eje (nazis, fascistas y japoneses).

Pero si la historia es el desenvolvimiento de la lucha de clases, su interpretación, lectura y comprensión también constituye un combate: “Barrer la historia a contrapelo” al decir del filósofo marxista Walter Bénjamin es desempolvar una visión desde la trinchera de los trabajadores, de los explotados y los oprimidos. En este caso, se trata de declararle la guerra (!) a la interpretación oficial, tirando del ovillo de la idea de que no fue más que “una historia de contrarrevolución mundial”.

La reciente edición del clásico “El significado de la segunda guerra mundial” del dirigente trotskista belga Ernest Mandel, por Ediciones IPS y el CEIP León Trotsky, constituye un valioso intento en pos de brindar a las jóvenes generaciones del siglo XXI, una de las explicaciones más completas y totalizadoras de los acontecimientos bélicos que desgarraron al mundo entre 1939 y 1945, desde la óptica del marxismo revolucionario.

La carrera por el botín

Hay un mar de bibliografía de la SGM de todo tipo y color, no solo vasta sino extremadamente variada. Historiadores, especialistas y políticos (protagonistas o no), han intentado explicarla y comprenderla, abordando temáticas aisladas, investigaciones puntuales, o testimonios personales. Pero nunca la linterna ilumina todo el cuarto, sino que lo va haciendo de forma fragmentada, dando luz a partes y ocultando otras. En particular, la explicación más extendida acerca de su carácter netamente ideológico, es una suerte de cruzada (maniquea) del “bien contra el mal”, de la ilustración y el progreso, contra la destrucción bárbara.

Mandel, escapando de estas explicaciones simplistas, se propone realizar una lectura panorámica, interconectando variables, equilibrando algunas y ponderando otras, pero siempre enmarcado en los factores económicos más profundos: la lucha encarnizada de las potencias imperialistas (tanto las democráticas como las fascistas) por la hegemonía mundial.

La Primera Guerra Mundial había dado apertura al problema, “en una competencia precipitada por los recursos, los mercados y el control de rutas comerciales”, pero no había logrado solucionar la carrera imperialista. Justamente, la incertidumbre acerca de qué país iba a tomar la delantera capitalista mundial en el período posterior, llevó a que la Segunda –como multiplicación extrema de la Primera- fuera su resultado lógico y consecuente.

Mandel sostiene que “el motor de la SGM fue la mayor necesidad de los Estados capitalistas de dominar la economía de todos los continentes mediante inversiones de capital, acuerdos preferenciales de comercio, reglamentaciones monetarias y hegemonía política”. Pero esta aseveración no es un secreto sino que esta explícitamente en boca de todos los protagonistas, tanto los contendientes aliados (sin ruborizarse por su supuesto status democrático) como por el Eje.

Para Mandel, el Memorándum Tanaka expresa con claridad la mirada de la burguesía japonesa, que debía pelear por “la conquista de China, sólo como escalón hacia la conquista mundial, la cuál se alcanzaría después de acabar con la resistencia de Estados Unidos”. Hitler, por su parte, habla fuerte y claro al plantear que “La lucha por la hegemonía en el mundo será decidida para Europa por la posesión del espacio ruso. (…)” condición necesaria para luego enfrentarse al resto de las potencias capitalistas, principalmente, a EEUU. Y este último país, no necesitaba tampoco de la retórica democrática porque “Para EEUU la guerra iba a ser la palanca que abriría todo el mercado y los recursos mundiales para la explotación estadounidense”.
Todos sostienen traslúcidamente sus objetivos. Es la interpretación posterior, la que los oculta tras el telón del supuesto “bien contra el mal”. ¿El botín? Mandel cita a Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, quién resume el objetivo del imperialismo de manera clara y cínica: “La objetividad, un sentido de la justicia y el sentimentalismo sólo estorbarían a los alemanes en su misión mundial. Esta misión no consiste en extender la educación y la cultura en todo el mundo, sino en llevarse el trigo y el petróleo“. El resto de los líderes imperialistas opinaban lo mismo…

Armamento y logística. De cómo se gana una guerra

Mandel, al compás de su análisis materialista de la SGM, desmenuza en el libro dos aspectos insustituibles (entre otros) para la victoria en cualquier guerra. El armamento y la logística.

Respecto al primero, nos dice que la producción armamentística de cada país posee una estrecha vinculación con los recursos industriales del mismo, en una mutua relación de interdependencia: tiene las armas suficientes para ir a una guerra el país que logra erigirse en potencia industrial; pero se es potencia industrial duradera -en la época del imperialismo- quién tiene las armas suficientes.

Si bien la artillería, los explosivos y las armas automáticas, jugaron un papel clave; la revolución tecnológica que se orientó a producir todo tipo de inventos, inclinó la balanza. En particular dos de ellos: Las computadoras y la energía nuclear.

Las primeras fueron usadas para los sistemas de comunicaciones, tanto para sofisticar los propios, mandando mensajes de desplazamientos, ataques o retiradas a los generales en pleno “teatro de la guerra”; como para interceptar, decodificar y prever los movimientos de los enemigos, desactivando el factor sorpresa –referido por el general y teórico prusiano Clausewitz, como decisivo.

Por el lado de la energía nuclear, el proyecto Manhattan (en carrera de velocidad con Alemania que estuvo muy cerca), promovió la creación de las bombas atómicas. Su lanzamiento en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, le dio a EEUU el plus de autoridad y poderío de cara a la posguerra, que ya se empezaba a construir en las reuniones previas de reparto del botín entre vencedores en Yalta y Postdam. Las bombas, hicieron prevalecer categóricamente su propio interés, equilibrandolo con el de la URSS (Que había llegado antes a Berlín), dando lugar al período posterior conocido como la guerra fría.

En tanto que la logística (definida en el diccionario de la RAE como “Parte de la organización militar que atiende al movimiento y mantenimiento de las tropas en campaña.”), es desarrollada por Mandel siguiendo una alta valoración en la conflagración. Quién promueva un mejor “transporte y alojamiento de tropas, así como su abastecimiento en víveres, ropa y armas”, estará en mejores condiciones para ganar.

Pero hay otro elemento vital que descansa en “una característica permanente de las guerras modernas desde la era de Napoleón”: El bloqueo de la logística enemiga, que logra sofocar al adversario y conspirar contra su maquinaria de guerra.
Sostiene Mandel que “En la guerra, conservar abiertas las propias líneas de abastecimiento es una tarea complementada con el simultáneo intento de obstrucción de las líneas del enemigo. El bloqueo, un intento deliberado de privar a un país de materias primas, municiones y alimentos”, constituye la llave de la victoria.

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Un lugar especial, relacionado con este tema, lo constituyen sus incisivos comentarios sobre nuestro país, ejemplo de la importancia de los alimentos durante la guerra.
Mandel, plantea que el alto precio de los mismos en el mercado mundial en ese período, hizo que países -en su rol de abastecedor de trigo y carne- adquieran una gran relevancia mundial. Y agrega que “la burguesía argentina se encontró entonces con la posibilidad de formar un depósito de reserva de moneda extranjera con estas ganancias inesperadas, logrando así un prerrequisito para la industrialización y la acumulación del capital, relativamente independiente del control imperialista que se convirtió en la base del régimen peronista”.

Más allá de que dicha industrialización tuvo importantes límites, caracterizada por la producción de bienes de consumo y no de capital (lo que Milcíades Peña critica como una pseudoindustralización), es de una gran agudeza el análisis de Mandel dirigido a entender aspectos nodales del surgimiento del peronismo, nutrido del vínculo de la economía nacional con el mercado global, en pleno contexto de la guerra mundial (y su inmediata posguerra).

Una historia de contrarrevolución mundial

La razón de ser del imperialismo y sus objetivos (declarados, como vimos más arriba), que conducen a las guerras como continuidad de la política por otro medios (Clausewitz), llevan a las burguesías a atacar a su propia clase obrera nacional, como condición necesaria y tarea previa del ataque transnacional. Porque “al final de cuentas, la expansión imperialista expresa una sed insaciable por la plusvalía (…) la bola de nieve de la acumulación del capital”.

Y de ahí que Mandel sea categórico en asociar a la SGM a una historia de contrarrevolución: Cuando los imperialistas se disputan el mundo, la clase obrera es su enemigo número uno y aplastar sus jalones de lucha revolucionaria es una tarea de primer orden. Por eso, la SGM tuvo sus escalones en la derrota de la revolución en Europa y el aislamiento de la URSS, la masacre de comunistas en China en 1927 producto de la política de Stalin; el surgimiento del Fascismo y el nazismo en Alemania y la la derrota de los trabajadores en la guerra civil española.

Si todos estos acontecimientos derrotados, traicionados, desviados y/o reprimidos, cimentaron el camino hacia la guerra, como gran acontecimiento contrarrevolucionario, por la negativa “(…)es evidente que el triunfo de la revolución socialista hubiese significado un duro golpe para el fascismo, que había iniciado su experiencia conjunta precisamente en España dando lugar, posteriormente, a la conformación del Eje. El triunfo de la revolución española, hubiese dado aliento al ascenso revolucionario francés. Por la vía de la revolución, única perspectiva realista para enfrentar al fascismo, la guerra mundial se hubiese evitado(…)”.

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De conjunto, El Significado de la Segunda Guerra Mundial no tiene desperdicio. Si la capacidad de síntesis es una virtud, la destreza por separar lo principal de lo secundario, la complementa. Pero ambas capacidades adquieren un vuelo de águila, cuando se desarrollan al calor de la óptica del materialismo histórico.

Ernest Mandel logra pararse desde los intereses más profundos de la clase trabajadora, y contemplar los hechos de la SGM y sus vinculaciones, pero desde una trinchera de los explotados y los oprimidos.

La búsqueda de lecciones y enseñanzas para los futuros combates de clase, es el objetivo último del autor, en la pelea por la construcción de una sociedad libre de explotación y opresión.






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