Cultura

SERIE HISTORIA DE EE.UU. / TRIBUNA ABIERTA

La Revolución mexicana y los Estados Unidos de América

La Revolución Mexicana dejaba de ser para EE.UU. un evento en un país vecino para convertirse en un foco potencial de sedición que afectara sus intereses y la estabilidad del sistema.

Pablo A. Pozzi

Historiador, docente titular de "Historia de Estados Unidos" -UBA

Sábado 24 de junio | Edición del día

El período entre 1910 y 1920 fue sentido en los Estados Unidos como de convulsión, cambio y crisis tanto a nivel nacional como internacional. Este fue un periodo de transición que se caracterizó por fuertes conflictos sociales. El crecimiento del Partido Socialista y de la IWW, las huelgas de Lawrence y de Paterson, la masacre de Ludlow, las oleadas inmigratorias, el movimiento antimonopolista y las exigencias de reformas políticas locales, se combinaban todos para generar la impresión de una profunda crisis de la sociedad estadounidense. La Revolución Rusa cuestionaba la existencia del capitalismo y convulsionaba a los trabajadores del mundo; la Primera Guerra Mundial hacía tambalear al Viejo Mundo en un mar de sangre y destrucción; y la Revolución Mexicana, en un país vecino, amenazaba con un contagio hacia zonas norteamericanas en las que vivían millones de personas de origen mexicano. El 21 de abril de 1914 la marina norteamericana ocupó Veracruz, matando a 126 mexicanos en el proceso. Al día siguiente, el 22 de abril, los guardias privados de las compañías mineras masacraron a los huelguistas de Ludlow, Colorado. ¿Veracruz y Ludlow fueron sólo coincidencias de la historia?

La intervención norteamericana en la Revolución Mexicana obedeció a una serie de factores. Para los norteamericanos, Estados Unidos tenía una responsabilidad de ampliar su autoridad sobre "pueblos semibárbaros" como el mexicano. Se trataba de salvaguardar las inversiones norteamericanas en México y al mismo tiempo extender y profundizar su influencia y dominación sobre ese país. Pero al mismo tiempo existía, en forma subyacente, una percepción de que la Revolución Mexicana implicaba un profundo peligro potencial para los Estados Unidos. Por un lado, existían aspectos obvios. Pancho Villa atacó el pueblo fronterizo de Columbus en marzo de 1916. A pesar de la expedición punitiva y del aumento de tropas en la frontera, más adelante Villa repitió su penetración del territorio norteamericano hasta llegar a adentrarse cerca de 500 km.

Pancho Villa y la División del Norte

Pero aún más importante fueron los inmigrantes mexicanos en Texas. Consideremos que entre 1910 y 1912 entre sesenta y cien mil trabajadores mexicanos cruzaban la frontera anualmente para trabajar. Estos trabajadores, provenientes de zonas afectadas por el movimiento revolucionario, trasladaron con ellos su experiencia y reivindicaciones. En Estados Unidos existía una comunidad que podía acusar la influencia de la Revolución Mexicana y cuyo accionar podría tener profundos efectos. Desde el punto de vista de los empleadores norteamericanos, la Revolución Mexicana dejaba de ser un evento en un país vecino para convertirse en un foco potencial de sedición que afectara sus intereses y la estabilidad del sistema.

Esta percepción se basaba en la extendida participación de los trabajadores mexicanos en organizaciones como el Partido Liberal Mexicano (PLM), los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW) y el Partido Socialista. Fue a través del PLM que los mexicanos en Estados Unidos contribuyeron a la Revolución Mexicana y organizaron grupos de trabajo. La prédica anticapitalista y anarco comunista del PLM tuvo bastante eco entre los mexicanos en Estados Unidos. Uniendo teoría con práctica, el PLM participó activamente en las luchas de los trabajadores mexicanos industriales y agrícolas del sureste norteamericano.

A través del PLM, muchos mexicanos se vincularon con la IWW. Desde 1900 los trabajadores mexicanos participaron en las huelgas de Colorado, integrando la Federación de Mineros del Oeste vinculada al Partido Socialista y fundadora de la IWW. Fueron estos trabajadores, junto con norteamericanos, los que llevaron adelante la huelga de mineros de Ludlow, en 1914, que resultó en una masacre por parte de la patronal, y en las huelgas de mineros de Arizona durante 1915. La huelga de fundidores en El Paso, Texas, en 1913 fue una de las huelgas más grandes en la historia de esa ciudad. La vinculación entre trabajadores mexicanos, la comunidad local, los activistas de la IWW y militantes socialistas norteamericanos estremeció a los empleadores y al gobierno texanos que no dudaron en recurrir a las tropas estatales para reprimir duramente el conflicto. Lo mismo ocurrió en la huelga de trabajadores mexicanos en la siembra del trigo californiano en 1913.

Los trabajadores mexicanos en Estados Unidos durante la época conformaban una comunidad combativa y radicalizada con una admirable tradición de actividad militante con fuertes vínculos con la Revolución Mexicana. En Texas, los socialistas mexicanos organizaban a su propia gente. A través del suroeste los granjeros y los peones mexicanos se organizaban en el Sindicato de Arrendatarios de América y en la Liga de Tierras de América, e intentaron organizar una huelga general. En 1915, la comunidad mexicana en el sur de Texas inició una insurrección armada separatista que proponía la reunificación del suroeste con México o el establecimiento del estado mexicano soberano.

Muchas de los miles de personas movilizadas por la IWW para las batallas por la libertad de expresión, durante 1910 y 1911, después se incorporaron a la fuerza de "socialistas insurreccionales" que lucharon en la Revolución Mexicana. El sindicato minero (UMW) de Estados Unidos reclamó que Wilson dejara de intervenir en México y ayudara a los mineros de Ludlow que estaban siendo masacrados. En síntesis, había una estrecha vinculación entre los mexicanos en Estados Unidos y la izquierda más radicalizada. El PLM tenía tradición de organizar a los trabajadores mexicanos en ambos lados de la frontera. Los villistas también organizaron grupos de apoyo a la Revolución entre la comunidad mexicana en Estados Unidos. Toda esta relación implicó un vasto entramado subterráneo de relaciones, organizaciones y solidaridades. Existían vínculos entre los revolucionarios mexicanos, la comunidad mexicana en Estados Unidos, los movimientos antiimperialista, anti intervencionista y pacifista y el sindicalismo combativo norteamericanos.

Más allá de su real potencial "subversivo", las relaciones entre la Revolución Mexicana y el movimiento progresista y de izquierda norteamericano fue percibido como altamente peligroso para la situación interna norteamericana. La misma gente que llevaba adelante la huelga de los obreros textiles de Lawrence se veía involucrada en los conflictos de los trabajadores mexicanos de Arizona; eran los que se oponían a la participación de Estados Unidos en la Guerra Mundial y a la intervención en México y los que veían con simpatía a los bolcheviques; el ala más radicalizada de la Revolución Mexicana era la que estaba involucrada en organizar, junto con la IWW, a los trabajadores mexicanos en Estados Unidos; y la misma gente que organizaba solidaridad y apoyo a los revolucionarios mexicanos se encontraban involucrados con Villa, que invadía Estados Unidos eludiendo a las tropas federales con evidente apoyo de los mexicanos en Estados Unidos.

Individuos como Lucy González de Parsons y John Reed expresaban esta vinculación y el peligro subversivo. Parsons, mexicana de nacimiento, era la viuda de uno de los mártires de Chicago y una importante dirigente socialista y luego comunista. Reed, miembro del Partido Socialista, simpatizante de la IWW, periodista del periódico socialista The Masses, miembro fundador del Partido Comunista norteamericano, había participado y escrito sobre la Revolución Mexicana y sobre la Revolución Rusa. Para muchos esto no era una mera coincidencia sino más bien prueba irrefutable de conspiración y de peligrosidad potencial.

Era evidente que la situación nacional era inseparable de la internacional. Había que participar en la Gran Guerra, al igual que había que aplastar a la Revolución Rusa y había que reprimir a los pacifistas y socialistas norteamericanos. El envío de tropas al exterior y el Terror Rojo desatado en 1919 cumplieron esa función. En cuanto a México había que asegurarse una creciente influencia en su situación interna y al mismo tiempo garantizar que los sectores menos radicalizados resultaran triunfantes. Era imprescindible evitar el contagio a través de la frontera hacia una población trabajadora mexicana, explotada e influenciada por el proceso revolucionario. En este sentido la represión en Estados Unidos, la intervención armada y la injerencia en los asuntos internos de México, la declaración de guerra a las potencias centrales, y la ocupación de Arcángel y Vladivostok son inseparables.








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