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ECONOMÍA INTERNACIONAL

La Reserva Federal, entre Donald Trump y la economía real

Doble asedio sobre la Fed. La contracción del comercio internacional, China y la superproducción de acero. Giro japonés. Trump, las tasas de interés y la ley Glass Steagall.

Sábado 24 de septiembre | 23:37

Como podía preverse con bastante certeza, la Reserva Federal norteamericana evitó un aumento de las tasas de interés en lo que era su última oportunidad previa a diciembre. ¿Por qué la última? Bueno, porque el organismo se vuelve a reunir en noviembre unos días antes de las elecciones norteamericanas y ni a un lunático se le ocurriría subir las tasas a horas de semejante definición.

Yellen -como era también esperable- dejó en claro que se incrementa la probabilidad de un aumento en diciembre aunque alertó, a la vez, que los incrementos futuros serían menores a lo esperado. Los economistas y los “mercados” ya están haciendo sus apuestas un tanto arriesgadas y bastante antipolíticas hacia diciembre.

Pero la estrategia discursiva de la Fed que busca mantener un delicado equilibrio en Wall Street, no tiene en sí misma, nada de nuevo. Lo relevante y original es que algo está cambiando en la Reserva cuyas rutinarias jugadas monetarias de los últimos meses e incluso años –si dejamos de lado el pequeñísimo aumento de diciembre pasado- están ahora recibiendo un doble asedio desde el lado de la economía “real” y desde el de la “política”. Aristas que a su vez se retroalimentan poniendo límites y abriendo interrogantes sobre el destino del (neo) conservadurismo económico pos Lehman.

El cerco de la economía real

A principios de año y en Recesión global: ¿segunda temporada?, notábamos que la sinergia entre lo “ficticio” y lo “real” que había apuntalado la economía luego de la crisis del 2008, estaba llegando a su fin. El epicentro de este límite –un resultado en realidad de la combinación de varios factores- se hallaba en el menor crecimiento chino que -entre otras múltiples cuestiones- volvía impensable la continuidad del gigante asiático como motor de la demanda mundial tanto de productos como de capitales. Asunto que dejaba al desnudo el costado “ineficaz” de las políticas monetarias en los países centrales.

Uno de los emergentes de aquel límite se exterioriza en la dinámica del comercio internacional. Como señala la Organización Mundial del Comercio (ver comunicado de prensa de la OMC, 7-4-16), el crecimiento débil pero positivo del intercambio de mercancías en 2015 contrasta con la pronunciada disminución de su valor en dólares que retrocedió un 13% respecto de 2014. Según el organismo, esta discrepancia obedece sobre todo a las fuertes fluctuaciones de los precios de las materias primas –cuya tendencia descendente, recordamos, comenzó en 2014, más allá de las oscilaciones posteriores- y de los tipos de cambio como consecuencia de la combinación de la desaceleración de la economía china, el mantenimiento de la producción de combustible en Estados Unidos y las divergencias de políticas monetarias en las principales economías.

La OMC observa además que mientras Asia contribuyó más que ninguna otra región a la recuperación del comercio mundial tras la crisis de 2008-9, su influencia disminuyó abruptamente el año pasado como consecuencia de la desaceleración de la economía china y otras economías asiáticas. Asia pasó de explicar el 73% del crecimiento de las importaciones mundiales en 2013 a dar cuenta de sólo el 23% en 2015. A la vez y mientras entre 2011 y 2014, contribuyó más que ninguna otra región al crecimiento de las exportaciones, en 2015 representó sólo el 35% resultando superada por Europa.

La manifiesta tendencia a la contracción del comercio internacional tiene como contraparte múltiples síntomas. Entre ellos la sobreproducción de acero chino que -sin ser una novedad- está adquiriendo lugar protagónico en el escenario internacional. El affaire incluye desde promesas vagas en la cumbre de Hanghzou para reducir la exportación de acero, hasta fusiones de gigantes acereras estatales chinas e incluso –en términos locales- explica en parte la oposición de Paolo Roca de Techint a que China sea reconocida como “economía de mercado” y contribuye a comprender roces y grietas en la cúpula empresarial argentina. Por otra parte la reciente quiebra del naviero surcoreano, Hanjin, séptimo del mundo, refleja una realidad que contrasta –como sintetiza una nota de El País- la existencia de demasiados barcos para transportar demasiadas pocas mercancías. Como última evidencia con la que ilustramos acá: el crecimiento de tendencias proteccionistas corona en cierto modo la sintomatología que responde a la propensión contractiva del comercio. Empíricamente y según una editorial de El País, en el período octubre 2015/mayo 2016 se establecieron alrededor de 22 barreras comerciales por mes a diferencia de las 15 mensuales de igual período anterior.

La ilusión de contrarrestar esta tendencia se aglutina en los tratados internacionales de libre comercio. Entre ellos el ampliamente cuestionado Acuerdo Transpacífico (TPP) o el –casi muerto antes de nacer- Tratado Comercial y de Inversión (TTIP)entre Estados Unidos y la Unión Europea. Ambos anhelos de la globalización, expresión del interés del capital hegemónico, cuentan con el repudio de amplísimos sectores sociales. Enuncian de algún modo y como señalamos en Robótica, productividad y geopolítica, la traducción política de las consecuencias de la economía real.

Tanto la fragilidad creciente de los intercambios comerciales internacionales como los límites a la inversión externa de capitales norteamericanos, europeos y japoneses -entre otros- que impone la desaceleración de china y de varios “emergentes”, son síntomas que evidencian la presencia de mayores tendencias recesivas a nivel mundial. Y estas tendencias manifiestas, están creando presiones poco sostenibles sobre las políticas monetarias expansivas con tasas de interés cero o negativas. No se trata sólo de las tensiones financieras que se acrecientan sobrecalentando la bolsa más de lo habitual como subproducto de los límites de aquella sinergia. Hasta cierto punto –aunque sólo hasta cierto punto- la estrategia discursiva de Yellen, parece limitar aquel sobrecalentamiento.

Se trata ahora de que las tasas de interés cero o negativas dejan a los bancos centrales sin herramientas para enfrentar una eventual recesión que –más allá de los tiempos exactos- se vislumbra como más probable. Por eso si “en un principio era el verbo” -invirtiendo a Goethe-, aumentan las voces que reclaman pasar a la acción.

Política de tasas…

En el ámbito de los bancos centrales, no solamente en la Reserva Federal levantan vuelo los halcones –con tres votos por la suba de tasas en la última reunión- sino que también se registran cambios en el escenario japonés. Aunque el Banco de Japón mantuvo la tasa de corto plazo en terreno negativo, está intentando un giro de política monetaria, destinado a incrementar el rendimiento de los bonos públicos de largo plazo. Cuestión que en una economía estancada y con tasas de interés negativas desde el año 2013, parecería preparar el terreno para una eventual inclusión de medidas fiscales más ofensivas buscando mejorar a la vez las ganancias de los bancos, compañías de seguro y fondos de pensión.

Resulta que, como también señalamos a principios de año, las flaquezas de la economía real acaban echando luz sobre la debilidad endémica de los bancos, afectados además en sus ganancias debido a tasas de interés negativas, como es el caso de Europa y Japón. Pero como titula el periodista Grep Ip en Wall Street Journal, las herramientas de los bancos centrales están perdiendo el filo.

La discusión sobre la política de tasas trasciende en mucho el ámbito de los bancos centrales. Incluso defensores fervientes de las tasas cero, están empezando a perder la calma. Hace unos días y desde su blog, Lawrence Summers argumentaba -criticando el discurso de Janet Yellen en el simposio de Jackson Hole de este año- que el principal reto de política monetaria que enfrenta la Fed, es la lucha contra la próxima recesión. Agregaba que teniendo en cuenta que el combate contra las recesiones suele requerir entre 4 y 5 puntos porcentuales de flexibilización monetaria, resulta muy poco probable que se tenga nada parecido a este margen para una distensión en caso de necesidad. En una nota reciente de Financial Times, Summers enfatiza la urgencia –más perentoria con cada año transcurrido- de invertir en infraestructura. Razona que a medida que se hace más claro que el crecimiento no retornará por sí solo a niveles previos a la crisis financiera, el apremio de la acción política se eleva.

Con su estilo analítico bastante más refinado y también desde Financial Times, Martin Wolf recoge el guante poniendo de relieve el hecho de que desde la crisis financiera los bancos centrales hicieron cosas inusuales e impopulares. Para concluir que si en circunstancias inusuales, la cuestión era inevitable, la desgracia es que las circunstancias inusuales ahora parecen haberse vuelto usuales. En este marco –continúa Wolf- la alta probabilidad de que convivamos con tasas ultrabajas por un período prolongado, significa que un manejo normal de la próxima recesión será muy difícil. Agrega que, como muestra Yellen, en todas las recesiones en Estados Unidos desde 1960, las tasas de interés a corto plazo se redujeron al menos 5 puntos porcentuales. La Fed -dice parafraseando a Summers- está segura de que la gama de instrumentos que tiene a mano –compra de activos a gran escala o tasas de interés negativas- funcionaría en tales circunstancias aunque hay buenas razones para dudar de ello.

Wolf asume sin embargo, que el principal problema es cómo actuar ahora y resalta que aunque las tasas deberían subir sustancialmente antes de la próxima recesión, aumentos prematuros podrían ocasionar una desaceleración más aguda y colocar a los bancos centrales en la peor situación posible. Argumenta entonces -citando a John Williams de la Fed de San Francisco- que la política fiscal anticíclica debería ser el equivalente a un servicio de emergencia ante las recesiones, complementada con formas de política monetaria como el “dinero helicóptero” que constituye un apoyo directo al gasto. Por sobre todo -señala- es necesario preparar futuras herramientas en caso de que las cosas no vayan bien y es probable que sean necesarias dentro de muy poco tiempo. De acuerdo a Wolf, una mayor inversión estimulada por el Estado, sería una gran bendición que no sólo facilitaría la labor de las autoridades monetarias sino que también podría aumentar el potencial de crecimiento económico. Históricamente la inversión pública ha sido un catalizador de la inversión privada y los bancos centrales no deben seguir siendo el único jugador en la cancha, remata.

Trump y la cola del diablo

Por último y fundamental, también Trump es un jugador “peso pesado” en este asunto. Ni Janet Yellen, ni la Reserva, ni las tasas de interés, quedaron a salvo de su eclecticismo demagógico. Junto con la payasada mediante la que acusó a Yellen de mantener las tasas bajas por “presión política”, el energúmeno Trump se despachó con una verdad que pone los pelos de punta al establishment: “Ellos mantienen las tasas de interés abajo porque no quieren que todo lo demás baje”. Conjuntamente, la emprende contra Wall Street y machaca con la idea de que las tasas de interés a la baja crean un mercado de valores falso –otra verdad. Trump se tira de cabeza contra “las cosas inusuales e impopulares que se están volviendo usuales” –parafraseando a Wolf. Pero la demagogia de Trump excede el ataque a la política de tasas.

Ignacio Ramonet observa en ¿Fin del fenómeno Trump? (ver El Dipló, septiembre 2016) que el discurso del magnate estadounidense no es sólo el “muro”, la xenofobia, el proteccionismo, el nacionalismo o la homo-lesbo-trans fobia, sino que también guarda un lugar para denunciar la globalización, los tratados de libre comercio –abordamos este último aspecto en Robótica, productividad y geopolítica- y promesas de no tocar el Medicare, aumentar los impuestos a los corredores de hegde founds y, entre otras muchas cosas, promover el restablecimiento de la ley Glass Steagall.

Justamente el tema de esta ley rooseveltiana -que en 1933 separó la banca comercial de la de inversión- viene al caso porque su derogación impulsada por Bill Clinton en 1999, constituye uno de los símbolos del “desenfreno” de la globalización y las finanzas. La actual ley Gramm-Leach-Bliley que la sustituyó, autoriza –como señala una nota de American Banker- la formación de grandes conglomerados bancarios habilitados no sólo para comercializar y negociar con valores y otros instrumentos financieros de riesgo, sino también para invertir en compañías puramente comercializadoras. Incluye la capacidad de realizar operaciones con materias primas desde petróleo –como hace Morgan Stanley- hasta aluminio –Goldman Sachs- y electricidad –JP Morgan Chase-, permitiéndoles una amplia manipulación de precios, según idéntica fuente. Resulta que, hace unos días nomás, la Fed recomendó al Congreso de Estados Unidos que limite la capacidad que tiene Wall Street para involucrarse en la banca mercantil y en la tenencia de materias primas con el propósito, en palabras del organismo, de ayudar a garantizar la separación de la banca y comercio. Aunque entre dicho y hecho hay un extenso trecho y por ahora suena un poco exagerado, hay quienes ven en este asunto una movida de la Fed para derogar la ley Gramm-Leach-Bliley que acabó formalmente con la era Glass Steagall. Como sea, el asunto está tomando relevancia.

Tal como sucedió con la oposición al Acuerdo Transpacífico, Bernie Sanders dejó su estela estampada en la campaña de Hillary –quién aboga ahora por restituir la ley Glass Steagall... También Trump, en este caso, corrió a anotar en su programa la restitución de la ley originada en años del New Deal. El discurso de Trump es una especie de collage o gran supermercado que fue adquiriendo la forma de un espejo en el que se reflejan los límites políticos de la globalización. Y es el reflejo de esos límites lo que hace que por momentos y en determinados puntos, el discurso de la Reserva Federal, del Financial Times o de Hillary, coincidan con el del magnate norteamericano. En su alocución ecléctica y demagógica, Trump busca expresar la “sensación” de amplias franjas sociales. No sólo la de los trabajadores blancos, empobrecidos por décadas de globalización y duramente golpeados por la crisis de 2008, sino también la de gran parte de los desilusionados votantes de Sanders. “Sensación” que está en franca contradicción con los intereses inmediatos de las fracciones hegemónicas del capital. Se trata de una evidente discordancia cuya dinámica –sea cual fuera el resultado electoral- moverá los hilos del escenario económico y político en el período próximo.




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