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La Nación: militante de la impunidad a los genocidas

El diario La Nación vuelve a plantarse como abanderado de la impunidad a los genocidas. Fiel representante del partido militar, la Iglesia católica, los terratenientes y el gran capital hace causa de clase común con los criminales de las Juntas Militares.

Miércoles 17 de mayo | 09:35

La Nación volvió a la carga contra la derogación del 2x1 a los genocidas: "Un mínimo de decencia obliga a señalar la asimetría entre el "ni olvido ni perdón" a quienes cometieron delitos aberrantes con la fuerza del Estado y el olvido y el perdón de los que han disfrutado otros violentos que empuñaron armas, pusieron bombas, torturaron y mataron a sangre fría invocando el socialismo nacional, y que hoy no gozan del "dos por uno", sino de una infinita impunidad".

El matutino mitrista equipara la violencia de las organizaciones guerrilleras y el genocidio como crímenes de lesa humanidad: "No cabe entonces atenuar la gravedad de los crímenes llevados a cabo por los grupos guerrilleros. La historia demuestra que también fueron cometidos con apoyo estatal. Si la decisión es juzgar, debe juzgarse también a aquellos que, aborreciendo la democracia, se arrogaron el derecho de matar cuando la Argentina tenía sólo un 4% de pobres, un derecho que veladamente muchos justifican apelando a una diferencia inexistente".

La verdadera asimetría no es la que dicta el escriba de La Nación entre la suerte de los genocidas y los sobrevivientes de la dictadura, sino la pretensión de igualar un plan sistemático de exterminio contra la vanguardia militante de la clase obrera y la juventud, llevada a cabo por los mecanismos del terrorismo de estado y la acción en general de propaganda armada de los grupos guerrilleros. Equiparar el ocasional entrenamiento guerrillero en Cuba con el Plan Condor llevado adelante de manera coordinada por las FFAA del Cono Sur y bajo el amparo del Departamento de Estado es un verdadero ejercicio de la más siniestra falsificación histórica, muy propia del mitrismo. La diferencia inexistente que señala la editorial en los ’70, es la manera de negar que la violencia fue provocada por los bombardeos a Plaza de Mayo en 1955, la proscripción política de las mayorías populares, los fusilamientos del General valle y José León Suarez, la desaparición de Felipe Vallese o el Plan Conintes.

La editorial sostiene como argumento a favor de su posición que: "Ha quedado probada también en tales causas la complicidad de gobernadores con la acción de la guerrilla, complicidad que fue denunciada por el entonces presidente Juan Domingo Perón luego del ataque del ERP al regimiento de Azul, oportunidad en que convocó a las distintas fuerzas políticas a defender la república, alertando que no por casualidad hechos de esa naturaleza ocurrían en determinadas jurisdicciones". La Nación no solo iguala genocidio y guerrilla sino que también apoya retrospectivamente los golpes de la derecha peronista contra los gobiernos provinciales democráticamente elegidos por mayoría popular afines a la Tendencia Revolucionaria del peronismo, golpes llevados a cabo en 1974 bajo el auspicio del propio Perón y la Triple A.

Los trotskistas siempre nos hemos delimitado de la guerrilla por intentar sustituir la lucha de clases real por la acción descolgada de una vanguardia armada ajena a las necesidades de la organización y la movilización de las masas. Hemos criticado también el horizonte conciliacionista con la burguesía tanto de Montoneros , como su versión izquierdizada del ERP. Pero consideramos a quienes fueron parte de esas fuerzas como luchadores y militantes por una sociedad más justa. A todos los desaparecidos como compañeros y compañeras caídos en manos del enemigo. Lo que La Nación oculta en defensa de sus "prisioneros", los genocidas quienes son presentados como injustamente apresados, es que el plan de exterminio de la dictadura tenia por objetivo a la clase obrera y sus organizaciones de base que desde junio y julio de 1975, con el surgimiento de las Coordinadoras Interfabriles, amenazaban el poder de las grandes patronales y la burocracia sindical al interior de las fabricas y empresas.

Una historia de acompañamiento cómplice de matanzas y genocidios

“Voy a hacerme impresor y me falta el tiempo material para hacer muchas cosas a la vez. Hijo del trabajo, cuelgo por ahora mi espada, que no necesita mi patria, y empuño el componedor de Franklin", con estas floridas palabras anunciaba en 1869 don Bartolome Mitre que iba a dedicarse a erigir una tribuna de doctrina del liberalismo argentino, el diario La Nación. Ya entonces la espada que colocaba en su vaina el prócer de la oligarquía nativa estaba ensangrentada. Mitre fue el representante de un régimen de fraude y terror, como bien sostiene Miliciades Peña, contra las provincias del interior y las montoneras gauchas pasadas a degüello por su aliado el jefe mazorquero Lorenzo Torres y al servicio de los Anchorena, primos y beneficiarios del régimen derrocado de Juan Manuel de Rosas y de la Buenos Aires mitrista. En su afán "civilizatorio" Mitre, junto a Brasil, despedazo en una guerra infame al pueblo de Paraguay. Para ponerlo en términos claros. La Nación nace hace ya casi un siglo y medio en defensa del interés de las élites porteñas y el capital extranjero.
A principios del siglo XX, La Nación fue vocera de la Liga Patriótica, que reunía a las guardias blancas de la oligarquía argentina contra los obreros anarquistas y socialistas que protagonizaron la Semana Trágica de enero de 1919. Los paramilitares de la oligarquía llevaron a cabo progroms antijudios a quienes se acusaba de ser parte de una conspiración anárquica y judeo bolchevique. Según un calculo de la Embajada norteamericana mas de 1300 victimas fatales fue el resultado de la represión a la lucha de los obreros. En las paginas de La Nación los niños bien de la Liga publicaban sus proclamas: "Estimular, sobre todo, el sentimiento de argentinidad tendiendo a vigorizar la libre personalidad de la Nación, cooperando con las autoridades en el mantenimiento del orden público y en la defensa de los habitantes, garantizando la tranquilidad de los hogares, únicamente cuando movimientos de carácter anárquico perturben la paz de la República. Inspirar en el pueblo el amor por el ejército y la marina. Los miembros de la Liga se comprometen, bajo su fe y honor de argentinos, a cooperar por todos los medios a su alcance, e impedir: 1° La exposición pública de teorías subversivas contrarias al respeto debido a nuestra patria, a nuestra bandera y a nuestras instituciones. 2° Las conferencias publicas y en locales cerrados no permitidos sobre temas anarquistas y marxistas que entrañen un peligro para nuestra nacionalidad. Se obligan igualmente a usar de todos los medios lícitos para evitar que se usen en las manifestaciones públicas la bandera roja y todo símbolo que constituya un emblema hostil a nuestra fe, tradición y dignidad de argentinos" (Diario La Nación, 16 de enero de 1919).

Con el advenimiento del peronismo, el diario mitrista se transformó en uno de los principales tribunos de la oligarquía terrateniente que rechazaba de cuajo el experimento bonapartista sui generis de Juan Domingo Perón y reclamaba volver a la república donde los dueños de vacas eran amos y señores sin convidados a la mesa. con este odio de clase, con un racismo a flor de piel, retrataba La Nación el 17 de octubre: “Hemos presenciado con asombro y pesar el espectáculo dado por las agrupaciones de elementos que no obstante la categórica prohibición, de fecha reciente, de celebrar reuniones en la vía pública, han recorrido las calles dando vítores a ciertos ciudadanos, y en esta ciudad acampando durante un día en la plaza principal, en la cual, a la noche, improvisaban antorchas sin ningún objeto, por el mero placer que les causaba este procedimiento”. Cualquier parecido con el discurso de la derecha retrograda que se movilizó el 1 de abril en apoyo a Mauricio Macri, no es pura coincidencia. Aún en el 2013 La Nación justificaba su adhesión al golpe de la Revolución fusiladora en estos términos: “Perón no cayó por obra de las armas que alzó la Revolución Libertadora en 1955. Cayó, básicamente, porque su régimen se había agotado y abundaban los escándalos y las burdas muestras de autoritarismo”.
La defensa que hace La Nación sobre los genocidas es consecuente con su historia. La Nación aplaudió la suba al poder de la Junta Militar encabezada por Jorge Rafael Videla y se beneficio de ella mediante la adjudicación de Papel Prensa, luego de que le fuera arrebatada en una mesa de torturas a la viuda de David Graiver.

Defendiendo a capa y espada al régimen dictatorial, La Nación publicaba en 1980 diatribas contra el Informe sobre los desaparecidos y las detenciones en la dictadura de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, de la Organización de Estados Americanos, que “No hay en el informe de la O.E.A., agresivo, desleal y carente de equidad con la Argentina, el menor rastro de haber tenido los ojos abiertos y los oídos atentos para la verdad. Prefirieron mantenerse en la postura de los acusadores y dejaron de lado el honor de ser jueces”

Para que no queden dudas del alineamiento actual de La Nación con la doctrina formulada por el prócer liberal, Carlos Pagni, editorialista estrella del medio, señalaba allá por el 2010 "Los ideales con los que Mitre fundó este diario siguen siendo ideales movilizadores, como la defensa de una idea de país y de futuro".

La idea de país del mitrismo es la de los grandes propietarios, cómplices y beneficiarios del genocidio. El país con el cual el kirchnerismo pretendió convivir garantizando sus fabulosas ganancias. El país de Cambiemos y los que se movilizaron el 1 de abril en nombre de los valores de la República.






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