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La La Land o la fórmula del éxito

El próximo 26 de febrero será la entrega de los premios Oscar y “La La Land” se perfila como la gran favorita.

Viernes 24 de febrero | Edición del día

La película musical La La Land está protagonizada por Ryan Gosling y Emma Stone. Fue escrita y dirigida por Damien Chazelle. El tercer largo de este director de tan sólo 32 años, entre ellos el recordado Whiplash.

Cuenta con catorce nominaciones a los premios Oscar, convirtiéndose en la película con más candidaturas junto con La malvada (1950) y Titanic (1997). Recibió numerosos premios, se destacó en los Globo de Oro donde ganó las siete categorías en las que estaba nominada (Mejor película - Comedia o musical, director, actor y actriz de comedia o musical, guión, banda sonora y canción original), convirtiéndose en el film más premiado en la historia de estos premios.

A nivel recaudación también ostenta más de 300 millones de dólares en todo el mundo, contando con un presupuesto de producción de 30 millones de dólares.

La La Land es una historia de amor clásica entre un apesadumbrado pianista de jazz y una perseverante actriz que trabaja de mesera de una cafetería de los estudios Warner. Se encuentra ambientada en la ciudad de Los Ángeles, California y cuenta con todos los clichés para captar al espectador que no quiera ser decepcionado.

Si bien transcurre en un presente contemporáneo, tanto los personajes, como sus vestuarios, comportamientos e ídolos se remontan a una estética más clásica o a un presente vintage. Aparecen algunos guiños en la película como la escena del Observatorio pareciera remitir a la que bailan sobre el cielo estrellado de Rebelde Sin Causa. También ciertos escenarios pictóricos y juegos de sombras que podrían recordar al pintor estadounidense Edward Hopper.

La narración de la historia está propuesta a partir de cuatro títulos que son las estaciones del año. Cada estación tiene una lógica, un ritmo propio cargado de una musicalidad que va tomando distintos matices a lo largo que va transcurriendo.

Será recordada la escena musical inicial: una canción pegadiza, bailarines haciendo lo propio alrededor de los autos, con vestuarios coloridos, la ciudad de fondo y la despreocupación ante el caos de lo urbano, enmarcado en un hecho de la vida cotidiana como lo es un embotellamiento.

Ya sobre el final, y quizá lo más interesante, la película logra traspasar su impronta para convertirse en un devenir de imágenes y situaciones que pretenden dejar una huella en la sensibilidad del espectador. Cobra un sentido plástico en su ambientación, recurre a otros lenguajes artísticos que traspasan el cine, por un momento, se pierde todo realismo para transportarnos en una ensoñación y a la vez haciendo referencia a secuelas de musicales clásicos.

En tiempos de crisis del cuento del sueño americano en esta película los personajes luchan por alcanzar sus sueños personales. Uno podría reflexionar sobre lo vacío del éxito contra ese fetiche del exitismo que muestra acerca de cómo llegar a "ser alguien en la vida" haciendo gala de las aspiraciones de la realización personal, como si todo dependiera de uno, del talento, que con esfuerzo se puede llegar, un pensamiento de "lo individual" que borra todo sentimiento de pertenencia de clase o colectivo.








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