Internacional

URSS

La Batalla de Stalingrado

La batalla de Stalingrado fue clave en la Segunda Guerra Mundial. La ofensiva nazi a la URSS en 1941 dio un vuelco con su derrota en febrero de 1943 gracias a la resistencia de las masas y abrió el camino para el avance del Ejército Rojo hacia Berlín.

Diego Gómez

Sociólogo

Viernes 9 de febrero | 21:52

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El avance del nazi-fascismo, dentro de los márgenes del continente europeo, a fines de la década de 1930 parecía imparable. Las conquistas territoriales de Austria, Checoslovaquia y Albania daban cuenta de ello. Francia y Gran Bretaña, las dos potencias imperialistas que habían resultado ganadoras en la Primera Guerra Mundial, poco hacían para frenar el avance de Hitler y Mussolini. Todos tenían como objetivo destruir a la URSS. La estrategia estalinista de los frentes populares (aprobada por la Internacional Comunista en su VII Congreso en 1935), que había implicado el seguidismo obrero de la burguesía “democrática” adormeció al movimiento obrero y el 23 de agosto de 1939 los ministros de asuntos exteriores de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y Alemania, Viacheslav Molotov y Joachim von Ribbentrop, firmaron el Tratado de no Agresión germano-soviético.

El acuerdo entre Hitler y Stalin contenía un Protocolo Adicional Secreto a partir del cual se acordaban zonas de influencia en Europa Central y Oriental. Polonia terminó siendo repartida, mientras que Letonia, Estonia y Lituania fueron conquistadas por la URSS. El resto de los países de Europa Central y Oriental (Eslovaquia, Hungría, Bulgaria y Rumania) terminaron siendo aliados del régimen nazi y adherentes del Pacto Tripartito(1).

Para mediados de 1941 buena parte del continente europeo estaba en manos de Hitler y sus aliados. La URSS y Gran Bretaña eran los dos únicos países de relevancia político-militar que no habían caído como consecuencia de los ataques de la blitzkrieg(2). Pero el 22 de junio de 1941, sin ningún tipo de aviso, Alemania rompía el pacto de no agresión y atacaba a la URSS por medio de un repentino y demoledor plan de invasión denominado Operación Barbarroja. Toda la fuerza del imperialismo alemán se desataba contra el Estado obrero burocratizado. El nazismo mostraba su matriz capitalista cuando intentaba recuperar el vasto territorio que había sido perdido por la burguesía a causa de la revolución rusa. Sin embargo, a pesar de un feroz y exitoso empuje inicial, la Wehrmacht no pudo avanzar y se estancó en Leningrado, Moscú, etc.

Stalingrado: a mitad de camino del petróleo del Cáucaso

En un principio la invasión del Cáucaso no estaba entre los planes principales del Tercer Reich. Pero dado los reveses y el estancamiento en Leningrado y Moscú el frente alemán se fue alargando hacia el sur, siguiendo el curso meridional de los ríos Volga y Don. Además, el ataque a la URSS le significaba al régimen nazi la necesidad de establecer una amplia cadena de suministros. Las distancias eran enormes y para poder abastecer a las tropas eran necesario garantizar un gran volumen de petróleo. Por dicho motivo Hitler decidió tomar los pozos petrolíferos del Cáucaso, pero en la ruta hacia Bakú se “interpuso” Stalingrado.

La operación Fall Blau fue el nombre dado a la conquista del Cáucaso, y en ella participaron los ejércitos alemán, italiano, rumano, húngaro y eslovaco. Consolidadas las posiciones alemanas en el sureste de Ucrania, el plan de Hitler era llegar rápidamente hasta el Cáucaso, pero en el medio estaba Stalingrado: entonces se decidió partir en dos las fuerzas, la mitad debía tomar Stalingrado y el resto marchar hacia el sur. Pero cuando estaba a punto de tomar la actual Volgogrado, Hitler decidió retirar al IV Ejército Panzer y enviarlo al Cáucaso dejando solo al 6 Ejército de Friedrich Paulus. Esta decisión permitió que las fuerzas soviéticas pudieran rearmarse y así evitar que la ciudad cayera. Y sí bien en el Cáucaso los nazis tomaron algunas regiones importantes, incluso llegaron a la cima del monte Elbrus (pico más alto de la región), no pudieron alcanzar los pozos petrolíferos de Grozny y tampoco conquistar Tiflis y Bakú. Para mediados de noviembre de 1942 el ejército soviético comenzaba a atacar a las tropas alemanas en el Cáucaso obligándolas a retroceder hasta Ucrania.

La resistencia del pueblo soviético

El 23 de agosto de 1942, exactamente tres años después de la firma del Tratado de no Agresión germano-soviético, la Wermacht comenzaba el ataque a Stalingrado. La defensa que hicieron los soldados soviéticos de una de las ciudades más importantes situadas a la vera del río Volga fue verdaderamente épica. En más de una ocasión los alemanes estuvieron a punto de tomar la ciudad, pero la firme resistencia fue lo que permitió que el Estado Mayor Soviético pudiera disponer del tiempo necesario para planear y organizar una contraofensiva.

Para noviembre, a dos meses de comenzada la batalla, la distribución de fuerzas en el “Eje Stalingrado” era la siguiente: los soviéticos disponían de 894 tanques, 13.540 cañones y morteros, 1.115 aviones y 1.005.000 soldados, mientras que los alemanes disponían de 675 tanques, 10.300 cañones y morteros, 1.216 aviones y 1.110.000 soldados(3). Pero sí bien había un equilibrio en cuanto a lo numérico, la fuerza moral de pueblo soviético era infinitamente superior. Como contrapartida las tropas italianas, húngaras, rumanas y eslovacas no estaban a la altura de las circunstancias y eran aniquiladas o se daban a la huida.

Para el historiador y economista Ernest Mandel, en su libro El Significado de la Segunda Guerra Mundial, el elemento decisivo fue la larga resistencia de los defensores de Stalingrado: “Esa resistencia a su vez se reflejó claramente en un fenómeno social: la superioridad de los soldados y de los trabajadores en la lucha urbana, de casa en casa o de combate en barricada”(4). A la blitzkrieg de la Wermacht el Ejército Rojo la contraatacó con la rattenkrieg (guerra de ratas), con la lucha casa por casa, hombre contra hombre, hasta el final.

Guerra imperialista: sangre proletaria

“El silencio que el 2 de febrero reinaba en la ciudad arruinada era sobrenatural para los que se habían acostumbrado a la destrucción como algo natural. Grossman se refirió a montículos de escombros y cráteres de bombas tan profundos que los rayos del sol invernal con sus ángulos bajos no parecían nunca llegar al fondo, y de raíles de tren, donde los vagones están boca arriba, como caballos muertos”(5).

La desgarradora huella del combate más terrible de la historia de la humanidad tardó largo tiempo en desaparecer. Cuando el Volga se desheló, cientos de ex combatientes en putrefacción se encontraron en su orilla. Durante décadas, en casi todas las obras realizadas en la ciudad, se hallaron restos humanos. El historiador británico Antony Beevor, en su libro Stalingrado, sostiene que más asombroso que el número de muertos resultó la capacidad de supervivencia humana; luego de la ocupación fascista el Comité del Partido de Stalingrado realizó un censo y se obtuvo el dato que “9.796 civiles habían vivido durante el combate en medio de las ruinas del campo de batalla. Entre estos había 994 niños, de los cuales solo 9 se reunieron con sus padres”(6).

Vasili Grossman, reportero de guerra para el periódico del Ejército Rojo Estrella Roja, en su artículo “Hoy Stalingrado” escribía lo siguiente cuando recién había finalizado la batalla:

“El sol de invierno brilla sobre las fosas masivas, sobre las lápidas improvisadas en los lugares donde los soldados murieron en el eje del ataque principal. Los muertos duermen en las alturas junto a las ruinas de las fábricas. Duermen ahora justamente donde combatieron mientras vivían”(7).

El soldado alemán Arno Beetz del 87º regimiento de artillería de la 113ª división de infantería le escribía a su novia, el 29 de diciembre de 1942, lo siguiente: “¡Qué felices podríamos haber sido si esta maldita guerra no hubiera existido! Y ahora tenemos que vagar por esta terrible Rusia, ¿para qué? Cuando pienso en ello me entran ganas de gritar de rabia y frustración…” Otro soldado alemán, Otto Zechtig, también el 29 de diciembre de 1942 detallaba la dramática situación a la que estaba sometido él y sus compañeros: “Ayer nos dieron vodka. En ese momento acabábamos de matar un perro, y el vodka nos vino de maravilla. Hetty, en total he matado ya cuatro perros, y mis compañeros no pueden ni comerlos. Una vez disparé a una urraca y la herví”(8).

Durante toda la Segunda Guerra Mundial, pero en Stalingrado en particular, el gran capital alemán en su intento por expandir sus fronteras se cobró la vida de millones de obreros y campesinos alemanes, soviéticos, yugoslavos, polacos, etc. El nazismo, a pesar de los intentos del establishment de pensamiento burgués, que ha intentado hacerlo “pasar” por un hecho único e irrepetible producto de un líder “enfermizo” y bien alejado de la racionalidad occidental, fue un fenómeno absolutamente arraigado en la lógica del capital. En un principio para barrer a la clase obrera a escala nacional y luego para recuperar el terreno perdido por “culpa” de la revolución rusa.

Lamentablemente la URSS, debido a su dirección burocratizada, no tenía como objetivo una vez derrotado el nazismo avanzar en un sentido revolucionario; los acuerdos de Teherán, Yalta y Potsdam, en donde Estados Unidos de América (EUA), Gran Bretaña y la URSS se repartieron el mundo en esferas de influencia, dan cuenta de esta situación. Pruebas de lo arriba dicho son su papel en la Guerra Civil Española, la presión sobre los comunistas yugoslavos para que entregaran el país (luego de haberlo liberado del nazi fascismo, y de sus colaboradores internos, sin la ayuda del Ejército Rojo) y el abandono de la guerrilla comunista en la Guerra Civil Griega habilitando el triunfo de la burguesía autóctona, fuertemente apoyada por Gran Bretaña y EUA.

Pero a pesar de la casta estalinista, en la URSS “la revolución social, traicionada por el partido gobernante, vive aún en las relaciones de propiedad y en la conciencia de los trabajadores”(9). Quizás esta frase de Trotsky pueda explicar la impresionante resistencia del pueblo soviético en la batalla de Stalingrado porque, también en palabras del revolucionario ruso “lo que en última instancia garantiza el triunfo de la insurrección popular no es la capacidad de las masas para matar sino su enorme disposición a morir”(10).

Notas:

1. Fue un pacto firmado en Berlín, el 27 de septiembre de 1940, por Saburō Kurusu, Adolf Hitler y Galeazzo Ciano, representando al Imperio de Japón, la Alemania nazi y el Reino de Italia, respectivamente. Luego otros países se fueron sumando como adherentes, como los arriba citados.
2. En alemán guerra relámpago. Nombre por medio del cual se popularizo la táctica militar nazi, durante la SGM, que implicaba un bombardeo inicial, seguido por ataque veloz de fuerzas móviles.
3. Mandel Ernest (2015), El Significado de la Segunda Guerra Mundial. CEIP León Trotsky, Ediciones IPS, Buenos Aires.
4. Íbid, p. 128.
5. Beevor, Antony (2000). Stalingrado, Editorial Planeta, Barcelona.
6. Íbid, p. 524.
7. Antony Beevor (2005). Un Escritor en Guerra. Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945. Editorial Crítica, Barcelona.
8. https://es.rbth.com/cultura/2014/01/22/las_cartas_de_los_militares_alemanes_en_stalingrado_36567.
9. Trotsky, León (2015). La Revolución Traicionada, CEIP León Trotsky, Ediciones IPS, Buenos Aires.
10. Trotsky, León (2009) “En defensa de la insurrección de 1905” en Mandel, Ernest. Teoría y Práctica de la Revolución Permanente. Siglo XXI, Buenos Aires.






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