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TEATRO / CÓRDOBA

Kosteki y Santillán al teatro

En el marco del festival Julio Patriótico realizado por el Teatro La Chacarita, La Izquierda Diario entrevistó a Diego Trejo y a Rodolfo Osses, actores y parte del grupo Zeppelin Teatro.

Viernes 5 de agosto de 2016 | Edición del día

En el marco del festival Julio Patriótico realizado por el Teatro La Chacarita, La Izquierda Diario entrevistó a Diego Trejo y a Rodolfo Osses, actores y parte del grupo Zeppelin Teatro (grupo que ya cumplió 20 años), acerca de la obra KYS, escrita y dirigida por Sergio Villegas, que desde el 2007 pone en escena a las figuras de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.

En KYS se encarna la figura de dos jóvenes. Sucios, con la ropa rota, sin dientes, “negros”, “peligrosos” y soñadores, transitan por un camino de puentes cortados, calles valladas, ollas populares, asambleas y represión estatal. La juventud hecha carne viva, el 2001 dejando marcas en toda una generación que se abre las puertas a la militancia política. El sueño de cambiar el mundo se apodera de esos cuerpos para darle voz a un sector históricamente silenciado.

Desde su poética, la obra nos trae la capacidad humana de desear, de imaginar una realidad distinta. Allí se pone en funcionamiento la maquinaria que nos impide conformarnos con lo que se nos presenta como dado y nos muestra a la organización colectiva como la manera posible de materializar esos deseos.

¿Cuál fue el motor que los llevó a desarrollar esta obra?

Diego Trejo: La obra surgió como parte de un proyecto más grande que se llamó Proyecto Judiciales que tomaba casos emblemáticos y desde la dramaturgia de Jorge (Villegas) los cruzamos con el teatro. Este proyecto tomó el caso de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en el año 2007. Esto nos introdujo una mirada muy distinta en el teatro que veníamos haciendo, empezó a poner el foco en la realidad más cercana y no tanto en personajes teatrales. Incluso muchas de las personas involucradas en las historias fueron parte del proyecto. Como parte de todo esto viajamos a Buenos Aires donde estuvimos en la estación de Avellaneda, en Lanús, etc. En lugares donde Maxi y Darío militaban y conversamos con sus amigos, sus compañeros. Yo particularmente me fui acercando de apoco a ese movimiento social que conocía, pero que hasta ese momento no tenía la cercanía que logre después. Incluso hasta hoy seguimos en contacto. Hicimos una función el año pasado donde estuvo el padre de Darío y hablamos con él, sobre todo de lo que estaba pasando ahora con ese movimiento. Este es el motor que dio empuje a la obra, sobre todo los jóvenes que se iniciaron e inician en política, porque en este caso no hubiera habido 2001, sino hubiera habido jóvenes en la política en los noventa. Sólo que no estaban visibilizados.

¿Cómo traducen esta efervescencia en la obra?

DT: Intentamos reflejar algo que por aquellos años era una estructura muy subterránea, pero también de mucha creación, de lazos colectivos. Porque en ese entonces no sólo hacían piquetes, sino también funcionaban bibliotecas, generaban lugares de trabajo, tenían el proyecto de una escuela de oficio, etc. No era sólo un movimiento de protesta, tenían una nueva mirada sobre la sociedad y eso te das cuenta cuando pasó lo que pasó. Siempre fue silenciado pero todo ese movimiento estuvo y creció hasta que estalló en ese momento.

Rodolfo Osses: Llegó a nuestras vidas, a la vida de Zeppelín, Mariano Pacheco, que fue un compañero de Darío. Compañero de barrio, de militancia. Ahí fue como aproximarse al espíritu que tenía esa juventud, de empezar a pensar que muchas cosas podían hacerse, no como una cuestión de fe, sino que iban construyendo cosas.

¿Cómo fue actoralmente ponerse en la piel de las figuras de Darío y Maxi?

RO: Yo particularmente estuve por fuera de la militancia, pero siempre acompañé y tenía esa referencia de la juventud involucrada en la política, de construir cosas. Entonces mi participación en la obra me conectó desde una especie de memoria emotiva y desde ahí pude construir el personaje, aunque en realidad no hay una estricta construcción de personajes. No construimos literalmente a Darío y Maxi, sino que tomamos la fuerza de ellos, habitada por ese contexto, por ese movimiento al que pertenecían. No es la figura de ellos, sino la figura de los jóvenes.

DT: Confrontar con eso nos devuelve la pregunta “¿A vos qué te moviliza?”. Nos pone en esa situación, porque ellos se ponían en situaciones muy complejas, ponían el cuerpo en peligro. Todo eso tiene una repercusión física, con todo lo que implica la militancia, construir desde ese lugar y seguir construyendo. En eso se emparenta con el trabajo del teatro, porque poner el cuerpo es en algún punto similar, es desde ahí que uno se puede identificar.

¿Cómo es la repercusión en el público?

DT: Es una obra extraña, incluso para mí, comprenderla e ir desarrollándola. Hasta ahora es un trabajo de mucha confianza sobre lo que estamos haciendo, pero siempre ha sido un trabajo extraño. Al principio era más hermética, ahora hay un poco más de traducción.

Hicimos una función especial a los seis años de la Masacre de Avellaneda en el Teatro Real, con gente del Movimiento Darío Santillán. Por aquel entonces lo interesante es que estábamos fuera del circuito artístico y más ligados al movimiento y empezamos a encontrar otras cosas en las obra, que no era sólo un objeto de arte. Nos relacionamos con la recepción de otra manera y esto llevó a comunicarnos de otras formas. El lenguaje de la obra empezó a trascender más allá del circuito artístico.

Al principio era como una pieza de relojería y ahora es más abierta. Sigue siendo una obra de mucha precisión, pero con un lenguaje más amplio.







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