Cultura

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Kollontai, el guerrillero de Apple y un stripper ruso

"Arde brillante en los bosques de la noche", escrita y dirigida por Mariano Pensotti, acaba de cerrar su ciclo de funciones en el teatro Sarmiento.

Celeste Murillo

@rompe_teclas

Domingo 3 de diciembre | Edición del día

Inspirada en el centenario de la Revolución rusa y las reflexiones de Alexandra Kollontai sobre las mujeres como excusa, el guión destaca el protagonismo y el punto de vista de las mujeres.

Arde brillante… nos lleva del aula de Estela una profesora universitaria anhela transmitir la pasión por la Revolución rusa a sus estudiantes, pasando por el living de una familia alemana que recibe a su hija Sonja regresada de pelear con la guerrilla en Colombia, hasta el set de televisión donde Claudia, una periodista, viaja a Misiones para festejar un ascenso.

A lo largo de tres historias, narradas en tres formatos diferentes (marionetas, teatro y cine), se presentan los temas que organizan cada “acto”. Quizás por extrañeza, las que más sorprenden son las marionetas con una interpretación “doble”, entre las que se destaca Susana Pampín (Estela) que da vida no solo al personaje sino a su pequeña doble de madera que parece gesticular junto con ella, cuando enfrenta un público hostil en Rusia mientras da una conferencia sobre el centenario de la Revolución. Pero no es el único recurso de Pensotti, la propuesta de una comedia musical sobre la vida de Sonja (Laura López Moyano) lleva al ridículo cómo se ve a sí misma esa clase media urbana europea. Algo similar provoca la invitación “a garchar como locas” que recibe Claudia (Inés Efrón) de sus amigas a pasar un fin de semana a Misiones.

Cada historia pone en el centro a una mujer que enfrenta una situación cotidiana (demasiado cotidiana para la mitad del mundo que es oprimida por su género) que dispara una reflexión sobre su lugar y cómo transformarlo. La imagen de las mujeres, sus cuerpos, la sexualidad y las relaciones interpersonales en una sociedad marcada por la desigualdad y las jerarquías, naturalizadas al punto de parecer invisibles pero vigentes, están presentes a lo largo de toda la obra.

Una de las preguntas más interesantes que sobrevuela las historias, así como los debates entre el feminismo y el marxismo hace años, es cómo funciona el cruce entre género y clase. ¿Cuánto tienen que ver las condiciones de vida con nuestras vivencias de la opresión? ¿Cuánto tienen que ver esas condiciones con nuestra capacidad para cambiar nuestra vida? ¿Y la de todas las mujeres? La pregunta aparece en las disertaciones de nuestra profesora, las reflexiones de las hermanas alemanas sobre cómo pelear contra el capitalismo y literalmente en el debate televisado con Elsa Drucaroff y Alejandra Varela en el programa de TV de nuestra periodista.

Mamushkas

La forma de narrar de Arde brillante… bien podría definirse como una mamushka, donde cada relato lleva otro dentro suyo. Así, las marionetas dan vida a Estela, la profesora simpatizante de la Revolución y su hija Alexandra, bautizada en honor a Kollontai, una joven tan ansiosa por actuar que acepta participar de la máquina de cosificación de las mujeres que es la televisión. Estela quiere acompañarla en la búsqueda y, a la vez, debe batallar sus propias decepciones que detonan la crisis que abrirá la próxima muñeca.

Cuando las marionetas se sientan a ver una obra de teatro, da inicio una especie de segundo acto en otro lenguaje. En esta mamushka, la protagonista es Sonja, una joven alemana que vuelve a casa luego de pelear en la selva colombiana con la guerrilla. Su regreso encontrará una familia precarizada, donde la madre se trasladó de la fábrica a la caja del supermercado y su hermana de la universidad a una empresa de limpieza. El hermano, portador de menos principios, decide lucrar con la experiencia de la recién llegada y “venderla” como servicio a ejecutivos hambrientos de tácticas y estrategias para hacer crecer sus ganancias.

Cuando la familia reunida se sienta a ver una película, se abre la última mamushka con la pantalla de cine acaparando toda la acción. En la última historia, Claudia, una periodista está en plena batalla con un colega-barra-amante por el sillón del noticiero del mediodía, que la pone frente a los prejuicios y situaciones que enfrentan las profesionales cuando compiten con un varón. Por invitación de sus amigas, llega a un bar de strippers rusos en Misiones (receptora de quienes huían de la Rusia de Stalin), donde las ansias de liberarse de lo que sea como sea la llevan a terminar involucrada en una intriga que incluye mamushkas (de las reales), mujeres cautivas y una paliza a la vera del río.

La Revolución es hoy

Sobre las diferentes mamushkas sobrevuela la idea de la revolución y la de cómo cambiar las cosas realmente. La impaciencia juvenil, el cansancio de chocar los ideales contra la pared demasiado dura del cinismo y el individualismo contempéranos o la impotencia de querer revolucionar todo sin saber cómo. Todas esas sensaciones encuentran interlocutor en el público, que puede conmoverse con las desventuras cotidianas de las protagonistas, reírse de las preguntas distraídas de los estudiantes de Puán “mezclados” en las butacas, y aceptar la invitación a pensar cómo sería la Revolución hoy.

Alexandra Kollontai, inspiración, fantasma que solo habla en ruso y carreta alegórica arrastrada por un grupo de nenas en Misiones, es una forma de leer la Revolución, un desafío al que invitaba León Trotsky cuando decía, “Si en realidad queremos transformar la vida, tenemos que aprender a mirarla a través de los ojos de las mujeres”. En palabras de Mariano Pensotti, autor y director, “la obra intenta crear una mega-ficción como acto utópico y celebratorio, recuperando la aún relevante pregunta de Lenin: ¿Qué hacer?”.

Lejos del cinismo y la desesperanza que inundan tantas expresiones culturales que hablan de la Revolución, la reflexión que propone Arde brillante… nada tiene nada que ver con volver al pasado o repetirlo mecánicamente, sino de poner a prueba las ideas que inspiraron a la generación que asaltó el poder en 1917. Ideas que, contra los escépticos incurables y los apologistas del capitalismo, no solo están vivas, están más vigentes que hace 100 años.








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