Cultura

EN EL ANIVERSARIO DE SU ASESINATO

Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, por León Trotsky

Asesinados el 15 de enero de 1919 en Alemania durante la revolución alemana, los dos revolucionarios son homenajeados por León Trotsky. Su legado revolucionario, bandera de la clase obrera internacional.

Domingo 15 de enero | 16:24

León Trotsky publica este articulo el 18 de enero de 1919 en homenaje a los dos dirigentes del partido comunista alemán asesinados en el curso de la revolución alemana. *

El inflexible Karl Liebknecht

Acabamos de sufrir la mayor de las pérdidas. El duelo nos embarga por partida doble. Nos han arrebatado a dos líderes, dos dirigentes cuyos nombres quedarán inscritos por siempre jamás en el libro de oro de la revolución proletaria: Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. El nombre de Karl Liebknecht se dio a conocer en todo el mundo en los primeros días de la gran guerra europea. Desde la primeras semanas de esa guerra, cuando el militarismo alemán festejaba sus primeras victorias, sus primeras orgías sangrientas, cuando los ejércitos alemanes lanzaban su ofensiva sobre Bélgica destruyendo sus fortalezas, cuando parecía que los cañones de 420 milímetros podrían someter el universo entero a los pies de Guillermo II, cuando la socialdemocracia alemana, con Scheidemann y Ebert a la cabeza, se arrodillaba ante el militarismo y el imperialismo alemanes, que parecían poder someter a todo el mundo —tanto en el exterior, con la invasión del norte de Francia, como en el interior, dominando no sólo a la casta militar y a la burguesía, sino incluso a los representantes oficiales de la clase obrera—, en medio de estos días sombríos y trágicos una sola voz se levantó en Alemania para protestar y maldecir: la de Karl Liebknecht. Y su voz resonó en todo el mundo. En Francia, donde el espíritu de las masas obreras aún se encontraba obsesionado por la ocupación alemana y el partido de los socialpatriotas predicaba desde el poder una lucha sin cuartel contra el enemigo que amenazaba París, la burguesía y los propios chovinistas tuvieron que reconocer que Liebknecht era la excepción a los sentimientos que animaban a todo el pueblo alemán.

En realidad, Liebknecht no estaba solo. Rosa Luxemburgo, mujer de gran coraje, luchaba a su lado, pese a que las leyes burguesas del parlamentarismo alemán no le permitían lanzar su protesta desde lo alto de la tribuna, como hacía Karl Liebknecht. Es preciso señalar que a Rosa Luxemburgo la secundaban los elementos más conscientes de la clase obrera, en la que habían germinado sus poderosos pensamiento y palabra. Estas dos personalidades, dos militantes, se complementaban mutuamente y marchaban juntas en pos del mismo objetivo.

Karl Liebknecht encarnaba al revolucionario inquebrantable y genuino. En torno a él se tejían innumerables leyendas: agresivas en la prensa burguesa, heroicas en los labios de los trabajadores. En su vida privada, Karl Liebknecht era —¡ay!, ya sólo podemos hablar en pasado— la encarnación misma de la bondad, la sencillez y la amistad. Podría decirse que su carácter era de una dulzura casi femenina, en el mejor sentido del término, y que su voluntad revolucionaria, de un temple excepcional, le hacía capaz de combatir hasta la muerte por los principios que profesaba. Y lo demostró elevando sus protestas contra los representantes de la burguesía y los traidores socialdemócratas del Reichstag alemán, cuya atmósfera estaba saturada por los miasmas del chovinismo y el militarismo triunfantes. Lo demostró levantando en Berlín, en la plaza de Potsdam, el estandarte de la rebelión contra los Hohenzollern y el militarismo burgués. Fue detenido. Pero ni la prisión ni los trabajos forzados lograron quebrar su voluntad y, liberado por la revolución de noviembre, se puso a la cabeza de los elementos más decididos de la clase obrera alemana.

Rosa Luxemburgo, la fuerza de las ideas

El nombre de Rosa Luxemburgo no es tan conocido en Rusia o fuera de Alemania, pero se puede decir sin temor a exagerar que su personalidad no desmerece en nada la de Liebknecht.

De constitución pequeña, débil y enfermiza, Rosa sorprendía por su poderosa mente. Ya he dicho que estos dos líderes se complementaban mutuamente. La intransigencia y la firmeza revolucionarias de Liebknecht se combinaban con una dulzura y una amenidad femeninas, y Rosa Luxemburgo, a pesar de su fragilidad, estaba dotada de un intelecto poderoso y viril. Ferdinand Lassalle ya escribió sobre la fuerza física del pensamiento y la tensión sobrenatural de que es capaz el espíritu humano para vencer y superar obstáculos materiales. Esta era la energía que transmitía Rosa Luxemburgo cuando hablaba desde la tribuna, rodeada de enemigos. Y tenía muchos. A pesar de ser pequeña de talla y de aspecto frágil, Rosa Luxemburgo sabía dominar y mantener la atención de grandes auditorios, incluso cuando eran hostiles a sus ideas. Era capaz de reducir al silencio a sus más resueltos enemigos mediante el rigor de su lógica, sobre todo cuando sus palabras se dirigían a las masas obreras.

Lo que habría podido suceder en Rusia durante las jornadas de julio

Nosotros sabemos muy bien cómo procede la reacción para organizar ciertas revueltas populares. Todos nos acordamos de aquellos días de julio entre los muros de Petrogrado, cuando las bandas reaccionarias organizadas por Kerensky y Tsereteli contra los bolcheviques masacraban a los obreros, acosando a los militantes, fusilando y pasando a bayoneta a los obreros aislados que eran sorprendidos en las calles. Los nombres de los mártires proletarios, como Veinoff, aún están presentes en la memoria de casi todos nosotros. Si fuimos capaces entonces de conservar a Lenin y a Zinóviev fue porque pudieron escapar de los asesinos. Y entonces se alzaron algunas voces entre los mencheviques y eseristas para reprocharles el haberse librado de un juicio en el que les habría resultado sencillo rebatir las acusaciones de ser espías alemanes. Pero, ¿a qué tribunal se referían? ¿Acaso al que fue conducido más tarde Liebknecht, en el que, a mitad de camino, Lenin y Zinóviev habrían sido fusilados por intento de fuga? Sin duda, esa habría sido la declaración oficial. Tras la terrible experiencia de Berlín, no podemos menos que felicitarnos de que Lenin y Zinóviev se abstuviesen de comparecer ante el tribunal del gobierno burgués.

Aberración histórica

¡Pérdida irreparable, traición sin parangón! Los dirigentes del Partido Comunista de Alemania ya no están entre nosotros. Hemos perdido a nuestros mejores compañeros, ¡y sus asesinos siguen formando parte del Partido Socialdemócrata que osa remontar su genealogía hasta Carlos Marx! ¡Estos son los hechos, camaradas! El mismo partido que traicionó los intereses de la clase obrera desde el principio de la guerra, que apoyó al militarismo alemán, que alentó la destrucción de Bélgica y la invasión de las provincias septentrionales francesas, el partido cuyos dirigentes nos dejaron en manos de nuestros enemigos, los militaristas alemanes, durante las conversaciones de paz de Brest-Litovsk, ¡ese mismo partido y sus jefes (Scheidemann y Ebert) se autodenominan marxistas al mismo tiempo que organizan las bandas reaccionarias que han asesinado a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo! Ya hemos conocido con anterioridad una aberración histórica similar, una felonía análoga, pues lo mismo pasó con el cristianismo. El cristianismo evangélico era una ideología de pescadores oprimidos, de esclavos, de trabajadores aplastados por la sociedad, una ideología de proletarios. ¿Y acaso no fue acaparado por aquellos que monopolizaban la riqueza, por los reyes, los patriarcas y los papas?

Indudablemente, el abismo que separa el cristianismo primitivo, tal como surgió de la conciencia del pueblo y las capas inferiores de la sociedad, del catolicismo y las teorías ortodoxas es tan profundo como el que ahora separa las teorías de Marx, puro fruto del pensamiento y los sentimientos revolucionarios, de los residuos ideológicos burgueses con los que trafican los Scheidemann y los Ebert de todos los países.

¡La sangre de los militantes asesinados clama venganza!

¡Camaradas! Estoy convencido de que este abominable crimen será la última canallada de la lista que han perpetrado los Scheidemann y Ebert. El proletariado ha soportado durante mucho tiempo las iniquidades de aquellos a quienes la historia colocó a su cabeza. Pero su paciencia se agota, y este último crimen no quedará impune. La sangre de Karl Liebknecht y de Rosa Luxemburgo clama venganza; las calles de Berlín, la plaza de Potsdam, donde Karl Liebknecht fue el primero en levantar el estandarte de la revuelta contra los Hohenzollern, hablarán. ¡Sus adoquines, no lo dudéis, servirán para levantar nuevas barricadas contra los ejecutores de estas infamias, los perros guardianes de la sociedad burguesa, contra los Scheidemann y los Ebert!

La lucha no ha hecho más que empezar

Scheidemann y Ebert han sofocado, por el momento, al movimiento espartaquista (los comunistas alemanes). Han asesinado a dos de los mejores dirigentes de este movimiento, y puede que aún festejen su victoria. Pero este triunfo es ilusorio, pues de hecho aún no ha tenido lugar ninguna acción decisiva. El proletariado alemán todavía no se ha sublevado para conquistar el poder político. Por parte del proletariado, todo lo que ha precedido a los actuales sucesos no ha sido más que una importante maniobra de reconocimiento para descubrir las posiciones del enemigo. Son los preliminares de la batalla, pero no la batalla misma. Unos preliminares indispensables para el proletariado alemán, igual que nos fueron indispensables las jornadas de Julio.

El papel histórico de las jornadas de julio

Ya conocéis el curso de los acontecimientos y su lógica interna. A finales de febrero de 1917 (según el antiguo calendario), el pueblo ruso había derrocado la autocracia y, durante las primeras semanas, parecía que se había conseguido ya lo esencial. Los hombres de nuevo temple que surgieron de los otros partidos —partidos que no habían tenido un papel preponderante entre nosotros— gozaron en un primer momento de la confianza, o mejor semiconfianza, de las masas obreras. Petrogrado, como era preciso, se encontraba a la cabeza del movimiento. Tanto en febrero como en julio constituía la vanguardia que llamaba a los obreros a una guerra declarada contra el gobierno burgués, contra los partidarios de la Entente. Esta vanguardia fue la que llevó a cabo las grandes maniobras de reconocimiento.
Y precisamente durante las jornadas de Julio, chocó directamente con el gobierno de Kerensky. No se trataba aún de la revolución, tal y como la realizamos en octubre: fue una experiencia cuyo sentido no estaba todavía claro para las masas obreras. Los trabajadores de Petrogrado se limitaron a declarar la guerra a Kerensky. Pero en el choque que se produjo pudieron convencerse y probar a las masas obreras del mundo entero que Kerensky no estaba apoyado por ninguna fuerza revolucionaria real y que su partido estaba formado por la burguesía, la guardia blanca y la contrarrevolución. Recordaréis que las jornadas de Julio terminaron para nosotros con una derrota en el sentido formal del término: los camaradas Lenin y Zinóviev se vieron obligados a esconderse; muchos de los nuestros fueron encarcelados; nuestros diarios, cerrados; el Sóviet de Diputados Obreros y Soldados, reducido a la impotencia; las imprentas obreras, saqueadas; los locales de las organizaciones obreras, clausurados; las bandas reaccionarias lo invadieron todo, lo destruyeron todo. En 1917 en Petrogrado pasó exactamente lo mismo que en 1919 en las calles de Berlín. Pero nosotros no dudamos ni por un instante de que las jornadas de Julio eran el preludio de nuestra victoria. Durante las mismas pudimos evaluar el número y la composición de las fuerzas enemigas; pusieron en evidencia que el gobierno de Kerensky y Tsereteli estaba al servicio de los capitalistas y de los grandes propietarios contrarrevolucionarios.

Los mismos acontecimientos se produjeron en Berlín

Análogos acontecimientos tuvieron lugar en Berlín. En Berlín, como en Petrogrado, el movimiento revolucionario iba por delante de las masas obreras atrasadas. Igual que en Rusia, los enemigos de la clase obrera gritaban: “¡No podemos someternos a la voluntad de Berlín; Berlín está aislado; es preciso reunir una Asamblea Constituyente y llevarla a una ciudad de provincias con tradiciones más sanas! ¡Berlín está pervertido por la propaganda de Karl Liebknecht y de Rosa Luxemburgo!”. Todo lo que sucedió en Rusia, todas las calumnias y toda la propaganda contrarrevolucionaria que soportamos allí, todo ha sido traducido al alemán y propagado aquí por Scheidemann y Ebert contra el proletariado alemán y contra los dirigentes del Partido Comunista, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Cierto es que toda esta campaña ha revestido en Alemania unas proporciones mayores que en Rusia, pero ello se debe a que los alemanes repiten unos acontecimientos que ya tuvieron lugar en nuestro país; además, los antagonismos de clase están mucho más nítidamente marcados en Alemania. En nuestro país, camaradas, cuatro meses separaron la revolución de febrero y las jornadas de Julio. Cuatro meses necesitó el proletariado de Petrogrado para experimentar la necesidad absoluta de echarse a la calle para romper las columnas sobre las que se sustentaba el templo de Kerensky y Tsereteli. Y tras las jornadas de Julio transcurrieron cuatro meses antes de que las tropas de la inmensa reserva de provincias llegasen a Petrogrado y nos permitieran, en octubre de 1917 (o noviembre, según el nuevo calendario), lanzarnos al asalto de las posiciones enemigas, seguros de nuestra victoria. En Alemania, la primera explosión revolucionaria tuvo lugar en noviembre y los acontecimientos análogos a nuestras jornadas de Julio, en enero. El proletariado alemán lleva a cabo su revolución con un calendario más apretado. Lo que a nosotros nos costó cuatro meses, a ellos sólo les llevó dos. No cabe duda de que esta proporción se mantendrá hasta el final. Puede que de las jornadas de Julio “alemanas” a su octubre no pasen cuatro meses, como en Rusia, sino apenas otros dos. Los tiros que ha recibido Karl Liebknecht por la espalda, no lo dudéis, han resonado con fuerza por toda Alemania. Y el rumor ha debido sonar como una campana fúnebre en los oídos de los Scheidemann y Ebert.

Acabamos de cantar el réquiem por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Nuestros dirigentes han muerto y ya no los veremos más. ¿Pero cuántos de vosotros, camaradas, los habéis conocido personalmente en vida? Una pequeña minoría. Y, sin embargo, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo siempre han estado presentes entre vosotros. En vuestras reuniones y congresos habéis elegido a menudo a Karl Liebknecht como presidente de honor. Aunque ausente, asistía a vuestras reuniones y ocupaba un sitio de honor en vuestra mesa, pues el nombre de Karl Liebknecht no designa solamente a una persona determinada y aislada, para nosotros encarna todo lo que hay de bueno, noble y grande en la clase obrera, en su vanguardia revolucionaria. Todo eso es lo que vemos en Karl Liebknecht. Y cuando uno de nosotros imagina un hombre invulnerablemente acorazado contra el miedo y la debilidad, un hombre absolutamente íntegro, pensamos en Karl Liebknecht. No solamente ha sido capaz de derramar su sangre (puede que no haya sido éste el rasgo principal de su carácter), osó levantar la voz en medio de la furia de nuestros enemigos, en una atmósfera saturada de los miasmas del chovinismo, cuando toda la sociedad alemana guardaba silencio y el militarismo campaba a sus anchas. Él se atrevió a levantar la voz y decir: “Káiser, generales, capitalistas y vosotros, Scheidemann que estranguláis a Bélgica, devastáis el norte de Francia y queréis dominar el mundo entero, yo os desprecio, os odio, os declaro la guerra, una guerra que estoy dispuesto a llevar hasta el final”.

¡Camaradas, si bien el envoltorio material de Liebknecht ha desaparecido, su memoria permanece y permanecerá imborrable! Junto al de Karl Liebknecht, el nombre de Rosa Luxemburgo se conservará para siempre en los fastos del movimiento revolucionario universal. ¿Conocéis las leyendas sobre los santos y su vida eterna? Estas historias se basan en la necesidad que tienen los hombres de conservar la memoria de quienes, como líderes, les han servido honesta y verazmente; necesitan inmortalizarlos envolviéndolos en una aureola de pureza.

Camaradas, nosotros no tenemos necesidad de tales leyendas; no necesitamos canonizar a nuestros héroes, nos basta la realidad de los acontecimientos que estamos viviendo, por sí misma legendaria, que pone de manifiesto la fuerza de espíritu de nuestros dirigentes y forja unos caracteres que destacan sobre el resto de la humanidad. Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo vivirán eternamente en nuestro recuerdo. Siempre, en todas las reuniones en las que hemos evocado a Liebknecht, hemos sentido su presencia y la de Rosa Luxemburgo con una claridad extraordinaria, casi material.

Y la sentimos ahora, en estos trágicos momentos en los que nos sentimos espiritualmente unidos a los más nobles trabajadores de Alemania, de Inglaterra y del mundo entero, todos abrumados por el mismo e inmenso dolor. En esta lucha y ante estas pruebas, los sentimientos no conocen fronteras.

Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht son nuestros hermanos

Para nosotros, Liebknecht no es sólo un dirigente alemán, igual que Rosa Luxemburgo no es sólo una socialista polaca que se puso a la cabeza de los obreros alemanes... Ambos son nuestros hermanos; estamos unidos a ellos por lazos morales indisolubles. ¡Camaradas! Jamás repetiremos esto demasiado, pues Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo estaban estrechamente unidos al proletariado revolucionario ruso.

La vivienda de Liebknecht en Berlín era el centro de reunión de nuestros emigrados. Cuando se trataba de protestar en el parlamento o la prensa alemanes contra los servicios que los imperialistas germanos prestaban a la reacción rusa, nos dirigíamos a Karl Liebknecht. Él llamaba a todas las puertas e influía sobre todos —incluso sobre Scheidemann y Ebert— para decidirlos a reaccionar contra los crímenes del imperialismo.

Rosa Luxemburgo lideró el partido socialdemócrata polaco que, junto al partido socialista, forman hoy el Partido Comunista de Polonia. En Alemania, Rosa Luxemburgo, con el talento que la caracterizaba, profundizó en la lengua y la vida política del país, y pronto ocupó un lugar destacado en el antiguo partido socialdemócrata.

En 1905, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo tomaron parte en todos los acontecimientos de la revolución rusa. Rosa Luxemburgo fue incluso arrestada por su condición de militante activa y puesta bajo vigilancia tras su excarcelación de la ciudadela de Varsovia. Entonces pasó ilegalmente a Petrogrado (1906), donde frecuentó nuestros círculos revolucionarios. Visitaba a nuestros detenidos en las prisiones y nos servía, en el sentido más amplio del término, de enlace con el mundo socialista de entonces. Pero además de todas estas relaciones personales, guardamos de nuestra comunión moral con ella —de esa comunión que crea la lucha en nombre de grandes principios y esperanzas— el más hermoso de los recuerdos. Hemos compartido con ella la mayor de las desgracias conocida por la clase obrera universal (la vergonzosa bancarrota de la Segunda Internacional en agosto de 1914). Y con ella levantaron la bandera de la Tercera Internacional los mejores de entre nosotros, y la han sostenido con orgullo sin desfallecer un solo instante.

Hoy en día, camaradas, ponemos en práctica los preceptos de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo en la lucha que mantenemos. Sus ideas nos inspiran cuando, en un Petrogrado sin pan ni fuego, trabajamos para construir un nuevo régimen soviético. Y cuando nuestros ejércitos avanzan victoriosos en todos los frentes, el espíritu de Karl Liebknecht y de Rosa Luxemburgo también los anima. En Berlín, la vanguardia del Partido Comunista aún no disponía de fuerzas suficientemente organizadas para defenderse. Aún no tenía un ejército rojo —como tampoco lo teníamos nosotros durante las jornadas de Julio— cuando la primera oleada de un movimiento poderoso, pero no organizado, fue quebrada por bandas poco numerosas, pero organizadas. Aún no hay ejército rojo en Alemania, pero sí lo hay en Rusia. El ejército rojo es un hecho, día a día se organiza y es más numeroso. Cada uno de nosotros tomará como un deber el explicar a los soldados cómo y por qué han muerto Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, lo que eran y el lugar que debe ocupar su memoria en el espíritu de todo soldado, de todo campesino. Estos dos héroes han entrado para siempre en nuestro panteón espiritual. Aunque en Alemania no deja de extenderse la ola reaccionaria, no dudemos ni por un instante de que el octubre rojo está próximo.

Y ahora, dirigiéndonos al espíritu de los dos grandes difuntos, podemos decir: Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, ya no estáis en este mundo, pero seguís entre nosotros; viviremos y lucharemos animados por vuestras ideas, bajo el influjo de vuestra grandeza moral, y juramos que si llega nuestra hora moriremos de pie frente al enemigo, como vosotros habéis muerto, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.

* Publicamos el artículo completo, tomando la traducción publicada en el apéndice documental de Bajo la bandera de la rebelión, Rosa Luxemburgo y la revolución alemana, Fundación Federico Engels.






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