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José Luis Abarca, torturador y asesino encarna la podredumbre del Estado mexicano

En el periódico El País, Nicolás Mendoza Villa, sobreviviente de un ataque de José Luis Abarca y sus sicarios, revela la profunda descomposición de las instituciones de México, vinculadas estrechamente con el narcotráfico.

Bárbara Funes

México D.F |

Viernes 7 de noviembre de 2014 | Edición del día

Su testimonio es sobrecogedor: José Luis Abarca en persona asesinó al ingeniero Arturo Hernández Cardona, dirigente de la organización Unidad Popular, que protestó contra el alcalde.

Cita El País el testimonio de Mendoza Villa: “Abarca ordenó que llevaran al ingeniero a la fosa. Allí le empezó a decir: ‘¿Por qué me pintas el Ayuntamiento, eh?’ Ya que tanto me estás chingando, me voy a dar el gusto de matarte”.

Antes lo secuestraron, a él y otras personas, como a su chofer, uno de los pocos sobrevivientes. Sufrieron torturas, mientras Abarca observaba y tomaba cerveza.

En 2013 Human Right Watch había solicitado a través de un comunicado que el gobierno federal investigara en profundidad el asesinato de tres activistas, entre ellos Hernández Cardona. El gobierno hizo caso omiso.

Escalofriante. De espanto. Abarca, el ex alcalde de Iguala ahora detenido, es asesino, es operador del narco, es el hombre que encumbró el Partido de la Revolución Democrática (PRD), el hombre del que se quiere deslindar.

El PRD, partido al que pertenecía Rosario Robles cuando ordenó reprimir la huelga de la UNAM en 1999.

El Partido Revolucionario Institucional (PRI) quería promoverlo como diputado. El PRI, el partido del presidente Peña Nieto, que está impune luego de la represión de Atenco, de la cual es responsable político. Él mismo la había ordenado.

El PRI, el partido de Gustavo Díaz Ordaz, el responsable político de la masacre de Tlatelolco, junto con Luis Echeverría. El PRI, el verdugo de la Guerra Sucia.

El Partido Acción Nacional (PAN) no tiene nada que envidiarles a sus socios, el PRI y el PRD. Felipe Calderón, el anterior presidente de México y proveniente del PAN, fue el impulsor de la llamada “guerra contra el narco”: el saldo, cientos de miles de muertos y desaparecidos.

Es incalculable el número de migrantes que se dirigían a Estados Unidos asesinados y desaparecidos en su travesía por México. ¿Cuántas masacres hay ocultas?

Abarca y María de los Ángeles Pineda son señalados como “responsables intelectuales” del ataque a los normalistas. Son simples peones en un macabro tablero de ajedrez del régimen asesino del PRI-PAN-PRD.

¿Cuántos muertos sin nombre hay en las fosas clandestinas? ¿Cuánta sangre derramaron los partidos de los empresarios, el narco y las trasnacionales?

¿Estos partidos podridos pueden reformarse? ¿Pueden hacer justicia por los 43 estudiantes desaparecidos? ¿Se pueden sanear las instituciones que solapan asesinos, criminalizan a los luchadores sociales y entregan los recursos del país a los capitales internacionales?

En las acciones por los normalistas –y por todos los agraviados, los desaparecidos, los asesinados– parece que empieza a dibujarse un no.







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