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John Berger: Adiós a un hombre que escribe

A partir del reciente fallecimiento del escritor británico John Berger un breve recorrido por su obra y sus ideas.

Miércoles 4 de enero | Edición del día

Abelardo Castillo ha dicho muchas veces que un escritor es un hombre que escribe. Siempre me gustó esa definición. Por un lado, porque desmitifica un poco el oficio de escribir: cualquiera que escriba es, por derecho etimológico, escritor. Y, por otro, porque de alguna manera nos recuerda que para ser escritor deben reunirse dos condiciones: la primera, ser y habitar el mundo como hombre y, luego, sí, escribir. Si escribir es sólo un aspecto de un hombre que escribe, el hombre que escribe es, debe ser, además, muchas otras cosas.

Se nos fue Berger, uno de esos escritores que tienen muy en claro que el hombre está primero, que el ser humano está antes que todo. Uno de esos grandes escritores, de la raza de Hemingway, a los que no les basta con su gran escritura.

Berger fue no sólo novelista sino también artista plástico, soldado, poeta, ensayista, maestro, crítico de arte, militante. Un hombre de letras, pero también de acción. Un poeta guerrero que admitía que la escritura no tiene territorio propio, sino que es sólo una aproximación a la experiencia sobre la que se escribe.

De su rica biografía, entonces, quisiera rescatar dos hechos no literarios.

En 1944 interrumpe sus estudios artísticos al ser reclutado por el Ejército Británico. Dada su formación académica, sus superiores consideran nombrarlo oficial, pero Berger rechaza el nombramiento y es enviado, probablemente como reprimenda, a los cuarteles de Ballykelly, en Irlanda del Norte, donde convive con reclutas provenientes de la clase trabajadora. Una época dolorosa, diría él después, pero sumamente formativa.

En 1972, gana el Booker Prize por su mítica novela G. No sucumbe al canon, ni a la corrección política del escritor galardonado en un mundo en el que los premios no sólo asignan valor a un trabajo, sino que también pueden funcionar como GPS geopolítico, localizando y conteniendo la labor creativa. Insobornable, incontenible, Berger sube a recibir Booker con un integrante del movimiento de las Panteras Negras, a quienes además dona la mitad de la plata del premio. “Tenía que volver el premio contra sí mismo”, declararía luego.

Ambas anécdotas creo, reflejan sin duda el espíritu íntegro de John Berger. Su obra está atravesada por su mirada política, claro, pero el compromiso político del autor trascendía su arte, lo desbordaba.

El hombre estuvo para él, siempre, primero. Adiós y gracias, entonces, al hombre que escribe. Pero también al hombre universal, al hombre que pinta, va a la guerra, milita, polemiza, transgrede. Al hombre que dijo que se protesta para salvar el momento presente y que en cada momento que alguien protesta hay una pequeña victoria.

*Escritor, profesor de la UNLP e investigador del CONICET.




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