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HISTORIA

Joe Hill, trovador de los insurrectos

Obrero, militante y artista. Perseguido por el gobierno estadounidense, Hill fue ejecutado en 1915. Treinta mil trabajadores acudieron a su funeral, coreando sus canciones en todos los idiomas.

Sábado 6 de agosto de 2016 | Edición del día

Poeta y mártir

Joel Emmanuel Hägglund nació en la ciudad sueca de Gävle, en 1879. A la edad de veintitrés años partió hacia Estados Unidos donde adoptó el nombre Joseph Hillstrom –o “Joe Hill”-.

Al igual que muchos trabajadores inmigrantes de la época, se convirtió en un errabundo. Con un cuaderno y un lápiz como acompañantes ineludibles, recorrió el país tras distintas oportunidades laborales: pasó por cocinas de hoteles, el ferrocarril, la mina, campos de frutos y el puerto.

En 1910, se unió a los combativos Trabajadores Industriales del Mundo (IWW) que, contrariamente al sindicalismo coetáneo, agrupaban a los obreros no calificados, extranjeros, negros y mujeres. Allí, militó codo a codo con personalidades como Vincent St. John, Big Bill Haywood, Mother Jones, Lucy Parsons y Matilda Rabinowitz.

Adelantándose a su época, los wobblies –como se apodaba a los miembros de la organización- penetraron en el corazón de la industria y anunciaron que no había posibilidad de conciliación entre el trabajo y el capital. Además, contribuyeron a concientizar a la clase trabajadora, mediante agitación y propaganda con su prensa, panfletos y campañas.

Hill no tardó en transformarse en un gran dirigente y pasó a la historia como un payador de huelgas, paros y mitines. A través de su arte y su militancia, abrazó el internacionalismo, se lanzó contra los esquiroles, los predicadores, el gobierno, las fuerzas represivas y las burocracias.

Supo componer temas a partir de cada una de sus experiencias de lucha, que no fueron pocas. Viajó a México durante la Revolución de 1910; se trasladó a Hawaii para llevar sus experiencias y organizar al naciente proletariado, al año siguiente; en 1912 fue parte de la huelga de Fraser River en Canadá; y participó de importantes conflictos en suelo norteamericano tales como la huelga de “Pan y Rosas”.

Algunas tonadas, entre las que se destacan El predicador y el esclavo, Trabajadores Unidos, La muchacha rebelde –dedicada a la incansable Elizabeth Gurley Flynn- y Hay poder en los sindicatos, permanecen como himnos de la clase obrera estadounidense. También demostró sus dotes como caricaturista, ilustrando las páginas del periódico Industrial Worker.

En 1914, mientras se encontraba en la ciudad de Salt Lake, Utah, fue incriminado y condenado sin pruebas por el asesinato de un hombre. El caso generó un revuelo de tal magnitud, que el propio presidente, Widrow Wilson, debió pronunciarse.

Repleto de irregularidades, el proceso terminó en una sentencia de muerte para Hill. Como no podía ser de otra manera, en la cárcel escribió un testamento en forma de poema:

¿mi cuerpo? / ah, si pudiera elegir… / ojalá se reduzca a cenizas
y una alegre brisa las lleve / a un lugar donde crezcan las flores
quizás entonces / algunas hojas dormidas / revivan y florezcan otra vez
ésa es mi voluntad final / buena suerte a todos ustedes

El caso de Joe Hill

La querella contra Joe Hill, así como la respuesta obrera que suscitó, ilustran el lugar que este combatiente se había ganado entre los suyos –y la amenaza que representaba para los garantes del orden.

Utah tenía una aguerrida tradición. Hill llegó a ese Estado del oeste del país en 1913, para trabajar y colaborar con huelguistas ferroviarios.

En 1914, ingresó al hospital con una herida de bala en el pecho, conseguida, según contaba, en una pelea de bar. Sin ninguna evidencia ni testigo que lo ligue al hecho, la policía le atribuyó el asesinato de un comerciante y ex oficial llamado John Morrison, quien supuestamente había disparado su pistola –que nunca fue encontrada- antes de morir.

Alegando la resistencia del acusado –que no tenía arma en el momento del arresto-, los agentes le asestaron otro tiro a Hill y, privándolo de asistencia médica, lo dejaron con una herida infectada en prisión. A pesar de los reiterados intentos por quebrarlo, nunca confesó y fue condenado a muerte.

La indignación recorrió el país. Helen Keller, quien había militado en la IWW, acudió al presidente. Éste se vio obligado a pedir formalmente una reducción de la pena. La principal central sindical, la traidora Federación Americana del Trabajo –aliada del gobierno y los patrones- debió hacer lo mismo, frente a la presión de sus bases.

Nada pudo frenar la decisión que los capitalistas habían tomado de antemano: Joe Hill debía ser exterminado.

Su funeral tomó lugar el 25 de noviembre de 1915 en Chicago. Entonces, lejos de celebrar el “Día de acción de gracias” –tradicional festividad norteamericana-, treinta mil personas de distintas nacionalidades viajaron desde todos los puntos del país para despedirlo.

Se realizó un acto, iniciado con una interpretación de Trabajadores del mundo, despertemos. Además, hubo discursos en inglés, sueco, húngaro, polaco, español, alemán, lituano e italiano.

Fue la mayor concentración obrera desde la ceremonia a los Mártires de Chicago. Dicen que sonaban las canciones de Hill en todos los idiomas.

Sus cenizas fueron arrojadas a lo largo de todo el país.

Se necesita más que armas para matar a un hombre

Veinticuatro horas antes de ser ejecutado, un miembro de la IWW recibió una carta de Joe Hill donde afirmaba: “Morí como un verdadero rebelde. No pierdan tiempo lamentándose. Organícense”.

Hill fue, sin duda, un poeta obrero que cantaba a su clase. Sus temas supieron encontrar eco en miles de gargantas que, hartas de este sistema, decidieron combatirlo; y se convirtieron en la banda sonora de piquetes, cortes y marchas.

Además, su militancia inquebrantable y su obra, son una muestra viva de que aunque “las vacas son ajenas”, no sólo “las penas son de nosotros”… también contamos con la alegría de la lucha y la confianza en la victoria.

Canción “Joe Hill” por Joan Baez








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