Cultura

CRÍTICA DE CINE

James Whale y los armarios de Hollywood

Los armarios de Hollywood que de un modo otro siguen vigentes -a pesar de un sano tira y afloja-, se han construido, por lo general, en torno a la gestión del silencio y el cotilleo, el dicho y el sobreentendido.

Martes 10 de abril | 19:02

Aunque voy a hacer referencia al mítico director de cine James Whale (realizador de cine fantástico para la Universal y creador del primer “Frankenstein” sonoro), reconocido en la novela y la película “Dioses y monstruos” de Christopher Bram y Bill Condon, respectivamente, no está de más decir que aún hoy los regímenes de “lo normal” funcionan a medio gas.

El merecido Oscar a James Ivory por su elegante guión de “Call me be your name” del italiano Luca Guadanino no oculta que Hollywood ha escogido una película de qualité, despolitizada, anti-queer y claramente hiper-romántica, melosa, para su guiño discreto a la gay-leria en este año en el que las leyes “light” de Obama y el temible retroceso en derechos civiles anunciado o auspiciado por la administración Trump han llegado menos a la alfombra roja que un feminismo lógico, oportuno, fundado aunque algo glaumorizado.

Así, parece haberse sumergido la homofobia que sufre –en plena Guerra Fría- el vecino de la protagonista de “La forma del agua” de Guillermo del Toro, al que da vida el siempre soberbio Richard Jenkins, en un registro campy y las lesbianas siguen siendo las grandes olvidadas de los premios y las grandes ausentes de las “grandes películas” que dan la vuelta al mundo.

Un paso adelante es el premio a la chilena “Una mujer fantástica” de cara a la visibilidad transexual en Latinoamérica, aunque no sin eludir cierto tremendismo y eludir otras muchas películas valientes que se han realizado sobre el tema. Entre los filmes extranjeros queda fuera la bravura y osadía de la francesa “120 pulsaciones por minuto” de Robin Campillo, testimonio impagable de una lucha y una época.
Pero llegando al fondo del asunto, Hollywood tuvo épocas mucho peores como aquella en la que vivió, entre otros, James Whale creador de la película “El Doctor Frankestein” y su impagable secuela “La novia de Frankenstein”. Whale, humilde estudiante de arte dedicado al teatro, desplegó toda su fantasía y capacidad acrobática tras la cámara en estos filmes y en “El hombre invisible” o “El caserón de las sombras”, hoy considerados verdaderos clásicos en su género.

El realizador añadió gotas de sentido del humor irreverente y guiños campy a un público avezado en las claves y guiños filogays de sus filmes como aquel del Dr. Praetorius de “La novia de Frankestein” (que grita la frase “¡Vivimos en un mundo de dioses y monstruos!”) o la sarcástica ambigüedad de algunos personajes y situaciones de “El caserón de las sombras”, insólitos en una época de ostracismo debido a la censura. Pero Whale menos “invisible” de lo exigido -y a pesar del notable éxito de la saga dedicada al monstruo de Mary Shelley con un inolvidable Boris Karloff- no gozó de la inmunidad de otras figuras de Hollywood como George Cukor y vio pronto su vida y su carrera afectadas no solo por el declive del género fantástico a la antigua usanza sino por la homofobia más o menos soterrada que circulaba entre los grandes estudios. Una homofobia y una soledad que tan fielmente refleja el filme “Dioses y monstruos” donde el actor británico fuera del armario Ian McKellen da vida con esfuerzo y pulcritud al realizador en los últimos años de su ajetreada vida personal y creativa. Gravemente enfermo y enamorado de un joven jardinero, Whale puso fin a su vida tal y como retrata de forma honesta y visualmente arrebatadora “Gods and monsters”, el hermoso biopic de Bill Condon.

Eran otros tiempos ya pasados, pero los residuos de las sombras parecen nunca desvanecerse del todo a pesar de las espectaculares salidas del armario de grandes estrellas y figuras públicas.






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