Economía

TRIBUNA ABIERTA

Indiferencia social, una forma de violencia silenciosa

¿Es natural que uno de cada tres habitantes sea pobre? Los medios de comunicación, el papel del estado y una salida posible a la pobreza desde los trabajadores.

Miércoles 26 de octubre de 2016 | Edición del día

Fotografía:Agencia Fe

Todos los días al ir al trabajo, al colegio, la facultad o realizar nuestras actividades nos topamos en las calles con personas durmiendo en las veredas o en los bancos, con mujeres, niños y hombres que piden una moneda y a veces algo para comer.

Puede sucederle a muchos que esa situación les impacte, les sensibilice o apenas signifique un instante de reflexión, pero en definitiva eso es “parte del panorama” cotidiano y es asimilado como algo natural. A tal punto que se transforma en una cuestión indiferente. Como si no ver, quizás, transformara la realidad que está por delante.

¿Pero esto no podría ser de otra forma? ¿Es que no se pude hacer otra cosa que “ayudar” con algún billete o una moneda? El límite al mirar nuestro bolsillo, es que el dinero que poseemos quienes trabajamos para obtener un salario también es finito e insuficiente, aún si quisiésemos colaborar con apenas una sola de las personas en situación de indigencia o de pobreza. A lo sumo, sabemos, esa colaboración para que ese niño, esa mujer, o ese hombre que pide ayuda, alcance para comprar algo para vivir ese día. ¿Cómo cambiar eso?

Muchos se responden que en definitiva no es posible cambiar esa realidad y que querer hacerlo sólo está motivado por un sentimiento de culpa. Cierto es que al ser parte de este sistema contribuimos también en su formación y la vez nos hacemos responsables de las consecuencias. Sin embargo, la culpa se argumenta para justificar la negación, dando como respuesta un “no se puede hacer nada”, o que la solución compete al Estado, los gobiernos, o instituciones como la Iglesia.

Respuestas de las más diversas que confluyen, desde el escepticismo, el desinterés, la impotencia o la comodidad, en la reproducción de esa película conocida de la indiferencia o la caridad.

Sin embargo, no se trata aquí de un grupo minúsculo de marginación, indigencia, o pobreza: un tercio de la población del país no alcanza a cubrir sus necesidades básicas y más de 2 millones ni siquiera las necesidades alimenticias mínimas.
Según del Instituto Nacional de Estadística y Censos, 32,2 % de los habitantes de la Argentina vive en condiciones de pobreza, al cierre del segundo trimestre de este año, en tanto, el 6,3 % de las personas son indigentes. Los porcentajes significan que hay 8.772.000 de personas pobres y 1.705.000 de habitantes que viven en la indigencia en los 31 aglomerados relevados por la encuesta, lo que significa aproximadamente un total de 13 millones de pobres en todo el país.

Y esta situación es mucho peor para los jóvenes. Según los datos oficiales, el 47,4 % de los niños entre 0 y 14 años vive en un hogar pobre en el país. Mientras que de la población entre 15 y 29 años el 38,6 % está por debajo de la línea de pobreza.
Estos datos por sí mismos, hablan. Hace falta hacer un esfuerzo de reflexión más profunda que aquella que deriva en la indiferencia o la caridad.

El “otro” y los medios de comunicación

Según la ONG Techo, muchas familias rechazan el asistencialismo y señalan que al no recibir oportunidades laborales se ven empujadas al aislamiento, al tiempo que ven sus magros ingresos saqueados por la inflación. Así, casi tres millones de personas viven hacinadas y empobrecidas en un país con 2.780.400 kilómetros cuadrados y una producción de alimentos suficiente como para abastecer a 400 millones de personas al año.

Sin embargo, los medios de comunicación, más allá de informarnos de la realidad económica, lo que hacen es tergiversar la información y presentarla de forma tal que estigmatizan y criminalizan a las familias obreras, construyendo así una idea del “otro”.

Esta influencia por parte de la mayoría de medios de comunicación impacta de una manera tan negativa hacia la sociedad que nos vuelve más insensibles y nos aleja más de la realidad en la que vivimos. A su vez, vivimos tan encerrados en nuestro círculo que no reaccionamos ante estos sucesos. Un sistema individualista que nos tiene tan cerca y a la vez tan alejados de la realidad.

Cerca en el sentido de que las desigualdades están a la vuela de la esquina. Pero tan ajenos a ellos porque vivimos influenciados por los medios que criminalizan. A diario vemos noticias que muestran la manera de delinquir en las villas o la realización de allanamientos por venta de drogas, que si bien pueden estar basados en casos reales, las cosechas masivas de drogas no salen de un humilde domicilio en una villa, sino de grandes mafias. Asimismo, muchas de ellas ya tienen acuerdos con la policía. Y en cuanto a los robos, las noticias nos muestran robos de personas naturales mas no los convenios de las grandes firmas y empresarios amigos del gobierno con el Estado, que en su mayoría perjudican a la clase obrera.

Pero no, la prensa no nos muestra esta realidad o lo hace selectivamente, de tal manera que nos pone a unos en contra de otros. Por ejemplo, nunca nadie cuestionó en los grandes medios que el salario mínimo, vital y móvil sea de $7.560. Un ingreso que claramente no cubre las necesidades básicas como el pago de alquiler, servicios y educación (si bien es cierto la educación pública es gratuita, pero estudiar implica otro tipo de costos).

Si además a ese ingreso le sumamos el costo que conlleva mantener una familia es evidente que condenamos al obrero a llevar una vida de pobreza. Según la Canasta Básica Alimentaria que elabora el INDEC, una familia compuesta por dos personas adultas y dos niños de entre 6 y 8 años necesitó $ 5287,67 por mes para cubrir los alimentos y no caer en la indigencia. Si a este monto se suma lo indispensable para comprar vestimenta, transporte, educación y salud, entre otros, la cifra asciende a $ 12.637,53.

Pero el salario mínimo por jornada completa está fijado por ley, ¿Cómo se espera que viva una familia con un ingreso tan bajo? El Estado y las leyes tampoco son, entonces, ni neutrales, ni justas.

Realidades similares o aún más agudas se viven en Perú, Chile, México y en el resto de América Latina, en un contexto de amplias desigualdades y polarización social. Observando el índice de Gini, que es una aproximación a la desigualdad de ingresos, se ve a Honduras en un índice de 53,7 y una pobreza que afecta al 62,8% de la población, seguido por Colombia con un coeficiente de Gini de 53,5 y una pobreza de 27,8%. El “gigante” Brasil, que atraviesa varios años de recesión, con un coeficiente de Gini de 52,9 , en tanto que en Argentina el coeficiente alcanza a 42,7, según cálculos del Banco Mundial.

Mientras tanto, según la agencia Oxfam las 62 personas más ricas del mundo poseen la misma riqueza que la mitad de la población acumulada. No es casualidad que el porcentaje de pobreza sea más alto en América Latina que en Europa.

Basta de violencia silenciosa: pasemos a la acción

Ese ejercicio de violencia silenciosa, la indiferencia ante las condiciones de vida del sector más vulnerable, es una violencia al cual estamos acostumbrados, en ocasiones desde la niñez. El entorno individualista en el que vivimos nos hace ajenos hacia esa realidad y hasta terminamos naturalizándolo.

“Todos son unos vagos” o “no podemos hacer nada para cambiarles la vida” son frases típicas utilizadas por la ideología dominante para generar un “sentido común” en el cual se naturalice y legitime la explotación, incluso a costa de discriminar a los hermanos de nuestra misma clase.

Pero que la indiferencia no nos ciegue. Los derechos que ahora los trabajadores poseemos no fueron gratis ni se dieron por la buena fe del empresario, sino que se dieron por medio de la lucha. Cada derecho ganado lleva por detrás una batalla de clase, en el que muchas personas se jugaron hasta la vida, para que hoy en día por ejemplo todos podamos gozar de una jornada legal de trabajo de 8 horas por día.

Es así que como trabajadores fuimos ganado nuestros derechos, y así también combatiendo la opresión hacia las mujeres, los niños y la juventud. Pero aún quedan más derechos por conquistar, aún el salario mínimo no cubre la canasta básica, el aborto sigue siendo ilegal y las muertes por abortos clandestinos afecta especialmente a las más pobres, aún siguen habiendo personas que viven en la indigencia.

Que la indiferencia no nos ciegue. Los trabajadores, pobres y ricos, podemos ser objeto y sujetos de cambio. Empecemos por comprendernos y organizarnos como parte de una misma clase.








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