Cultura

CRÍTICA DE CINE

“Incierta gloria”, de Agustí Villaronga

Rodada en catalán y castellano “Incierta gloria” nos narra, a partir de una novela de Joan Salles, un episodio algo folletinesco a finales de la guerra civil española, en un pueblo de la zona republicana en el frente de Aragón que resiste a los embistes cada vez más brutales del avance fascista.

Viernes 7 de julio | 17:35

A pesar de que la historia es demasiado novelesca y hasta esquemática en su psicologismo de fábula, Agustí Villaronga demuestra una habilidad cinematográfica digna de sus mejores obras, más cercana en su construcción de tiempos y espacios a “Pan negro”, con sus secretos y rencores, que a “El mar” o películas de culto como “Tras el cristal” o “El niño de la luna”, con su mirada puesta en la adolescencia herida.

Con todo, el tema de la guerra queda algo desdibujado por la alambicada trama de engaños, infidelidades, traumas y miserias del pueblo donde se desarrolla la mayor parte de una acción que, en sus mejores momentos contiene la poesía mórbida del realizador y su ambivalencia a la hora de mirar sin piedad hacia los dos bandos. Aunque sin dejar nunca de mostrar el sector moralista, machista, cobarde y homófobo también dentro de las filas republicanas, su postura izquierdista brilla con claridad a lo largo de toda la película como también su quedo alegato feminista, dentro de un retrato coral donde todos los personajes se ven arrastrados por el fango de una guerra cruel.

Frente a la falta de intensidad, a pesar del esfuerzo, de la pareja protagonista, cabe destacar la fuerza de los personajes más alucinados de la historia como el Juli Mira, cercano a la locura y de una extraña lucidez, que encarna Oriol Paulo, o el inquietante personaje de La Carlana, cacique del lugar, que abre la historia y cuya sombra, jugando en ambos bandos, va a pesar sobre todo el pueblo como una figura amargada, oscura y caciquil.

Es en esas aguas de ambivalencia donde el realizador mallorquín avanza sobre otras películas sobre la guerra civil, dando mayor complejidad a sus personajes y vigor a sus conflictos, además de incluir reflexiones nuevas sobre la masculinidad, la feminidad y las identidades nacionales, así como la lucha de clases o la frontera entre la cordura y la locura, aunque en esta ocasión, tal vez debido al material de partida, esté más cerca del melodrama romántico o de la tragedia en sentido estricto que de la reflexión sociopolítica.

Villaronga, a la vez fiel en infiel al original literario, lanza una mirada despidada al militarismo y el belicismo venga de donde venga así como a esa España negra y beata que no es patrimonio de ninguna ideología aunque finalmente se va a poner al servicio de las huestes fascistas y sus oligarcas, cuya victoria flota en el ambiente de miseria y desesperanza que se respira en el aire polvoriento del pueblo, en la atmósfera funeraria y en la mirada desesperada, febril terminal de alguna de las principales criaturas que pueblan filme.

Una novela de guerra y amor no demasiado original que Villaronga sabe, no obstante, llevar a su universo fílmico de dioses y monstruos, con su particular imaginería audiovisual y a su gusto por lo turbio, lo gótico, lo esperpéntico y lo sugerente, sin escatimar ni su lírica delicadeza ni su implacable crueldad, que ya veíamos, de otra forma, en otros grandes trabajos suyos.

Como anécdota extra-cinematográfica valga contar que, a algunos lugares de Castilla o el epicentro del Estado, el filme no ha llegado o ha llegado con discreción, porque -en estos tiempos de agrias polémicas en torno al derecho del pueblo de Cataluña a decidir sobre su autodeterminación- el exhibir una película en catalán con subtítulos puede “levantar alguna ampolla”. Las heridas nazionales siguen abiertas.






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