A PROPÓSITO DE LA NAVIDAD

Iglesia Católica y cristianismo primitivo

Miércoles 31 de diciembre de 2014 | Edición del día

La celebración de la Nochebuena y la Navidad fueron instituidas por la Iglesia Católica de occidente en el año 354 durante el papado de Julio I, si bien fue el emperador Justiniano en 529 quien emplazó ese día festivo en el calendario. La fecha no fue seleccionada al azar sino que tiene un origen pagano, derivado del culto de Mitra (el dios del sol de los persas durante los siglos VII y VI anterior a nuestra era), en la cual los pueblos indoeuropeos solían celebrar el solsticio de invierno, la noche más larga del año, que preanunciaba el próximo retorno del sol tras el frío del invierno. De esa manera, la Iglesia Católica asimiló esa celebración tan antigua que remitía al nacimiento del sol resemantizándola, haciéndola coincidente con el nacimiento de Jesús, trazando así su relación con el cristianismo primitivo con el objetivo de legitimarse, aspecto registrado en numerosas ocasiones en la historia, particularmente en períodos de crisis. No resulta casual que el papa Francisco haya seleccionado su nombre aludiendo al franciscanismo, la orden que sostenía el retorno al cristianismo primitivo a partir de la comunidad de fieles, que rápidamente terminó absorbida en la pompa y el boato de la curia. Sin embargo, la enunciación de esa relación de continuidad está viciada de imposturas, pues la formación de la Iglesia y el desarrollo del cristianismo primitivo responden a fenómenos históricos distintos, animados por diferentes clases sociales, movilizadas por distintos motivos.

Si bien no existe ninguna evidencia histórica real de la existencia de Jesús y los apóstoles, pues el Evangelio de San Marcos (el más antiguo de los Evangelios) fue escrito casi un siglo después, el cristianismo primitivo hundió sus raíces sociales en los padecimientos de los campesinos judíos pobres expropiados por el Imperio Romano. Separados del Rabinato y del judaísmo ortodoxo, esos campesinos se organizaron en infinidad de sectas heréticas como los esenios, los celadores o zelotes, los saduceos, los fariseos, etc., enfrentadas con los reyes Herodes y Agripa, la realeza judía y el Imperio Romano, que imponía el cobro de fuertes tributos en sus provincias, conduciendo a la miseria más absoluta a las franjas más desposeídas. El filósofo judío Filón de Alejandría describía a los esenios como aquellos que “carecen de propiedades, casas, esclavos, tierra o ganado”. Esta secta practicaba un comunismo primitivo o espartano, mediante la socialización de la pobreza de sus miembros, a partir de los pocos bienes de uso que poseían, organizados en pequeñas comunidades en rechazo a la plutocracia de Roma. Por otro lado, los zelotes o celadores (por su celo en Dios) constituían la secta más radical que animaba la insurrección contra Roma y sus vasallos de la realeza judía.

Durante las guerras judías del año 66 a 70, tomaron por asalto Jerusalén, aunque finalmente fueron derrotados por la abrumadora superioridad del ejército romano.

Las ideas que sustentaban el cristianismo primitivo resultaban del sincretismo entre el misticismo de los neopitagóricos, el idealismo de Platón y el rechazo del deseo contenido en Zenón y los estoicos. Esta mixtura se hallaba en abierta oposición al pensamiento greco-romano, que formaba el escalón más avanzado de la humanidad, sintetizado en las ideas materialistas de Demócrito, Epicuro y Horacio. Sin embargo el cristianismo, en tanto movimiento social, era la expresión genuina y concreta de la impotencia campesina a la superación del Imperio Romano, apoyado sobre una soldadesca brutal que arrasaba con todo a su paso, donde la redención del hombre y sus penurias sólo podían hallarse en el “reino de los cielos”. Sólo los esclavos tuvieron la capacidad potencial de proporcionar una salida superadora, que resultó imposible tras la derrota de la gran rebelión de Espartaco y su ejército de 70 mil esclavos en armas (año 71 anterior a nuestra era).

Si bien comenzó siendo un movimiento marginal, recién en el siglo III el cristianismo cobró un carácter de masas, fundado sobre la pauperización generalizada de las provincias que componían el imperio. El desarrollo de Roma llevaba la simiente de su propia crisis: mientras el imperio absorbía toda la savia de las provincias, sea en moneda o especie, no daba nada a cambio. Para garantizar ese orden era necesario el flujo constante de soldados, contratados como mercenarios. Así Roma se sostenía sobre el pillaje de los pueblos conquistados para satisfacer el lujo y excentricidad de las clases patricias romanas, llevando al marasmo a la economía del imperio, donde la institución de la esclavitud resultaba cada vez más onerosa.

Sobre la crisis del modo de producción esclavista, emergió en el siglo IV la figura de Constantino, el primer emperador romano que asimila la fe cristiana, transformándola en religión de Estado e ideología de los grandes propietarios rurales, que extienden la economía feudal basada en el régimen de servidumbre por toda Europa a instancias de los pueblos “bárbaros” germánicos. De este modo la Iglesia Católica adquiere su fisonomía actual, homogeneizando su dogma en guerra extendida en el tiempo contra las sectas heréticas, como los partidarios de Arrio, los samaritanos, el montanismo, el sabatarianismo, etc., tal como describe el cronista romano Procopio en su Historia secreta, escrita a mediados del siglo VI.

En numerosas ocasiones de la historia, las clases oprimidas recurrieron a ideas religiosas como expresión distorsionada de la lucha de clases para justificar sus acciones y constituirse en movimientos sociales, tal como el protestantismo a principios del siglo XVI que expresaba las ideas de prosperidad de una burguesía en ascenso contra el ascetismo de los príncipes de la Iglesia Católica que formaban parte de los terratenientes de la aristocracia feudal.

A diferencia de los teólogos y sus ideas trascendentales de religión, los socialistas revolucionarios comprendemos la realidad a partir de los hombres de carne y hueso y las relaciones que contraen para producir sus medios de vida. Del mismo modo en que los hombres producen manifiestan también un determinado modo de vida, basado en valores, costumbres y un sistema de creencias materializado en instituciones que naturalizan y justifican mediante un sentido común la dominación de las clases propietarias por sobre las clases desposeídas, garantizando el orden establecido. La crítica implacable a la religión (en sus diversas formas) es una tarea ineludible de los obreros concientes para develar las cadenas de la esclavitud asalariada de este sistema, una condición necesaria para avanzar hacia la emancipación de la humanidad en una sociedad sin explotadores ni explotados.






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