Cultura

CINE NEGRO

Ida Lupino, una realizadora excepcional en el Hollywood de los cincuenta

Ida Lupino, descendiente de una familia de “artistas italianos” que se definía a sí misma como “la Bette Davis de los pobres”, además de una versátil actriz dramática fue una de las primeras mujeres directoras de la industria del Hollywood. Eso sí, sin salirse mucho, al menos desde un punto de vista narrativo, del cine que se hacía en su época.

Eduardo Nabal

Burgos | @eduardonabal

Viernes 23 de octubre | Edición del día

Lupino, aunque transitó por varios géneros cinematográficos, fue protagonista, sobre todo, de grandes títulos del cine negro de los años cuarenta y cincuenta, con filmes como “El último refugio” y “La pasión ciega”, ambas de Raoul Walsh, “La casa de la sombra” de Nicholas Ray, acerca de la violencia policial, “Mientras Nueva York duerme” de Fritz Lang, sobre la prensa amarilla, o “El gran cuchillo”, despiadada visión de los entresijos de los magnates Hollywood dirigida por Robert Aldrich, sobre una pieza teatral del dramaturgo izquierdista Clifford Oddets.

También colaboró con Henry Hathaway, Anatole Litvak, Jean Negulesco y otros artesanos del género que han sido reivindicados recientemente como pioneros en su destreza narrativa y en un pesimismo temático, que bebe de las fuentes del celuloide europeo de finales de los años treinta, con ecos visualmente expresionistas y temáticamente existencialistas.

El cine negro desafió, con su visión sombría de los males que ocultaba la sociedad estadounidense del momento (las cárceles, el crimen organizado, la corrupción policial, el provincianismo mental, el racismo, el chantaje...) a muchos códigos de censura todavía vigentes con multitud de triquiñuelas. Quizá por ello ha sido uno de los géneros más frecuentados por los guionistas y directores de talante progresista, tal y como nos narran Paul Buhle y Dave Wagner en su espléndido libro, recién traducido, “La izquierda de Hollywood”, un recorrido exhaustivo de todos aquellos profesionales cercanos a la izquierda en un mundo que acabaría tomado por la sombra del conservadurismo y la persecución de antiguos comunistas.

Ida Lupino no destacó especialmente por sus posiciones progresistas o antifascistas como hicieron Dalton Trumbo, Robert Rossen, Edward Dymytrk, Dassiell Hammett, Robert Wise, Lillian Hellman o Dore Schary, entre otros de los muchos que desde el cine de suspense arremetieron contra determinadas instituciones como las fuerzas policiales, la herencia del ejército, la situación en las prisiones o las amenazas a los sindicatos de trabajadores, entre los que se encontraban, de forma muy controvertida, los sindicatos de guionistas de cine, muchos venidos del teatro de protesta social de los años treinta, en la mejor época del “New Deal” que cristalizaría en películas como “Las uvas de la ira”.

Y es precisamente en esa década cuando encontramos al único antecedente como mujer realizadora en los grandes estudios a Lupino, la directora de comedias sofisticadas o “screnwall” Dorothy Azner, que, con su independencia y aspecto andrógino, dirigió a algunas de las grandes actrices de la época, en una breve pero intensa carrera que se prolongó, con dificultad, hasta los años cuarenta. Hoy es recordada por “Hacia las alturas”, el biopic de la piloto Amelia Edwards, un drama histórico donde una jovencísima Katherine Hepburn daba vida a la célebre e intrépida aviadora.

Lupino, entró, en un Hollywood ya marcado por los renovados códigos de censura y se definió también como “la Don Siegel de los pobres”, por su acercamiento al cine negro de cariz urbano, humanismo social, crispación ambiental y narrativa vigorosa. No obstante, la actriz y directora rompió algunos tabúes al mostrar de forma pionera en sus filmes, de producción modesta cercana a la serie B, temas como la violación de una joven y su posterior periplo, con sus traumáticas secuelas psicológicas en “Outrage” o la condición de la mujer en “El bígamo”, donde compartía protagonismo y marido con una estirada Joan Fontaine. En “El bígamo” exponía la división feroz entre la vida profesional y privada de un hombre que ama, transita y se separa de dos mujeres y dos ciudades, dos mundos contrapuestos en la esfera social del momento.

Edmund O’ Brien fue el actor más destacado de su cine y con el que rodó su mejor “thriller”, “El autoestopista” (“The Hitch-killer”), un filme sobrio, tenso y lleno de acción, considerado ya todo un clásico de culto que, con solo tres personajes, ha influido por su ritmo implacable, su violencia psicológica y sus luces y sombras del operador Nicholas Musuraca, en muchos títulos posteriores sobre “road movies” inquietantes.

Lupino conocía bien las mimbres de las que estaba hecho el género negro, traspasando de lo policíaco a lo social y del suspense o el melodrama a la profundización psicológica en el devenir de sus personajes, siempre rozando el margen o fuera de la ley. Su breve y modesta pero sorprendente carrera, trazada al final de la caza de brujas del senador Joseph McCarthy, se ve influida por esa atmósfera de malestar, desarraigo, desesperación, inestabilidad y mordaz ironía que atraviesan los mejores títulos de un cine hecho de las luces, las sombras, las apariencias y los escombros, de una sociedad de postguerra, sometida ya a los mandatos reaccionarios, la resistencia a la redefinición de las masculinidades y la vuelta de las mujeres -que se habían incorporado al mercado laboral durante la guerra- a la esfera doméstica.

Pero una nueva generación comienza a abrirse camino, a pesar de la “revolución conservadora” propiciada a principios de los años cincuenta con la amenaza comunista como ambivalente telón de fondo. Como muchas de las ‘femmes fatales’ del género Lupino demostraba no sólo que podía ser una estrella de papeles poco convencionales sino también tomar sus propias y arriesgadas decisiones e iniciativas, haciendo ella misma sus filmes, contraviniendo el todavía casi impensable mundo masculinizado de los realizadores para la gran pantalla.







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