Política

REVOLUCIÓN RUSA

Huelga general y marxismo: de 1905 a 1917 (I)

La Revolución Rusa de 1905 constituyó un “ensayo general” que preparó las condiciones para la victoria revolucionaria de octubre de 1917 que cumplirá 100 años en los próximos días.

Juan Valenzuela

profesor de filosofía - Partido de Trabajadores Revolucionarios

Viernes 13 de octubre | 23:20

Para que esa enorme experiencia -cuyo desenlace fue la derrota- pudiese actuar efectivamente como un “ensayo general” y no se perdiera como patrimonio político para el movimiento obrero, fue necesario el rol del Partido Bolchevique que sacó importantes lecciones. Tanto la relación de la huelga general con la insurrección como la relación entre lo espontáneo y lo consciente, son asuntos que pudieron ser enfocados desde un nuevo ángulo a partir de la victoria de octubre de 1917. Recuperar estos debates es ineludible para construir una estrategia revolucionaria de los trabajadores hoy.

Que nada se pierda

Lenin escribía en marzo de 1917, apenas unas semanas después de derrocado el Zar y todavía residiendo en Suiza, a propósito del hecho llamativo de que su caída se produjo en un lapso de 8 días de choques en las calles, que “sin los tres años de tremendas batallas de clases, sin la energía revolucionaria desplegada por el proletariado ruso de 1905 a 1907, la segunda revolución no habría podido producirse tan rápidamente; en el sentido de que su etapa inicial culminó en pocos días. La primera revolución (1905) removió profundamente el terreno, desarraigó prejuicios seculares, despertó a la vida y a la lucha política a millones de obreros y a decenas de millones de campesinos, reveló a unos y otros, y al mundo entero, el verdadero carácter de todas las clases (y de los principales partidos) de la sociedad rusa, la verdadera alineación de sus intereses, de sus fuerzas, de sus métodos de acción, de sus objetivos inmediatos y finales. La primera revolución y el subsiguiente período de contrarrevolución (1907-1914) pusieron al descubierto la verdadera naturaleza de la monarquía zarista, la llevaron a su “último extremo”, descubrieron toda su putrefacción e ignominia, el cinismo y la corrupción de la banda zarista dominada por ese monstruo de Rasputín […] Sin la revolución de 1905-1907, y la contrarrevolución de 1907-1914, no habría sido posible una “autodefinición” tan clara de todas las clases del pueblo ruso y de todos los pueblos que habitan en Rusia, esa definición de la relación de esas clases, entre sí y con la monarquía zarista, que se puso de manifiesto durante los 8 días de la revolución de febrero-marzo de 1917.” [1]

Que nada se pierda. El Partido Bolchevique buscó extraer y preservar las lecciones estratégicas de la experiencia derrotada de 1905 y preparar las condiciones de una nueva ofensiva. Para la clase trabajadora -que no es una clase poseedora y que no cuenta con recursos y poder- no existe ninguna posibilidad de transformar las experiencias en lecciones si no existe un partido que se lo proponga. Que la relación de 1905 y 1917 sea la de un ensayo general de la revolución y la revolución misma sólo fue posible por el factor subjetivo del partido y una cierta preservación de camadas de trabajadores educados por ese partido.

La huelga general y la centralidad obrera en 1905

Ad portas de la revolución de 1905 una parte no menor del movimiento marxista internacional consideraba que el proletariado ruso no podía cumplir un papel protagónico en un proceso revolucionario contra la autocracia zarista, dada la debilidad estructural de la economía y el desarrollo social en Rusia. Para este sector era necesario que la burguesía protagonizara una revolución democrática y que el proletariado vaya detrás de ella como su aliado. Sólo luego de esto se produciría en Rusia un desarrollo económico-social capitalista que sentaría las condiciones para una futura revolución socialista. Desde esta óptica el hecho de que el proletariado sea minoritario en la sociedad rusa de la época, es una muestra de la imposibilidad que tiene para transformarse en clase dirigente.

En Rusia esta tendencia era encarnada por el llamado “menchevismo”, una fracción del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso formada en 1903, cuyo principal dirigente era Martov. La fracción bolchevique defendía una tesis opuesta a la del menchevismo: desde la óptica de Lenin la burguesía era una clase reaccionaria que no podía cumplir ni siquiera sus propias tareas históricas y desarrollar una sociedad capitalista “normal” similar a las sociedades capitalistas occidentales. No podía actuar como había actuado la burguesía francesa en 1789 y 1792 y ni siquiera como en 1848. Por eso a diferencia de los mencheviques, Lenin y su fracción planteaban la necesidad de combatir irreconciliablemente a la burguesía y proyectaban una forma de gobierno que conceptuaban “dictadura democrática de obreros y campesinos”. En cuanto a la construcción de partido, para Lenin se trataba de construir un partido revolucionario de la clase trabajadora que combatiera a los sectores conciliadores del movimiento marxista.

Sin esta claridad en relación con la construcción de partido y las luchas políticas internas, Trotsky defendía una postura respecto al rol del proletariado en la revolución, que se distinguía tanto de la visión menchevique como de la tesis bolchevique. En su visión el proletariado adquiriría un rol predominante en el proceso revolución dado su peso cualitativo en la estructura económica con independencia de su número, y la interrelación de Rusia con la economía mundial.

La revolución se realizaría por medio de una alianza entre el proletariado y el campesinado, dirigida por el primero. Las tareas democráticas y socialistas se combinarían. Este “esquema”, el primero de lo que más tarde fue su teoría de la revolución permanente, concordó bastante con la dinámica que adquirió la revolución, aunque tendría que desarrollarse toda la experiencia, idas y venidas del periodo contrarrevolucionario para que Trotsky, confluyera con los bolcheviques en un partido común, al mismo tiempo que éstos complejizaban su propio esquema del poder que surgiría de la revolución.

En 1905 la centralidad del proletariado se expresó a través de la primacía de la huelga general como método de combate en el proceso revolucionario. Este método, por una parte, golpeó directamente a los capitalistas al suspender la producción y la circulación de mercancías. La huelga de octubre activó la lucha por la jornada de 8 horas. El soviet de Petersburgo votó que a aquellos capitalistas que no respetaran la decisión del soviet se les impondría por la vía de los hechos la jornada de 8 horas. Los trabajadores, de ese modo, al cumplirse ese lapso de tiempo, se retiraban de las fábricas sin esperar la autorización patronal. La respuesta de los industriales fue el lock out: miles de fábricas fueron cerradas y rodeadas de militares que las protegieron de los trabajadores, que finalmente tuvieron que retroceder con la medida de imponer por la vía de los hechos las 8 horas. Este desenlace, posterior a la huelga de octubre, revela como este método aceleró la escisión entre la burguesía (que hasta ese momento- simpatizaba con cualquier manifestación de oposición a la autocracia) y el proletariado.

Por otra parte, la huelga general -a través de la paralización de los ferrocarriles y los telégrafos- reveló su capacidad de desorganizar el aparato estatal zarista. Esa desorganización implicaba un debilitamiento del poder autocrático. El espacio para las maniobras y los lazos organizativos y operativos de las fuerzas armadas zaristas se restringieron producto del paro de trenes y comunicaciones. Los huelguistas supieron cortar las vías para garantizar la paralización, pero también garantizar el transporte de los delegados de los soviets.

De ese modo, la posición del proletariado en la economía determinaba su rol gravitante en la revolución de 1905. A un aparato estatal que se había alimentado del capital financiero e industrial europeo y que había integrado las conquistas técnicas y organizativas más modernas de su tiempo para sostenerse; sólo podía enfrentarse una clase producida y desarrollada en esas relaciones sociales capitalistas: el proletariado concentrado en las grandes industrias y minas, en los transportes y las comunicaciones. A tal punto el proletariado le imprimió su sello al proceso de 1905, que el término “huelguista” se incorporó al lenguaje de otros sectores oprimidos -los campesinos- como sinónimo de “revolucionario”. Esta potencia de la huelga actuaba sobre las tendencias objetivas a la disgregación del aparato estatal derivadas de las humillaciones del zarismo sufridas en la guerra ruso-japonesa y que dieron a luz a procesos como las insubordinaciones del Acorazado de Potemkim y las que acaecieron posteriormente en Sebastopol, cuando los trabajadores solidarizaron con los condenados de Cronstadt, derivados a la corte marcial.

En relación a la capacidad combativa del proletariado, la huelga general, lejos de ser una mera inacción, contribuyó a que los trabajadores integrasen en nuevos métodos de combate. A propósito de la huelga de octubre, Trotsky escribe:

“La huelga demuestra, siempre que puede, que no consiste simplemente en una interrupción del trabajo para esperar los acontecimientos, que no es una protesta pasiva de brazos cruzados. Se defiende, y de la defensa pasa a la ofensiva.
En diversas ciudades del mediodía, levanta barricadas, asalta las tiendas de los armeros, se arma y ofrece una resistencia, sino victoriosa, al menos heroica.

En Jarkov, el 10 de octubre, después de un mitin, la multitud se apoderó de un depósito de armas. El 11, cerca de la universidad, obreros y estudiantes levantaron barricadas. Postes telegráficos fueron tumbados atravesando las calles; les fueron añadidas planchas de hierro, procedentes de las puertas cocheras, postigos, verjas, cajas de embalaje, planchas y vigas, unido todo con alambre. Varias barricadas se sujetaron sobre bases de piedra; fueron arrojados pesados adoquines arrancados de la acera sobre las vigas.” [2]

El proletariado comenzó a armarse. La huelga general no es el enfrentamiento decisivo pero su despliegue lo precipita.

Rosa Luxemburgo y la huelga general en la revolución de 1905

Sus motores varían. Rosa Luxemburgo -con una enorme sensibilidad ante esta experiencia- discute contra la concepción predominante en los sectores reformistas de la Social Democracia según la cual habría una separación entre un primer momento puramente económico y otro segundo momento puramente político -el momento de una huelga general planificada.

“Nuevamente -escribe Luxemburgo-, cada una de las grandes huelgas de masas, repite, por así decirlo, a pequeña escala la historia completa de la huelga de masas en Rusia y comienza con un conflicto puramente económico, o en todo sindical y parcial, y atraviesa todas las etapas hasta la manifestación política (…)

Pero el movimiento de conjunto no avanza de la lucha económica a la política ni viceversa. Toda gran acción política de masas, después de alcanzar su pináculo político, se multiplica en un montón de luchas económicas. Y eso no sólo se aplica a cada una de las grandes huelgas de masas sino también a la revolución de conjunto. Con la extensión, clarificación y mayor complejidad de la lucha política, la lucha económica no sólo no retrocede sino que se extiende, se organiza y se ve involucrada en igual proporción. Entre ambas se da la más completa acción recíproca.

Cada nueva arremetida y cada nueva victoria de la lucha política se transforman en un poderoso estímulo a la lucha económica, extendiendo al mismo tiempo sus posibilidades externas e intensificando el anhelo interior de los trabajadores por mejorar su posición y su deseo de lucha. Cuando se retira la marea burbujeante de la acción política deja tras de sí un fructífero depósito en el cual florecen millares de brotes de lucha económica. Y al revés. La situación de los obreros de lucha económica incesante con el capitalismo mantiene viva su energía en todos los interregnos políticos. Constituye, por así decirlo, la permanente fuente de reservas de las clases proletarias, que renueva continuamente la fuerza de la lucha política. Al mismo tiempo, conduce la infatigable y permanente energía para la lucha económica de los trabajadores, aquí y allá, a agudos conflictos aislados, que detonan la explosión de conflictos políticos a gran escala.” [3]

Luxemburgo también señala que “en la atmósfera cargada de la etapa revolucionaria cada pequeño conflicto parcial entre el capital y el trabajo puede transformarse en una explosión general”17 Esta dinámica que implica la transformación constante de los motores económicos y políticos de las huelgas implica también una dinámica expansiva acelerada de éstas. La huelga general que acontece entre el 13 y el 21 de octubre -que luego del 9 de enero constituye el segundo momento estratégico clave del proceso revolucionario de 1905-, fue precedida por pequeños conflictos parciales, como el de los cajistas de la imprenta Sitin, de Moscú, que exigían “una disminución de las horas de trabajo y un aumento del salario a destajo” y que se incluyeran los signos de puntuación en la contabilidad del sueldo. Dando cuenta de como a partir de estos conflictos parciales se transponen los motores económicos y políticos, Trotsky escribe: “se comenzaba por los signos de puntuación y se debía, a fin de cuentas, echar abajo el absolutismo.” [4]

Efectivamente, el proceso de huelga en octubre fue vertiginoso, una tormenta que golpeó el poder de la autocracia y que desató el espanto del liberalismo y la burguesía. La huelga se expandió en el espacio, la lucha de clases se desató.

“Una tras otra, las profesiones, las fábricas, las ciudades abandonan el trabajo. Los ferroviarios son los iniciadores del movimiento, las vías férreas sirven de transmisor a esta epidemia. Son formuladas exigencias económicas, satisfechas casi de inmediato, en todo o en parte. Pero ni el comienzo de la huelga, ni su término dependen exclusivamente de las reivindicaciones presentadas, ni de las satisfacciones que se obtienen. La huelga comienza, no porque la lucha económica haya llegado a exigencias determinadas, sino, por el contrario, al hacerse una selección de exigencias que se formulan porque se tiene necesidad de la huelga.

Existe la necesidad de comprobar por sí mismo, por el proletariado de otros lugares y en fin por el pueblo entero, las fuerzas que se han acumulado, la solidaridad de la clase, su ardor combativo; es preciso pasar una revista general de la revolución. Los propios huelguistas y quienes los apoyan, y quienes por ellos sienten simpatía, y los que les temen, y los que les odian, todos comprenden o, sienten que no obra por sí misma, que se limita a cumplir la voluntad de la revolución que la envía. Sobre el campo de operaciones de la huelga, es decir, sobre toda la extensión del país, está suspendida una fuerza amenazadora, siniestra, cargada de una insolente temeridad.” [5]

Esa fuerza amenazadora, siniestra, cargada de una insolente temeridad: la huelga general de masas en la revolución de 1905, destruyó el esquema tradicional con el que la Socialdemocracia concebía este método. Esta visión se basaba dogmáticamente en una polémica de Engels contra el fetichismo anarquista de la huelga general, que no vislumbraba la necesidad del trabajo político y sindical y las tareas preparatorias previas al enfrentamiento revolucionario directo. Al anarquismo (que identificaba la huelga general con la revolución y desprendía de ahí conclusiones antipolíticas) Engels contrapuso un razonamiento, que a decir de Luxemburgo “prestó un excelente servicio al movimiento obrero moderno como herramienta lógica contra el fantasma anarquista y como medio para llevar la lucha política a amplias capas de la clase obrera.” ¿Cuál era este razonamiento? Rosa Luxemburgo lo resume así: “o bien el proletariado en su conjunto no posee aún la poderosa organización y los recursos financieros necesarios, en cuyo caso no puede llevar adelante la huelga general; o ya está lo suficientemente bien organizado, en cuyo caso no necesita la huelga general.” Según Luxemburgo, los “enormes saltos dados por el movimiento sindical en todos los países capitalistas durante los últimos 25 años son la evidencia más concluyente del valor de las tácticas de la lucha política en las que insistieron Marx y Engels en oposición al bakuninismo, y la socialdemocracia alemana, en su posición de vanguardia de todo el movimiento sindical internacional, no deja de ser el producto directo de la aplicación consecuente y enérgica de esas tácticas.” [6]

Sin embargo, ahí donde residía la fortaleza de este razonamiento, residía también su debilidad. Debilidad que se manifestó en la revolución de 1905 que exigió actualizar la concepción marxista de la huelga general. ¿Cuál era esta debilidad? El pronosticar la eventualidad de una huelga general como dependiendo estrictamente del factor consciente, de la organización, de una convocatoria planificada por una dirección sindical o partidaria. Por ello, todo se reduce al juicio si no hay organización, no se puede hacer la huelga, y si la hay, la huelga es innecesaria. Según Rosa Luxemburgo se trataría de una “concepción abstracta, ahistórica de la huelga de masas y de las condiciones en que generalmente se libra la lucha proletaria”. Una concepción que, a su modo de ver, compartían tres corrientes aparentemente contrapuestas entre sí: el anarquismo, y las dos alas predominantes de la Socialdemocracia en relación a la cuestión de la huelga general: la que aprobaba el método en caso que el gobierno restringiera el derecho a voto -de la que participaba Bernstein y que se expresó en el Congreso de Jena de 1905- y la que rechazaba la huelga general como el más puro aventurerismo, que se expresó en el Congreso de Sindicatos Alemanes realizado en Colonia ese mismo año. La matriz común de estas tres corrientes es la de comprender que la huelga general “es un medio de lucha puramente técnico, que puede “decidirse” a placer y de modo estrictamente consciente, o que puede ser “prohibido”, una especie de navaja que se guarda cerrada en el bolsillo “lista para cualquier emergencia”, y se puede abrir y utilizar cuando uno lo decida.” [7]

A esta concepción artificial subjetivista de la huelga general, Luxemburgo contrapone una concepción de la huelga de masas como un producto histórico. “Si algo nos enseña la revolución rusa -escribía- es, sobre todo, que la huelga de masas no se “fabrica” artificialmente, que no se “decide” al azar, que no se “propaga”; es un fenómeno histórico que, en un momento dado, surge de las condiciones sociales como una inevitable necesidad histórica. Por lo tanto, no se puede entender ni discutir el problema basándose sobre especulaciones abstractas sobre la posibilidad o imposibilidad, sobre lo útil o lo perjudicial de la huelga de masas. Hay que examinar los factores y condiciones sociales que originan la huelga de masas en la etapa actual de la lucha de clases. En otras palabras, no se trata de la crítica subjetiva de la huelga de masas desde la perspectiva de lo que sería deseable, sino de la investigación objetiva de las causas de la huelga de masas desde la perspectiva de lo históricamente inevitable.” [8]

Este enfoque pone el énfasis en el aspecto espontáneo del proceso huelguístico en contraposición al aspecto conciente. Desde otra perspectiva esto implica que en los resultados de la revolución la capacidad de intervención del factor consiente queda reducida. Para Luxemburgo, durante “la revolución le resulta extremadamente difícil a cualquier organismo dirigente del movimiento proletario calcular y prever las oportunidades y los factores que pueden conducir a una explosión. Aquí también, la iniciativa y la dirección no consisten en impartir órdenes según los propios deseos sino en la adecuación más hábil a la situación dada y el contacto lo más estrecho posible con el estado de ánimo de las masas.

El elemento espontaneidad, según hemos visto, juega un gran rol en absolutamente todas las huelgas de masas en Rusia, ya sea como fuerza impulsora o influencia frenadora. Ello no se debe a que la socialdemocracia es todavía joven o débil. En cada acto de la lucha juegan y actúan unos sobre otros tantos importantes factores económicos, políticos y sociales, generales y locales, materiales y psíquicos, que ninguna acción, por pequeña que sea, puede ser dispuesta y resuelta como un problema matemático. La revolución, aun cuando el proletariado, con los socialdemócratas a la cabeza, juega en ella el rol dirigente, no es una maniobra que efectúa la clase obrera a campo abierto sino una lucha librada en medio del incesante resquebrajamiento, cambio y derrumbe de los cimientos de la sociedad.
En suma, en las huelgas de masas en Rusia el elemento espontáneo juega un rol preponderante no porque los proletarios rusos “estén poco educados” sino porque las revoluciones no permiten que nadie juegue con ellas al maestro de escuela.” [9]

La revolución de 1917 mostrará los límites de esta concepción.

[1] Lenin, Vladimir; Cartas desde lejos.
[2] Trotsky, León; 1905.
[3] Luxemburgo, Rosa; Huelga de masas, partido, sindicatos.
[4] Ídem.
[5] Trotsky, León; 1905.
[6] Luxemburgo, Rosa; Huelga de masas, partido, sindicatos.
[7] Ídem.
[8] Ídem.
[9] Ídem.






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