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Historia (hilarante) de una obsesión

Demian Paredes

@demian_paredes

Viernes 24 de octubre de 2014 | Edición del día

Se publicó una nueva “novelita” de César Aira (y van… ya más de setenta títulos). En ella –Artforum (Bs. As., Blatt&Ríos, 2014)– se nos presenta un personaje hiperlógico, “procedimental”, también por momentos friki e, incluso, varias veces (“inevitablemente”) al borde del ridículo, debido a su obsesión: tener una revista (siempre, como sea, y cueste lo que cueste). La celebérrima Artforum.

Por medio de (breves) relatos se nos cuenta una (larga) historia: una que va de 1983 –y que arranca con un hecho fantástico, que dejará al sujeto “preso”, como amante incondicional, del objeto: la revista– a 2013. Un padre de familia, al parecer serio, responsable, y sin mayores complicaciones (¿salvo la de haber sido amado por el objeto?), colecciona la Artforum: de ahí se parodian lugares comunes, mientras pergeña modos de obtenerla; se hipertrofian los razonamientos alrededor de ella, y hasta queda mentado de alguna manera “lo kafkiano” (del mundo y/o del imaginario del protagonista), por ejemplo cuando el coleccionista, “razonando” (vía mil hipótesis y combinaciones de causas, posibilidades y probabilidades) el por qué de la demora de todos y cada uno de los meses del año en la llegada de su amado objeto (¡la revista!), termina admitiendo la posibilidad de tal demora debido a “lo inexplicable”: a “los caprichos burocráticos de una institución tan grande y compleja como es el correo internacional, en el que ‘puede pasar cualquier cosa’”.

Y también, cómo no, hay lugar para raptos de novela (de modo airiano, con ese crescendo cuasi obseso que todo lo abarca, o está en “condiciones de”, por medio de implacables lógicas; la mayoría de las veces extravagantes): ante una información (la venta de viejas revistas Artforum pertenecientes a la biblioteca de una recientemente fallecida Ruth Benzacar en una “casa de usados” de la Avenida de Mayo) dada al protagonista tardíamente, esto piensa luego sobre él mismo, y sobre el amigo que le tiró la data: “que él no calibrara la magnitud de mi interés en la Artforum, eso ya era motivo de una escandalizada perplejidad. ¿Tan mal me conocía? ¡Si era mi confidente, el único al que no le ocultaba nada! O al menos eso creía yo. Porque una cosa es la intención sincera de decirlo todo, y otra la eficacia con la que uno se hace entender. Ahí la culpa podía ser mía. Por un prurito de elegancia yo podía haber dado la impresión de que mi interés en eso o lo otro, y en la Artforum también, se quedaban antes del umbral de la pasión, como si la pasión fuera algo vulgar, por debajo de nuestro nivel. ¿Tan bien lo había engañado? O mejor dicho, ¿tanto se había dejado engañar? Porque ese tipo de elegancia lo aprendí de él, y si lo hice mi confidente fue porque supe que su dandismo le impediría tomarme demasiado en serio… En fin, creo que la culpa era compartida, en espejo”.

Vaivenes. Pasiones. “Mambos”. Maquinaciones. Entre sujetos. Y entre sujeto y objeto(s): la(s) revista(s) y los medios posibles/imposibles/necesarios para llegar a ella(s). Entre “razones” y “sinrazones”. Aira lo hace de nuevo: nos brinda un entretenido “pasatiempo” de lectura: un divertido juego –al mismo tiempo erudito, potente, desopilantemente imaginativo–, donde “todo” (o mejor dicho: mucho, muchísimo) puede entrar: una pizca de costumbrismo (“referentes reales”), parodias del mismo (por mecanismos de re-exposición ostentosa), algunos delirios (en pensamiento y acciones de su personaje), y teorías del arte (y otras, como el tema del dar o no dar una moneda a un pobre en la calle, y de ahí el preguntarse y responderse “teóricamente”, yendo de lo particular a lo general, de lo individual a lo social, etc.). Y ocurrencias y ligazones (en muchos casos) insólitas, sorprendentes. Un nuevo artefacto airiano que se inscribe (si atendemos el análisis que hace el Diccionario razonado de la literatura y la crítica argentinas) en una operación de vanguardia, donde qué se publica (o incluso más: partiendo osvaldolamborghinianamente de un “ser escritor”… sin haber escrito –o todo lo contrario: habiendo escrito infatigablemente, como ha hecho Aira–), dónde (en editoriales de todo tipo y color –preferentemente chicas o medianas, “independientes”–) y para quién/es (para un público lector que varió de década en década, y que desde los ‘90 no ha podido evitar tener que leer “algo de Aira”) forman parte de un proyecto escritural que priorizaría el accionar mismo del proceso “narrativo” y no alguna “totalidad” o “sentido” de la obra (sea la individual, o como parte de una colectiva); y de ahí, también, una posible razón por el “desinfle” (o finales abruptos, o “descolgados”, o “forzados”) que suele haber en los libros de Aira (“reproche” y/o crítica que admite y acepta, se podría decir, gustoso). Lo que –pese a ello, al “reproche”– se ha transformado, ya, en una especie de continuum al mismo tiempo omniabarcador y centrifugante. (Una “deriva vanguardista y rousseliana (y absolutamente acrítica)” la llamaba/criticaba el escritor chileno –y atento lector– Roberto Bolaño. En sus variados juicios de Aira –como escritor y como albacea y editor de Osvaldo Lamborghini–, Bolaño lo reconoció también como una de las principales escrituras de América Latina y España –junto al guatemalteco Rodrigo Rey Rosa y al español Enrique Vila-Matas, por ejemplo–.)

En definitiva, la apuesta (“el método” o “la filosofía”) de Aira en este libro (¿o en todos?) sea la misma que expone el mismo protagonista de Artforum: “los hechos más disímiles pueden relacionarse de modo de participar en un mismo relato, y su incoherencia puede hacerse coherente. Si hay un llamado de teléfono equivocado, va a llover. Si se para una paloma en la baranda de un balcón, va a haber huelga de subte. Si le cambian el nombre a un país, se va a morir un pariente. No hay restricciones, no hay temas vedados, el universo entero en sus innumerables manifestaciones está a nuestra disposición”. No importan las “sustancias” entonces: porque abundan: son todas; las del “universo entero”. La literatura de Aira produce así sus efectos por medio de su perpetuidad: el mecanismo de narrar (de acumular, asociar, conectar a cómo dé lugar), puesto a funcionar, una y otra vez.







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