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Historia de la Revolución Rusa, lo que Trotsky enseña al oficio de historiador

Todas las grandes revoluciones sembraron ejércitos de historiadores entregados a la tarea de demonizarlas. Que la Revolución Rusa tenga los más encarnizados hasta el día de hoy es, en parte, un homenaje a su vigencia.

Paula Schaller

Licenciada en Historia - Conductora del programa Giro a la Izquierda

Domingo 15 de octubre | Edición del día

Pero también las revoluciones inspiraron grandes intérpretes que se dieron la tarea de analizar su significación histórica. Tarea que no es otra que la de hacer inteligibles sus relaciones internas, sus fuerzas motrices y su desarrollo, sin por esto restarle dramatismo a los actos de la obra en su totalidad. Porque toda revolución es un enorme drama histórico -en el más profundo sentido griego del hacer y el actuar- con las grandes masas como protagonistas, que exige agudeza de análisis pero también la capacidad de transmitir algunos destellos de la vitalidad con la que se desarrolló, algo que la historiografía aceptada en las Academias, hay que decirlo, no suele caracterizarse por lograr. ¿Que nos enseña Trotsky al respecto?

Un clásico de todos los tiempos

Si la Revolución Francesa, que hasta la Revolución Rusa era llamada la “Gran Revolución”, encontró brillantes intérpretes en las plumas de Kropotkin, Michelet, Jaurés, entre muchos otros, la Revolución Rusa encontró en Trotsky no sólo uno de sus máximos dirigentes - junto con Lenin- sino su más agudo historiador. Su Historia de la Revolución Rusa, recientemente publicada por Ediciones IPS, es considerada por muchos intelectuales como uno de los mejores libros de historia de todos los tiempos. En su Consideraciones sobre el marxismo occidental, Perry Anderson dijo “sigue siendo en muchos aspectos el más eminente ejemplo de literatura histórica marxista hasta hoy, y la única en la cual la competencia y la pasión del historiador se unen a la actividad y el recuerdo de un dirigente y organizador político”. Pero también lo destacaron intelectuales ajenos al campo del marxismo, como el historiador francés Marc Ferro, co-director de la Revista de los Annales, que señaló en el prefacio a una de sus ediciones “(...) la obra de Trotsky constituye sin duda la única que, en la Historia, nos lleva a una rotunda inteligibilidad de los acontecimientos que transformaron el curso de la revolución. Quizá, en el pasado, sólo Tucídides e Ibn Jaldún alcanzaron la misma profundidad. Pero no hicieron escuela”.(1) La sola comparación con elaboraciones a la altura de las de Tucídides, el gran historiador de la Grecia antigua que escribió la Historia de la Guerra del Peloponeso (y que en las universidades se continúa estudiando como uno de los fundadores de la Historia como disciplina científica) y Jaldún, el historiador árabe del s. XIV también considerado uno de los precursores de la historiografía, basta para saber que estamos ante una obra fascinante. Allí nos encontramos con una monumental reconstrucción del conjunto de contradicciones sociales que en pocos meses llevaron de la caída del absolutismo europeo más antiguo al nacimiento del primer Estado obrero de la historia, una temporalidad a saltos de una escala inédita hasta el momento: “la historia no registra otro cambio de frente tan radical, sobre todo si se tiene en cuenta que estamos ante una nación de ciento cincuenta millones de habitantes”, dirá Trotsky al respecto.(2) Una vertiginosidad propia de las contradicciones que la nueva época imperialista imprimió al desarrollo ruso y su estructura de clases, que Trotsky supo no sólo interpretar y sistematizar magistralmente sino predecir en su dinámica.

Historia militante y verdad histórica

No deja de ser curioso que la que es considerada una obra historiográfica monumental sea a su vez la condensación de mucho de lo que la Academia, a lo largo de las últimas décadas, se encargó de condenar en la producción historiográfica. Trotsky asume la inexistencia de la imparcialidad del historiador, aunque eso no equivale a negar la búsqueda de la verdad histórica, como señala en el prólogo: “Todavía hemos de decir dos palabras acerca de la posición política del autor, que en función de historiador, sigue adoptando el mismo punto de vista que adoptaba en función de militante ante los acontecimientos que relata. El lector no está obligado, naturalmente, a compartir las opiniones políticas del autor, que éste, por su parte, no tiene tampoco por qué ocultar. Pero sí tiene derecho a exigir de un trabajo histórico que no sea precisamente la apología de una posición política determinada, sino una exposición, internamente razonada, del proceso real y verdadero de la revolución. Un trabajo histórico sólo cumple del todo con su misión cuando en sus páginas los acontecimientos se desarrollan con toda su forzosa naturalidad. ¿Mas tiene esto algo que ver con la que llaman ‘imparcialidad’ histórica? (…) El lector serio y dotado de espíritu crítico no necesita de esa solapada imparcialidad que le brinda la copa de la conciliación llena de posos de veneno reaccionario, sino de la metódica escrupulosidad que va a buscar en los hechos honradamente investigados, apoyo manifiesto para sus simpatías o antipatías disfrazadas, a la contrastación de sus nexos reales (…)”.(3)

Contra los sentidos comunes establecidos como principios de la producción historiográfica en las últimas décadas, Trotsky muestra magistralmente que la historia asumida en perspectiva militante no equivale a la vulgata autojustificatoria (como sucedió en el caso de las historias oficiales animadas por los Partidos Comunistas stalinistas, caracterizadas por un total abandono del marxismo) y que no sólo es compatible sino que está motorizada por la búsqueda de la verdadera lógica de los procesos sociales. Precisamente porque la verdad es también un objetivo político, como señalaba Víctor Serge: “El historiador pertenece siempre ‘a su tiempo’, es decir, a su clase social, a su país, a su medio político. Sólo la no disimulada parcialidad del historiador proletario es hoy compatible con la mayor preocupación por la verdad. Porque únicamente la clase obrera obtendría toda clase de ventajas, en toda clase de circunstancias, del conocimiento de la verdad. Nada tiene que ocultar, en la historia por lo menos.”(4) Un punto de vista herético para los postulados relativistas postmodernos, tan en boga a lo largo de décadas, que sostuvieron la construcción de narrativas alternativas igualmente válidas donde el énfasis estaba puesto en los procesos de producción de sentido, negando toda existencia de condicionantes objetivos en los fenómenos sociales.

Cuestión de método

Trotsky analizó la dinámica de la historia rusa desde un materialismo dialéctico que, lejos de todo esquematismo, se caracterizó por una profunda creatividad. Sólo así pudo predecir la lógica central de las tendencias de clase de la Revolución de Octubre de 1917 más de una década antes, en su Resultados y Perspectivas, texto que encendió las polémicas en el campo del marxismo sosteniendo la posibilidad de que la atrasada Rusia fuese el escenario de una próxima revolución socialista.

Su punto de vista implicó una actualización teórica del esquema desde el cual el marxismo clásico había pensado la revolución (que reservaba la posibilidad de la revolución socialista a las potencias capitalistas más avanzadas) a las condiciones creadas por la nueva época imperialista, que hizo penetrar las relaciones capitalistas a todo el globo imprimiendo al conjunto de sus partes integrantes una dinámica de desarrollo desigual y combinado. No casualmente, esta ley que Trotsky sistematizó en tanto tal, ocupa un lugar central en el primer capítulo de su Historia de la Revolución Rusa para explicar las particularidades del desarrollo ruso, combinación de atraso feudal con lo más avanzado del desarrollo capitalista, lo que dio a la estructura de clases rusa una dinámica explosiva y perfiló al proletariado como la clase social capaz de encabezar, contra la burguesía liberal, la lucha por las principales demandas democráticas del pueblo ruso (entre las que la cuestión de la tierra aparecía como central). La idea de que el proletariado no se detendría en los límites de la propiedad privada y avanzaría en la transición al socialismo, herética cuando la formuló, se vio minuciosamente confirmada por la dinámica histórica, como explica acto por acto en el libro. También en ese nivel acude a la ley del desarrollo desigual y combinado para explicar la conjunción del programa democrático y el inicio de la fase socialista de la revolución en una dinámica de carácter permanentista. Lejos de todo objetivismo (en el sentido de una deducción mecánica de los procesos políticos a partir de su base económica) en su obra muestra especial sensibilidad a los cambios experimentados en la “psicología” de las clases sociales, en la evolución de la conciencia de sus sectores más activos y avanzados, sustrato sobre el cual intervenía la lucha de tendencias políticas entre bolcheviques, mencheviques y socialrevolucionarios: “Cuando en una sociedad estalla la revolución, luchan unas clases contra otras, y, sin embargo, es de una innegable evidencia que las modificaciones por las bases económicas de la sociedad y el sustrato social de las clases desde que comienza hasta que acaba no bastan, ni mucho menos, para explicar el curso de una revolución que en unos pocos meses derriba instituciones seculares y crea otras nuevas, para volver en seguida a derrumbarlas. La dinámica de los acontecimientos revolucionarios se halla directamente informada por los rápidos tensos y violentos cambios que sufre la sicología de las clases formadas antes de la revolución.”(5)

Si Marx dijo que “las revoluciones proletarias se critican a sí mismas”, esa experiencia de las masas con el Gobierno Provisional burgués condensada en la radicalización de su conciencia política permite develar el “misterio” del pasaje de febrero a octubre: cómo un partido inicialmente minoritario como el bolchevique terminó encabezando la insurrección y tomando el poder. “Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de la sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la sociedad vieja. Sólo el sector dirigente de cada clase tiene un programa político, programa que, sin embargo, necesita todavía ser sometido a la prueba de los acontecimientos y a la aprobación de las masas. El proceso político fundamental de una revolución consiste precisamente en que esa clase perciba los objetivos que se desprenden de la crisis social en que las masas se orientan de un modo activo por el método de las aproximaciones sucesivas.”(6) La interrelación entre los elementos objetivos y subjetivos, donde la revolución aparece como conjunción de la autoactividad de las masas (organizadas en soviets) y la “insurrección como arte” minuciosamente planificada por una dirección que es parte orgánica de esa actividad, es la clave explicativa de Trotsky.

La pasión de Clío

Nadie que se sumerja en el libro puede permanecer indiferente ante la incendiaria vitalidad que transmite. Es que narrar el nacimiento y desarrollo de acontecimientos revolucionarios, que embargan a millones en “el gobierno de sus propios destinos”, al decir de Trotsky, requiere también de una enorme pasión. “Las clases oprimidas crean la historia en las fábricas, en los cuarteles, en los campos, en las calles de la ciudad. Más no acostumbran a ponerla por escrito. Los períodos de tensión máxima de las pasiones sociales dejan, en general, poco margen para la contemplación y el relato. Mientras dura la revolución, todas las musas, incluso esa musa plebeya del periodismo, tan robusta, lo pasan mal. A pesar de esto, la situación del historiador no es desesperada, ni mucho menos. Los apuntes escritos son incompletos, andan sueltos y desperdigados. Pero, puestos a la luz de los acontecimientos, estos testimonios fragmentarios permiten muchas veces adivinar la dirección y el ritmo del proceso histórico.”(7) El libro de Trotsky abunda no solo en rigurosas citas de documentos, informes, periódicos, resoluciones, etc. sino que contiene una innumerable cantidad de referencias a las voces de obreros, campesinos, soldados en los regimientos, enfermeras en el frente de batalla. Las miles de voces de quienes hicieron la revolución. Esa es la gran esencia de esta fascinante obra, donde Trotsky enseña, antes que nada, que la explosiva creatividad que surge de las grandes revoluciones es la gran materia de la Historia.

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El libro se puede adquirir por medio de la página web de Ediciones IPS, en el local de Ediciones IPS (Riobamba 144, Ciudad de Buenos Aires, de lunes a viernes de 16 a 21 hs.), en locales del PTS y en las principales librerías de todo el país.

Notas:

1. Prefacio de Marc Ferro a Historia de la Revolución Rusa, Editorial Veintisiete Letras.
2. Prólogo de Trotsky a Historia de la Revolución Rusa.
3. Ídem.
4. Victor Serge, El año I de la Revolución Rusa.
5. Trotsky, ob. cit.
6. Ídem.
7. Ídem.








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