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Hinterland (y Gwyll ): la ficción de Gales, de una hermosa sencillez

Richard Harrington y Mali Harries protagonizan esta serie dramática bilingüe del país de Gales. A los personajes de carne y hueso se les suma el protagonismo de un paisaje inmenso y rudo. Las primeras temporadas, disponibles en Netflix.

Sábado 25 de febrero de 2017 | Edición del día

La sencillez es virtuosa.

La sencillez es una síntesis de diversos elementos que convergen, con naturalidad, en una sola trama, todo al servicio de un tema, a lo sumo dos. Por eso, la sencillez es compleja.

Aquellas historias, cuya diversidad maravilla a la imaginación, descansan en tramas sencillas. Esto parece ser algo que, siendo digno de tener en cuenta, es menospreciado constantemente. Se ignora, o se olvida, que aquello que complejiza la trama, eso que lo llena de multiplicidad de sabores, son las peripecias de los personajes, sus perfiles y facetas y, por supuesto, las ingeniosas destrezas en la organización de los hechos.

Las ficciones que persiguen la complejidad o el enredo– seguras de que esta postura les deparará prestigios futuros– a fuerza de embrollar las circunstancias como un empalagoso culebrón de televisión, suelen derivar en historias tan laberínticas que demandan, como el creyente que necesita un dios para entender el mundo, explicaciones póstumas que permitan su entendimiento.

La sencillez es la madre de toda buena historia.

Hinterlandes una serie sencilla.

En los bordes de un paisaje destemplado y ralo, donde el clima frío ha helado hasta los sentimientos, esta ficción ahonda en las miserias humanas que podemos entender, sin necesidad de justificar. Nos son familiares. Sus personajes son rústicos, secos, como macerados en inviernos tan cortantes como el filo de un cuchillo. Sus vidas transcurren calmadas y lentas hasta que irrumpe la pasión, el furor o el error y el crimen se consuma.

En Hinterland, el entorno también es un personaje. Las desoladas llanuras, las extensas praderas de matorrales y roca, la llovizna constante como mal alejada tristeza, el viento eterno en los pastizales inclinados, en los flequillos rebeldes y en los alientos que escapan rápido como una fogata recién apagada, son una presencia permanente. Después de habernos adentrado en la serie, nos cuesta imaginarla sin ese espacio ilimitado, quieto y acechante.

Pero quien porta la esencia de esta ficción, quien le confiere esa profundidad dramática con la que no podemos dejar de identificarnos es el DCI Tom Mathias (Richard Harrington), que abandona Londres rumbo a la comisaría de Aberystwyth, región rural conocida como el Hinterland galés. Él porta, cincelada en el rostro, la agonía de un hombre que ha viajado de un extremo a otro de sí mismo. Exiliado en esta tierra de silencio y extensión, atrapado entre la angustia que no se va y un presente de soledad e introspección. Solo investiga. Desentraña. Resuelve. Como si las palabras no alcanzaran para nombrar su dolor, Mathias casi no las usa. Sus diálogos se centran en la investigación, en los detalles minúsculos: pareciera que sólo la lógica de una investigación puede caber en su corazón roto.

Con frecuencia, esta clase de situaciones y de personajes, atravesados por una pena tan íntima, suelen encontrar un momento de paz. A lo largo de las situaciones que todo guión exige, es muy extraño que un autor persevere en el sufrimiento de su criatura, que no le permita hallar un remanso de tranquilidad. Pero Hinterland es eso: un puñal agudo en las tripas abiertas, como si la única forma de explicar un tormento tan hondo fuese la tortura constante, la lágrima apagada. Porque una pérdida tan inmensa es, exactamente, eso: una quemadura que no cicatrizará nunca. Mathias mira siempre más allá de su presente, grita sólo en la soledad de sus noches, respira como si sufriera una agitación constante: es un hombre roto cuyos pedazos se han vuelto a pegar pero mostrando las marcas de sus añicos. Cuando se volvió a armar, pareciera que las trizas no han ocupado el mismo lugar.

Richard Harrington es todo un talento. Nos preguntamos qué tan perseverante debe ser un actor y qué tan meticuloso su director para mantener una prestancia tan seca y tan expresiva a lo largo de tantos capítulos: es la sencillez, difícil de alcanzar pero a la vez tan, tan conmovedora.

Sin embargo, los crímenes y sus respectivas investigaciones ganan, también, un interés propio. Aquí, al igual que en las grandes metrópolis, hay que investigar, sólo que en Hinterland no existe la multitud en la cual el criminal pueda misturarse sino que el mejor escondite, en consonancia con el paisaje, es el silencio. En este lugar alejado, las pruebas forenses no llegan mágicamente a los pocos minutos; la tecnología precaria no desteje los misterios como si fuera magia digital. En absoluto. Aquí, los investigadores deben esperar, se ven obligados a pasar los días con la misma parsimonia con la que el cuidadoso lector pasa las páginas de un libro ajado. El DCI Tom Mathias también respeta la cadencia de esa rutina, sólo que él no se queda quieto: vuelve al lugar del crimen, una y otra vez: observa como pocos investigadores observan; interroga y escucha, escucha y escucha. ¿Cuántos investigadores nos hemos cruzado que son capaces de oír, realmente, al otro? ¿Cuántos tienen el interés sincero de mirar a los ojos de quien les habla y descubrir al ser humano que se está confesando? La resolución del crimen llega después de que la lógica ha desglosado los hechos, pero los lugareños que desataron la tragedia, sus miserias y aflicciones tan humanas, no se pierden en expedientes. Permanecen en los ojos, en los oídos y en la memoria de Mathias. Tal vez, su propio dolor lo ha hecho más comprensivo al error ajeno. Ah, ¡qué serie tan deliciosa!

Hinterland (y Gwyll, en inglés, el atardecer) es dueña de una particularidad: cada una de sus escenas dialogadas fue rodada dos veces: a excepción de los personajes secundarios que hablan siempre en gaélico, los protagonistas filmaron las escenas hablando en inglés y luego en galés. El objetivo de sus productores ha sido promocionar el uso de la lengua galesa que es hablada sólo en reductos muy pequeños de Gales. Sin embargo, el mérito de esta serie, sea cual sea el idioma con el que se hable, está en la profundidad que logra en el armado de la trama, de los personajes y del destino trágico que llevan a cuestas. En definitiva, su mérito es la sencillez.

Y la sencillez es hermosa.







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