Sociedad

ADULTOS MAYORES

Herminia y los por qué

La subsistencia de una vejez receptora del maltrato institucional. Preguntas convertidas en reclamos. Sin enojos. Con certezas.

Valeria Machluk

Trabajadora Social

Martes 3 de abril | Edición del día

Lunes. Febo asoma y sus rayos iluminan el histórico circular de los adultos mayores por las laberínticas instituciones de salud.

Abren las puertas de la obra social. Ya no hay filas extensas esperando ser atendidas. Cada vez son menos los jubilados y las jubiladas que esperan algún tipo de aliciente al realizar ese trámite que les permitirá, quizás, seguir subsistiendo.

La obra social que debiera velar por ellos impone cada vez más restricciones. Se ha vuelto inaccesible para muchos que vagan entre papeles y una administración insensible; se vuelve lejana para un mundo laboral más flexibilizado y desechable.

Comer, pagar los impuestos o comprar los remedios, dilema cotidiano que cimienta la sobrevivencia de nuestras viejas y nuestros viejos, ultrajados por décadas de trabajos precarizados y por un presente cargado de ataques a sus integridades. Vara de ajuste cruel de quienes gobiernan y de quienes los sostienen.

Lunes por la mañana y Herminia llega a la oficina, un poco triste, un poco encorvada, un poco preocupada, un poco resignada. Ha dejado de percibir los beneficios de la obra social y no sabe la razón. Busca alguna respuesta para entender al menos el origen de tanto destrato (ella distingue perfectamente entre quienes toman las decisiones y quienes la atienden mes a mes detrás del escritorio).

Sus 93 años asoman con gran lucidez pese a que su cuerpo, lleno de padecimientos y angustias, le juega en contra. Su voz, colmada de tibias y pausadas expresiones, relata una vida cargada de simplicidades y sacrificios.

Hasta hace cinco años Herminia recorrió la vida junto a “su” Osvaldo. Una vida en la que ambos trabajaron para mantener lo ajeno: él ponía ladrillo sobre ladrillo de casas que habitarían otros; ella las aseaba. Labores de servicio poco reconocidas, nada compensadas, pero autoras de cansancio a granel y huesos rotos por demás. Esos huesos lastimados fueron la puerta a su retiro.

Hasta hace un tiempo ella retiraba sus remedios de forma gratuita. Pero ya no lo puede hacer. Cobraba una ayuda social que ya no percibe. Y al médico de cabecera que la atendió siempre se lo cambiaron sin aviso. Nadie le dio una explicación.

Pese a tantos despojos, Herminia no transmite la comprensible ira que cualquiera llevaría encima en su situación. Sus fuerzas y sus años no encuentran lugar para desatar la bronca e indignarse. Sólo quiere saber.

Ella forma parte de ese universo de miles de adultos mayores que luego de trabajar sin licencias casi toda la vida, ni siquiera son correspondidos con una mísera jubilación ordinaria. Apenas una pensión graciable rebautizada por los cerebros cínicos de la Casa Rosada Pensión Universal para el Adulto Mayor; una miseria tan repudiable como la jubilación mínima.

Después de tantos años de trabajo y sus manos con los castigos cotidianos de la artrosis pero vacías.

  •  Le cambiaron el número de la pensión, tiene que cambiar el carnet - contesta el empleado, como si fuera una extensión automatizada (¿o lo es?) de un sistema perverso que no mira a los ojos.

    “Detalles” burocráticos que se vuelven espadas filosas en la piel, ajando la dignidad. Herminia asienta con la cabeza y, mientras espera la resolución favorable de esos pormenores, para molestia de algunos sigue cuestionado.

    Cuestiona los aumentos de los servicios que ya no puede pagar. Cuestiona no poder comprar los alimentos que el médico le dijo que debe incorporar a la dieta para sentirse mejor. Cuestiona que PAMI funcione “más o menos” y que el turno con el oncólogo lo tenga dentro de tres meses. Cuestiona que su hijo tenga que trabajar tantas horas lejos de su casa y lo vea poquito.

    Sin enojo pero con la certeza de que todo va cada vez peor, con su respiración lenta, su voz tenue y dulce, sus manos cálidas y su andar cauteloso, Herminia cuestiona.

    “Para enojarse están los jovencitos, mi querida, que se enojen por nosotros”, le dice Herminia a una de las empleadas, que a diferencia del oficinista “automatizado”, le confesó que ella “en su lugar” herviría de enojo por tanta podredumbre.

    “Tiene razón”, le diría más tarde la empleada a su compañero, ahora desautomatizado por haber finalizado la jornada laboral. “Enojémonos nosotros y hagamos lo que hay que hacer”, agregó. Porque sin ser ya una jovencita, tiene muy en claro que habrá que salir a las calles masivamente para arrancarle a los cerebros cínicos de la Casa Rosada esas elementales cosas que llenarían, con todo derecho, las manos de Herminia.








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