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Hasta que puedas quererte solo (Pablo Ramos)

Breve comentario sobre el último libro del escritor.

Fernando Rosso

@RossoFer

Sábado 5 de noviembre | Edición del día

La primera vez que escuché la conjunción “Alcohólicos Anónimos”, pensé que podía ser un buen nombre para mi barrio, ubicado al fondo del conurbano sur.

Básicamente porque la inmensa mayoría de sus residentes eran alcohólicos y la totalidad, absolutamente anónimos. Imaginaba el equipo del barrio y el nombre de la hinchada emergía solo: "Los borrachos del tablón"; la sociedad de fomento: "Los mareados" o algo así; y la camiseta era obvia -como la de la selección de Venezuela- “La vino tinto”. Aunque para ser precisos, el nombre que mejor hubiese cuadrado es “La vino suelto”, con la combinación básica de los dos colores de esa bebida “que se hace con la uva y con el alcohol y se llama Thermidor”.

Recuerdo las mil y una noches de viajes cortos hasta lo de “Don Emiliano”, con la botella de litro vacía para traerla de nuevo hasta el tope con la bebida espirituosa que habitaba en las veinte damajuanas del viejo y precario almacén. Una tarea que se reducía a un simple trámite cuando llevaba dinero para abonar, y se complicaba un poco cuando el pedido era para anotar en la libreta. Don Emiliano fiaba de todo y para todos, pero cigarrillos y alcohol, no. Aunque si el correntino estaba medio puesto, tampoco era muy estricto con esos principios.

Así como digo esto, también aseguro que casi todos eran muy laburantes, calaveras cotidianas que no le chillaban a nadie.

Cualquiera de ellos podía haber sido un protagonista del nuevo libro de Pablo Ramos Hasta que puedas quererte solo. Porque justamente habla de eso: de los alcohólicos anónimos (AA) y estructura su narración alrededor de los Doce Pasos que el plan tiene para la recuperación de adictos, luego copiado por distintos programas, como Narcóticos Anónimos (NA) y otros muchos vicios de otros tantos no menos anónimos.

Los Doce Pasos que se convierten en doce crónicas de varias muertes anunciadas y algunos sobrevivientes que se trompearon feo con la vida.

Son historias reales con un toque de ficción y unos cuantos protagonistas que fueron inspiradores de varios personajes de la magnífica trilogía que consagró al escritor: El origen de la tristeza, La ley de la ferocidad y En cinco minutos levántate María. Bajo el impulso de la lectura de esas primeras dos novelas, escribimos en su momento este texto en la revista Panamá.

En las crónicas, Ramos se interna en las tormentosas profundidades de los adictos, en sus más recónditos miedos, su copernicana soberbia, las terribles ausencias, los monumentales egos, la persistente tristeza y la invención de su soledad. En la quirúrgica y tenaz operación de los que cuando empiezan ya saben exactamente cómo va terminar todo y, sin embargo, no pueden hacer nada.

Hay historias de vida perra, lecciones de filosofía barrial y universal, pequeñas y grandes venganzas, injusticias por doquier y múltiples actos de impagable y desinteresada solidaridad. Además de ese coqueteo constante, primero con la idea de la muerte y luego con la muerte misma.

Formalmente puede leerse casi como una apología al tratamiento de AA o NA, con una sobrecarga de religiosidad y espiritualidad que es lo menos interesante. Pero al margen de esos “detalles”, hay crónicas narradas con su particular estilo: tierno y salvaje, triste y feroz, bestial y profundamente humano. Un animal que cuenta.

Es más que recomendable la nueva “novela” de Pablo Ramos, separada en doce crónicas que son como los doce pasos del penal: la distancia que puede separar a las más grande de las glorias del más atronador de los fracasos. Con un público caníbal siempre dispuesto a un inolvidable festejo o a un eterno y crudo escarmiento.

En 2011 adelantó el prólogo en su blog, antes de que la novela esté escrita. Allí asegura que el libro iba a llevar el que quizá fuera su mejor título. Efectivamente es el mejor y junto a Cuando lo peor haya pasado, el más "carveriano" de todos. Vale la pena contar su origen: la primera vez que fue a un grupo de autoayuda lo recibió un personaje un poco bizarro, un hombre cincuentón, “tostado de lámpara, con unas cadenas y unas pulseras enormes de oro enchapado”. Entre las primeras cosas que dijo le dio el siguiente consejo: “Pase lo que pase vos vení, que acá te vamos a querer, hasta que puedas quererte solo”.

* Publicado originalmente en el blog El violento oficio de la crítica




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