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Hace 80 años León Trotsky publicaba ¿Adónde va Francia?

En su exilio francés, a pesar de tener prohibida la intervención política, Trotsky escribió y debatió con la sección francesa de la IV Internacional la intervención en una situación que podía poner a la clase obrera a la cabeza e impedir el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Rossana Cortez

CEIP “León Trotsky”

Sábado 28 de marzo de 2015 | Edición del día

Trotsky relataba el 9 de abril en el Diario del exilio: “Leí hace varios días un número de La Vérité: ¿Adónde va Francia? Ese diario es, como dicen los franceses, partidario de Trotsky. Hay mucho de cierto en su análisis pero mucho de inacabado. No sé quién ha escrito esta serie para ellos. En todo caso ¡un hombre instruido en el marxismo!” [1]. El gran revolucionario ruso no podía revelar que era él quien lo había escrito, ya que las condiciones de clandestinidad en las que vivía no le permitían inmiscuirse en los asuntos políticos del país que lo albergaba.

En su exilio había llegado a Francia en 1933, pero en menos de un año el gobierno francés le exigió abandonar el país. La orden pudo cumplirse recién en junio de 1935, cuando el gobierno de Noruega consintió en brindarle asilo.

“¿Adónde va Francia?” y “Una vez más ¿adónde va Francia?”, publicados el 28 de marzo de 1935 en La Vérité, consideran diferentes momentos de la situación a partir de una fecha clave en la vida política de ese país. El 6 de febrero de 1934 los fascistas franceses trataron de tomar el poder mediante una manifestación armada dirigida contra la Cámara de Diputados. Aunque la intentona fracasó gracias a la acción del movimiento obrero, el gobierno giró a la derecha y la llegada del fascismo se transformó en un peligro real. Trotsky estimó que el país entraba en un período prerrevolucionario y que se había transformado en la clave de la situación internacional, como lo había sido Alemania en el período 1930-1933. Desde 1934, Trotsky juzgaba que si el proletariado no triunfaba, se allanaba el camino a la Segunda Guerra Mundial. Por eso apostaba con todas sus fuerzas al triunfo de la revolución en Francia y, posteriormente, en España.

En “Una vez más ¿adónde va Francia?”, Trotsky opinaba que nuevamente el pueblo francés se encontraba en una encrucijada: un camino llevaba a la revolución socialista y otro al fascismo. La elección del camino dependía del proletariado y de su vanguardia organizada. Polemizaba con el Partido Comunista (PC) francés, que se negaba a llevar adelante la lucha por el poder, levantando un programa que contemplara las milicias, el control obrero y un plan de nacionalización, porque este partido al caracterizar que la situación no era revolucionaria, justificaba su falta de estrategia revolucionaria.

Trotsky planteaba que la premisa económica de una situación revolucionaria está dada por la exacerbación intolerable de las contradicciones entre las fuerzas productivas y la forma de propiedad, y que estas condiciones ya existían desde hacía mucho tiempo, dada la crisis económica mundial. No obstante, destacaba que el capitalismo no iba a desaparecer por sí mismo sino que solo la clase obrera podía arrancar las fuerzas productivas de manos de los explotadores.

Contra la concepción del PC y de la Internacional Comunista (IC), que desde 1929 oscilaban en plantear si la crisis mundial era la última o no, Trotsky señalaba dos errores en este análisis: uno era confundir la crisis coyuntural con la crisis histórica del sistema capitalista y otro, admitir que, independientemente de la actividad consciente de las masas, una crisis pueda ser, por sí misma, la última. Desde la Primera Guerra, con la dominación del capital financiero monopólico, había más crisis coyunturales que recuperaciones económicas y el desarrollo económico de las naciones iba en descenso. Pero ninguna crisis por sí sola es mortal para el capitalismo sino que las oscilaciones de la coyuntura crean una situación en la que es más fácil o más difícil para el proletariado derrocar al capitalismo. Combatía el fatalismo de los partidos obreros que no se preparaban ni preparaban al proletariado para la toma del poder. Contra la concepción de la IC de que era imposible luchar porque no había situación revolucionaria, planteaba que esta situación se forma en la lucha de clases y que el partido del proletariado es el factor político más importante para esa formación.

Quien sí tenía claridad sobre la situación era la burguesía: “El 6 de febrero de 1934 únicamente sorprendió a las organizaciones obreras y a la pequeñoburguesía. Los centros del gran capital participaban desde hacía mucho tiempo en el complot, con el objetivo de sustituir al parlamentarismo por el bonapartismo. Esto significa: los bancos, los trusts, el Estado Mayor y la gran prensa percibieron tan próximo el peligro de la revolución que se apresuraron a prepararse mediante un ‘pequeño’ golpe de Estado (…) ¡La gran burguesía ha dado una inapreciable lección de estrategia de clase a los obreros!” [2]. Sin embargo en ese momento la burguesía no recurrió directamente al fascismo porque el frente único de los comunistas y socialistas no representaba todavía un peligro revolucionario inmediato.

Trotsky señalaba que los estados transitorios –entre una situación revolucionaria y otra contrarrevolucionaria– en la época del capitalismo en putrefacción son los que tienen una importancia decisiva para la estrategia política.

Había que analizar los procesos que se desarrollaban en los millones de campesinos, artesanos, pequeños comerciantes y pequeños funcionarios franceses, es decir, en la pequeñoburguesía que, en definitiva, determinarían el giro de la situación. La política del proletariado hacia este sector era fundamental para arrancárselo al Partido Radical y al fascismo.

Contra la manera rutinaria de plantear la consigna de huelga que proclamaba el PC, por reivindicaciones parciales y con temor a que se eleve a huelga general, Trotsky afirmaba que esta última era uno de los medios de lucha más revolucionarios y por encima de ella sólo existía la insurrección armada. Definía con total claridad que su importancia “radica en el hecho de que plantea la cuestión del poder de un modo revolucionario. Paralizando las fábricas, los transportes, todos los medios de comunicación en general, las centrales eléctricas, etc., el proletariado no solo paraliza la producción sino también el gobierno” [3]. Alegaba que las fuerzas del proletariado francés estaban intactas y que el fascismo como factor político en la pequeñoburguesía todavía era débil.

Concluía que era necesario impulsar la intervención de los bolcheviques-leninistas franceses dentro del Partido Socialista (táctica conocida como “giro francés”), porque “la fuerza de sus consignas proviene de que reflejan la lógica del desarrollo de la situación prerrevolucionaria actual. (…) El ala izquierda del PS crece. En el PC se ahoga la crítica como antes. Pero el crecimiento del ala revolucionaria en la SFIO (Partido Socialista francés) abrirá inevitablemente una brecha en la mortífera disciplina burocrática de los estalinistas: los revolucionarios de ambos partidos se tenderán las manos para trabajar en común” [4].

Los estalinistas no estaban interesados realmente en un frente único de la clase obrera contra el fascismo. Por órdenes de la Internacional Comunista, que en VII Congreso había votado por la política de los frentes populares, los dirigentes del estalinismo llamaron al Partido Radical (PR) burgués a unirse al PC y al PS en un frente de colaboración de clases contra el fascismo. Los radicales aceptaron la invitación y en 1935 nació el Frente Popular en Francia. Trotsky definió categóricamente esta alianza como una coalición del proletariado con la burguesía imperialista, representada en el PR, que se extendía al terreno parlamentario.

Como resultado de esta política, aplicada hasta la firma del pacto Hitler-Stalin en 1939, las oportunidades revolucionarias que surgieron en Francia y en España en 1936 se desperdiciaron deliberadamente y la clase obrera se encontró políticamente desarmada al estallar la Segunda Guerra Mundial.

Estos apasionantes textos de estrategia política, como otros más de la compilación, pueden leerse en el volumen 5 de las Obras Escogidas de León Trotsky.. Además, el Diario del exilio, traducido por primera vez al castellano, es una obra riquísima en contenidos políticos, culturales, literarios así como en reflexiones sobre la burocracia soviética y las terribles condiciones de persecución por las que atravesaban Trotsky
y su familia.

Notas

[1] Diario del exilio, p. 266.

[2] Ver “Una vez más ¿Adónde va Francia?, p. 80.

[3] Ibídem, p. 103.

[4] Ibídem, p. 126.







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