Política

GENOCIDIO Y APROPIACIÓN

Hace 40 años secuestraban a Clara Anahí y asesinaban a su madre

El 24 de noviembre del 76 los genocidas bombardearon una casa de La Plata. Mataron a cinco personas, entre ellas a Diana Teruggi, y se llevaron a su beba. Desde entonces Chicha Mariani busca a su nieta.

Daniel Satur

@saturnetroc

Jueves 24 de noviembre | Edición del día

Entre el mediodía y el atardecer de aquel miércoles la casa ubicada en la calle 30 entre 55 y 56 recibió una descarga de municiones y explosivos que alertaron y conmovieron a gran parte de la capital bonaerense. Más de cien efectivos del Ejército, de la Marina y de la Policía de la Provincia de Buenos Aires atacaron el domicilio hasta no dejar nada ni a nadie en pie.

Tan orquestado fue el operativo que participaron personalmente de él nada menos que el jefe del Primer Cuerpo del Ejército Guillermo Suárez Mason, el jefe de la Policía Bonaerense Ramón Camps y su mano derecha Miguel Etchecolatz, el jefe de la 10° Brigada de Infantería Adolfo Sigwald, el jefe del Regimiento 7 Alberto Presti, el jefe de la Comisaría Quinta de La Plata Osvaldo Sertorio y otros jerarcas del plan genocida.

En la casa vivían Diana Teruggi y Daniel Mariani junto a su beba de tres meses Clara Anahí. Y funcionaba allí una imprenta en la que se editaba la revista de Montoneros, la organización en la que militaban.

El ataque fue tan brutal que la casa quedó semidestruida. El frente (que aún hoy se conserva como testimonio mudo del horror) recibió una infernal balacera, con disparos de tanqueta que produjeron un enorme boquete en el frente y en una pared interior. Y con el corolario del lanzamiento desde un helicóptero de una bomba de fósforo que incendió los cuerpos que se encontraban ya sin vida en el interior de la casa.

El saldo fue de cinco muertos: Diana Teruggi, Roberto Porfidio, Daniel Mendiburu Eliçabe, Juan Carlos Peiris y Alberto Bossio. Clara Anahí estaba con ellos, pero no murió. Desde entonces sus familiares no saben nada de ella. Sólo que fue retirada del lugar con vida, entre el humo y los escombros.

Daniel Mariani ese día no estaba en la casa. De todos modos las garras genocidas lo alcanzarían diez meses después, mientras ayudaba en una mudanza a su compañera de militancia, Laura Carlotto, también en La Plata.


Foto archivo Comisión por la Memoria

“Abaten a otros cinco extremistas”, tituló el jueves 25 el diario El Día. “Terroristas fueron abatidos en La Plata”, agregaría dos días después La Prensa. Con el tiempo la masacre de la casa de la calle 30 quedaría como una marca indeleble de la maquinaria genocida que, con su acompañamiento mediático, eclesiástico y empresarial continuaría varios años más torturando, matando y desapareciendo a toda una generación de luchadores y luchadoras.

Pero esos años también vieron nacer a organizaciones que convertirían el dolor y el desgarro en lucha y denuncia implacable. La búsqueda de Clara Anahí y otras niñas y niños apropiados sería el motor que llevaría a María Isabel Chorobik de Mariani (madre de Daniel y suegra de Diana), a Alicia Zubasnabar de De la Cuadra, a Enriqueta Estela Barnes de Carlotto (madre de Laura) y a otras mujeres a fundar las Abuelas de Plaza de Mayo. “Chicha” fue la primera presidente del organismo y desde hace precisamente hoy cuatro décadas no paró nunca de buscar a su nieta Clara Anahí.


María Isabel Chorobik de Mariani, “Chicha”

Lo que sigue es parte de propio relato de Chicha sobre aquel 24 de noviembre y lo que siguió. El texto completo integra el capítulo 1 del libro Botín de guerra, escrito en 1997 por Julio Nosiglia en producción conjunta con la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo.

“Los miércoles eran los días que traían a mi nietita a casa. Era ese día en el cual yo no trabajaba en el colegio por la tarde. Mi nuera -adorada por nosotros como hija- la traía enseguida de almorzar y yo la bañaba, la cuidaba, conversábamos… Tenía tres meses. Ese miércoles, como siempre, las estaba esperando. La noche anterior me había telefoneado Diana (…) para decirme que me iba a traer a la nena al día siguiente. Le pregunté si iban a venir las dos y me respondió que no, que mi hijo tenía que ir a Buenos Aires y que ella me traería a la nena como siempre, en su Citroneta (…)

Al otro día, cumplí mis tareas en el colegio y me vine rápidamente para tener todo listo, sobre todo el baño para la nena, porque pensaba que me la traerían, más o menos, a las dos de la tarde. Preparé todo y me puse a tejer una batita color rosa… Y en eso, oí una bomba. Era la una y media y yo estaba esperando que de un momento a otro llegara Diana. Sentí esa bomba y enseguida otra y otra y otra. Estaba una señora que limpiaba la casa -más amiga que empleada- una señora de edad y corrí a decir: -Doña María, escuche, ¿qué es esto?... Escuche, ¿qué es? Y empezamos a oír sirenas. Pasaban autos. Estábamos a quince cuadras, un poco más quizás. Por supuesto que no se me ocurría que pudieran ser ellos, de ninguna manera, pero… sentía una desesperación… De repente, no pude seguir tejiendo. Dejé todo suspendido (…)

Me fui a la casa de una amiga, que vivía muy cerca, una amiga de la infancia. Estuve un rato allí, pero seguía muy inquieta: pasaban helicópteros, toda la gente estaba en la calle, era un bombardeo continuo, no paraba. Y yo sentía… bueno, se ve que mi corazón captaba lo que estaba pasando. Eran cañonazos, era la muerte. Yo, mientras tanto, iba y venía y volvía a mi casa, corriendo. Y me encontré al pasar con una señora que era inspectora de colegios y vivía a media cuadra y era la hermana de Massera. Estaba con todos sus nietos afuera: -¿Y tu nieta?, me preguntó. Y yo le contesté: -La estoy esperando, pero no sé si con esto me la van a traer. Me respondió: -Mirá cuántos tengo yo… Y me mostraba los nietos. Así llegaron las cuatro de la tarde y seguía el bombardeo y yo… yo… yo lloraba.

Bueno, claro, también tenía que computar esto: que siendo profesora del colegio secundario y de la universidad, poco a poco fueron matándome mis alumnos. Me iban matando alumnos y alumnos. Era cuestión de abrir el diario todos lo días y ver cuál alumno habían abatido el día anterior. Estaba destrozada con todo eso. Por eso pensaba, amargamente: -Serán algunos chicos. Pero nunca imaginé que fueran los míos.

Me quedé, al final, en mi casa, por si venía Diana: siempre esperaba que viniera Diana con la nena. Y temiendo que pasaran cerca de… porque el bombardeo era para el lado donde ellos vivían, yo me daba cuenta de que era para ese lado. Pero no llegaron. Como a las ocho de la noche me llamó mi madre diciéndome que mi papá se había descompuesto y me pidió que fuera hasta su casa, en City Bell. Fue providencial ese llamado, porque esa noche vinieron las fuerza conjuntas por mi casa. Dormí en lo de mis padres entonces y al otro día, a la mañana… leí el diario y escuché la radio -Radio Colonia- y ahí me enteré… Entonces me fui para mi casa, en el ómnibus. Cerca ya, tomé un taxi -yo vivía en la calle 44 de La Plata, una avenida que se une con el camino a Mar del Plata- y cuando iba dando la vuelta, frente a la plaza, vi que había un montón de gente reunida frente a casa. Estaban todos los vecinos afuera, angustiados, porque muchos de ellos pensaban que yo estaba adentro muerta. Esa noche habían venido todas las fuerzas, en camiones.”

Chicha relata pormenorizadamente cómo encontró su casa revuelta, prácticamente deshecha. También cómo fueron esos momentos con su esposo lejos, trabajando en Italia. Y creyendo que no sólo Diana sino también su hijo Daniel y su nieta estaban muertos. Junto a los padres de su nuera comenzaron la búsqueda, sin pistas ni certezas.

“Creímos que habían muerto los tres. También la nena, con semejante horror. En algunos diarios se decía que estaban los dos muertos -mi hijo y mi nuera- y de la nena no decía nadie nada, ni una palabra sobre ella en ningún lado. Por ahí, en uno de los diarios, había dicho un vecino que había visto sacar un balde con algo que creía el cuerpo de la nena. Entonces me fui con mi consuegro a la comisaría Quinta de La Plata a preguntar y a pedir los cuerpos y me dijeron que ellos se ocuparían de todo y le dijeron a la mamá de Diana que no la pidiera porque estaba carbonizada, que se había quemado y que no le quedaba nada de ella, que no le convenía verla.

Entonces yo dije: -¿Y mi hijo? Me contestaron: -Su hijo está peor. Insistí: ¿Y la nena? Me dijo el policía: -¿Qué nena? Le digo: -¿Cómo qué nena? Mi nieta. Me respondió: -No, no, ahí no había ninguna nena. Nosotros insistimos con que la nena estaba allí. Nos constaba, porque si no me la habría traído Diana -y Diana había muerto allí y nunca se separaba de la nena- lo lógico era que estuviera allí. Dijeron que no, sin embargo, que en el sumario no figuraba, qué sé yo (…)

Recibí una llamada telefónica de una amiga que tenía una noticia: la noticia era que una persona de su amistad había sabido, por intermedio de otra -un jubilado policial, conectado con el comisario Sertorio, de la seccional Quinta (que había participado del operativo en la casa de la calle 30, NdR)- que la nena estaba viva. Me decía que la buscara. Con muchísimo miedo me dijeron esto, con muchísimo miedo… pero me trajeron la vida. Entonces fui a hablar con ese comisario. Y él me dijo que sí, que estaba viva… pero si él lo tenía que decir ante alguien lo iba a negar. Eran los últimos días de 1976 y desde ese momento no dejé de buscar a mi nieta…”

Dos décadas después de aquel relato Chicha Mariani sigue la búsqueda. Con las mismas memorias y las mismas convicciones. Y con la casa de la calle 30 ya convertida en un emblema que es testimonio de la brutalidad genocida al tiempo que homenaje a los 30 mil detenidos-desaparecidos.

Allí, en 30 n° 1134 entre 55 y 56 de La Plata, esta tarde a las 18 horas la Asociación Anahí realizará un acto homenaje a los caídos aquella jornada de hace 40 años. Y, como cada año, se reafirmará la búsqueda de Clara Anahí.


Osvaldo Bayer (Foto Facebook Gabriela Arreseygor)




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