Sociedad

TESTIMONIO

Habla por primera vez el joven abusado por el capellán penitenciario Eduardo Lorenzo

León abre una caja de Pandora. Tras más de diez años, rompe el silencio y cuenta la historia que llevó al cura de Gonnet a enfrentar una denuncia penal de la que muy sospechosamente salió airoso en tiempo récord.

Daniel Satur

@saturnetroc

Estefanía Velo

@Stefania_ev

Domingo 24 de febrero | 01:17

Foto @Guillocontrera

Luego de que este medio publicara la denuncia de Alejandro Disalvo y Roxana Vega contra el capellán general del Servicio Penitenciario Bonaerense Eduardo Lorenzo, León -tal como lo denominaremos, según el nombre que el joven eligió para resguardar su identidad- cuenta toda la verdad.

Pasaron diez años. Durante ese tiempo pocas personas hablaron del tema. Hasta que en enero las madres organizadas del Colegio del Carmen de Tolosa juntaron unas 2000 firmas para decirle no al traslado del cura Eduardo Lorenzo a dicha institución debido a la denuncia por abuso sexual.

Esa noticia generó un revuelo importante entre la Curia platense. El arzobispo Víctor “Tucho” Fernández salió a apoyar a Lorenzo a través de una carta publicada en el diario El Día. El cura de Gonnet también respondió con su agradecimiento. Ambos le echaron la culpa a “gente que tiene otros intereses”.

Al leer las cartas Disalvo y Vega se vieron afectados. Ellos vivieron en carne propia el amedrentamiento de Lorenzo al querer hablar sobre su denuncia por abuso sexual. “Quisimos saber si el cura Lorenzo es un abusar y terminamos con la casa allanada”, relataron a este diario.

Una pieza fundamental en esta historia, que hasta hoy no había hablado públicamente, es León, una de las víctimas de los abusos de Lorenzo, por cuyo caso el cura fue “investigado” judicialmente. Junto a sus tutores (quienes querellaron a Lorenzo en 2008) tomó la decisión de hablar. Y quiso hacerlo acá.

De la calle al hogar

A los doce años León partió de su casa, en el conurbano profundo, y desembarcó en las calles de Gonnet. Pidiendo monedas en un supermercado empezó a conocer y construir un vínculo con sus “padrinos adoptivos”, Julio y Adriana. Soñaba con estudiar una profesión.

“Yo tenía en la calle un grupo de amigos con el que me sentía cómodo. Pero con mis padrinos establecí una relación muy de familia”, cuenta León. “Al tiempo, me dieron la oportunidad de salir de la calle, donde no tenía rumbo, no tenía horarios, andaba suelto”.

Así la historia de un niño, como puede ser la de cualquier infante que pide una moneda en la esquina del semáforo o en las calles céntricas. León aceptó, con trámites judiciales de por medio, vivir en el hogar Los Locos Bajitos de Gonnet donde estuvo casi un año y medio.

En la calle vivía al límite, “si tenés suerte la podes contar”. Retomó la escuela primaria y recuerda que esa época fue una “etapa muy buena”. En ese mismo momento, empezó su acercamiento a la Iglesia católica, hizo el curso para bautizarse y hasta formó parte del grupo de Jóvenes Misioneros.

“Empecé a conocer a gente de mi edad, nuevos amigos. Estaba feliz con todas las actividades que se organizaban, desde ayudar a los que menos tienen hasta ir a Luján a pie”, expresa León. “Sentía que me hacía bien y que también le hacía bien a los demás”.

El 6 de febrero de 2006 fue trasladado al hogar Los Leoncitos, que estaba ubicado en Camino Centenario y 502, donde actualmente funciona el jardín del Club Universitario, a unas cuatro cuadras de la Parroquia Inmaculada Madre de Dios de Gonnet. En esa época se hizo ayudante de misa. “Toda la comunidad me conocía”.

Exhogar Los Leoncitos (hoy jardín Club Universitario) | @Guillocontrera
Exhogar Los Leoncitos (hoy jardín Club Universitario) | @Guillocontrera

La llegada de Lorenzo

Un año después, el arzobispo de La Plata Héctor Aguer designó al cura Eduardo Lorenzo para hacerse cargo de la iglesia Inmaculada Madre de Dios de Gonnet, luego de que en enero de 2007 falleciera el párroco Norberto Chiodini. En abril de ese año, sin dejar de ser el director de la Capellanía General del Servicio Penitenciario, el cura asumía como párroco.

“Cuando él llegó yo estaba haciendo una vida normal: salía del colegio y siempre me iba a la parroquia, iba a todas las reuniones del grupo misionero”, relata León. “Enseguida que se presentó como responsable de la parroquia nos transmitió confianza, empezó a tirar propuestas y de entrada fue ’uno más’ de nosotros”, recuerda el hoy joven adulto moviendo sus manos nerviosas. “No podía imaginarme nada de lo que iba a terminar pasándome más adelante”.

Lorenzo, caracterizado como una persona carismática, empezó a diferenciar por grupos a los jóvenes de la parroquia. “Unos éramos su grupo más cercano, unos cinco, todos varones, a quienes nos convirtió en sus amigotes. Al resto los tenía a la distancia”.

Misa, juegos y ´viva la joda´

Eduardo Lorenzo empezó a mostrar su autoridad como jefe de la parroquia y a relatar sus relaciones con el poder político y judicial. “Él se creía dueño del mundo, todo el tiempo decía, amenazante, ´yo manejo la villa, yo manejo todo desde la cárcel, manejo lo bueno y lo malo´”, señala León.

“En la casa parroquial pasaba de todo: cuando terminaba la misa, cerraba la parroquia y era un ´viva la joda´”, recuerda. Allí organizaba reuniones cerradas con su grupo más “cercano” de jóvenes. “Preparaba de antemano comida y alcohol, y nos hacía saber que todo eso lo pagaba era con la plata de la gente de la parroquia”. León hasta lo vio “guardarse en el bolsillo donaciones de la parroquia”.

En el verano de 2008 la “joda” se trasladaría a una quinta de Villa Elisa alquilada por Lorenzo. “Ahí era un descontrol total”, afirma León. El adulto hacía una “juntada de amigos” con cinco adolescentes de entre 15 y 17 años, a quienes obligaba a “jugar”. “Él organizaba, en un momento de la noche apagaba las luces y, así como la empezó, quería terminarla. Hacía juegos alrededor del tamaño de nuestros miembros y otras cosas”.

León aporta un dato inquietante. De las reuniones también participaba un hombre no vidente, que siempre acompañaba a Lorenzo e incentivaba a León a soltarse y tener relaciones con el cura. “Es algo normal hacerlo, no te va a pasar nada”, recuerda hoy que le decía ese otro adulto.

Dos años de abusos y torturas llevaron a León a querer suicidarse. “Dentro de mi grupo, a mí en particular empezó a discriminarme, haciéndome ver que yo era el diferente del resto, el pobre que vivía en el hogar. Me puteaba, hacía juegos agresivos en los que me ponía a mí como centro, de varias formas”, asegura.

Lorenzo hasta llegó a decirle a León “negro miserable, sos la porquería, si me animo a tocarte es con mucho cuidado no vaya a ser que me contagie de alguna enfermedad”. Hoy León siente que en ese momento Lorenzo “llegó hasta donde quiso. Es que un tipo que tiene esa obsesión va a hacer todo lo posible para que se le dé”.

El cura, cuenta León, “estaba obsesionado por saber todo el tiempo qué hacíamos. Incluso había otro chico al que lo hacía dormir con él, como si fuera su pareja”.

Con 16 años no encontraba salida. “Traté de pilotearla como podía, pero era mucha la presión, me sentía obligado a decirle que sí a un montón de cosas”, señala. Y añade que Lorenzo “siempre se mostraba como parado en la cima, protegido por un escudo de poder”. Pero al mismo tiempo “su obsesión era que nunca saltara nada de lo que pasaba ahí”, rememora.

Parroquia Inmaculada Madre de Dios de Gonnet
Parroquia Inmaculada Madre de Dios de Gonnet

Violencia al palo

León no soportó más esa situación. “Hacía rato que ya no quería participar de esas cosas, pero aunque dejara de ir a esas fiestas lo iba a seguir viendo en el hogar donde vivía. No podía zafar como lo hizo otro de los chicos, que se fue y no apareció más.

“Una noche me maltrató mucho, me escupió en la cara diciéndome ´sos una basura’. Me denigró delante del resto. A mí se me caían las lágrimas, no entendía, si yo no le había hecho mal a nadie. Me volví al hogar con la decisión de no ir más”. Desde ese momento el cura no paró de buscarlo, de llamarlo al hogar. León nunca atendía. Se fue hundiendo en un pozo. Y quiso matarse.

El encargado del hogar, Diego Greco, llamó a los padrinos de León. Llegaron rápido. Allí el joven pudo por fin poner en palabras lo vivido en casi dos años. Greco pactó con los padrinos que Lorenzo no podría ingresar ni contactar más al chico. Pero terminó contándole todo a Lorenzo, quien al rato se apareció como una fiera en el hogar. “Fue a buscarme desesperado. Empezó a patear la puerta hasta que entró a los gritos. Me encaró diciendo ’no te hagas el estúpido, ¿qué carajo te pasa?’”.

“Me llevó al restorán de la esquina. Lo primero que hizo fue pedir un vino y obligarme a tomar, quería emborracharme. Me dijo que si en verdad quería matarme que lo hiciera, ’si total no se pierde nada, negro’”.

El capellán penitenciario, mientras le servía vino, intentaba comprarlo. “Me ofreció plata y, si yo quería, hasta un auto. ’Te puedo resolver muchas cosas’, dijo, a cambio de que por nada del mundo abriera la boca. Me pedía por favor que no hablara y que arreglemos. Así que busqué quitármelo de encima, le dije que aceptaba sus condiciones”.

Esa fue la última vez que se vieron a la cara Eduardo Lorenzo y León. En los días y semanas siguientes los otros chicos le transmitieron el joven varios mensajes del cura. “Me proponía que me presentara a una de sus misas y dijera que todo lo que decía era mentira”, dice León. Es que en Gonnet ya había corrido el rumor. “Con eso él me disculpaba y el tema quedaba saldado”, afirma.

Falta de mérito exprés

La primera medida que tomaron Julio y Adriana fue sacar del hogar a León. Tras un mes en la casa familiar se mudó a una pensión. El chico les contó todo a sus padrinos. Con el joven lejos del cura, ellos hicieron la denuncia judicial.

Con 16 años y aún con miedo León declaró ante la fiscal Ana Medina. También sus padrinos. E hizo lo propio otro testigo, un hombre de unos treinta años, que no conocía a León pero quince años antes presenció cómo Lorenzo se bañaba con otros jóvenes y hasta se metía en sus bolsas de dormir en campamentos que el cura organizaba en Olmos.

Los testimonios ameritaban una serie de pericias elementales, tanto sobre la parte acusadora como sobre el acusado. Eso pretendían los tutores de León. Pero la fiscal no peritó nada y en cinco meses terminó archivando la causa, declarando “falta de mérito” para el funcionario del Ministerio de Justicia.

Adriana y Julio paralelamente habían iniciado una denuncia en sede eclesiástica contra el padre Eduardo. Pero los encargados de “investigar” desde la Curia hicieron menos que la fiscal Medina. A León nunca lo contactaron, ni siquiera para escuchar su testimonio. Mucho menos a los denunciantes. Y ni hablar del testigo abusado en Olmos.

Lo que sí hizo el Arzobispado fue acceder al expediente penal, obteniendo de primera mano las declaraciones testimoniales. El máximo responsable de esa “investigación” fue monseñor Aguer. Hace un mes su sucesor Fernández, gran aliado de Bergoglio, le escribió una carta a Lorenzo en la que reivindicaba la “investigación” de Aguer.

Lorenzo junto al ministro de Justicia Gustavo Ferrari y el arzobispo de La Plata Victor Fernández
Lorenzo junto al ministro de Justicia Gustavo Ferrari y el arzobispo de La Plata Victor Fernández

La necesidad de hablar

Seguramente habrá quienes leyendo a León se pregunten por qué no habló antes, sembrando la sospecha con un “¿y por qué ahora?”. Pero él tiene en claro las respuestas.

“No es como dicen ellos, que yo desaparecí. Yo estuve siempre. Pero cuando tenía 16 años no sabía cómo hacer para ir en contra de alguien que puso miedo mafioso en todos los sentidos”. Recuerda que Lorenzo siempre remarcaba que tenía amigos e influencias en todos lados. “De adentro de la cárcel, de gente de plata, de gente de la villa”.

Con claridad, León dice que a la causa la cerraron porque Lorenzo “tiene contactos, es amigo de gente de poder. No se junta con los pobres. A nosotros nos mostraba fotos con gente importante, con políticos. De clase alta”, recuerda.

Asegura que está “tranquilo” con su verdad. Y que si Lorenzo fuera inocente se tendría que haber presentado para ser investigado y salvar su honor. Pero no lo hizo.

León hoy

Costó mucho empezar a salir de aquel calvario. “Todo lo que me pasó me había sacado de eje, aunque nunca descarrilé. Me tocó esta carga sin buscarla. Él tendría que cargar la condena”.

Once años después afirma que tiene “una vida normal” y que “hay que seguir viviendo”. Sabe que Lorenzo lo “cortó al medio”. Pero también sabe que lo peor ya pasó. “Hoy lo puedo hablar, lo puedo transmitir, lo peor ya lo pasé. Lo malo es que lo sigue haciendo”, vuelve a enojarse.

Cuando se enteró de los recientes hechos de Tolosa, León sintió un alivio. “Porque la gente tiene que saber esta historia. Tiene más manchas que un tigre. Y las que quedan por conocer. Se va a ir dando todo a la luz. Podrá tener todos los conocidos que quiera, pero él está muy sucio”, sentencia.

Lorenzo con obispo Bochatey, auxiliar de La Plata
Lorenzo con obispo Bochatey, auxiliar de La Plata

“Se deben favores entre ellos”

León vuelve a tensarse cuando intenta definir quién es Eduardo Lorenzo. Monstruo, agresivo y enfermo, sintetiza. Y si le preguntan por qué cree que lo bancan tanto el Arzobispado y el Estado, responde que es porque “se deben favores entre ellos. Él tiene sus escudos y por algo los tiene, ha comprado o vendido algo. Seguramente deben estar con algún compromiso”.

Los padrinos de León en estos diez años recogieron dolores de cabeza y hasta algún infarto. Les llovieron amenazas y perdieron amistades. Pero nunca se les acercó un cura o un obispo a decirles que están equivocados. Lo único que recibieron fue silencio, a lo sumo alguna cara de asombro.

León siempre acompañó las decisiones de sus padrinos, quienes probablemente vayan por la reapertura de la causa. La idea de ver a Lorenzo condenado lo emociona. “Sería importante, se tiene que caer el disfraz de lo que no es. Sería un alivio para Gonnet que esta persona no esté más. Si hablo es para que dejen de arruinarles la vida a muchos chicos”.

Sobre el final de la charla León habla de sus dos hijos, esas “revanchas” que le dio la vida luego de tanto castigo. Pensando en ellos, sugiere que con tipos como Lorenzo y sus encubridores “estar a cuatro ojos no alcanza. Hay que estar a diez ojos. No hay que prestar confianza”.

Y anhela que “ahora se anime otro a hablar, porque fueron muchas las víctimas” del capellán general del Servicio Penitenciario Bonaerense.

Una producción de La Izquierda Diario y Pulso Noticias







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