SEMANARIO

Guerras imperialistas y cuestión negra en Estados Unidos

Paula Schaller

EE.UU.
Ilustración: Mar Ned-Enfoque Rojo

Guerras imperialistas y cuestión negra en Estados Unidos

Paula Schaller

La última película de Spike Lee, Cinco sangres, comienza con las palabras que Muhammad Alí pronunció negándose a ser reclutado para la guerra de Vietnam: “Mi conciencia no me permite ir a matar a mi hermano, ni a gente más oscura, pobre o hambrienta, para los Estados Unidos. ¿Matarlos por qué? Ellos no me han llamado negrata ni linchado. No me han echado a los perros. No me han robado la nacionalidad”. Expresaba un espíritu de época marcado por el ascenso del movimiento antibélico en Estados Unidos y la radicalización del movimiento negro.

Vietnam fue un catalizador de un amplio descontento social no solo porque era una guerra imperialista contra un pequeño pueblo oprimido, sino porque los negros, objeto de todo tipo de discriminaciones racistas al interior del país, estuvieron sobrerepresentados en el Ejército que la libró. Es conjeturable que esta actitud condensó también la maduración de una experiencia histórica de más largo alcance, donde sectores de la comunidad negra que en las distintas guerras fue tentada con el acceso a una ciudadanía plena que nunca llegó, fueron sacando conclusiones políticas y forjando alas más radicales. En un artículo anterior analizábamos que la cuestión negra, presente desde los orígenes de Estados Unidos –que nació como democracia moderna al mismo tiempo que como “república esclavista”–, tuvo una importante gravitación en la guerra de independencia y la guerra de secesión. A continuación, analizaremos el desarrollo de esta relación entre la Primera Guerra Mundial y la guerra de Vietnam.

La consolidación del americanismo racista

En el artículo del año 1915, “Las raíces africanas de la guerra”, el intelectual del movimiento negro William Du Bois planteaba que tanto los aliados como los imperios centrales competían por el oro y los diamantes de Sudáfrica, el coco de Angola y Nigeria, el caucho y el marfil del Congo y el aceite de palmera de la costa oeste. Denunciaba así el carácter imperialista de una guerra que el gobierno de Woodrow Wilson presentaba como la guerra “para acabar con todas las guerras” que se libraba en “defensa de la democracia”. Bajo este discurso, de hecho, se fortaleció un patriotismo que buscó imponer la unidad nacional interna, en un contexto que venía previamente atravesado por un ascenso de la lucha de clases y de la militancia socialista.

El nacionalismo marcadamente conservador que se impuso con el ingreso de Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial operó como legitimador de una fuerte persecución interna contra inmigrantes (en particular germano-parlantes), activistas políticos y sindicales y la comunidad negra. En aquel momento, la Ley de Espionaje, la Ley de Sedición y la Ley de Comercio con el Enemigo, aprobadas entre 1917 y 1918 ante el ingreso de Estados Unidos a la guerra, fueron las armas jurídicas usadas para ilegalizar y perseguir el sindicalismo radical de los Industrial Workers of the World (IWW) y al Partido Socialista Americano, varios de cuyos dirigentes fueron encarcelados. Este contexto de fuerte propaganda patriótica presionó sobre los círculos dirigentes de las comunidades negras como los pastores y las universidades, que colaboraron en las campañas de enrolamiento de la comunidad bajo la lógica de que una activa participación en el esfuerzo de guerra les permitiría integrarse plenamente a la nación norteamericana. Mientras miles de trabajadores negros fueron empleados intensivamente en las industrias de guerra, unos 400.000 se enrolaron en el ejército, de los cuales 200.000 fueron enviados a Francia y 42.000 entraron efectivamente en combate. Como había sido en todas las guerras precedentes, la segregación fue nuevamente la norma. La aviación y los marines no aceptaron a negros, mientras que la marina les confinó a los puestos de servicio. Quienes sirvieron en el frente lo hicieron en regimientos segregados (bajo el mando de oficialidad blanca) y recibieron equipamiento deficiente, entrando en combate como soldados de segunda [1].

La guerra aceleró la emigración negra desde los estados sureños (donde regía la arquitectura legal segregacionista conocida como “Jim Crow”), hacia las grandes ciudades del Norte como Nueva York y Chicago, en busca de mejores salarios y condiciones más igualitarias. Esto nacionalizó la violencia racial, extendiéndola a las ciudades del Norte y Medio Oeste; pero también motorizó un nuevo estado de ánimo que llevó al surgimiento de fenómenos de resistencia entre los negros. La experiencia de las armas, por un lado, y la vida en las grandes ciudades, por el otro, despertaron una nueva conciencia que Du Bois sintetizó citando a un veterano negro: “yo he hecho mi parte y voy a luchar aquí hasta que Tío Sam haga la suya. Puedo disparar tan bien como cualquiera [...] No voy a buscar problemas, pero si alguien se cruza en mi camino, no voy a evitarlo” [2].

Esto se dio en un contexto signado por el ascenso de la lucha de clases con el movimiento huelguístico de 1919 –expresión norteamericana del impacto de la Revolución rusa y el ascenso revolucionario de post guerra–, frente al cual las patronales fortalecieron su plan de ciudades “open shop”, “talleres abiertos” libres de la actividad sindical, recrudeciendo la represión a todos los conflictos y la utilización de los trabajadores negros como rompehuelgas [3]. Contra las ilusiones fomentadas por algunos círculos dirigentes de las comunidades negras, no hubo integración de estas tras la Primera Guerra Mundial sino todo lo contrario. Ante el ascenso del movimiento obrero, la respuesta estatal y de las organizaciones sindicales oficialistas como la racista AFL fue acentuar un americanismo fuertemente conservador que estimuló la xenofobia hacia los inmigrantes y el racismo contra los negros. Bajo las condiciones creadas por este caldo de cultivo estalló en 1919 el llamado Verano Rojo (Red Summer), una serie ataques racistas en más de 30 ciudades norteamericanas [4] que llevó al surgimiento en Chicago de patrullas de autodefensa armadas de los negros, una suerte tempranas antecesoras de las Panteras Negras [5]. A mediados de los años 20 el Ku Klux Klan llegó a tener entre tres y cuatro millones de miembros, extendiendo su influencia política a todo el país bajo una ideología que combinaba el supremacismo blanco con un fuerte antiizquierdismo. Más adelante, en el contexto de la crisis capitalista de los años 30 que alentó una desocupación de masas, surgió la CIO (Congreso de Organizaciones Industriales) como central alternativa a la racista AFL y desde allí los socialistas, comunistas y trotskistas tuvieron una política activa para la unidad entre trabajadores blancos y negros en una lucha común. Pero fueron las condiciones creadas por la Segunda Guerra Mundial las que dieron un marco para el avance de la lucha y la organización del movimiento negro.

La Segunda Guerra Mundial: entre el discurso antifascista y el racismo interno

Si para la Segunda Guerra Mundial más de 15 millones de hombres y mujeres sirvieron en las fuerzas armadas, se calcula que al menos otros 15 millones de personas protagonizaron lo que se considera como la mayor migración interna de la historia de Estados Unidos. De estas, unas seis millones procedían de las zonas rurales y muchas eran personas negras de los estados del Sur que se trasladaron a Detroit y Chicago —centros de recepción de la emigración negra desde la Primera Guerra Mundial—, y unos 250.000 se dirigieron por primera vez a la costa Oeste, donde se asentaron las nuevas industrias de guerra [6].

La existencia del fenómeno del fascismo le permitió a las clases dominantes norteamericanas presentar la contienda, más aun que a la Primera Guerra Mundial, como una guerra por la libertad y la democracia. Buscando diferenciarse del racismo explícito del ideario nazi, la Carta del Atlántico presentaba como objetivo la extensión de los principios de la libertad y la democracia y la lucha contra la tiranía y el racismo. Pero esto contrastaba no solo con los objetivos imperialistas de Estados Unidos en la guerra sino con la realidad de la población negra en el país y en el ejército, donde nuevamente los afroamericanos participaron en unidades segregadas y recibieron un trato muy diferente al de los blancos. La Armada solo utilizaba marineros negros para la peligrosa tarea de cargar municiones en los barcos, sin brindarles entrenamiento adecuado ni equipos de seguridad. Solo ante la importante escasez de infantería que el ejército norteamericano experimentó a fines de 1944, en medio de la ofensiva alemana de las Ardenas, Eisenhower aceptó que por primera vez voluntarios negros lucharan con soldados blancos, aunque en batallones negros de cuarenta hombres al interior de compañías blancas de doscientos soldados.

Mientras tanto, los negros dieron importantes luchas para ser admitidos en las industrias de defensa cuyos salarios medios eran más altos, logrando que en 1941 se pusiera fin a la discriminación en las industrias de defensa y se creara el Comité de prácticas de empleo justas (Fair Employment Practices Commision). Entre 1942 y 1944, un millón más de afroamericanos, de los que cerca de 600.000 eran mujeres, ingresaron al mercado de trabajo, lo que aumentó como nunca antes la sindicalización de la comunidad negra que se enroló en la CIO. Durante la guerra, el salto en el proceso de urbanización que presionó demográficamente en los los ghettos negros de los suburbios llevó al estallido de motines antirracistas en las grandes ciudades, como sucedió en Nueva York, Detroit y Los Angeles. Es que la Segunda Guerra fue un punto de inflexión en la lucha por los derechos de la comunidad negra, que difundió como consigna la “doble V de la victoria”, contra el fascismo exterior que proclamaba el discurso estatal y el racismo interior que en los hechos fomentaba. En este contexto, en el año 1948 el presidente Truman declaró ilegal la segregación en el Ejército, intentando poner fin a una polarización social que crecía y fue la base para la extensión del movimiento por los derechos civiles.

Vietnam: otra guerra de ricos

Aunque había sido ilegalizada, en los hechos la segregación en el Ejército se sostuvo en la Guerra de Corea, siendo Vietnam la primera guerra librada con un Ejército plenamente “integrado”, donde soldados blancos y negros integraban las mismas unidades de combate en forma generalizada. Pero a diferencia de las guerras previas, en esta la política del Estado fue la sobrerepresentación de la población negra.

Para los años 70, unos 22 millones de estadounidenses eran afroamericanos, lo que representaba un 11 % de la población; pero el 33 % de las tropas norteamericanas en el sudeste asiático era de origen negro y en algunas unidades de elite, como la infantería aerotransportada que cargaba con el grueso del combate, la cifra subía al 45 %. Esto hizo que ya en los primeros años de la guerra, los negros representaran más del 20 % de los muertos norteamericanos, dos veces más que la proporción de población negra del país. Esto se explica porque primó el reclutamiento de jóvenes de los suburbios más pobres, con mayor presencia de jóvenes de clase trabajadora y negros. Asimismo, como puede verse en el documental de Netflix La guerra de Vietnam, esto estuvo acompañado por el otorgamiento de prórrogas especiales para que profesionales y estudiantes universitarios pudiesen evitar o aplazar el reclutamiento. Estos permisos especiales resultaban prácticamente imposibles para la mayoría de los jóvenes humildes, de las familias obreras y de las comunidades negras, con menor posibilidad de acceso a la Universidad que, en Estados Unidos, es paga hasta la actualidad. De esta manera, según calcula el historiador Christian G. Appy, de los enrolados en la guerra alrededor de un 25 % eran pobres, un 55 % pertenecía a la clase obrera, y un 20 % era de clase media [7]. Asimismo, fueron enrolados conscriptos de territorios estadounidenses como Puerto Rico, Guam, las Islas Vírgenes, entre otros.

Esta política de usar a la población pobre y afroamericana en particular como carne de cañón creció a medida que se hizo más extendido el descontento interno contra la continuidad de la guerra, cuyo punto de inflexión fue 1968. Ese año estuvo signado por la Ofensiva del Tet [8], que generó un enorme impacto a nivel internacional y al interior de Estados Unidos, haciendo crecer la solidaridad con el pueblo vietnamita y la lucha del movimiento negro. El movimiento antiguerra se nacionalizó, llegando a todas las universidades del país y centenares de fábricas, expresado en sabotajes, boicots y multitudinarias movilizaciones donde cientos de miles de jóvenes de todo el país gritaban "Vietnam para los vietnamitas" y “Estados Unidos fuera de Vietnam”. En su libro Vietnam y las fantasías norteamericanas, Bruce Franklin plantea que la ofensiva del Tet marcó la transformación del movimiento antiguerra en un movimiento de carácter anti-imperialista, alentando la radicalización del movimiento afroamericano y la integración de los activistas con los veteranos y que se manifestaban contra la guerra y contra las propias Fuerzas Armadas. Se mostraba, como dijo Clever Eldridge de las Panteras Negras, que “los pueblos revolucionarios de color podían derrotar al enemigo común” [9]. Consignas como “No pelearemos otra guerra de ricos”, y entre los negros, “Ningún vietnamita me ha llamado nunca ‘Ni***er’”, se hicieron de masas. En este contexto, el asesinato de Luther King ese mismo año llevó al estallido de un nuevo ciclo de revueltas antirracistas en más de 125 ciudades.

Allí se forjó el punto más alto y combativo del movimiento antiguerra, que preparó el camino para la derrota del imperialismo norteamericano en Vietnam en el contexto de un ascenso internacional de la juventud y la clase obrera. El debilitamiento de la hegemonía imperialista al que este movimiento contribuyó permitió a los pueblos oprimidos en todo el mundo lanzarse a la lucha por su emancipación.

Hoy vemos como las calles de Estados Unidos vuelven sacudirse por la lucha contra la violencia policial racista que se extendió a las principales ciudades del país. Las movilizaciones expresan no solo el hartazgo contra el racismo sistemático que enfrenta la población negra, sino la extendida bronca de un amplio sector de la juventud multirracial que también sufre la precariedad del empleo y la vida. Una generación que sufre el alto nivel de desempleo, superior al 30 % entre quienes tienen entre 18 y 24 años, sumado al endeudamiento masivo y el empeoramiento sostenido de las condiciones de vida. Esto se combinó con una incipiente tendencia a la intervención del movimiento obrero como las históricas huelgas portuarias de la costa Oeste, y el apoyo de múltiples sindicatos a las demandas que plantean las movilizaciones.

Este amplio movimiento puso en discusión el funcionamiento y en algunos casos hasta la propia existencia de los departamentos de policía, al punto que nunca antes en la historia norteamericana la idea de su eliminación había gozado de tanta popularidad. De esta manera, un enorme pilar del dominio burgués del principal Estado imperialista del mundo fue puesto en cuestión por la acción del movimiento de masas. Si el combativo movimiento antibélico forjado en los años 60 debilitó la hegemonía imperialista combinando la lucha contra la opresión racista interna con la lucha por la liberación de los pueblos oprimidos, el movimiento actualmente en curso tiene la enorme potencialidad de jaquear al que pretende seguir oficiando de gendarme de un mundo cada vez más convulsionado y en crisis, abriendo nuevas posibilidades para la lucha de las masas en todo el orbe.

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NOTAS AL PIE

[1Ver Bosch, Aurora, “Convertirse en americanos. Las minorías étnicas y las dos guerras mundiales en Estados Unidos”, en Ayer N.° 58, 2005, p. 238.

[2Sobre el disturbio racial moderno y el desarrollo de una nueva conciencia negra, ver TUTTLE, W. M. Jr., Race Riot. Chicago in the Red Summer of 1919, Nueva York, Atheneum, 1977.

[3Un trágico ejemplo de esto fue la masacre de Saint Louis en 1917, donde un número no determinado de trabajadores negros, contratados por la industria St. Louis en reemplazo de huelguistas blancos, fueron masacrados por estos.

[4Sobre esta cuestión ver Pozzi, Pablo, Nigra, Fabio (comps.), Huellas imperiales, de la crisis de 1929 hasta el primer presidente negro, Bs. As., Imago Mundi, 2013.

[5Uno de los organizadores de estas patrullas fue Harry Haywood, quien más adelante se convirtió en uno de los dirigentes afroamericanos del Partido Comunista Americano.

[6Ver Bosch, Aurora, ob. cit., p. 246.

[7APPY, Christian, “Vietnam: una guerra de clase”, en Nigra Flavio y Pozzi, Pablo (comps.), ob. cit.

[8Se conoce con ese nombre a la operación militar desplegada por el Vietcong contra las fuerzas aliadas lideradas por Estados Unidos en la que murieron 4.000 soldados norteamericanos.

[9Clever, Eldridge, Pantera Negra, México, Siglo Veintiuno, 1970, p. 56.
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Paula Schaller

Licenciada en Historia
Licenciada en Historia, conductora del programa Giro a la Izquierda de Córdoba y miembro del comité de redacción de Ideas de Izquierda.
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