Política

DOSSIER CONTRA-CULTURA

Gramsci y Trotsky en el desierto patagónico

Cualquier transformación verdaderamente profunda de la estructura social y política de Neuquén deberá basarse en la expansión de la contra-cultura de la protesta.

Miércoles 14 de junio | 20:58

Hace poco tiempo, a raíz de un breve escrito de Jorge Alemán en el que se reprochaba al FIT una concepción, digamos, pre-gramsciana de la política, se abrió un debate que lejos está de haber concluido. En su réplica a Alemán, Eduardo Grüner hizo explícita referencia al reciente libro de Juan Dal Maso -El marxismo de Gramsci- para probar que no se trataría tanto de una falta de asimilación, de parte de la izquierda trotskista argentina, del legado del gran sardo, cuanto de interpretaciones diferentes de su obra y su legado.

Semanas después, en ocasión de la presentación del libro de Juan en Neuquén, en un panel que integramos junto a Fernando Lizárraga y José Luis Bonifacio tuve ocasión de hacer una breve referencia a la particular circunstancia de lo que se presenta como una inusualmente voluminosa producción local (neuquina) de textos teóricos de tradición marxista o de izquierda libertaria, y vincularlo a la larga tradición de luchas sociales que caracteriza a la provincia patagónica, fenómeno que he caracterizado como una “contra-cultura de la protesta”. Más recientemente aún, Juan tuvo la desafiante idea de armar un dossier sobre las luchas sociales en Neuquén.

Pues bien, creo que hay un hilo conductor entre todo esto. El libro de Juan (si exceptuamos algunos artículos anteriores elaborados también por integrantes del PTS), inaugura en Argentina, por decirlo así, el diálogo entre la tradición trotskista y el gramscismo. El diálogo es necesario, indispensable diría. Pero estará seguramente plagado de tensiones. Alemán no estaba tan equivocado al reprochar a la izquierda argentina la carencia de perspectiva hegemónica. Su error consiste en haber absolutizado una carencia importante pero relativa. Relativa en dos sentidos. El primero es que no todo ha sido ignorancia o desconocimiento: el libro de Juan habla en sentido contrario. El segundo es que la hegemonía no se reduce sólo a la constitución de sujetos políticos. Este es un problema en sí mismo, y de primera magnitud. Pero no puede ser separado de las estructuras sociales, de los proyectos socio-económicos y del momento de ruptura (el problemático pasaje de las posiciones a la maniobra). Las aptitudes hegemónicas para constituir fuerzas políticas capaces de disputar el poder son ciertamente indispensables. Pero si esas fuerzas no atacan las fuentes mismas del poder económico y político, entonces su hegemonía será una hegemonía de gestión y administración de lo que hay, antes que de transformación revolucionaria. El desequilibrio de poder entre las clases sociales ha sido tan grande en las últimas décadas, que las fuerzas disidentes se han visto escindidas, por lo general, ante una disyuntiva no siempre reconocida: o bien un pragmatismo más o menos conceptualizado como hegemonía capaz de ganar elecciones pero incapaz de ir más allá del capitalismo (el objetivo mismo suele haber sido olvidado); o bien un principismo revolucionario testimonial.

¿Surgirá alguna fuerza capaz de aunar en el futuro las pericias de la hegemonía con los objetivos revolucionarios? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Es esa, en todo caso, nuestra apuesta.

En los últimos años la izquierda revolucionaria, luego de lustros de absoluta marginalidad política, ha comenzado a tener una influencia que, sin dejar de ser radicalmente minoritaria, la coloca ya fuera del ostracismo. La experiencia del FIT -pero no sólo ella- a contribuido a este proceso. Los desafíos a futuro son indudablemente grandes. Se trata, en un sentido, de pasar de la política dirigida a la “vanguardia” a una política de masas. El terreno de la hegemonía por antonomasia.

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El concepto de “contra-cultura de la protesta” posee profundas reminiscencias gramscianas. No porque haya sido tomado directamente de Gramsci o porque esté inspirado en algunas de sus obras, sino porque apunta a realizar tareas que Gramsci fue uno de los primeros en destacar en la tradición marxista. Es un concepto que aspira a dar cuenta de una situación local, de una singularidad. Lo opuesto, por decirlo así, de la traslación mecánica de conceptos generales a realidades particulares. Y es un concepto que pretende no sólo brindar alguna clave cognitiva de su objeto, sino influir ético-políticamente en los sujetos. Apunta a destacar los rasgos constitutivos de un segmento político-cultural inconformista constituido y desarrollado a lo largo ya de varias décadas: a) democracia directa (combinada con formas indirectas), participativa y deliberativa, b) rebeldía, c) colectivismo, d) solidaridad, e) escasa distancia entre dirigentes y bases. Estos rasgos se contraponen nítidamente a los de la cultura política dominante, encarnada en Neuquén principalmente por el Movimiento Popular Neuquino, pero compartida por el grueso de las restantes fuerzas políticas: democracia indirecta y delegativa, deferencia ante las autoridades y el poder, individualismo, clientelismo político, máxima distancia y ningún control de los dirigidos sobre los dirigentes.

Pues bien, la geografía neuquina ofrece un escenario privilegiado para explorar las posibilidades de una izquierda revolucionaria que, sin renunciar al combate contra el capitalismo como tal, transite el arduo camino de constituir una fuerza política radical con base de masas. La presencia del segmento social que denominamos “contra-cultura de la protesta” podría proporcionar el sustrato político-cultural indispensable, sin el cual los proyectos y programas políticos revolucionarios son o bien incomprensibles (y sus propulsores se ven condenados en consecuencia al aislamiento y la marginalidad), o bien se diluyen en retórica vacía o práctica crudamente reproductora, sin visos de transformación. No es poca cosa el sustrato cultural. La cultura es, a fin de cuentas, el suelo que hace posibles (o imposibles) ciertos proyectos políticos y sociales. Que las dos últimas grandes crisis de la sociedad argentina (la de 1989 y la de 2001) las hayan cerrado proyectos de raigambre peronista, se explica en una medida no menor por el peso que posee esa cultura política en nuestro país.

Por lo pronto, la contra-cultura neuquina de la protesta, sin dejar de ser un segmento social minoritario, es lo suficientemente numerosa e influyente como para hablar legítimamente de una cultura política de masas. Siendo su praxiología lo que la caracteriza (movilización, piquete, asamblea) doy por descontado que sus miembros poseen diferentes ideologías y militan o simpatizan con disímiles fuerzas políticas. Sin embargo, aunque plural, el espectro político-ideológico de la contra-cultura posee límites bastante precisos. Su oposición al eternamente gobernante Movimiento Popular Neuquino es total, podríamos decir que fundante. Incluye expresiones de izquierda (en el sentido de una aspiración revolucionaria) y centro-izquierda, pero no de derecha o centro-derecha. La integran marxistas, anarquistas, nacionalistas, católicos y peronistas; pero sólo una parte, incluso minoritaria de los nacionalistas, los católicos o los peronistas se pueden identificar plenamente con la contra-cultura de la protesta. Sólo la izquierda (marxista o anarquista) se identifica plenamente con ella, aún cuando no sea más que una parte minoritaria de la misma.

Aunque en la tradición peronista no es infrecuente el paso de la dirigencia sindical a puestos políticos electivos o no, lo cierto es que los justicialistas (o ahora kirchneristas) de la contra-cultura de la protesta no han ocupado lugares destacados en el PJ, en el Frente para la Victoria o en ninguna fuerza de centro izquierda, ni accedido a puestos electivos importantes en representación de alguna de esas organizaciones. Este fenómeno debe ser explicado porque estos partidos se insertan fundamentalmente dentro de los parámetros básicos de la cultura política dominante. El perfil combativo de cualquier miembro de la contra-cultura (incluso los más moderados) no casa bien con las preferencias del centro-izquierda. Un dirigente de ATEN o del SOECN es naturalmente un candidato de la izquierda; pero resulta una figura incómoda para las fuerzas de centro-izquierda. Ha sido el Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT), de hecho, la fuerza política que ha catapultado a miembros prominentes de la contra-cultura a puestos de diputados/as provinciales: Raúl Godoy, Alejandro López, Patricia Jure o Angélica Lagunas. Sintomáticamente, el sindicalismo combativo ha proporcionado dirigentes políticos a la izquierda local, sin que el elevado perfil político de estos candidatos haya afectado su influencia sindical. Pero no es menos sintomática la diferencia que existe con la experiencia nacional del FIT en su conjunto. Después de todo, los principales referentes políticos del FIT, así como quienes han ocupado u ocupan bancas legislativas, poseen un escaso vínculo directo con las organizaciones sindicales o con los movimientos sociales: ninguno de los tres principales referentes electorales de Frente de Izquierda y los Trabajadores -Nicolás de Caño, Jorge Altamira y Juan Carlos Giordano- son de extracción sindical. Tampoco lo son otras figuras que ocuparon u ocupan bancas, como Myriam Bregman (Buenos Aires), Soledad Sosa (Mendoza) o Pablo López (Salta). Una excepción parcial es Néstor Pitrola, que es un conocido dirigente del movimiento piquetero Polo Obrero. Ha sido la existencia de la contra-cultura de la protesta lo que ha facilitado que los candidatos electos de la izquierda provengan masivamente, en Neuquén, del corazón de la clase trabajadora y del sindicalismo combativo.

Muchos miembros de la contra-cultura de la protesta (quizá la mayoría) suelen votar a candidatos peronistas o de centro-izquierda. Sin embargo, si para la izquierda la contra-cultura es su terreno natural, para el centro-izquierda constituye un segmento político siempre sospechoso y difícil de asir. Porque sean cuales fueran sus ideologías formales, sus identidades políticas o sus opciones electorales, es la conducta práctica de los miembros de la cultura política disidente los que los convierte en difícilmente asimilables por las fuerzas organizadas de centro-izquierda, y lo que los torna tan atractivos para los partidos de izquierda.

La robustez de la contra-cultura de la protesta nos lleva a prever que en los años subsiguientes -y con cierta independencia de los vaivenes políticos- Neuquén seguirá teniendo un muy elevado nivel de movilización política y social. Las calles seguirán pobladas de manifestantes. La resistencia, por decirlo de algún modo, está garantizada. El interrogante es qué proyectos políticos propositivos podrían nacer a partir de este sustrato cultural, y si alguno de ellos podría desafiar seriamente la hegemonía del gobernante Movimiento Popular Neuquino. Por lo pronto, lo que parece seguro, es que cualquier transformación verdaderamente profunda de la estructura social y política de Neuquén -ya sea, de máxima, por medio del cambio de las relaciones de producción (no veo por qué se deba renunciar a esta posibilidad), o, de mínima, una vida política que sea algo más sustancial que la actual “democracia de baja intensidad”- deberá basarse en la expansión de la contra-cultura de la protesta. Diluir el espíritu rebelde, asambleario y colectivista en pos de un proyecto político potencialmente mayoritario en términos electorales, es con toda probabilidad la vía más segura hacia “cambiar algo que no cambie nada”. Pero priorizar la construcción orgánico-partidaria en desmedro de los frentes y de las organizaciones de masas, basar la política en la influencia sobre supuestas “vanguardias” en lugar de orientarla a influir sobre segmentos mucho más numerosos, es una receta para “no cambiar nada hablando de cambiarlo todo”. ¿Hallaremos una vía transitable entre estos Escila y Caribdis? No lo sabemos; pero hay que intentarlo.






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