Política

TEORÍA MARXISTA

Gramsci, Trotsky y la democracia capitalista

Durante las últimas décadas del siglo XX, la democracia capitalista como régimen político y como ideología se extendió más que nunca. El fascismo y el estalinismo fueron pilares fundamentales para que pudiera recrearse, y en particular este último al obturar la idea de una democracia superior al parlamentarismo burgués: la democracia soviética, la democracia obrera.

Viernes 5 de febrero | 21:37

Publicamos para todos nuestros lectores este extenso artículo, aparecido originalmente en la revista Estrategia Internacional Nº 29. Debido a su extensión, publicamos aquí su Introducción y el artículo completo adjunto en PDF para descargar.

INTRODUCCIÓN

Durante las últimas décadas del siglo XX, la democracia capitalista como régimen político y como ideología se extendió más que nunca. El fascismo y el estalinismo fueron pilares fundamentales para que pudiera recrearse, y en particular este último al obturar la idea de una democracia superior al parlamentarismo burgués: la democracia soviética, la democracia obrera.[1]

Actualmente, a más de un lustro de iniciada la crisis capitalista internacional, ante los ojos de millones se muestra, por sobre las formas parlamentarias, la imposición despótica por parte de los gobiernos de diferente signo de los intereses del capital. Las formas bonapartistas, escudadas detrás de los discursos “securitarios”, intentan cerrar esta brecha con mayores dosis de autoritarismo directamente proporcionales a los golpes de la crisis en cada país. Sin embargo, la creencia en la democracia capitalista como expresión de la soberanía popular sigue presentándose ante las grandes mayorías como un máximo insípido de libertad al que se puede aspirar. De allí el gran hándicap para la hegemonía burguesa en estos tiempos crecientemente tormentosos.

Donde más claramente se expresa esta combinación de elementos es en Europa con la crisis de los partidos tradicionales y el desarrollo de nuevos fenómenos políticos. Por un lado, con el ascenso de las formaciones de derecha como el Frente Nacional francés, el UKIP británico, el Partido de la Libertad de Austria entre otros. Y por otro, el de formaciones “neorreformistas” como Syriza en Grecia o Podemos en el Estado español, fenómenos como la victoria de Jeremy Corbyn en la interna del laborismo británico, o el Bloco de Esquerda que terminó, junto con el Partido Comunista, patrocinando la vuelta al poder del Partido Socialista en Portugal.

En Latinoamérica, también tiene su expresión particular en la crisis de los llamados “gobiernos posneoliberales”. [2] Que golpea de lleno al chavismo en Venezuela, pero también en el Cono Sur a algunos de los regímenes democrático-burgueses que más se han asentado en las últimas tres décadas, como el chileno [3] y el brasilero [4]. A cuya cabeza se encuentran respectivamente los gobiernos de la Nueva Mayoría –a la cual se incorporó el Partido Comunista– y del Partido de Trabajadores. En la Argentina, recientemente el kirchnerismo ha sido desplazado electoralmente por la nueva derecha empresarial de Mauricio Macri. Por izquierda se ha consolidado el Frente de Izquierda y de los Trabajadores, un frente de independencia de clase integrado por el Partido de Trabajadores Socialistas, el Partido Obrero, e Izquierda Socialista, que es referencia de un sector de masas [5], y que contrasta a nivel internacional con la subordinación de gran parte de la izquierda a las variantes “neorreformistas”.

El ascenso de aquel “neorreformismo” en Europa, así como el ciclo de gobiernos “posneoliberales” en Latinoamérica, ha dado impulso a las teorías de Ernesto Laclau, ya sea como “democracia plural radical” o como “razón populista”. En ambos casos, partiendo de la imposibilidad de la revolución, sus presupuestos teóricos dan sustento a una “estrategia” (reformista) que despoja a la hegemonía, y a la propia democracia burguesa, de sus fundamentos objetivos, es decir, de las bases económicas de la sociedad capitalista, de las clases sociales y las relaciones de fuerza, para situar el problema en el terreno de la articulación de lo discursivo.

En el presente artículo, nos proponemos el objetivo inverso. Pensar la revolución en las estructuras socio-políticas de tipo “occidentales” [6] y regímenes democrático-burgueses. Se trata de una cuestión estratégica fundamental en el escenario actual, luego de décadas de expansión de las ilusiones en la democracia burguesa. Para ello abordaremos una serie de problemas programáticos, tácticos y estratégicos y su articulación con la lucha por el gobierno obrero. En particular el papel de las consignas democrático-formales, o más precisamente, las democrático-radicales, como Asamblea Constituyente, abolición de la figura presidencial y unificación de los poderes legislativo y ejecutivo en una cámara única, revocabilidad de los mandatos, la abolición de los privilegios a los funcionarios, entre otras.[7]

Lo haremos a partir de algunas de las principales elaboraciones de Trotsky y Gramsci, en un contrapunto polémico con la obra ya clásica de Perry Anderson, Las Antinomias de Antonio Gramsci, y con el reciente libro de Peter Thomas, The Gramscian Moment, que se ha convertido en un punto de referencia de los estudios sobre Gramsci en la actualidad.

Para esto retomamos y desarrollamos la apropiación crítica del pensamiento de Carl Clausewitz de la III Internacional y de Trotsky en particular, que el lector puede encontrar también en Trotsky y Gramsci: debates de estrategia sobre la revolución en ‘occidente’ [8]. No casualmente, en su intento de desligar definitivamente la hegemonía de su anclaje de clase, Laclau y Chantal Mouffe, se topan con Clausewitz. “La lucha política –dicen– sigue siendo, finalmente, un juego suma–cero entre las clases. Este es el último núcleo esencialista que continúa presente en el pensamiento de Gramsci, y que pone en él un límite a la lógica deconstructiva de la hegemonía. [ … ] No es exagerado decir que la concepción marxista de la política, de Kautsky a Lenin, reposa sobre un imaginario que depende en gran medida de Clausewitz” [9].

Como decíamos, vamos en el sentido contrario de Laclau y Mouffe. Sin embrago, para nosotros no se trata solo de poner un “límite a la lógica deconstructiva de la hegemonía”, sino de dar cuenta cabalmente de las fuerzas materiales en las cuales se encarna la hegemonía burguesa al interior de la clase obrera y sus potenciales aliados, y de extraer las consecuencias estratégicas que se desprenden de ello.

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Notas a la Introduccion

[1] Lif, Laura y Chingo, Juan, “Transiciones a la democracia”, en Estrategia Internacional N° 16, invierno (austral) 2000.

[2] Ver en este número de Estrategia Internacional, Matos, Daniel y Molina, Eduardo, “Giro a la derecha y lucha de clases en Sudamérica”.

[3] Ver en este número de Estrategia Internacional, Torres, Pablo, “Entre las reformas y la irrupción de las masas”.

[4] Ver en este número de Estrategia Internacional, Matos, Daniel, “Crisis de la ‘hegemonía invertida’”.

[5] Ver en este número de Estrategia Internacional, Castillo, Christian, “El gobierno de los CEO, el ‘decisionismo’ macrista y los desafíos de la izquierda”.

[6] Entendiendo “Occidente” como metáfora para nombrar este tipo de estructuras, tanto las de los países imperialistas que cuentan con mayor tradición, como las más recientemente “occidentalizadas” de la periferia semicolonial, como por ejemplo, Brasil, Chile, o Argentina, en el Cono Sur Latinoamericano. Cfr. Albamonte, Emilio y Maiello, Matías, “Trotsky y Gramsci: debates de estrategia sobre la revolución en ‘occidente’”, op. cit.

[7] Dentro de las corrientes del trotskismo, las consignas democrático-radicales han sufrido dos destinos inversos que han desfigurado el papel que cumplen como parte del programa transicional hacia la dictadura del proletariado. Por un lado, quienes han transformado el programa democrático-radical en un fin en sí mismo, sustituyendo la “dictadura del proletariado” por la conquista de una supuesta “democracia hasta el final” (Cfr. Cinatti, Claudia y Albamonte, Emilio, “Más allá de la democracia liberal y el totalitarismo”, en Estrategia Internacional N° 21, septiembre 2004). En el mismo sentido, quienes elaboraron, contra la teoría de la revolución permanente, una teoría de la “revolución democrática”, como objetivo intermedio, escindiendo las tareas democrático estructurales de las consignas democrático-formales (Cfr. Romano, Manolo, “Polémica con la LIT y el legado teórico de Nahuel Moreno”, en Estrategia Internacional N° 3, diciembre 1993 / enero 1994). Por otro lado, la reacción opuesta ha sido el negar la importancia de las consignas democrático radicales, por considerarlas en sí mismas “democratizantes” (Maiello, Matías, “Debates programáticos en el Frente de Izquierda”, en http://www.pts.org.ar/Debates-programaticos-en-el-Frente-de-Izquierda), en una caricaturización economicista del pensamiento de Trotsky que niega el papel fundamental de éstas para horadar la hegemonía burguesa, como parte de la lucha por la dictadura del proletariado. En ambos casos, ya sea transformando las consignas democrático-radicales en un fin en sí mismo, o negando su papel, la consecuencia es debilitar –o en algunos casos directamente negar– la lucha contra los regímenes burgueses y la consecuente adaptación a los mismos. Este problema se vuelve fundamental cuando, como señaláramos más arriba, la democracia burguesa –y las ilusiones en ella– se han extendido en las últimas décadas más que nunca, con regímenes de este tipo relativamente estabilizados, incluso más allá de los centros imperialistas.

[8] Albamonte, Emilio y Maiello, Matías, “Trotsky y Gramsci: debates de estrategia sobre la revolución en ‘occidente’”, Estrategia Internacional N° 28, agosto 2012.

[9] Laclau, Ernesto y Mouffe, Chantal, Hegemonía y estrategia socialista, Bs. As., FCE, 2011, p. 104. Cabe destacar que a la hora de “criticar” la apropiación del pensamiento de Clausewtiz, Laclau y Mouffe evitan cualquier discusión seria al referirse exclusivamente a las elaboraciones “centristas” de Kautsky sobre la “guerra de desgaste”, o a la línea stalinista de “clase contra clase”. Estas son, justamente, la negación, por diferentes vías, de las elaboraciones de la Internacional Comunista en sus primeros congresos, con Lenin y Trotsky como principales dirigentes.




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