Política

INFORME

¿Gendarmería disparó con pistolas 9 milímetros el día que desapareció Santiago Maldonado?

Según se desprende de información de la propia fuerza, al menos un uniformado, el cabo Ahumada, ingresó portando una de las Prieto Beretta dispuestas para el operativo. ¿Algunos de los disparos salieron de su arma?

Daniel Satur

@saturnetroc

Viernes 15 de septiembre | Edición del día

  •  Mi comandante, corrasé, ábrase que entro con la camioneta- dijo el cabo primero Ahumada por el handy.

  •  ¿Y qué va a hacer?- preguntó un poco extrañado su superior, Juan Pablo Escola.

  •  Si se abre entro con la camioneta- propuso el inferior.

  •  Oka- habilitó el comandante.

    ¿Por qué razón el cabo primero Andrés Alberto Ahumada le pidió con decisión a su superior que el pelotón a pie le abriera paso así él aceleraba la Ford Ranger en dirección a la tranquera de la Pu Lof en el momento más tenso del despeje de la ruta 40?

    Posiblemente semejante “coraje” estuviera sostenido en que Ahumada portaba algo que lo diferenciaba de sus camaradas y le permitía hacer punta en el ingreso al predio mapuche. Mientras el resto de los gendarmes tenían en su poder piedras, palos, esposas y algunas escopetas antitumulto (con postas de goma), él llevaba encima una pistola Pietro Beretta FS 92, calibre 9 milímetros, cargada y lista para usar.

    Personal de “apoyo”

    Según lo informado por el Ministerio de Seguridad de Patricia Bullrich y refrendado por informes de la misma Gendarmería, si bien el grueso de los uniformados que ingresaron a la Pu Lof pertenecen al Escuadrón 35 de El Bolsón, algunos miembros del Escuadrón 36 de Esquel cumplieron tareas determinantes en los momentos más violentos del operativo.

    Uno es, como se sabe, el comandante Juan Pablo Escola, quien tuvo a su cargo la decisión de cuándo y cómo ingresar al predio para detener a cuanto joven mapuche encontrara en su camino. Otro es el primer alférez Martín Darío Lozano, apostado a dos kilómetros del lugar, frente al casco de la estancia Leleque de Benetton, haciendo de guardia y deteniendo a cuanto automovilista o camionero intentara dirigirse hacia la zona “caliente” de Cushamen.

    El tercero es, precisamente, el cabo primero Andrés Alberto Ahumada, quien tenía a su cargo el manejo de una de las camionetas doble cabina de la fuerza. Por el nivel de confianza entre ellos, el comandante Escola fue con seguridad uno de los ocupantes de esa Ford Ranger en su viaje de casi cien kilómetros desde Esquel a la Pu Lof cuando fueron convocados para la acción.

    El 8 de agosto el jefe del escuadrón de Esquel, comandanta Pablo Badie, le dio al juez Guido Otranto los nombres de nueve subordinados que envió como “personal de apoyo” a Cushamen el lunes 31 de julio. El supuesto “apoyo” sería para el resto de la tropa, conformada mayoritariamente por personal del escuadrón de El Bolsón. En esa lista estaban Escola, Lozano y Ahumada.

    Ese mismo mismo martes 8 el comandante general de Gendarmería Claudio Osvaldo Domenechini entregaba a su superioridad un informe (con sello del Ministerio de Seguridad y sugestivamente titulado “RAM Año 2017”) donde aportaba algo más de información. Allí se detalla parte del armamento y equipos utilizados durante el operativo del 31 de julio y 1° de agosto. Ese informe consta en la causa y el juez Guido Otranto lo conoce desde la primera semana posterior a la desaparición de Santiago.

    En el punto 4 del informe se detalla que entre el “equipamiento con el que fueron dotados” los uniformados del Escuadrón 36 de Esquel se encontraban “seis (6) pistolas Pietro Beretta FS 92 cal 9mm, las cuales eran portadas por el personal de conductores de los vehículos”. Esas armas, según aclara el escrito, eran portadas por gendarmes que “no intervienen directamente en los hechos”, aunque sí estaban provistas de “sus respetivos cargadores y proyectiles”.

    “Tengan miedo, ¿eh?”

    Luego de la entrega de esos informes al juez Otranto, la superioridad de la Gendarmería, la ministra Patricia Bullrich y su jefe de Gabinete Pablo Noceti posiblemente creyeron que no había mucho de qué preocuparse. Sabían que no había videos demasiado comprometedores (por “falta de medios técnicos” no pudieron registrarse varios pasajes del operativo) y ya habían logrado sellar el pacto de silencio en la tropa bajo promesa de una cobertura institucional inquebrantable.

    Y además estaban convencidos de que el sistema de hostigamiento y terror montado sobre la comunidad mapuche tendría resultados duraderos. Pero al tiempo que los jóvenes amigos de Santiago Maldonado tomaban coraje para volcar en el expediente todo lo que vivieron, escucharon y vieron aquel día, también se fueron filtrando algunas evidencias suministradas por la propia Gendarmería.

    Es el caso de dos videos registrados por miembros de la fuerza represiva, que muestran una misma secuencia desde diferentes ángulos. Uno de esos videos, con imagen y audio, fue grabado por el mismo cabo primero Ahumada. Allí, su entusiasmo represor se mezcla con diálogos precisos mantenidos con otros gendarmes, especialmente con los camaradas de su mismo escuadrón esquelino Escola y Lozano.

  •  Tengan miedo, ¿eh?- dice el cabo primero Ahumada mientras se acomoda.

    A los pocos segundos le golpean la puerta de la camioneta, anunciando el comienzo del avance.

  •  Es nuestro... Yo estoy a la escucha- agrega.

  •  Listo- responde quien estaba a su lado mientras baja del móvil y se suma al pelotón de a pie.

    A paso de hombre Ahumada los acompaña. Algunos gendarmes van armados con escopetas. Otros juntan piedras y palos para el enfrentamiento. En ese momento el cabo primero se comunica con quienes están apostados frente al casco de la estancia Leleque, kilómetros más al sur. Quiere hablar con el primer alférez Lozano, pero le responde otro. “Estoy a la altura de la Caminera, tengo un camión y vehículos particulares parados”, le dicen.

  •  Están haciendo un avance, Gendarmería, estamos avanzando hacia el corte, nos están esperando- avisa Ahumada.

    Desde el otro lado le dicen que la gente retenida está medio molesta. “Hasta ahora los tengo pidiéndole antecedentes, teóricamente”, explica el gendarme. La idea era retener lo máximo posible , bajo cualquier excusa, a quienes deseaban transitar por la ruta mano hacia el norte.

  •  Tenelos, porque acá se armó el corte- ordena Ahumada. Y detalla que hay “alrededor de diez personas y están tirando piedras”.

  •  Tengo un camión acá ¿Mando el camión alternativo o lo espero?- pregunta el otro. Parece que no entendió. Ahumada se queda pensando.

  •  No, no, no, no, no. Por acá imposible. Ya empezó las piedras... y la escopeta- responde un poco exaltado mientras se ve a gendarmes acopiando frenéticamente las piedras. Capaz no se refería a los mapuches.

    En ese momento aparece una tercera voz que le pregunta a Ahumada “¿vos tenés contacto ahí con el segundo?”. Quien habla es, probablemente, el primer alférez Lozano que quería saber cómo estaba la cosa. El “segundo” aludido es, sin dudas, Juan pablo Escola, segundo jefe del escuadrón 36, a cargo de las acciones desde las primeras horas del martes 1°.

  •  Hizo avance, él avanzó, está en el frente- responde Ahumada sobre Escola.

    Es entonces cuando una cuarta voz irrumpe en el aire.

  •  Posta 35, están tirando con piedras. Estoy en la ruta y estoy haciendo fuego, ¿eh?- se escucha. Es, evidentemente, Escola.

    El que inicialmente hablaba con Ahumada sigue contando qué está haciendo en el retén, frente a la estancia Leleque. “Chequeando antecedentes, y uno tenía un cuchillo, un arma blanca”, dice.

  •  Ahí estamos haciendo fuego, escopeta y ahí avanzamos, mi primer alférez. No lo escucha él, tiene un Handy nomás- explica Ahumada a Lozano respecto de Escola.

    El comandante vuelve a irrumpir.

  •  ¡Repito, repito, necesito apoyo. Estoy repartiendo fuego!- grita Escola.

  •  Necesitamos apoyo- reafirma Ahumada- Si pueden venir del otro lado con la camioneta, los agarran de espaldas.

  •  ¡Necesito apoyo!- implora Escola.

  •  ¡Apoyo!- repite Ahumada.

  •  Ahí va, ahí va el primer alférez- responden desde Leleque mientras Lozano arrancaba hacia la Pu Lof.

    Entonces Ahumada, quizás tanteando la 9 milímetros en su cartuchera, toma “coraje” y se decide.

  •  Mi comandante, corrasé, ábrase que entro con la camioneta- dice apretando el botón del handy.

  •  ¿Y qué va a hacer?- pregunta extrañado Escola.

  •  Si se abre entro con la camioneta- responde el inferior.

  •  Oka- habilita su jefe.

    En ese preciso momento Ahumada deja su celular sobre el asiento, a su lado. La imagen del techo del móvil es acompañada por el sonido del motor que se acelera más algunos bocinazos que Ahumada larga para pedir paso a sus compañeros. A los pocos segundos, sonidos de pasos que se alejan, piedrazos, disparos y gritos a lo lejos. La camioneta ya está detenida.

    ¿Dónde está Ahumada?

    En ese video al cabo primero Ahumada sólo se lo escucha, no se lo ve. Tampoco en el otro video, captado por la gendarme encargada del registro oficial y que circuló por varios medios dos semanas después de los hechos. Pero éste último registro agrega un dato importante: Ahumada se bajó, avanzó y dejó la puerta de la Ranger abierta. Así se integró al pelotón que ingresó a la Lof.

    En ese preciso momento se escucharon no menos de diez detonaciones, entremezcladas con órdenes impartidas: “¡Fuego libre!”, “¡Ahí nomás!”, “¡Lo tenés, lo tenés!”. Los hechos ya se producían próximos a la casilla de guardia de la Pu Lof.

    ¿Desenfundó Ahumada su Pietro Beretta 9 mm? ¿Algunos de los disparos que se oyen los hizo él? ¿Alcanzó con esas detonaciones a alguno de los jóvenes que a esa altura ya corrían desesperados a cruzar el Río Chubut? Entre esos jóvenes estaba Santiago Maldonado.

    Sobre el final del video de Ahumada se escucha a alguien que dice “¡Ramírez, Ramírez, tirale con la escopeta!”. Ése es, seguramente, Escola, a quien Ahumada le dice inmediatamente “comandante, espere en la casilla... ¡Cuidado, cuidado, cuidado!”.

    Escola no le hizo caso a su servicial subordinado. Como reconoció en una entrevista al diario La Nación, llegó “hasta el límite de una depresión en el terreno”, poco antes de llegar al río, y desde allí ordenó “el repliegue del personal hacia la casilla de guardia”. En la misma entrevista afirmó que “las dos Ranger y el Eurocargo nunca se movieron de la casilla”, reconociendo así que no sólo Ahumada era uno de los conductores (es decir, posibles hombres armados con pistolas 9 milímetros) presentes en el lugar.

    Los movimientos de Ahumada dentro de la Pu Lof hasta el momento se desconocen. Y puede que se tarde muchísimo en saberlo, teniendo en cuenta que él no forma parte de los siete, ocho o nueve gendarmes que el Gobierno estaría dispuesto a “sacrificar” tras su resignado reconocimiento de que la Gendarmería es la principal sospechosa.

    Pero sabiendo que las tropas de Bullrich y Noceti sitiaron durante largas horas el territorio, es de imaginar que Ahumada fue parte de quienes se dedicaron a eliminar todo tipo de rastros y evidencias del accionar represivo.

    Otros videos, tomados por medios locales desde la tranquera de la Pu Lof horas después de la represión, muestran a una camioneta de Gendarmería saliendo del predio hacia la ruta. La Ranger es exactamente igual a la que conducía Ahumada. Es más, en su caja llevaba dos conos naranja y blanco, al igual que los que transportaba Ahumada al momento de avanzar sobre la tranquera. ¿Era Ahumada quien salió al volante de la Ford Ranger patente OLW 237, transportando cosas tapadas con un duro nylon negro, tiempo después de que Santiago Maldonado ya no estaba?

    Esta mera reconstrucción, basada en unos pocos informes y videos de la Gendarmería, puede adolecer de imprecisiones dado el ocultamiento de pruebas por parte de la fuerza represiva y sus jefes políticos. La verdad de los hechos la tienen en sus manos los protagonistas.

    Algunos, las víctimas, ya dijeron todo lo que vivieron, superando con coraje el miedo a las represalias que el aparato estatal puede tenerles reservadas.

    Otros, un puñado de uniformados, empezaron a representar el libreto pergeñado desde los despachos de Bullrich y Noceti.

    El resto sigue aferrado al criminal pacto de silencio sellado desde el 1° de agosto. Ahí están Ahumada, Lozano y decenas de gendarmes más, quienes 45 días después de los acontecimientos siguen sin ser imputados uno solo de ellos.








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