Política

ECOS DE ELECCIONES EN EE. UU

Ganó Trump: ¿todo ha terminado?

Sonó la alarma; fracasó la propaganda del establishment y el candidato de la derecha ganó las elecciones del país más poderoso del mundo, ¿pero realmente es la amenaza que tanto han anunciado los medios de comunicación?

Óscar Fernández

@OscarFdz94

Jueves 1ro de diciembre

La noticia del triunfo republicano generó un terremoto en las redes sociales: macro redes sugiriendo especializarse en albañilería, pidiendo ayuda a superhéroes, gifs melancólicos sobre la “muerte de la libertad” y, (como no podía faltar) super imposiciones fotográficas sugiriendo que Trump es el nuevo Hitler. La preocupación recorre ambos lados del Bravo; ¿cómo es posible que un candidato así haya triunfado en el país que se declara paladín de la libertad?

Sin embargo, aunque el programa de Trump es completamente xenófobo y anti-inmigrante, lo cierto es que su ascenso es el reflejo de una crisis de legitimidad del sistema político yankee. Ante una figura impopular como Hillary Clinton, la salida llegó en la forma de un candidato que se presentó como uno que remaba contra la corriente de oposición que surgió hacia él —un reflejo de las salidas por derecha que han surgido producto de la crisis económica.

¿Democracia fallida o fallos de la democracia?

El sistema electoral de Estados Unidos es un sistema particular que no funciona exactamente de forma proporcional. Como ya habíamos señalado anteriormente, el sistema estadounidense es de elección indirecta por medio de colegios electorales donde en las elecciones nacionales se obtiene lo que suele llamarse el “winner takes all” (el ganador se lleva todo), es decir, si la mayoría de la población de un estado votó a favor de un candidato, se toma como si todo el estado votara por éste y se le dan los puntos que vale ese estado (en el caso de California, por ejemplo, se dan 50 puntos contra estados como las Dakotas, Norte y Sur, donde en ambas se otorgan sólo 3).
Esto da como resultado que el ganador de la elección pueda serlo aunque la mayoría de la población —en términos de sufragio universal— no haya votado por él. De hecho, es justo lo que sucedió: según CNN, Clinton estuvo por encima de Trump si uno solamente se enfoca en el voto popular.

Después está el factor del abstencionismo, que si bien no se reflejó como en otros países donde más de la mitad de los electores no fueron a las urnas (como fue el caso de Colombia), sí fue un elemento que ascendió en los últimos meses. Según Vox, cerca de 80 millones de estadounidenses no votaría en la elección; asimismo, entre los “millenials” el porcentaje es de más del 70% de rechazo a ambos candidatos [1]. De igual forma, el mismo sitio publicó una serie de estadísticas donde desglosa el voto a ambos candidatos. Según sus datos, el 70% de los votos que recibieron provinieron de la población blanca, 12% provino de la población afroamericana, 11% de los latinos, 4% asiáticos y el resto de una amalgama de minorías. Sin embargo, incluso dentro del “voto latino” y el “voto negro”, 65% del primero y 88% del segundo votaron por Clinton, por lo que los sectores que eran alfiles de la base demócrata no fueron “seducidos” de forma decisiva por el discurso de Trump. Todo esto sin contemplar las restricciones a votar que suelen venir en cada elección.

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¿A quién apoyar?

La noción liberal (o lo que por lo general suele confundirse con “el sentido común”) es que sólo el racismo y el sexismo son los culpables del triunfo de Trump. Los votantes triunfales no son más que trabajadores estúpidos, blancos, de mente cerrada, etc. Ésta es una forma peligrosa de pensar, ya que presupone que los electores de Trump fueron ignorantes que estaban de acuerdo con su programa. Dentro del espectro de votantes no sólo hay sectores de extrema derecha recalcitrantes, sino que también hay gente que no estaba de acuerdo con la figura de Hillary y personas que estaban indecisas sobre su voto, así como obreros que están de acuerdo con terminar con la relocalización industrial.

Ese sector fluctuante —junto con aquellos que terminen por desencantarse con las medidas que Trump implemente, las que serán impotentes para solucionar los efectos de la crisis en curso— es el que puede pasar a formar parte de uno mucho más grande que combata los efectos más aberrantes de la base social del ahora presidente electo (con su racismo, misoginia, xenofobia e intolerancia por los más oprimidos).

Sin embargo, el triunfo de Trump —y las elecciones en sí mismas— no determina el curso de los acontecimientos; fracciones dentro de su propio partido se pronunciaron en su contra y la mayor parte del establishment —incluyendo a los principales lobbies empresariales y de la industria bélica— respaldó la candidatura de Hillary.

En resumen, Trump tiene por delante un gobierno difícil con un sistema político escéptico de su desempeño como presidente y factores estructurales que limitarán sus propuestas por más que pretenda cumplirlas; nada descarta que una parte de los republicanos en el Congreso prefiera aliarse con la minoría demócrata que avalar las propuestas presidenciales. Por el contrario, todo depende de la respuesta que den en las calles quienes durante el gobierno de Obama pretendían poner un alto a las consecuencias más devastadoras de la crisis.

Muy lejos está esta noción de aquella que esgrime hoy el filósofo “marxista” Slavoj Zizek, quien en polémica con una nota de nuestro compañero Ian Steinman (y en consecuencia, con nosotros), califica de “cínica” nuestra postura cuando señalamos que debemos estar preparados para resistir los futuros ataques que puedan venir y apoyar a los oprimidos por medio de la independencia de clase.

Por el contrario, Zizek dice que “la victoria de Trump habría asentado los cimientos para la intervención de la izquierda más que si Hillary hubiera ganado”. ¿Quién es el cínico entonces: quien decide poner sus fuerzas para construir pacientemente una organización que pueda plantarle cara a Trump o quien vota por él como un atajo oportunista bajo la creencia de que eso ayudará a que el sistema se degrade más rápido?

El “socialista” Sanders tampoco se queda atrás, dado que ante el triunfo de Trump declaró que “en la medida en la que Trump sea serio en la búsqueda de políticas que mejoren la vida a las familias trabajadoras de este país, yo y otros progresistas estamos preparados para trabajar con él”. La moraleja aquí es que cuando un político plenamente integrado al sistema bipartidista pretende cambiarlo sin trastocar sus cimientos y sin plantear la independencia política con respecto de la clase dominante y, por el contrario, sólo plantea reformas tibias dentro de los marcos estrechos del mismo (como señalamos acá), su “revolución política” siempre terminará por traicionarse a sí misma.

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¿Qué sigue ahora?

Los demócratas probablemente leerán esta derrota como una señal de que tienen que, una vez más, moverse (otro poco más) hacia la derecha. Trabajar en el Partido Demócrata es un callejón sin salida, una trampa. Apoyar a Clinton no previno de los ataques de Trump y apoyar a los demócratas (ahora o en ocasiones futuras) no podrá defendernos de los ataques que vienen; lo mismo sucede si uno le da su voto a un candidato reaccionario como Trump (aunque afrontémoslo: la posición de Zizek no es sino el eslabón más reciente de una cadena de declaraciones que nada le envidian a la derecha populista de Europa).

La clase dominante en su conjunto está más dividida y en crisis de lo que ha estado durante mucho tiempo. Para la izquierda, para todos quienes se dicen socialistas, es un desafío que redobla la necesidad de organizarse, pelear por fortalecer una alternativa independiente del pueblo trabajador, atacar el terreno formando parte de los movimientos sociales y de las agrupaciones que surjan y dirigirlos a luchar contra el programa Trump de ataques contra los oprimidos y la clase obrera.

Fomentar un Frente Único de todos los sectores sociales en lucha —desde el movimiento Black Lives Matter hasta los estudiantes que salieron a las calles en rechazo de Trump la noche de elecciones— debe estar en el centro de nuestras consideraciones.

El gobierno de Trump no sólo se enfrenta a jerarcas del establishment, sino también a toda una generación de jóvenes descontentos con los efectos de la crisis. En el país que dio sendos ejemplos de lucha como la huelga de los Teamsters de Minneapolis de 1936, la lucha contra el racismo en los 60, el Occupy Wall Street o el Fight For $15, retomar los hilos de continuidad con esas luchas se vuelve una tarea de primer orden.

Por otro lado, al sur del Bravo debe resurgir el sentimiento antiimperialista para que en ambas orillas se escuche fuerte “¡Abajo el muro!” y que salga a la lucha la juventud anti-Trump para que se hermane con la de los trabajadores mexicanos que vienen afrontando la precarización laboral que Peña Nieto diligentemente ha aprobado. La rabia contra Trump y todo lo que representa no debe desvanecerse como vapor, sino que debe canalizarse para derribarlo a él y al sistema que lo sostiene.

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(1) http://www.vox.com/policy-and-politics/2016/11/7/13536198/election-day-americans-vote




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