Cultura

A 63 AÑOS DE SU MUERTE

Frida Kahlo: la mujer de las mil caras

A 110 años de su nacimiento, y 63 años de su muerte, la figura de Frida Kahlo necesita ser reencontrada: si desempolvamos el fetiche desarrollado alrededor de su imagen, nos encontramos con unos trazos de pincel que supieron hablar de dolor, obsesión, soledad, e incluso también de ideología.

Jueves 13 de julio | Edición del día

La figura de Frida Kahlo se transformó exitosamente en un producto altamente rentable. Desde su expresión, sus frases, y hasta su estilo forman parte de una moda que no pasa. Sin embargo, algo se quedó en el camino más allá de la popular imagen de Frida fumando un cigarro con una remera de Daft Punk: el factor humano, altamente sensible y conflictuado, por una vida que solo puede describirse como un complejo encadenamiento de desgracias.

Esta humanidad de Frida aparece intensamente representada en sus pinturas: el amor obsesionado e insalubre que sentía por Diego, la fijación con su infertilidad, el sufrimiento por su enorme dolor físico, y una adhesión ciega al socialismo y a la URSS como únicos posibles sanadores de sus dolencias, lo que la hace devenir en un acrítico stalinismo.

La propuesta de esta nota es sencilla: seleccionar algunas obras, con un criterio puramente de gusto personal, y abordarlas desde este componente humano que se perdió en el momento que Frida se vuelve mercancía, para renovar una figura aparentemente gastada, pero en la que, a través de su arte, podemos encontrar una sensibilidad impresionante para con el entorno y con la propia subjetividad atormentada.

La figura del femicidio: “Unos cuantos piquetitos”

Este puede considerarse, quizá, uno de los cuadros más brutales de Frida Kahlo, junto con “Mi Nacimiento”. Un hombre asesina en México a su esposa en un arranque de celos y su justificación frente al juez fue “Pero Señor, ¡Solo fueron unos cuantos piquetitos!”.

El dolor propio de una pintora que se siente “asesinada por la vida”, una profunda indignación, y un sádico sentido de la ironía llevan a la realización de este cuadro: una mujer cubierta en sangre, al punto que esta sale de la pintura y mancha el marco del cuadro. Un femicida muy tranquilo, con el arma asesina aún en la mano, y unas palomitas graciosas que sostienen la sentencia.

Frida acostumbra a reírse del dolor, pero el contenido de denuncia tiene un peso considerable. ¿Qué distancia hay entre unos cuantos piquetitos, y en pensar que la violencia doméstica es resultado de “discusiones que se van de las manos” hoy en día?

La renuncia al género: “Autorretrato con cabello corto”

Frida pinta este cuadro inmediatamente después de su divorcio: luego del desengaño amoroso más crítico de su relación con Diego Rivera, decide separarse y cortarse el pelo, en una declarada renuncia a su femineidad. En este cuadro nos muestra su inmenso dolor: el pelo de Frida, el rasgo de su estética que más agradaba a Diego, se desparrama por el suelo y cobra vida, dando una sensación de movilidad espeluznante.

Frida renuncia a sus vestidos típicos mexicanos y a sus colores, y se distancia del rol de mujer, el rol de aquella que sufre. Sin embargo, su ruptura es a medias: ese traje masculino que lleva puesto, es sin duda un traje de Diego, lo que explicaría por qué le queda tan grande. Con ironía, reza sobre ella una canción: “Mira, si te quise, fue por el pelo; ahora que estás pelona, ya no te quiero”.

Una suerte de “performatividad de género” se puede asomar en este cuadro, pero no es para nada una reivindicación feminista. Mientras que la cabeza de Frida puede ir mucho más allá, su corazón vive por Diego, gira alrededor de Diego, y del dolor que le produce esta obsesión que tiene por él nacen gran parte de sus obras.

El amor enfermizo: “Diego y yo”

Uno de los cuadros más sensibles y dolorosos de Frida es, sin duda, “Diego y yo”. La obsesión que gobierna sus sentimientos no puede estar representada de forma más clara. A Diego, siempre en su mente, lo pinta en su propia frente y le coloca un tercer ojo, el de la sabiduría, indicando su superioridad y mostrando esa inteligencia y talento que ella tanto admiraba.

El pelo que corta tan violentamente en “Autorretrato con pelo corto”, acá aparece suelto, cosa poco frecuente en sus pinturas, en un claro intento de agradar a Diego. Y es justamente su pelo suelto, en representación de este intenso amor, el que se enreda alrededor de su propio cuello y la ahorca. Su mirada es cálida y triste, y unas lágrimas caen mientras este amor enfermizo la asfixia por completo.

“Allá cuelga mi vestido”: afirmando las raíces

Este cuadro, muy anterior a los demás, pertenece a una etapa previa a la época dorada de Frida, en la que su estilo aún se estaba puliendo. El año era 1933, hacía tres años que Frida estaba viviendo en Estados Unidos, y tenía una necesidad imperiosa de volver a su tierra natal. Sin embargo, Diego Rivera estaba encantado con “la gran caca” norteamericana.

Frida pinta este cuadro para expresar su profundo descontento, en el que representa la sociedad estadounidense en los ojos una mexicana socialista: un inodoro, chimeneas de fábricas, desperdicios, fuego y una democracia unida fuertemente a una iglesia lúgubre. En ese lugar cuelga su vestido. Sin embargo, ella no está presente: allí habita su cuerpo, pero su alma, su mente, su corazón están en su México natal.

Devolviendo la humanidad: una máscara de locura y un final

El enorme dolor experimentado marca profundamente la personalidad de Frida. Por momentos, muy sarcástica, se burla de ella misma. Por otros, sus cuadros nos transportan a los lugares más oscuros de su mente. La obsesión por su incapacidad de tener hijos debido a ese brutal accidente de tranvía que le deforma la cadera (tema tratado sobre todo en sus naturalezas muertas), un amor obsesivo que la consumía, y un sufrimiento físico que la desgastaba son algunos de los ejes que encontramos en su producción artística. Un aura de locura la recorre: no la esconde, sino que detrás de esta locura oculta su vulnerabilidad.

Frida pinta hasta el final: declara que cuando su talento se termine, también lo va a hacer su vida. En sus últimos días, postrada en una cama pinta “Los hornos de ladrillo”, un cuadro que carece de la calidad de los anteriores y que es difícil de apreciar. Esta obra fue el final de su historia.

Frida hoy: una sensibilidad vigente

Ya queda claro que Frida tiene un repertorio de lo más variado de temas en sus pinturas. Este abanico de sentimientos y conflictos (tanto internos como externos) que nos presenta en sus obras tiene vigencia hasta el día de hoy: la violencia patriarcal sigue llevándose la vida de miles de mujeres, y la justicia machista sigue inclinándose por encarcelar injustamente a víctimas de los tipos de violencia más crueles que tienen que defenderse para sobrevivir, como sucedió con Higui, y como hoy pasa con María Cristina Santillán y Victoria Aguirre.

El imperialismo estadounidense que retrata de forma tan acertada, hoy con Trump muestra su rostro más descarnado, el del capitalismo en crisis al que se enfrentan los trabajadores, las mujeres, y quienes militamos por el socialismo.

Redescubrir a Frida es, por un lado conocer a este personaje que nunca escondió quién era, desde su obsesión, hasta su ideología política y su sexualidad, y por el otro, observar su obra atentamente, ya que es la producción de una artista que fue lo suficientemente sensible para entender todo lo que sucedía a su alrededor, abriéndonos la puerta de un mundo que si bien ha cambiado en más de medio siglo, se nos presenta brutalmente actual en muchos aspectos.








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