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Feud: sin lugar para las víctimas

Un viaje al lado oscuro de Hollywood. Inmersas en una pelea legendaria, dos mujeres se unen para enfrentar a la industria que las descarta cuando el oro ya no brilla con tanta intensidad. ¿Triunfarán?

Celeste Murillo

@rompe_teclas

Domingo 28 de mayo | 00:05

Imagen: Canal FX.

La palabra feud significa disputa o pelea en inglés. De eso se trata esta miniserie del canal FX, producida por Ryan Murphy (American Crime Story: El pueblo vs. O.J. Simpson, American Horror Story, Glee), y protagonizada por Susan Sarandon como Bette Davis y Jessica Lange como Joan Crawford. Alrededor de esa disputa se organiza la historia de ascenso y, sobre todo, la caída de las grandes estrellas femeninas de Hollywood.

Trailer de Feud

A comienzos de los años 1960 comenzaba el fin de una era, cada vez había menos papeles para las actrices consagradas en los años ‘40 y ‘50. Hollywood atravesaba la decadencia del sistema de los grandes estudios, que debía superar la creciente competencia de la televisión. Los estudios elegían mujeres cada vez más jóvenes, con el objetivo de atraer al público masculino joven a las salas (una tendencia que se consolidará hasta hoy).

Feud cuenta la historia de un período específico, la filmación de Whatever Happened to Baby Jane (¿Qué pasó con Baby Jane?), pero habla también del lugar en que la industria del entretenimiento colocó a las mujeres. “Quería hacer este show para contar una historia sobre los problemas modernos que enfrentan las mujeres y, aunque parezca mentira, nada ha cambiado”, dijo en una entrevista el creador de la serie, Ryan Murphy sobre esa época y la actual.

Enfrentadas y aliadas

Cuando están terminando los años 1950, la gloria parece haberse acabado para Joan Crawford. Encerrada en su mansión, observa el desembarque de las nuevas estrellas como Marilyn Monroe. “No voy a actuar de la abuela de Elvis”, le dice con frustración a su agente. Crawford no está sola en la caída. Su archienemiga detrás escena y en las columnas de chismes (una de las principales industrias auxiliares de Hollywood), Bette Davis, enfrenta la misma sequía. Ambas navegan los cincuenta y tantos.

Crawford decide tomar el toro por las astas y busca ella misma una obra para adaptar y llevar a la pantalla grande. Para esta empresa, sabe, necesitará aliarse con Davis, valorada por su actuación aunque subvaluada por no gozar de la belleza de Crawford: “Nadie hace roles para mujeres de nuestra edad, pero juntas no se atreverán a decir que no”. Así nace Whatever Happened to Baby Jane.

Aquella película, como un dibujo de Escher que no se sabe dónde empieza y dónde termina, cuenta la historia de dos actrices venidas a menos. Como en “la vida real” (de la serie, que a su vez retrata la vida real), las dos actrices están enfrentadas: Jane, que supo ser una estrella infantil, fue opacada por su hermana Blanche.

El principal obstáculo para esta alianza inesperada son los prejuicios y la visión condicionada por el negocio de los grandes estudios, condensados en Jack Warner (Stanley Tucci), cabeza de los estudios Warner. Ante la propuesta del director Robert Aldrich (Alfred Molina) de convocar a Crawford y Davis, Warner responde: “¿Te las cogerías?”, mostrando el “complejo” sistema de evaluación de los estudios. O afirma, “No te daría un centavo para esas dos viejas”, aunque finalmente accede.

La película es un éxito. La difícil alianza detrás de cámaras es vendida como la “madre de todas las batallas”, las revistas invitan a ver la película para presenciar el enfrentamiento entre dos artistas reducidas a caricaturas, cual riña de gallos. Y las riñas de gallos, como las películas viven de lo mismo: de las entradas que paga el público para ver el espectáculo. A lo que nadie había apostado era a la energía creativa que podrían desatar una buena historia y buenas intérpretes.

La guerra del cerdo pero en Hollywood

Whatever Happened to Baby Jane entonces y Feud hoy dejan al desnudo la arquitectura de discriminación que sostiene la industria del entretenimiento: la glorificación de las mujeres objeto y el desprecio de aquellas que superan la edad, medidas y estereotipos requeridos.

El monstruo que enfrentan Joan y Bette con algunos pocos aliados no las hace heroínas ni mucho menos. Ambas compiten de la peor manera, tratan con desprecio a las personas que las rodean, son codiciosas y actúan calculadamente para aplastar a la otra. Crawford está resentida y descarga su furia con Bette Davis, pero también con su fiel colaboradora “Mamacita” y con sus hijas. Bette Davis también está resentida y canaliza su odio no solo en Crawford sino en su hija, que representa a la vez a las nuevas generaciones.

El choque entre las jóvenes y las adultas es otra de las múltiples tramas de Feud. La hija de Bette Davis, B.D., aspirante a actriz con más belleza que habilidades, consigue un pequeño papel en la película y despotrica contra las que no advierten que su momento ha terminado. Las dificultades de superar la sombra de Davis se mezclan con la resistencia de las consagradas por darle un lugar a la juventud, porque el futuro que les promete Hollywood es decadente.

Quizás uno de los mejores pasajes sea el que narra la nominación a los premios Oscar de 1963. Luego del éxito de Baby Jane, Bette Davis es nominada a la estatuilla. Crawford, eliminada de la competencia, monta un operativo en venganza: aunque no esté nominada, ella recibirá el Oscar (cosa que logra).

Las conversaciones de Crawford con las jóvenes nominadas Anne Bancroft y Geraldine Page muestran en segundo plano, detrás de la rivalidad Davis-Crawford, una industria del espectáculo que valora la juventud y la belleza de las mujeres por sobre todas las cosas. “Deberían obligar a Hollywood a ver lo que le han hecho”, dice Page (Sarah Paulson) cuando corta con Crawford que la enredó hasta convencerla de que es mejor que ella reciba su potencial Oscar. En una posición similar se encuentra Anne Bancroft (Serinda Swan), que entiende de alguna forma la frustración de la estrella y acepta que reciba el premio. Irónicamente, Crawford manipula la empatía de las jóvenes para volverla contra Davis.

¿Entonces podríamos haber sido amigas?

Las alianzas entre mujeres siempre están bajo sospecha. Así como su comportamiento y su actitud ante el aspecto más banal o esencial de la vida, son juzgadas por varas diferentes en una sociedad donde la relación entre los géneros está mediada por la jerarquía de uno sobre otro. Como adelantamos, la opresión no hace de las mujeres heroínas, pero el ojo de Ryan está más concentrado en mostrar cómo todas las expresiones culturales están atravesadas por ese y otros problemas (como la división en clases o el racismo). Y Hollywood no es la excepción.

Crawford y Davis no eran luchadoras por la igualdad ni defendían los derechos de las mujeres, defendían sus derechos en un escenario hostil para las mujeres que, a la vez, es una máquina reproductora de valores y estereotipos. En más de una oportunidad, las vemos compitiendo despiadadamente con otras mujeres, aplastando a sus hijas o burlándose de las mujeres que se abrían paso en un mundo de hombres como eran las directoras de cine.

El último episodio funciona como una suerte de epílogo o final alternativo (¿más deseado que posible?), una conversación entre dos viejas adversarias. Adultas y solas, Crawford y Davis están frente a frente: “¿Entonces todo este tiempo podríamos haber sido amigas?”, sin ese enfrentamiento alentado y venerado por Hollywood, sin la competencia a dentelladas por un escenario cada vez más chico. La amistad y la solidaridad, sin esconder las contradicciones, son las armas a mano para enfrentar la adversidad de ese escenario hostil que, una vez opacado el oropel, descarta a sus estrellas y no les reconoce más que “dos segundos” en el recuerdo. Así lo constata Bette Davis cuando observa con amargura el segmento de actores fallecidos en la ceremonia de los Oscar después de la muerte de Crawofrd: “Dos segundos es lo único que nos toca”.

Una de las fortalezas de Feud es la negativa a mostrar a las mujeres como víctimas, incluso en los peores momentos. Justas o equivocadas, Crawford y Davis pelean sus batallas y son autoras de su destino. Mientras filman Hush… Hush, Sweet Charlotte, un intento de repetir el éxito de Baby Jane, Davis pregunta,“¿Qué se siente ser la mujer más linda del mundo?”. Joan responde, “Fue maravilloso, pero nunca fue suficiente”y replica, “¿Qué se siente ser la mujer más talentosa del mundo?”. “Fue maravilloso, pero nunca fue suficiente”, contesta Bette. Porque aun en los peores momentos de odio y resentimiento, incluso medio de una pelea legendaria, pueden verse la una en la otra.








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