Mundo Obrero

A UN MES DEL “ACCIDENTE” FATAL

Familia Insaurralde: “Techint prefiere pagar por obreros muertos antes que perder producción”

La hermana y el cuñado de Rubén, el trabajador fallecido el 10 de agosto en Ternium-Siderar de Ensenada, cuentan con dolor y bronca cómo y por qué murió el joven ingeniero.

Domingo 9 de septiembre | 23:06

Rubén Insaurralde era ingeniero mecánico. El viernes 10 de agosto estaba en el comedor de la planta de Ternium Siderar (Grupo Techint) ubicada en Ensenada. Faltaban 15 minutos para las dos de la tarde y su turno terminaba. Alguien le pidió que revise un puente grúa. Él accedió, aunque no le correspondía.

Minutos después, ante los ojos atónitos de sus compañeros, su vida se terminaba. El arnés que debía protegerlo ante una caída, generó su muerte. Tenía las manos engrasadas.

Versiones

Adriana comienza su relato tratando de armar los últimos momentos de la vida de su hermano. Las versiones son varias y los huecos se agrandan ante las preguntas.

Desde el principio comenzó a recibir por redes sociales y mensajes de WhatsApp la voz de trabajadores de la planta que relataban cómo fue el “accidente”, que dejó de ser considerado como tal en el momento mismo en que las condiciones de trabajo quedaron expuestas.

Los compañeros de Rubén denuncian que no es una eventualidad. La empresa intensifica constantemente los ritmos de trabajo, no invierte en modernización o tecnificación o no adopta las medidas preventivas necesarias. Eso es, claramente, desidia.

Adriana Insaurralde sostiene que Rubén decidió subir al puente grúa respetando las normas de seguridad que exigen que se use el arnés en altura. “Los operarios tercerizados que son los que comúnmente hacen ese trabajo, pero saben que el arnés se puede enganchar y no lo quieren usar”, afirma.

Y agrega que “incluso les hacen hasta sumarios sus superiores y los inspectores porque ellos prefieren arriesgarse a andar en altura sin arnés para evitar accidentes. Parece que mi hermano no lo sabía”.

La patronal (Techint), por su parte, decidió culpar directamente al ingeniero. “Nos dicen que mi hermano entró a un lugar prohibido, que los arreglos se hacen siempre con el puente grúa desconectado de la energía y que mi hermano, por motu proprio, decidió ir a corroborar algo que ya se había arreglado, que ya se había probado”, afirma Adriana.

La empresa asegura no saber por qué Rubén tomó la decisión de subir. Adriana relata que “supuestamente él llamó a un técnico especialista en electricidad de su equipo, no sabemos si por teléfono o por Nextel, y le dijo que quería subir a ver el final de carrera. Una vez arriba, como a 30 metros, le gritó que le prendiera el motor y entonces él, con el arnés, se agachó, se golpeó la cabeza y falleció”.

Dentro del puente grúa el campo visual se reduce. “Le consultamos a la empresa cómo se comunican comúnmente, más allá de lo que le pasó a mi hermano, cómo se puede trabajar de esa manera, que el que acciona no sabe nada de lo que pasa arriba. Y nos dijeron que con teléfonos Nextel. Pero el Nextel te ocupa una mano, les dijimos. Entonces nos dijeron que por lo general se trabaja sin energía y se comunican a los gritos”.

Adriana se pregunta cuál era entonces la competencia de su hermano. Rubén había sido ascendido en su puesto unos meses antes y tenía a su cargo desde otros ingenieros hasta supervisores, técnicos, inspectores y operarios; sin embargo “muere con grasa en las manos y la empresa dice que él estaba inspeccionando, que no estaba arreglando nada. Eso nos parece extraño, porque si vos inspeccionés es con los ojos”.

La familia aún espera los resultados finales de la autopsia. Los peritajes en la escena no se hicieron. Pero además en ese momento los bomberos movieron el cuerpo y la gerencia ordenó que la producción continuara. Los Insaurralde denuncian que el teléfono celular de Rubén y su Nextel desaparecieron. Se excusan la policía local, la fiscalía y la empresa. Y las pruebas fundamentales no están.

Nuestras vidas valen más que sus ganancias

Ante el “accidente” de Rubén los obreros llamaron inmediatamente a asamblea. La producción se paró, vociferaban que no puede ser, que hace menos de un año y medio otro compañero murió al caerse de una escalera mientras arreglaba un techo , que las condiciones de trabajo son deplorables, que las medidas de seguridad no son suficientes.

El sindicato escuchaba y tomaba nota. Finalmente les respondieron que vuelvan a sus puestos, que cada uno sabe lo que tiene que hacer y qué responsabilidades les caben. Los trabajadores mantuvieron el paro en la producción por 24 horas. El 11 de agosto, quienes habían acatado la medida sufrieron descuentos salariales por la rebeldía.

Adriana cuenta que las denuncias sobre las condiciones de trabajo van desde lo obsoleto de las máquinas y que los protocolos de seguridad no se cumplen hasta las presiones que sufren los obreros para que las reparaciones de la maquinaria no influyan en la producción. “Entonces es a la par, no se apaga nunca la máquina, es un ‘dale, dale, dale’ que deja al trabajador enajenado”, define la hermana de Rubén.

En el mismo sentido cuenta que a su hermano “en un año y tres meses le dieron una sola charla de Seguridad; todos los cursos y seminarios que hacía tenían que ver con la otra parte de su incumbencia que es manejo de personal, coaching, liderazgo”.

Entre los objetos personales de Rubén la familia encontró fotos de ese curso. Allí se ve una filmina que llama la atención. “Decía que las maquinarias viejas se adaptan a las nuevas tecnologías, le van modificando cosas pero cuando no se cambia toda la estructura pierde seguridad, es decir que muchas veces la seguridad vieja con las adaptaciones nuevas no coinciden”, destaca Adriana. Es irónico, pero la misma empresa “te lo avisa y después no lo cumple”, concluye.

En la charla con La Izquierda Diario interviene entonces Pedro, el compañero de vida de Adriana. El cuñado de Rubén explica que la empresa “antes de los 90 era Propulsora Siderúrgica, una fábrica muy buena que cumplía con todos los estándares de calidad. Cuando viene el neoliberalismo en los 90 y la venden viene Techint y terceriza lo que es mantenimiento, puentes grúas, etcétera”.

Continúa Pedro: “Los puentes grúas que tienen en Siderar tienen 50 metros de ancho, es casi un tinglado completo con el puente, son máquinas viejas pero no las cambian porque tienen que cerrar todo y eso conlleva parar la producción durante varios días”. Y agrega que “a Techint le conviene más pagar los obreros que se mueren, le sale más barato que perder la producción de un mes”.

En el mismo sentido denuncia que “las empresas que controlan las normas de seguridad, como Bureau Veritas, en la teoría está bárbaro el trabajo que hacen, pero de ahí a que la empresa lo cumpla es otra cosa”. En realidad, las empresas solo necesitan tener la certificación de estas otras. “Vos fijate lo que es la lógica del capitalismo, corporaciones controlándose a sí mismas”, denuncia el compañero de Adriana.

La conclusión es clara: “la empresa busca maximizar su rentabilidad y los obreros son sólo números. Techint tiene ganancias millonarias, no paga impuestos, lava plata, es la empresa más corrupta del mundo, mientras lo que ponen en juego es el cuerpo y la vida de la clase trabajadora”.

Palabras para los trabajadores

Adriana es la mayor de cinco hermanos. Dice que su sueño era que todos llegaran a viejos y que ella fuera la primera en irse. Hoy su mayor objetivo es hablarle a los trabajadores para que se organicen y peleen por condiciones dignas de trabajo.

“Esta vez fue mi hermano, que era un profesional, pero la realidad es que cada un año y medio o dos es algún operario o de la tercerizada o de rangos más bajos los que pierden la vida. Esto demuestra que no fue una eventualidad. En función de la forma en la que laburan le podría haber pasado a cualquiera”, sentencia.

Ella está muy segura que “la dignidad del trabajo no es sólo la remuneración, sino pelear por condiciones dignas, que las medidas de seguridad se cumplan y que no sean cosméticas”. En esa línea, recomienda que “si pierde la lógica de cómo fue construido el protocolo de seguridad, reformúlenlo, pidan como laburantes, no se casen con el sindicato. Entre ustedes organícense y decidan, porque están todos en riesgo”.

Adriana insiste: “no paren sólo por lo que le pasó a mi hermano, paren por su propia protección. Capaz que la muerte de mi hermano sirve para decir ’hasta acá! Yo sé que es difícil, porque la empresa es una corporación, saben contra lo que luchan, pero los que mueven las máquinas son las personas”.

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Rubén

Rubén era fanático de Boca y cinturón negro en taekwondo. Tuvo la oportunidad de estudiar Ingeniería en la Universidad de La Plata. Desde antes de terminar el secundario comenzó a trabajar. Fue obrero, trabajó en YPF en Vaca Muerta. Sabía de primera mano lo que es la explotación. A los 28 años ingresó a Ternium-Siderar gracias al acuerdo firmado entre el gobierno macrista y Techint.

“Él nos contaba la presión que sentía”, recuerda Adriana. “Fue su sueño entrar en el Plan de Jóvenes Profesionales. Los endulzan a los profesionales, les hacen sentir que el cielo es su límite mientras les pagan un sueldo equivalente a la mitad de lo que les corresponde”.

A Rubén en febrero le ofrecieron un ascenso. “Le mostraron la zanahoria”, dice Adriana al tiempo que Pedro analiza: “al tipo lo hacés materialista, un número para crear una ganancia, vos lo formateas así y el joven profesional no tiene conciencia de eso. El neoliberalismo te rompe la conciencia social y la Universidad es funcional, lo que hace es conservar el poder”.

En ese sentido Adriana afirma que a su hermano “en la Facultad no le dieron herramientas para ver que al patrón no le importa que vos seas profesional, te va a usar igual y vos tenés que aprender a poner límites”. Pero que “él, al haber sido laburante, entendía el reclamo de los obreros y veía también el maniqueísmo del sindicato metido ahí, no defendiendo a los trabajadores, sino defendiendo su tajada”.

En los últimos cuatro años, de los nueve millones de trabajadores registrados se accidentaron o enfermaron 600 mil y han muerto en promedio 750 trabajadores por año. Todo eso sin contar a los 4,7 millones de trabajadores en negro, de los que no hay registro.

Aunque el Gobierno no pudo avanzar con la Ley de Reforma Laboral, logró avanzar en modificación de los convenios de trabajo industriales. De la mano de la burocracia sindical, obviamente, impuso una mayor flexibilización y la multifunción de tareas, que lleva a los trabajadores a realizar actividades de alto riesgo sin capacitación y sin idoneidad.

Ésta situación, lejos de mejorar, profundizará las malas condiciones de los trabajadores, ya que el gobierno de Cambiemos y sus aliados empresariales sólo buscan maximizar sus ganancias degradando la vida de los asalariados.

Por eso es importante la organización y la unidad de todos los sectores, para enfrentar y terminar con la explotación. Para que la crisis la paguen los patrones.







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