Sociedad

CAUSAS ARMADAS

Fabiola Aguirre: “Los policías del gatillo fácil libres, los engarronados como mi hijo no”

La madre de Diego Chávez, joven víctima de una causa armada por la maldita Bonaerense y el Poder Judicial, relata su lucha por liberar a su hijo.

Viernes 7 de julio | Edición del día

Fabiola Aguirre junto a Nora Cortiñas y Claudio Castro

Muchas son las historias donde la realidad supera la ficción. Así es la de Fabiola Aguirre, una madre con cinco trabajos (todos de empleada doméstica), ama de casa y otras tantas cargas que la sociedad impone a una mujer de Paso del Rey, un barrio humilde en lo profundo del conurbano bonaerense.

De un día para otro la vida de Fabiola cambió. Su meta ya no es la misma, tampoco sus sueños. Un día como cualquiera “los de azul” le tocaron la puerta. Su hijo, Diego Chávez, estaba preso.

A Diego lo acusan de haber matado a un policía. El dedo querellante lo señaló sin tener pruebas de que él haya matado realmente al oficial de la Policía José Manuel Fernández en el barrio “La Perlita”.

¿Por qué Diego Chávez? Es la primera pregunta que surge. Fabiola responde que “la prueba está a la vista de por qué se enseñaron con Diego: necesitaban rápido esclarecer la causa, necesitaban rápido a un culpable, necesitaban demostrar rápido cómo la justicia funciona en este país. Me acuerdo que era época de elecciones y querían dar una respuesta a la sociedad de cualquier forma. Se ensañaron con Diego porque es un pibe pobre, trabajador pero pobre. Para ellos los pibes como Diego no tienen voz, ni voto, no les sirven”. Y por si fuera poco agrega “la Policía de General Rodríguez, que es quien lo detiene, reconoce que necesitaban a un ‘perejil’”.

“Engarronado”

A Diego lo detuvieron el 11 de noviembre de 2015, seis días después del asesinato del policía Fernández. Un oficial de apellido Zárate lo tuvo durante un día diciéndole que se tenía que autoculpabilizar del asesinato. Como ocurre en cada causa armada, los maltratos y las torturas, tanto físicas como psicológicas, son moneda corriente a las que Diego no pudo escapar.

El trabajo en negro en el conurbano llega al 50 %. Diego fue parte de ese porcentaje de la torta. Durante cuatro años y medio trabajó en una fábrica de velas de Paso del Rey.

Hoy está en la Unidad Penitenciaria de Mercedes. Fabiola tacha los palitos en la pared. “Hace un año, siete meses y veinte días que está detenido”, dice con total seguridad.

A Diego lo tuvieron que trasladar de la Unidad Penitenciaria de Magdalena a la de Mercedes. Fabiola cuenta que su hijo “es un engarronado, como dicen ahí adentro de la cárcel. El no se prendía en ninguna pelea, en nada de lo que se arma ahí adentro para poder sobrevivir. Por ende estaba corriendo riesgo de vida. Tuvimos que empezar a ‘apretar un poco’, como quien dice, a protestar, a molestar por teléfono, movernos”.

La madre del engarronado mira los diarios, lee y encuentra a “expertos en la materia” hablando sobre el sistema judicial y las personas privadas de su libertad. Entonces asegura que al sistema judicial no le importa su hijo, porque Diego “es sólo un número. En el único momento que existe para el Servicio Penitenciario es para los traslados. Ahí ellos facturan unos cuantos pesitos. Después dicen que por cada preso se gastan $ 40 mil por mes, unos caraduras tremendos, ellos no deben gastar ni $ 100 en los presos”.

Y la seguridad de Fabiola está dictada por la experiencia. “Todos los sábados y domingos me voy, a veces con Ornella (la novia de Diego que nunca le soltó la mano), otras veces sola y otras tantas nos turnamos, en una Trafic hasta el penal de Mercedes donde, además de abrazarlo, le dejo la comida de la semana, cosas para que se bañe, todo lo que pueda juntar para que pueda subsistir ahí adentro ¿A mí me van a decir que se gastan $ 40 mil por mes en mi hijo?”

Causa armada

La causa la tomó el que era en su momento el secretario de la Fiscalía, Walter Velázquez. En una de las tantas entrevistas personales que tuvieron, le dijo a Fabiola con descaro que a Diego no lo favorecía ni la junta que tenía ni los tatuajes en el cuerpo. Para el funcionario judicial un pibe con un tatuaje es muy sospechoso de ser delincuente.

Fabiola, ante todo lo que está viviendo, asegura que para ella “un delincuente también usa traje, corbata y portafolios caros. A un pibe una visera no lo hace delincuente”.

Pareciera que a nadie, dentro del Poder Judicial, le importa que la causa de Diego avance. En estos días Fabiola recibió la noticia, en boca de su abogado, de que los testigos que ellos habían propuesto para demostrar la inocencia de su hijo fueron rechazados por el Juzgado en lo Criminal N° 3. “Habíamos pedido que se citara a declarar a la viuda de Fernández, que es una de las personas que presenció todo, al padre del policía y a dos testigos de identidad reservada. Esos dos testigos saben con lujo de detalles lo que pasó ese día”, relata Aguirre.

La viuda de Fernández describe al autor del asesinato como una persona de 1,70 metros, barba candado tupida y piel morocha. Diego mide 1,65, es lampiño y de tez blanca. “Ella lo señala a Diego, se ensañó con mi hijo”, dice Fabiola.

“Mi hijo no va a tener la posibilidad de defenderse. Dicen que se van a guiar con las declaraciones que ya tienen por escrito. Si así lo hacen, mi hijo queda encerrado. Pero hay muchas pruebas nuevas que demuestran su inocencia y la justicia le niega su defensa”, agrega con mucha preocupación.

Justicia de clase

“No todos están exentos de que la Policía les arme una causa. No podemos meter a todos en la misma bolsa. Mi hijo no es un cura pedófilo, no es un cura abusador, es un pibe sano, de una familia de trabajadores. Mi hijo no mató”, afirma con toda la convicción posible Fabiola.

Ella, en su ya largo recorrido por tribunales y despachos, puede asegurar que “para los pibes que logran sobrevivir a una causa armada como el caso de mi hijo, o para los pibes que la misma Policía arrastra a la delincuencia, para ellos no hay justicia. Son rehenes del sistema carcelario, son rehenes de la justicia, son rehenes de este sistema de mierda”.

Por un momento mira la pared y su vista queda en blanco. Tras unos segundos de silencio, la voz le cambia y se le llena la garganta de odio.

“Me da bronca. A la Policía del gatillo fácil, como la que mató a Kiki y su amigo o la que mató a Omar Cigarán, les espera el sobreseimiento. Esos chicos no recibieron ninguna justicia, por el contrario, fueron ’ajusticiados’ por policías delincuentes”.

Fabiola respira hondo y, por último, agrega: “Mirá los ladrones de guante blanco, siempre tienen la justicia que ellos quieren, siempre pasan el sobre por debajo de la mesa. Esos sobres que ellos pasan tienen la comida, la salud y la educación de los pibes que hoy están privados de su libertad”.

Hoy la meta de Fabiola es volver a poder disfrutar de días enteros con su hijo, volver abrazarlo sin que nadie del Servicio Penitenciario ande mirando, volver a decirle todo lo que una madre dice cuando su hijo se va de casa: “llevate la campera que hace frío y no te olvides las llaves”.

Pero sabe que esta justicia, la de los ricos, no está de su lado. Y tendrá que batallar contra gigantes monstruos, contrarios a su clase, que intentarán sacarle lo más preciado que tiene. Y es por eso que afirma: “No me voy a rendir”.






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