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#TROTSKY2020

[FICCIÓN] No hay nada eterno sobre la Tierra: venganza por la muerte de Clementina

La revolución dio impulso a las nuevas generaciones “arrancándolas de un solo golpe de las costumbres conservadoras y revelándoles este gran secreto: no hay nada eterno sobre la Tierra”. León Trotsky

Soledad Flores

Periodista y escritora

Viernes 21 de agosto | 16:00

Foto: @marned.ph | Enfoque Rojo

“En los momentos decisivos, la juventud arrastró a los hombres de edad madura y hasta a los viejos. La revolución imprimió un formidable impulso a las nuevas generaciones soviéticas, arrancándolas de un solo golpe de las costumbres conservadoras y revelándoles este gran secreto: no hay nada eterno sobre la Tierra”.

León Trotsky

Clementina quería ser arquitecta. A sus trece años ya tenía todo calculado. Su pasión cotidiana iba a ser dibujar planos, diseñar casas donde las personas se pudieran cobijar. Era diestra con los lápices, los pinceles y el papel. Era buena en eso de crear e imaginar.

No hay nada eterno sobre la Tierra.

La escuela le salía muy cara a la tía, porque cada vez que iban a comprar los materiales que le pedían las maestras, ella le decía “mamá, comprá uno de más, por si alguno de mis compañeros no tiene o se olvida de llevar”.

No hay nada eterno sobre la Tierra.

Algún día no va a quedar ladrillo sobre ladrillo, ni piedra sobre piedra. Vamos a necesitar muchos y muchas como ella, con ganas de edificar.

No hay nada eterno sobre la Tierra.

La foto de Clementina en el escritorio es el mejor recordatorio. Enfermaron su cuerpo con agrotóxicos. No la dejaron ni siquiera terminar la secundaria. Los que se creen los dueños de la Tierra, fumigaron su veneno sobre ella y sus proyectos.

No hay nada eterno sobre la Tierra.

Después de que destruyamos todo, aunque ella no esté acá para sentarse a dibujar, sus ojos mirarán el trabajo por hacer y lo mucho que habrá que reconstruir desde lo alto de mi bandera. Porque no hay nada que sea eterno sobre la Tierra y yo le juré que esta bronca tampoco lo será.

Conquista

A veces una cosa lleva a la otra y cuando quiero acordar estoy pensando en mi prima. No sé si la mente lo busca, si la recuerda cuando quiere o si son los momentos en que Clementina y su féretro conquistan el derecho de ocuparla plenamente, de hacerla consciente de lo que significan esas imágenes que rondan por ahí de mi tía, de mi madre, de mis hermanas, de mi tío, de sus hermanas, de mi abuela y de todas las personas que tuvieron ante sus ojos el mismo cajón, ante su misma sonrisa tiesa y amarilla, deseando estar en otra dimensión.

Fiestas

Llevó muchos años que las fiestas volvieran a ser algo parecido a un festejo, después de que murió el abuelo. Antes los tíos y las tías bailaban en la calle con el vecindario. Todo el mundo salía de las casas a ver los fuegos artificiales. El barrio ponía cumbia y cortaba la calle de tierra. Sonaban Los Charros o Los Palmeras y siempre alguien se mamaba. María Rosa es de las tías más jóvenes y todavía no tenía ninguna hija por aquella época. Solía ser una de las borrachas.

Buenos Aires 927, es la dirección de la casa de la abuela Adriana. Esa cuadra, entre España y Goldaracena, ya no es igual en ningún momento del año, mucho menos en las fiestas. Las amistades de la juventud de mis tíos se fueron. Algunos viejos se murieron, como mi abuelo Galarza o Maruca, la vieja de la esquina de Buenos Aires, casi España. A los dos se los llevó el cáncer.

Las navidades y los años nuevos eran fechas esperadas por nosotros. Éramos muchos para jugar. El marido de la tía Mónica se disfrazaba de mujer y hacía un show en el patio con el resto de la familia que se carcajeaba y lo arengaba alrededor. Mi abuelo se disfrazaba con una gorra de lana, lentes de sol y una cámara de fotos colgándole en el cuello.

La navidad de 1998, después de la muerte del abuelo Galarza, mamá organizó en secreto un coro de villancicos con los primos. Ella tocaba la guitarra y nosotros cantamos para la abuela en el patio bajo la parra.

No sé qué podría hacer mamá por la abuela esta navidad.

Cómo duerme esta nena

La tía lloraba sentada en un banco de madera, parecido a los de las iglesias.

  •  Yo siento que no tengo que estar acá - repetía.

    Contó que el cura de su parroquia abandonó una misa por la mitad y salió corriendo. El hombre dice que mientras oficiaba la ceremonia, Clementina se le apareció. Averiguó si algo había pasado y llegó hasta el velatorio. La historia consolaba a la tía.

    El tío Waldo estaba enojado. Le hablaba al crucifijo que colgaba atrás del cajón y le decía que no podía creer tanto sacrificio y tanto cambio, para que no la salvara.

    Ese día la abuela Adriana se debatió durante largas horas entre la lucidez y la confusión. De a ratos, lloraba desconsolada. De a ratos, se paraba al lado del féretro y la miraba.

  •  Cómo duerme esta nena…

    El cartel de la puerta parecía de una realidad paralela: “Clementina Colombini Galarza. 16 de Noviembre de 2006 - 5 de Mayo de 2019”.

    Lista de deseos

    Antes de salir del pueblo para el Garrahan, Clementina me habló por Instagram y me dijo que iba a tratar de convencer a su papá de que pasaran a conocer mi departamento, cuando salieran del hospital.

    Vinieron a Capital y le hicieron unos estudios, pero aquella vez no hubo tiempo para que pasaran a visitarme. Volvieron ese mismo día para el pueblo.

    Dos semanas después volvieron a Capital para buscar medicación. Los médicos la vieron con una parte del cuerpo entumecida, la boca torcida y dolores de cabeza. Tuvieron que internarla.

    Le encontraron el tercer tumor. Si había una chance de hacer algo, sería después de seis semanas, cuando su cuerpo estuviera listo para aguantar una nueva quimioterapia.

  •  Seis semanas… con lo rápido que le crecen a ella… Pensar que cuando empezó ella estaba jugando al hockey. Qué enfermedad de mierda... mi papá me duró dos meses y mi hija casi dos años. No sé qué voy a hacer con las otras, las mellizas se me van a enloquecer.

    Los oncólogos le habían dicho a la tía que iban a estabilizar a Clementina para mandarla a casa, pero que no iban a abrirle la cabeza por tercera vez.

    ***

    Este último no estaba al alcance, no se podía tocar. No podían saber a ciencia cierta qué significaba esa mancha blanca que se veía en las imágenes. No podían saber exactamente la composición, qué era sólido, qué era líquido, qué era inflamación, qué era cerebro.

  •  Me lo dijeron clarito, es imposible operar a tu hija - repetía María Rosa, sentada en una silla metálica en un pasillo.

    Ella y el tío Waldo eran una familia como tantas a su alrededor, con pocas horas de sueño y más expectativas que certezas.

    A los tíos les había llegado la hora más dura, cuando solo se puede esperar una cosa, después de casi dos años de tratamiento. No había nada para decirle a esa mamá que hablaba, se encorvaba con los codos sobre la panza y apretaba los puños cerrados contra los ojos, como si quisiera mandarse las lágrimas para adentro.

    Pesimismo de la razón. Incluso cuando encomendarse a las fuerzas del cielo puede ser útil. A costa de no permitirse soñar con la magia de las probabilidades, que aun en los escenarios más adversos, dejan librado al azar un cero coma de terreno.

  •  Yo solo pido que si Dios se la va a llevar, que se la lleve pero que no sufra.

    ***

  •  Ella duerme con el papá, ¿no cierto? Sí, ella duerme conmigo...

    Waldo le habla a su nena de trece años. La mira mientras acomoda la sábana y el acolchado con un solo movimiento de las dos manos. Hace con ambas cosas un doblez a la altura de los hombros y chequea que esté la espalda bien cubierta.

    La recorre con la vista y la acaricia a lo largo de toda la silueta de costado. La palma baja desde el pelo, pasa por arriba del doblez de la sábana, toma la curva de la cadera y después la línea de las piernas mientras alisa el acolchado. Pasa el fémur, dobla en ángulo recto por la pantorrilla, hasta el final de la incursión de esos cinco dedos desesperados, en el dedo gordo del pie izquierdo de Clementina.

    Le acomoda la vía y se fija que nada la obture. Finalmente desocupa las manos y las pone en los bolsillos del vaquero. Se agacha un poco y acerca la cabeza a la pantalla del aparato que tiene conectado. Lee los indicadores, escucha un bip y mira con más atención todavía. Ve la lucecita verde que se prende y se apaga.

    Ve que todo sigue igual que hace unos minutos, salvo que Clementina tiene torcido el acolchado otra vez.

    Ella reposa en un cuarto de cuidados intensivos moderados del sector naranja. Sigue con los ojos a su papá, hasta que se duerme.

    ***

  •  Yo creo en los milagros. Yo fui a ver una curandera pero me dijo que tenía que llevarle una foto mejor porque no la pudo ver bien con mi celular, si mirá lo que es mi teléfono…. Aparte a mí Dios ya me dio un milagro. Yo ya estuve muerto, lo vi y le dije que yo quería vivir. Y acá estoy. Si Dios ya me dio ese milagro, ¿por qué no me va a dar otro?

    Waldo dice que Dios lo salvó de aquella caída, hace como 20 años, del piso 6 de un edificio en construcción.

    Cuál es el sentido de devolverle la vida a un albañil, salvarlo del impacto de 6 pisos en picada contra bolsas de cemento. Curar su columna rota, quebrada, dejarlo caminar tantos años con esos clavos en la cadera y en la espalda. Hacerlo respirar cuando todos lo daban por muerto. Concederle toda una vida de trabajo, de salud. ¿Para qué dejarlo conocer a una mujer, a María Rosa y tener una familia? ¿Dejarlo saber lo que es ser papá, ese día que salió de la panza Clementina?

    Porque él tiene tres hijas, "la Clemen y las melli", pero un día le dijo a Clementina que con ella es distinto, porque ella lo hizo conocer lo que es ser papá. No, no puede ser.

  •  Dios no me puede hacer esto.

    ***

    Clementina le preguntó a la enfermera si podía comer chocolate.

  •  Ahora le pregunto a la doctora y vengo - le dijo la mujer.

    La mañana que le dieron el alta varios familiares vinieron del pueblo a buscarla. Trajeron a las mellizas y a la abuela. Esperaron varias horas en el parque del Garrahan, hasta que Waldo y María Rosa firmaron los papeles del alta, consiguieron la medicación y todo estuvo listo para viajar de regreso a casa.

    La enfermera volvió a entrar al cuarto. Mientras revisaba la bolsita del suero del paciente de al lado, le dijo que sí, que podía comer pero solo una barrita. Una prima bajó al kiosco y le compró su chocolate favorito, el amargo Águila. Ella agradeció por eso y por un perfume. Alguien quiso ayudarla a acomodarse y dijo que no, que ella podía sola. Un vez que se sentó, empezó a chupar despacio un pedazo de chocolate. Después pidió que la mamá le pelara una naranja.

    Clementina salió en silla de ruedas con los cachetes colorados. Venía con su mamá y con la madrina. Las mellizas corrieron hasta la hermana y la empujaron unos metros en la silla. Se puso de pie ante la última puerta de vidrio y la última rampa que la separaban del mundo que hacía días no veía. Su mamá la agarraba del brazo. Despacio, empezó a caminar y cruzó la línea que las hojas corredizas dibujaron a su paso.

    Ya había comido chocolate. Ya había comido una naranja. Estaban por salir, esta vez sí, a conocer mi departamento, antes de volver para el pueblo.

    Tenía que pensar qué venía después, en su lista de deseos.

    Costanera

    “La vida de nuestros hijos no es un negocio” decían las pancartas. Un grupo de madres, padres, hermanos, hijos, tías, vecinas y vecinos, convocaron a la comunidad a concentrar en el viejo puerto, para marchar hasta el monumento de la costanera. Se juntaron unas mil personas. Y ese grupo de personas arrastraba una bandera por la calle donde el pueblo pasea.

    No tenían una canción para cantar, pero repetían a lo largo del trayecto una lista de nombres. Ayelén, ¡presente! Santiaguito, ¡presente!, Antonella, ¡presente! Y así iban de una punta a otra de esa lista de nombres, como si caminaran en círculos. Cada nombre gritado al viento de la costanera, al lado del río, donde los domingos va la gente a pasear, era el de un hijo, una hija, un hermano, una hermana, un vecinito, un sobrino, un alumno, una prima, un nieto.

    Muchos de ellos tenían remeras. Las habían hecho imprimir con las caras de esos hijos, hijas, hermanos, sobrinas, nietos. Llevaban sus fotos en el pecho rodeadas de corazones, lazos de amor, leyendas con promesas, pedidos de justicia.

    Padres y madres eligieron esos nombres, entre millones de opciones para que sea el sonido que los traiga del patio, que los levante para ir a la escuela, que les advierta un peligro, que les marque un límite. Caminaban y gritaban esa lista de nombres, pájaros blancos liberados sobre el río, en la lucha contra la indiferencia y el olvido en un pueblo fumigado.

    Tareas personales en la revolución

    Hace unos días estaba en la cocina imaginándome la revolución. “El marxismo está equivocado", me decían en la facultad, "Sostiene que llegará el comunismo, una versión de la historia que plantea un desarrollo evolutivo de la humanidad”. Un profesor una vez comparó a los militantes trotskistas con fanáticos evangelistas.

    La realidad es que el comunismo no un destino: es una posibilidad histórica. Y lejos de toda visión lineal, mecánica o evolutiva de la historia, como si esta avanzara y se escribiera sola, esa posibilidad depende de la intervención de millones con conciencia de lo que hacen y sobre todo, de lo que quieren destruir. Eso es una revolución.

    Nací a finales de los 80. Siempre creí en la posibilidad de una revolución, pero dudaba de que llegara a vivir una situación revolucionaria. Creía que mi tarea como militante, sería mantener tendido el hilo rojo que me conectaría con otras generaciones. Vivir como una revolucionaria en tiempos sin revolución, significaba para mí mantener tendido ese hilo rojo, para que las futuras generaciones llegaran mejor preparados y sí pudieran hacerla.

    Es tan poco lineal la historia, que desde hace un mes y pico no dejo de imaginarme la revolución. La pandemia lo cambió todo. Está sacudiendo los cimientos del poder en todo el mundo. ¿Cuánto se puede sostener el capitalistamo, obligándonos a estar encerrados a punta de pistola, a morir de hambre o a contagiarnos para que los dueños del mundo sigan viviendo de nuestro trabajo?

    El planeta entero es una caldera o un polvorín, como me decían en la escuela que parecía antes de la primera guerra mundial. Un polvorín. Va a estallar. Las guerras mundiales fueron dos dos momentos de la historia en que el sistema capitalista entró en colapso producto de las contradicciones entre los estados nacionales y las aspiraciones imperialistas y colonizadoras de las burguesías de cada país.

    La división de la población en estados nacionales es simplemente una mentira para dividir a la clase obrera y a los oprimidos del mundo. Los poderosos son internacionalistas, colonizadores, no se quedan donde están, avanzan sobre el planeta, tejen lazos a lo largo y ancho del globo para expandir sus posibilidades de negocios.

    Los poderosos resuelven las cosas de esa manera: cuando no se pueden poner de acuerdo en la repartija, destruyen todo y vuelven a empezar. Y en ese “destruyen todo” entran también vidas humanas, consideradas para ellos como meras fuerzas productivas, como sus máquinas. Destruir todo y ganar nuevos territorios para volver a empezar con nuevos negocios. Con este fin hicieron las guerras.

    A medida que avanza la pandemia, se profundiza por todo el planeta nuevamente esa contradicción, entre una economía globalizada como nunca antes y los estados nación con sus fronteras cerradas. Por eso me empecé a imaginar la revolución, mientras hago la cuarentena encerrada en mi casa. Porque lo que se dice poco sobre las guerras mundiales, es que en ese período de la historia, sobre todo durante la segunda, se desarrollaron como nunca antes a escala planetaria, procesos revolucionarios que hicieron tambalear en muchas partes el orden burgués. Desafiaron el terror y la muerte que los poderosos esparcían. Pero fueron esfuerzos magníficos y heroicos de millones de trabajadores y trabajadoras en el mundo, derrotados o traicionados por las direcciones de sus movimientos.

    Con el coronavirus el desprecio del capitalismo por la vida de la clase trabajadora que genera toda la riqueza y por los pobres, queda cada vez más en evidencia ante los ojos de millones. La juventud en todo el mundo se muestra harta de este asco total. El ídolo millonario Manu Ginóbili, dijo públicamente que tiene miedo de que "el proletariado se rebele cuando no tenga para comer".

    Los dueños del mundo ya hicieron atrocidades como los campos de concentración. Ya hicieron cosas como rociar poblaciones enteras y matar niños en la guerra de Vietnam, con un químico que se llama agente naranja. Los quemaban vivos. La piel les ardía en ampollas y se les caía del cuerpo. Lo tiraban desde aviones yanquis para deforestar y obligar a los campesinos a trasladarse a las ciudades que estaban dominadas por Estados Unidos. Así dejaban a la guerrilla sin selva para esconderse y la privaban del apoyo rural.

    El agente naranja es una mezcla de dos herbicidas fabricado para el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, principalmente por Monsanto Corporation y Dow Chemical. Son los mismos que estuvieron rociando durante décadas los campos de soja de mi pueblo y de otros muchos del mundo, matando niños de una forma menos visible, silenciosa, pero igual de criminal. Me pregunto cuánto de esto habrás tenido en el cuerpo, Clementina.

    Hace mucho tiempo que nos obligan a vivir su distopía. No son fantasías del futuro. Es incomprensible que estés muerta. Te fuiste un 5 de mayo, el mismo día que hace 202 años nacía Karl Marx. El mismo día que en 1912, el Partido Bolchevique construido por Lenin, sacaba a las calles de Rusia por primera vez su periódico militante: Pravda, La Verdad. Poco después, en 1917, llegó la primera revolución obrera triunfante de la historia.

    El último 5 de mayo te lloré de nuevo, pero una sonrisa me iluminó la cara cuando pensé que es probable que el tiempo me dé la posibilidad de vengarte en vida.

    ***

    11 de mayo de 2020







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