Cultura

RESEÑA

¿Existe la clase obrera? ¡Pero por supuesto que sí!

En el tercer volumen de la serie La Media Distancia, Paula Abal Medina, Ana Natalucci y Fernando Rosso responden la pregunta. ¿Por qué los y las trabajadoras tiene que leer este libro?

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Domingo 14 de mayo de 2017 | 00:00

“Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a perífrasis evidentes, es quizá el modo más enfático de indicarla. Es el modo tortuoso que prefirió, en cada uno de los meandros de su infatigable novela, el oblicuo Ts’ui Pên”.
El jardín de los senderos que se bifurcan. Jorge Luis Borges .

El tiempo es aquello que no puede ser nombrado nunca en la novela que ocupa un lugar dentro del cuento borgeano. Sin embargo, la elipsis terminológica podría extenderse, sin mayores problemas, a otros terrenos. En las últimas décadas, se podría decir que la clase obrera está entre aquello que “no debe ser nombrado”. Los intentos de ocultamiento, de negación y de construcción de sujetos alternativos a ella, han llenado páginas de libros, revistas y papers académicos.

Capital Intelectual y Le Monde Diplomatique presentan ¿Existe la clase obrera?, tercera entrega de la serie La Media Distancia, que ya indagó anteriormente por el destino de la izquierda reformista latinoamericana y por los deseos de la clase media argentina. Sobre ambos volúmenes hemos escrito sendas reseñas.

En esta entrega dirán los presentadores –José Natanson y Martín Rodríguez- que “en un país de realidades y percepciones simultáneas, donde un porcentaje mayoritario de la población (…) se autopercibe de clase media, en un país con un tercio de su población en la pobreza, con casi un 40 por ciento de informalidad laboral ¿existe aún la clase obrera?” (p.9)

La respuesta, de entrada, es sí. No por definición dogmática. Su existencia se percibe en la vida cotidiana misma. La sociedad no funciona en el aire, sino por la acción de ese colectivo social que la pone en movimiento diariamente.

La pregunta entonces podría ser re-formulada: ¿cómo existe la clase obrera hoy? Alrededor de esto, en el prólogo a los textos, Mario Wainfeld dirá que “la clase obrera existe pero se fragmenta y diversifica” (p.15)

A partir de allí, puede decirse que los escritos de Paula Abal Medina, Ana Natalucci y Fernando Rosso ofrecen una cartografía de esa existencia, una suerte de Google Maps para encaminarse por diversos niveles y dimensiones de lo que, en su conjunto, es la clase trabajadora hoy en la Argentina.

Restitución limitada y herencia neoliberal

Indefectiblemente, un análisis así tenía que empezar por el legado del ciclo kirchnerista. Los doce años de esos Gobiernos abren el debate sobre qué “clase obrera nos dejó”.

Paula Abal Medina, indagando sobre este período dirá que “tras una década de crecimiento del empleo, de mayor gravitación de los sindicatos y de implementación de políticas específicas diseñadas para reducir el no registro, al menor uno de cada tres trabajadores asalariados no se encuentra inscripto en la seguridad social” (p.28). El dato ilustra los límites del conjunto del ciclo. La autora hablará, precisamente, en términos de una “restitución que no alcanzó”.

Ana Natalucci, por su parte, afirmará que se trató de “un proceso ascendente de crecimiento económico y de generación de empleo” que “fue sostenido por la voluntad política de los gobiernos kirchneristas”. Aun así –aclarará- la distribución del ingreso no se vio afectada de modo positivo (…) Esto se explica por la dinámica del PBI que creció a tasas chinas entre 2002 y 2007 pero desacoplado del salario real” (p.70-71)

El mayor ciclo de crecimiento económico de las últimas décadas no legó una clase obrera homogénea. Por el contrario, perpetuó una fragmentación marcada en cuanto a salarios y modalidades laborales.

En ese sentido, Rosso dirá que “es irrefutable que hubo una recomposición cuali y cuantitativa de la clase trabajadora en la última década” (p.125) agregando que “la magnitud del empleo considerado como “en negro” o informal es sorprendentemente alta, luego de uno de los ciclos de crecimiento más importantes de la historia argentina” (p.126).

En el texto de Natalucci, si bien se señalará el “agotamiento” de lo que define como un modelo neodesarrollista, la explicación por los límites del ciclo kirchnerista no tendrá casi mención.

Por su parte, Paula Abal Medina dirá que ese ciclo “alcanzó logros significativos, pero tropezó con las marcas duraderas que el neoliberalismo imprimió a la estructura social y política en Argentina” (p.23-24).

La definición, en cierto modo, implica considerar lo hecho por el kirchnerismo como lo único a lo que podía aspirarse en ese ciclo.

Los nuevos mundos de la clase trabajadora

La división entre trabajadores formales e informales se encuentra claramente desarrollada en el texto de Abal Medina. La autora da cuenta de la génesis de aquello que define como “el otro movimiento obrero”.

Relatará que “la CTEP fue creada en el año 2010. En un principio estos trabajadores quisieron constituir un sindicato nacional e integrarse a la CGT. La negativa de la CGT impidió que su incorporación prosperar en aquel entonces” (p.43)

Por su parte, Natalucci ilustrará la misma división al señalar que “mientras los trabajadores en blanco quedaron bajo la órbita de representación de la CGT, los trabajadores en negro al no poder agremiarse, quedaron prácticamente sin representación (…) el colectivo de los desocupados y luego el de los trabajadores de la economía popular quedaron bajo la representación de las organizaciones sociales con capital territorial” (p.72)

De lo señalado por ambas autoras se desprende claramente el rol de la conducción de la CGT en la continuidad en la fragmentación de la clase trabajadora y la dualización entre formales e informales.

La "Corpo" sindical

Será Natalucci quien realice un recorrido minucioso por los avatares de la relación entre el kirchnerismo y las conducciones sindicales, en su amplia gama. Precisamente, la división entre diversas centrales fue también un común denominador de parte de los años kirchneristas.

La investigadora señalará que “la estrategia neodesarrollista –tanto en su etapa expansiva como de agotamiento- tuvo una incidencia fundamental en la reactivación de la dinámica sindical. Y también fue su límite” (p.77)

Si en los primeros años –y centralmente en el conflicto con las patronales del campo- la CGT sería un puntal de apoyo para el kirchnerismo, a partir de la crisis económica internacional desatada en 2008-2009, esta relación se tensaría de manera creciente. La negativa, cada vez más evidente, del kirchnerismo a afectar las ganancias capitalistas en un momento de crisis, alejaría a parte de la conducción cegetista.

Reseña Natalucci que el proyecto para repartir las utilidades de las empresas (2009) “fue el último intento de por lo menos un sector del sindicalismo por discutir la distribución de la riqueza de los empresarios. Ante la evidente imposibilidad de avanzar en este sentido, la estrategia se volvió más defensiva; se consolidó la demanda de la redacción del carga impositiva en relación al pago del impuesto a las ganancias” (p.85)

El proceso de ruptura con el moyanismo iniciado en 2010, se consolidaría en 2011. Luego de la misma, “empezó a reforzarse el siguiente imaginario: que la CGT –o su conducción- representaba solo a los trabajadores en blanco, y de estos, a un sector” (p.86) dirá la autora.

La casta corporativa de la CGT, en el marco de la recuperación objetiva de la clase trabajadora, apostará a hacer crecer su poder en el terreno político. Como bien describe Natalucci será ésta otra de las fuentes de tensión y ruptura con el Gobierno por parte de Moyano. Otra franja de la burocracia sindical continuaría apoyando al oficialismo, criticando la ambición política de Moyano. Antonio Caló, de la UOM, dirá en ese entonces que “nosotros estamos para solucionar los problemas gremiales, profesionales y otros compañeros quieren hacer un partido político” (p.113)

Paula Abal Medina ubicará la tensión entre moyanismo y kirchnerismo en el terreno de la brecha estructural antes señalada. Dirá que “una antinomia compleja entre los trabajadores del techo y los trabajadores del piso se instaló durante el final del kirchnerismo con consecuencias negativas para el campo popular. La antinomia no es caprichosa, encuentra en la desigualdad social del mundo del trabajo su principal fundamento (…) la ruptura entre el sindicalismo moyanista y el gobierno de CFK se inscribe en la antinomia antedicha pero se comprende por el empobrecimiento del plan político-ideológico que tiene lugar durante los últimos años del ciclo kirchnerista” (p.32-33).

Cartografía dentro de la cartografía

Será Fernando Rosso el que realice un apretado recorrido por la génesis, el desarrollo y las formas que adopta eso que “fue calificado alternativamente como sindicalismo de base, sindicalismo combativo, sindicalismo clasista o, simplemente, sindicalismo de izquierda” (p.130)

En el marco del totalitarismo sindical –hoy ampliamente cuestionado- y de la legislación que lo sostiene, señalará que “como sucedió históricamente en nuestro país, la irrupción de la izquierda o del sindicalismo combativo se produjo a través de uno de los eslabones débiles de la cadena de regimentación sindical: las comisiones internas y los cuerpos de delegados” (p.137).

Esa fuerza emergente tendrá expresión en los lugares de trabajo y al interior de los gremios, enfrentando a patronales y conducciones burocráticas. Sin embargo, también “saldrá a escena”, ocupando el espacio público.

La Panamericana se convertirá entonces en una suerte de “laboratorio” del sindicalismo combativo. Dirá Rosso que “la recomposición social de la clase obrera desplazó el escenario y tuvo un territorio por excelencia para el despliegue de la protesta obrera en la zona norte del conurbano bonaerense y especialmente en los bloqueos de la Panamericana” (p.142)

Allí tendrán lugar las peleas específicas de cada sector, pero también será la vidriera del sindicalismo combativo y de izquierda, en tanto actor independiente en la escena política nacional. Los piquetes realizados allí durante los paros nacionales –el último reprimido el pasado 6 de abril- permitirán mostrar una voz disonante a la de los caciques sindicales burocráticos.

Dentro de esta cartografía del sindicalismo combativo, un lugar no menor es el que ocupan las empresas recuperadas. Dirá el autor que “más allá del destino y el resultado de cada una de estas luchas en particular, “ocupar, producir y resistir” está entre las opciones que residen en las experiencia reciente de una parte importante de la clase obrera y especialmente de aquella que se moldeó con las referencia del sindicalismo combativo y la izquierda clasista” (p.149)

Analizando la relación entre estos sectores y la izquierda, Rosso señalará que “no hay una relación mecánica entre la esfera sindical y la política en aquellos lugares donde se desarrolló una experiencia de sindicalismo combativo ligado a la izquierda. Sin embargo, tampoco hay una independencia absoluta (...) la influencia no se reduce al plano sindical: el apoyo político es un dato de la realidad” (p.151).

El autor ilustrará esa relación en cifras aproximadas: un 20 % de los trabajadores y trabajadoras de la alimenticia Kraft; un 10 % de los trabajadores del Sube en CABA; el mismo porcentaje entre los docentes de Tigre. Un apoyo que se ha sostenido a lo largo de los últimos años.

Mirando el presente

Si el ciclo kirchnerista aparece como el pasado inmediato desde el cual mensurar la existencia de la clase obrera, el presente de ajuste macrista es otra dimensión que no escapa a las autores y al autor que llenan las páginas de este libro.

Así, Paula Abal Medina afirma, en relación a 2016 y 2017, que “las grandes movilizaciones y los procesos de articulación de sujetos mostraron cierta efectividad (…) provocaron ciertas aperturas en el plano político partidario que en sus inicios pareció mucho más proclive a adaptarse al nuevo escenario y negociar con el macrismo (…) los movimientos obreros organizados pudieron sostener – con movilización callejera, articulación y acuerdos parlamentarios- dos reivindicaciones: la sanción de la Ley de Emergencia Social y la reforma del impuesto a las ganancias. Por último, hasta el momento [marzo de 2017] mostraron capacidad para obstruir las reformas de flexibilización laboral” (p.61)

Por su parte, Natalucci señalará que “la forma que asume hoy la siempre actualizada premisa de “crisis sindical” es la aparente incapacidad de la CGT para dar respuesta a la ofensiva conservadora que impulsa el gobierno nacional (…) si se observan los procesos de movilización de la últimas décadas no siempre la CGT ha actuado a la vanguardia, aunque ha tenido un rol decisivo” (119)

Por su parte, Rosso dirá que “la gravitación de la clase trabajadora en la vida nacional no encuentra su límite en su existencia sociológica sino en el conservadurismo de sus dirigentes, condicionados también por la dependencia estatal y la regimentación de las organizaciones sindicales” (p.128-129)

Los cuestionamientos al rol de la dirigencia sindical se encuentran, posiblemente, en uno de los puntos más altos de la historia de las últimas décadas. La fuerza que se expresó en el paro nacional del pasado 6 de abril fue utilizada para abrir un nuevo período de tregua y negociaciones. Y eso ocurre a pesar de que continúa la degradación de las condiciones de vida de la clase trabajadora y el pueblo pobre en su conjunto.

¿Porque los y las trabajadoras tiene que leer este texto?

En primer lugar porque rebate argumentos. Frente al sentido común que intenta diluir a la clase trabajadora entre los estratos de la clase media y los pobres, aparece aquí la clase obrera como tal con sus organizaciones, sus referentes y sus divisiones. Una cartografía, como ya dijimos.

En segundo lugar porque permite acercarse a una visión más global del principal enemigo de la clase trabajadora dentro de sus organizaciones: la burocracia sindical. Todo trabajador y trabajadora conoce los métodos patoteros y antidemocráticos de la conducción de su gremio. En este caso, los estudios que aquí se presentan permiten elevar esa visión a un terreno más general.

En tercer lugar porque permite apreciar el desarrollo de la tendencia más progresiva del movimiento obrero argentino. Aquella que se identifica con el sindicalismo de base y el Frente de Izquierda. Una tendencia que, como ya señalamos, se sostiene en el tiempo. Conocer estas fuerzas en crecimiento no constituye una cuestión solo informativa. Sino antes que nada, parte de las herramientas para organizarse y luchar.







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