Economía

PANORAMA ECONÓMICO

Euforia en Cambiemos: ahora sí, hablemos de economía

Jaime Durán Barba había recomendado no hablar de economía en la campaña hacia las PASO. Camino a octubre, el Gobierno quiere mostrar que la actividad se está reactivando. ¿Qué hay de cierto?

Pablo Anino

@PabloAnino

Jueves 24 de agosto | Edición del día

Previo a las elecciones, en pocas semanas el dólar había trepado aceleradamente hasta superar los $ 18. El Banco Central se deshizo de casi U$S 2.000 millones de reservas para evitar que la cotización siga subiendo.

El viernes 11 de agosto, dos días antes del domingo de la votación, la city porteña cerró la jornada al borde de un ataque de nervios.

Luego de las PASO, el stress cambiario y financiero se diluyó. A los ojos (y los bolsillos) de los especuladores, el fantasma del regreso del “populismo” de la mano de Cristina Fernández fue espantado.

“La gran duda de los inversores era la gobernabilidad. Y, en ese sentido, las PASO trajeron alivio.”, es la respuesta de Joaquín Bagües, Senior Research Analyst de Balanz Capital, al diario El Economista sobre la lectura de las elecciones.

La calma pos PASO dio curso a que los negocios fáciles, como la famosa “bicicleta financiera”, sigan con su fiesta. Los diarios económicos son prolíferos en análisis sobre alternativas de inversión: Lebac, bonos, acciones, entran en la tómbola de posibilidades.

Los hombres que manejan fondos de inversión le toman el gusto al análisis político: se ilusionan con un triunfo del macrismo en la tercera sección del conurbano, especulan sobre los intendentes.

E, incluso, se dan el lujo de engendrar neologismos economicistas para hablar de las elecciones: “el costo marginal de ganar un voto es muy bajo” para Cambiemos, afirma Bagües. Hay cierta euforia.

Todavía falta ver el resultado electoral de octubre, pero muchos gastan a cuenta.

Veranito

En su último libro Jaime Durán Barba se ufana de que el Gobierno logró el “milagro” de hacer pasar el ajuste sin mayores costos en cuanto a caída de la imagen en la opinión pública.

Para la campaña de las PASO, el gurú del presidente había aconsejado que los candidatos de Cambiemos no hablen de economía: ¿para qué agitar el malestar social por la caída del poder de compra del salario, los tarifazos y la incertidumbre del empleo?

En el tramo final de ese primer tiempo electoral, el Gobierno comenzó a hablar de “brotes verdes”. No obstante, Mauricio Macri no se cansó de repetir que era consciente de que a mucha gente no le había llegado el cambio.

¿Cómo se produce ese “milagro” por el cual el malestar no se traduce en rechazo electoral al oficialismo?

Luego del crecimiento del 6 % con el que Cristina Fernández ganó las elecciones de 2011 con el 54 % de los votos, en realidad la economía se encuentra en una lenta decadencia, alternando caídas en los años pares y crecimientos módicos en los años electorales (-1 % en 2012; +2,4 % en 2013; -2,5 % en 2014; + 2,6 % en 2015; y – 2,2 % en 2016).

El salario real y el empleo siguen un derrotero similar. Por ejemplo, la devaluación de 2014, cuando Axel Kicillof conducía el Ministerio de Economía, llevó a una caída del poder adquisitivo salarial de casi el 5 %. No obstante, en 2015 el salario real creció 3,5 %. Es decir, no logró recuperar lo perdido previamente. El pasado no es tan glorioso como declama el relato de la “década ganada”.

El resultado de 2014 no es muy diferente que la retracción del salario real de 2016 con Cambiemos, que rondó el 6 %. No obstante, en este 2017, aunque resta ver en qué cifra termina la inflación anual, difícilmente haya recuperación del salario real. El ajuste macrista es más persistente.

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El presente está atravesado por el malestar que genera el ajuste de Cambiemos (que se suma al prexistente con el kirchnerismo), pero el gradualismo (es decir, un ajuste menor al que le gustaría practicar al Gobierno y al que desea el gran capital) avanza, por ahora, sin una catástrofe económica. En este contexto, no parece descabellado que sectores de la población escuchen el pedido de paciencia del Gobierno, aunque el llamado no sea demasiado expansivo más allá de la ruta de la soja.

El Gobierno logró una recuperación pírrica de la economía: hasta mayo es de apenas 1 % interanual. ¿Cómo lo consiguió? Gastando en obra pública, ampliando la Asignación Universal por Hijo, con préstamos personales de la banca pública y privada, préstamos a los beneficiarios de la Anses y descuentos con el Banco Provincia, entre otras iniciativas.

En los últimos años, el salario real exhibió su mayor poder de compra entre los meses de mayo y agosto cuando impactan las paritarias, para luego perder en el acumulado del año. Esto también juega a favor de la percepción electoral.

Hacia octubre el oficialismo busca apuntalar el consumo, no sustentado en una mejora del poder de compra del salario perdurable, sino en el endeudamiento de los consumidores. Es pan para hoy y hambre para mañana.

Lejos de la “mano invisible”, el crecimiento módico de la economía está explicado fundamentalmente por esas medidas heréticas para quienes hacen honor al mercado autoregulado.

La diferencia esencial con la “década ganada” reside en que el déficit fiscal en vez de financiarse con emisión monetaria se cubre con el endeudamiento externo, que está en una escalada peligrosa.

La euforia en el ámbito financiero también tiene su expresión entre los funcionarios. Nicolás Dujovne afirmó que “Se vienen 20 años de crecimiento para la Argentina”.

El ministro habla como si todos los desequilibrios económicos (inflación, rojo comercial y fiscal, bola de nieve de Lebac, para mencionar sólo algunos) se hubieran esfumado con el resultado electoral. En la popular dirían que “se agrandó Chacarita”.

Entre los analistas políticos el impresionismo llevó a afirmar que Cambiemos está dando nacimiento a una nueva hegemonía. La realidad parece indicar una situación indefinida entre una hegemonía “populista” que no termina de morir y una neoliberal que no termina de nacer.

Gradualismo ¿não tem fim?

El gradualismo está impuesto, hasta cierto punto, no por la convicción macrista de avanzar con pies de plomo, sino por la relación de fuerzas existente entre las clases sociales.

Es lo que refleja los idas y vueltas con los tarifazos, la imposibilidad de imponer techos en las paritarias con los parámetros que pretendía el oficialismo o que los despidos masivos no hayan alcanzado a toda la economía sino a empresas o ramas particulares.

No sólo eso. La predisposición a la lucha donde la izquierda tiene peso militante, como en la emblemática PepsiCo, actuó como advertencia a la prepotencia patronal. No es casual la reversión momentánea de los despidos en Cresta Roja posterior a la resistencia al desalojo en la planta de Florida de PepsiCo.

El gradualismo, principalmente el fiscal, altera los nervios de los economistas ortodoxos y del establishment financiero porque observan que el endeudamiento externo para financiar el déficit, como en otros momentos de la historia argentina, termina mal.

Muchos temen que el macrismo se enamore del resultado electoral y siga sin apretar el acelerador del ajuste pensando en construir la reelección en 2019.

¿Cuánto tiempo más hay? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Son muchas las circunstancias locales e internacionales (Trump, Brasil, Brexit, entre los más importantes) que determinarán los plazos en los cuales se sostenga el financiamiento externo. El Gobierno cuenta con cierto margen heredado de los “pagadores seriales”. Mientras, la deuda sube y sube.

El resultado fiscal anunciado este martes es elocuente de las contracciones en el esquema económico. Se redujo el déficit primario, pero en mayor proporción sube el rojo financiero debido a la deuda pública: de julio del año pasado al de este año, los desembolsos por intereses de la deuda suben 230,4 %. Un desborde tendencialmente explosivo.

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El analista político, profesor de la Universidad Católica Argentina y de la Universidad del CEMA, Ignacio Labaqui, dice que, más allá del resultado de octubre, el gradualismo fiscal llegó para quedarse.

Lo explica por tres factores: el mandato de 2015 es sólo de un tercio de los votantes; el Gobierno tiene minoría en ambas cámaras, la transición fue sin crisis para el grueso de la opinión pública. A lo que agrega que el Gobierno no controla las calles, no tiene vínculo histórico con el movimiento obrero ni con los movimientos sociales.

El gradualismo está impuesto por la realidad, pero la estrategia del régimen burgués no es gradual. Tampoco la del Gobierno. El macrismo es todo lo ofensivo que le permite la relación de fuerzas y se ilusiona con tener las condiciones para atacar. En carpeta guarda una reforma laboral a la brasileña, una regresión en el régimen previsional y baja de impuestos a empresarios.

En este contexto, el resultado electoral de Cambiemos está sobrevaluado como si se tratara de la misma burbuja que infla los activos financieros gracias a la política del Banco Central.

La euforia entre empresarios se palpó en los foros empresariales de las últimas semanas, como en el Pre Coloquio de Idea en Rosario. Pero el entusiasmo sigue sin traducirse en desembolsos significativos para nuevos emprendimientos, fábricas ni máquinas.

Es esa entelequia llamada “burguesía nacional” la que menos comprometida está con las inversiones. La “bicicleta financiera” y la acelerada fuga de capitales son sus deportes favoritos. Parafraseando a Perón, la víscera más sensible de esos hombres es el bolsillo.

Orlando Ferreres, en una columna en el diario La Nación, se preocupó por el poco compromiso empresarial con los principales temas de agenda: "no se ha expedido claramente, se lava las manos", afirmó el economista.

A la euforia económica habría que bajarle un cambio.








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