Política

RELATOS DE GUERRA Y DE POSTGUERRA//TRIBUNA ABIERTA

Estoy bien saludos, estoy bien escriban, estoy bien cariños

LLegué a Malvinas el 5 de abril de 1982 como soldado del Regimiento 3 de la Tablada con 20 años y 14 meses de colimba. Hasta ahí se trataba de una aventura más dentro de una insufrible e interminable servidumbre militar.

Damian Cataldi

Exsoldado combatiente en Malvinas

Domingo 2 de abril de 2017 | Edición del día

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Pero pronto descubrimos que la cosa iba en serio. Cavamos trincheras y construimos refugios hasta que el 1ro de mayo comenzaron los combates: nuestra vida anterior nunca había sucedido, la única realidad era aguantar hasta ser “relevados” como en las películas.

Nada ni nadie te prepara para una situación de esas. Nada tiene comparación. Nada se le parece. La propia vida se vuelve algo que está a merced de un azar indiscernible. A los pocos días los tiroteos son habituales, los bombardeos naturales y la muerte de los que te rodean cotidiana. Las comodidades de la vida citadina son un punto en el infinito. Los afectos algo en lo que no vale la pena pensar. La comida una obsesión. Solo vale sobrevivir. Solo está el que está a tu lado. Lo que alguna vez fue tu realidad ya no existe.

Adentro del pozo hace bajo cero, afuera llueve, adentro solo un poco. Y si salís del pozo el viento literalmente te lleva. La señal de reconocimiento cambia cada noche y mejor enterarse. Las guardias son heladas y desgastantes. Los tiroteos a veces espontáneos y a veces mortales. Los cañoneos navales son algo cotidiano y los Vulcan lanzando bombas de 1000 libras algo espantoso. Los fantasmas de los gurkas se vuelven casi tan aterrorizantes como los propios gurkas. La comida es una incertidumbre y la enfermería está demasiado lejos. Y no hay forma de volver a casa, no hay dónde escapar.

Y sorpresivamente, lejos de las previsones del más optimista… nos rendimos. Y somos prisioneros de guerra. Y entregamos las armas. Y hacemos el recuento de los caídos. Y vamos al aeropuerto que es el campo de concentración. Y volvemos al puerto y una noche en medio de la niebla terminamos subiendo a un gigantesco transatlántico que creíamos hundido. Y el domingo 20 de junio “día del padre” aterrizamos otra vez en el planeta, en el continente, en una Argentina que para nosotros había cambiado para siempre. Quien haya estado en el muelle de Aluar, en Puerto Madryn, el día que bajamos del Canberra puede dar fe de ello.

Pero nosotros ni enterados. Estábamos re entretenidos. La película seguía. A manera de readaptación (por cierto necesaria) nos llevaron presos a Campo de Mayo. La primera noche comimos tanto que casi nos morimos. Después nos doparon, nos bailaron, nos amenazaron, nos hicieron firmar cosas. Y no nos hubieran largado así nomás si no fuera porque el cuartel fue rodeado y finalmente copado por una multitud de familiares, amigos y vecinos que buscaban a los suyos. Lo que iba a durar una semana duró apenas unos días. Después traslado a La Tablada, recibimiento apoteótico, almuerzo de camaradería y a casa. La postguerra había comenzado.

Y más tarde que temprano nos fuimos enterando de qué se trataba. En primer lugar llamaba la atención el estado calamitoso en el que se encontraban tus parientes y demás conocidos. Uno trataba de levantar el ánimo y los demás estaban todos hechos bolsa. La mamá con úlcera, el viejo con episodios paranoicos, la novia flaca y demacrada, la abuela organizaba una misa de “acción de gracias” en tu honor y el vecino te abrazaba y lloraba desconsoladamente. De nada habían servido los telegramas enviados desde las islas, para los cuales había sólo tres textos preestablecidos: estoy bien saludos, estoy bien escriban, estoy bien cariños. Para nosotros no había otra opción.

Y después la calle. Ser otra vez uno en un millón. Y padecer la falta de reconocimiento. La falta de conocimiento de lo sucedido en las islas. La falta de interés. La falta de comprensión. La falta de contención. La falta de atención médica. La falta de atención psicológica. La falta de dinero. La falta de explicaciones. La falta de ganas. La falta de respeto. Insertos en un país que no tenía ninguna tradición respecto a recibir a veteranos de guerra y de un Estado que nos negaba. Veníamos de una guerra perdida e íntimamente ligada a una dictadura sangrienta y en retirada. Y nosotros a contramano como un cohete a punto de despegar.

Instintivamente comenzamos a juntarnos –quizás nunca nos separamos- y surgieron los Centros de ExCombatientes. Aprendimos a lidiar con las mentiras de la política y con las falsas promesas mucho más temprano que otros. Aprendimos editar revistas y a redactar leyes. Nos dimos cuenta que si queríamos que algún derecho nos fuera reconocido el único camino era organizarnos y pelear por él. Que para que los demás supieran era imprescindible que habláramos, que contáramos. Que la única contención la íbamos a encontrar entre nosotros mismos o a lo sumo en la familia. Que para que nos escucharan los de arriba eran necesario gritar. Y al cabo de nueve años conseguimos la primera pensión.

Y al cabo de 35 años seguimos peleando por una larga lista de reivindicaciones pendientes. Reclamamos que el Estado nos convoque a una revisación médica obligaroria. Que nos acrediten los años en que no tuvimos ningún tipo de reconocimiento. Que se destraben los miles de expedientes de pensiones otorgadas por discapacidades atribuidas a secuelas de guerra que duermen en el Ministerio de Defensa. Que se dé marcha atrás con el veto parcial del presidente Macri a la Ley de Jubilación Anticipada para VG votada unánimemente por ambas cámaras. Que se identifiquen los restos de los caídos que yacen en las islas sin ser traslados al continente. Y que se juzguen los delitos de lesa humanidad cometidos durante el conflicto.

Y que por sobre todas las cosas que se honre la memoria de los 659 caídos levantando en alto la bandera de la soberanía sobre las islas y sobre todos los resortes estratégicos que hacen a la integridad de nuestro país. Es imposible obviar que la OTAN opera una poderosa base militar a sólo 500km de nuestras costas. Que las multinacionales se apropian de nuestros recursos. Que nuestros gobernantes actúan como lobbistas de sus propios intereses y de intereses extranjeros. Es imprescindible gestar una nueva independencia. Y no debemos olvidar, porque la sangre de Malvinas debe servir para construir una nueva Argentina.

Leé más en el Dossier especial: #Malvinas35años de La Izquierda Diario







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