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Estela de la Cuadra: “El rol de Bergoglio fue proteger a los ejecutores de la dictadura”

Estela de La Cuadra es tía de Ana Libertad, la última de las nietas recuperadas por las Abuelas de Plaza de Mayo. La Izquierda Diario habló con ella sobre la complicidad del actual Papa Francisco con la dictadura y particularmente con la apropiación ilegal y el robo de la identidad de su sobrina en 1977. Se puede ver también la carta con la que Bergoglio "derivó" el caso De La Cuadra a miembros de la curia íntimamente relacionados con la represión en La Plata.

Daniel Satur

@saturnetroc

Viernes 19 de septiembre de 2014 | Edición del día

  • Madres – La foto que tiene Estela en sus manos es de marzo de 1978. Es en Plaza de Mayo. Allí están su madre Alicia “Licha” Zubasnabar de De la Cuadra y Hebe de Bonafini, todas reclamando por sus hijos obreros y delegados secuestrados por la dictadura.

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- ¿Qué sentís y pensás sobre la recuperación de tu sobrina Ana Libertad, la hija de Elena?

  •  Es una situación muy rara. Aunque a una sociedad atravesada por el genocidio esto le pase seguido, no es de todos los días que le pase a una persona en particular. Pero ella hizo que fuera hermoso. Ella es muy alegre, muy linda y optimista. Toda la familia está contenta.

    La alegría y el cariño de la gente es muy fuerte. Ya había estado eso de manera notoria con Ignacio Guido, el nieto de Estela de Carlotto. Y sobre esa “ola” aparece Ana. Es muy lindo.

    En particular a mí me remite siempre a mi hermana, mi cuñado, mis hermanos, mi marido y todos con los que compartí una lucha y hoy faltan. En este tiempo llamaron muchas madres y abuelas, compañeras de mi mamá, haciendo referencia a que "Licha" no vivió para abrazar a su nieta. Y yo me daba cuenta que la aparición de Ana las llevaba a mi vieja, que era su compañera de militancia. En mi caso, marcadamente, me vuelven a mi hermana, mi cuñado y todos los demás.

    Por el momento no puedo hablar mucho más, ya que hay procedimientos judiciales en marcha y la necesidad de preservar algunas cuestiones. Pero ella está muy bien.

    - ¿Esto ayuda a seguir buscando a las cuatrocientas personas apropiadas que todavía no recuperaron su identidad?

  •  Tanto Ana como el mismo Ignacio Guido buscaron su identidad de forma voluntaria. Eso demuestra que muchos de aquellos niños, hoy hombres y mujeres, fueron revirtiendo la situación creada por el perverso plan sistemático de la dictadura. Y eso en parte fue gracias al trabajo de apertura de la Abuelas, que desde muy temprano interpelaron a la sociedad, por las más diversas vías, diciéndole a la gente “ayúdennos a encontrar a estos niños”. Y el pueblo fue muy receptivo.

    Habrá que ensayar otros caminos y otras formas para encontrar a esos cuatrocientos que faltan. Soy consciente de eso y hasta hace pocas semanas yo era parte de esas familias. Azarosamente se van dando estas combinaciones. Por eso no es menor que ya se hayan encontrado ciento y pico.

    - Vos acusás a Jorge Bergoglio por su complicidad directa alrededor del secuestro y desaparición de tu hermana, en ese entonces embarazada de Ana. ¿Cómo fueron esos hechos transcurridos en 1977?

  •  En septiembre del ’76 ya habían secuestrado a mi hermano Roberto José, obrero de YPF, con lo que mis padres venían haciendo habeas corpus y otras cuestiones. En febrero del ’77 secuestran a mi hermana Elena, embarazada de cinco meses, y a su marido Héctor que era obrero metalúrgico y ya había tenido que dejar Propulsora por la situación. En ese mismo lugar secuestran al “Negro” Bonín, que había sido de la Comisión Interna del Astillero Río Santiago y a varios compañeros más.

    Ahí a mamá y a papá se les “quemaron todos los papeles”. ¿Cómo hacían con el tema del embarazo? Entonces fueron a la Iglesia, como gran parte de los familiares de desaparecidos, a buscar instintivamente una respuesta a un lugar de poder, más allá de las convicciones religiosas. Y la Iglesia tenía la pretensión de encauzar estas luchas, de manejarlas. Por recomendación de un sacerdote, mis padres van al Vicariato Castrense que ya había organizado en la Iglesia Stella Maris de Retiro la recepción de los familiares. También fueron la madre del “Negro” Bonin, de “Pancho” Fraccarolli y de otros compañeros caídos en ese momento. Allí hablan con Emilio Graselli, que era el secretario privado del vicario castrense Tortolo y le piden por mis hermanos Roberto y Elena. Graselli los vuelve a citar para unos días después y les da una tarjetita. Cuando lo vuelven a ver Graselli no les da respuesta por Roberto, porque de su desaparición “hacía mucho tiempo ya”. Pero de Elena les dice que está detenida en las afueras de La Plata, aunque no le especifica dónde (para que no “empiecen a dar vueltas por ahí”) y les reprocha por qué no le habían dicho que estaba embarazada. Mis viejos se van sin más respuestas que esas.

    En ese invierno del ’77, producto de que entre los familiares ya se empezaban a encontrar, mis padres se entrevistan con Hebe de Bonafini (madre de Raúl, compañero de mi hermano en YPF) y comienzan a ir a la Plaza de Mayo.

    Ese mismo junio mi otra hermana, Soledad, se fue exiliada junto a su marido a Italia, donde se encuentra con otro de nuestros hermanos. Papá entonces le dice a ella que intente contactar a Pedro Arrupe, quien era entonces la autoridad más importante de los jesuitas a nivel mundial y con quien los De La Cuadra teníamos una larga relación familiar. Mis hermanos piden una entrevista de inmediato y a los pocos días viajan a Roma. Arrupe los recibe, le cuentan toda la situación de Roberto y Elena embarazada, y él se compromete a hablar con el Provincial de los jesuitas en Argentina, que no era otro que Jorge Bergoglio, para que se ocupe del tema. Así llegamos a octubre del ’77 cuando finalmente papá se entrevista con Bergoglio en San Miguel, donde está el centro de los jesuitas.

    En esa entrevista Bergoglio le da una carta a papá derivándolo a Mario Picchi, el obispo auxiliar de La Plata. Picchi era el segundo de Monseñor Plaza, el confesor de Ramón Camps y capo de la represión en La Plata. Carta en mano, papá se entrevista con Picchi y le relata la situación de nuestros familiares desaparecidos. Y Picchi le dice “está bien, yo voy a ver a Tabernero”, que era el subjefe de la Policía Bonaerense.

    Tabernero le dice a Picchi que el hijo de Elena fue entregado a una “buena familia”, que lo iban a criar bien y demás. Y que de la situación de mis hermanos “ni hablar”. Picchi le informa eso a papá y le dice que en diciembre iba a consultarle a Enrique Rospide, un enlace de inteligencia del destacamento 101 de La Plata con la DIPBA. Rospide le confirma a Picchi lo mismo que había dicho Tabernero, tanto sobre el destino de la nena como de la situación "irreversible" de los adultos.

    Entonces, ¿cómo sabía Begoglio en 1977 a quién derivar? ¿Y cómo Picchi sabía que tenía que llegar al coronel de inteligencia Rospide? ¿Qué se dijeron después? ¿Cómo es eso de “yo te mando esta cartita”?...

    Por eso en 1999 pedimos que abran los archivos del Vaticano y del Episcopado. ¿Qué es lo que no sabe de todo eso Bergoglio? ¿De qué no se enteró en ese mismo momento?

    Supongamos que en ese momento no le dio el cuero. Pero entre el año 2000 y el 2013, con plenos poderes en la Iglesia y en un contexto donde se ventilaba todo, ¿por qué no dijo todo lo que sabía? Al contrario, su respuesta fue dejar que Von Wernich siga dando misa. Para no hablar del padre Grassi, de quien era confesor.

    - ¿Por qué creés que él, incluso en instancias judiciales en las que fue testigo, dijo que no se había enterado de esos casos hasta bien entrada la democracia?

  •  La Iglesia Católica argentina siempre fue, y lo es aún hoy, una parte inescindible del Estado. En 1957 la misma Iglesia consagró el Vicariato Castrense, por la misma época en la que se termina de cristalizar el proyecto de canalizar al Ejército por la escuela represiva francesa. Eso implica que, por esa íntima relación con las “guerras modernas”, los capellanes castrenses como parte selecta de la Iglesia formaran parte de la represión. Hoy vemos que en más de un juicio en diferentes regiones del país, esos capellanes durante la dictadura cumplieron un importante rol de inteligencia.

    El Vicariato Castrense depende de gobierno colegiado de la Iglesia Católica argentina que, a su vez, es estrechamente dependiente del Vaticano. Entonces, si yo que soy una ama de casa te estoy diciendo todo esto, ¿qué es lo que no sabían ellos? Si ellos fueron el sostén de esa represión. En las mismas causas está demostrado. Por ejemplo en Bahía Blanca, en las reuniones que se hicieron en el ’75 en las bases navales, se explicaba cómo la Iglesia ya había encontrado la solución para un problema que se les planteaba por el tipo de represión que había. Ahí decían que la solución era tirar a los secuestrados al mar, ya que era “lo más cristiano que hay”.

    Cuando en 2007 se da el juicio a Von Wernich yo interpelé a Bergoglio para ver qué tenía para decir sobre esto. Y él responde unos días después que una oveja descarriada la tiene toda organización. Pero eso no es verdad y él lo sabe. Cuando allá por el año 2000 Bergoglio asume como autoridad máxima de la Iglesia llega a concentrar los tres cargos más poderosos: Cardenal Primado de Argentina (el premio mayor), presidente de la Asamblea Episcopal y, el tercero, Vicario Castrense. En una institución que tiene dos mil años, ¿cómo alguien llega a concentrar semejante poder?

    Entonces, ¿qué es lo que no sabía Bergoglio? ¿Cómo es que dice que “no sabía nada”? No. Que no se burle de mis viejos. Eso es indignante.

    - ¿Qué le exigirías hoy a Bergoglio que haga, desde el lugar de máximo poder que ocupa, para aportar a la verdad y la justicia?

  •  Yo no tengo nada que pedirle. Él aportó a oscurecer todo. Se encargó de ocultar sistemáticamente y de ser parte de ese manto que intentaron poner los militares. Yo lo que quiero es acceder a los archivos del Episcopado, del Vicariato Castrense y de todas y cada una de las instancias a las que podamos llegar.

    - La apertura de los archivos sería una posibilidad incluso de llegar a los cuatrocientos nietos que hoy siguen apropiados.

  •  Por supuesto. Ahí lo tenemos a Horacio Verbitsky, que estudió sesudamente y documentó mucho, que tuvo acceso a algún que otro papel de archivo y vemos cómo esos papeles valen oro. Hace poco lo vimos con esas actas que se encontraron en el Edificio Cóndor. Pero en realidad el Estado está en todos lados.

    Por eso cuando pienso en mis padres, en Elenita y en tantas mujeres que parieron en esas condiciones terribles, llego a la conclusión de que nada les impacta, que nada les importa y que su rol fue proteger a los ejecutores.

    - ¿Por qué creés que el gobierno nacional tuvo un cambio abrupto respecto a Bergoglio, pasando de tenerlo como enemigo a gran aliado una vez que lo nombraron Papa?

  •  Habrá razones de Estado. No sé. A mí me sigue doliendo todo esto y me remito a esta parte y hasta me permito ser “irrespetuosa”. Tengo muy cerca la rabia respecto al trato a mis viejos y por eso digo que tiene una responsabilidad tremenda Bergoglio.

    - Cuando lo nombran como el “Papa humilde”, el “Papa de los pobres”, ¿qué pensás?

  •  ¿Lo hacen “bueno” unos zapatos gastados? No. Humilde nada.
    Fijate la “humildad” de Bergoglio que para atestiguar en el juicio por los sacerdotes Jalics y Yorio, en la Causa ESMA y por el plan sistemático de robo de bebés en el caso de Ana, hizo que se armara el Tribunal en su oficina, con jueces, fiscalía y querellas. ¿De qué humildad me hablan? ¿De qué igualdad ante la ley? Nosotros, hasta el día de hoy, no somos iguales a ellos ante la ley.

    Cuando nosotros lo citamos no sólo que no concurrió como cualquiera, sino que no quiso que nosotros fuéramos al Episcopado y hasta pidió que las preguntas se las mandaran por escrito. Esas prerrogativas las tiene poca gente en Argentina.
    Para no hablar de la jubilación que tiene, sin nunca haber trabajado, concedida por Videla.

    - Con tantos años de lucha, ¿qué mensaje tenés para la juventud?

  •  Que hay seguir luchando en base al propio esfuerzo. Que hay que mirar a nuestros iguales y entre nosotros ver cómo solucionamos nuestros problemas. Porque siempre está el fantástico riesgo de mirar para arriba y que los distintos poderes se nos vuelvan inasibles.
    Si volviera a nacer volvería a hacer lo mismo. Alguien dijo alguna vez que la revolución es un sueño eterno. Pero es también una necesidad de los pueblos.

    Producción y fotos: Alejandra Toledo

    Ver nota complementaria: "A mi hermano lo secuestraron después de volantear en YPF"






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