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EDITORIAL JUVENTUD

Este #24M tomemos las calles

La última dictadura fue gestada para acabar con la experiencia militante de una vanguardia obrera y estudiantil que se levantaba en fábricas, colegios y facultades. A 39 años, queda claro que la impunidad de ayer y de hoy sólo se puede combatir de manera independiente. Este 24M, más que nunca, la plaza tiene que ser de los jóvenes, los trabajadores y las mujeres que marchan con la izquierda.

Tomás Máscolo

@PibeTiger

Sábado 14 de marzo de 2015 | Edición del día

Fotografía: Enfoque Rojo // Vierja ph

La represión ejercida durante la última dictadura militar estuvo especialmente dirigida a la clase obrera, que perdió a valiosísimos delegados y activistas. El movimiento estudiantil, que fue parte del ascenso que comenzó con el Cordobazo –en el que mostró la enorme potencialidad de la unidad con los trabajadores- también fue blanco del terrorismo estatal. Según la CONADEP, el 21% de los perseguidos y encarcelados provino de secundarios y universidades. Entre estudiantes y obreros, fueron desaparecidos miles de jóvenes que constituían los mejores elementos de una generación que hizo tambalear el sistema.

La derrota que logró imponer a sangre y fuego la dictadura fue continuada por todos los gobiernos democráticos que siguieron, portadores de la impunidad. Cuando en 2001 las calles fueron inundadas de manifestantes que exigían “que se vayan todos”, la respuesta estatal, una vez más, fue la represión.

Al asumir Néstor Kirchner como presidente en 2003, apoyado en una brutal devaluación y en el viento de cola de la economía internacional, éste pudo y supo adoptar su estrategia a las condiciones impuestas luego de la crisis. Las banderas del “empleo” y la “no represión a la protesta” se convirtieron en puntales fundamentales para recomponer las instituciones y frenar cualquier tipo de levantamiento popular.

“Bajando los cuadros” y mediante concesiones sociales, el kirchnerismo se mostró como impulsor de una nueva militancia y pretendió tomar en sus manos las causas por las que peleaba la juventud setentista. “Cambio es el nombre del futuro”, proclamaba, mientras mantenía en su gabinete a personajes como Aníbal Fernández –responsable del asesinato de Kosteki y Santillán- y hacía la vista gorda a miembros de la policía y el Ejército que habían actuado durante la dictadura.

Prontamente, las leyes antiterroristas y el procesamiento de obreros y estudiantes durante la lucha de Kraft, comenzaron a poner al descubierto que las “banderas” estaban a media asta. La desaparición de Jorge Julio López en 2006 evidenció que el “modelo” no hacía más que continuar con la impunidad. El caso de Luciano Arruga en 2009, secuestrado y asesinado por la bonaerense, corroboró cuál es el destino que se les pretende asignar a los jóvenes de los barrios pobres. Y fue el asesinato del estudiante y militante trotskista Mariano Ferreyra, el cual mostró que la precarización era un pilar central del régimen, y que el gobierno estaba dispuesto a enviar a la podrida burocracia sindical -protagonista de los episodios más oscuros de Argentina-, para acabar con aquéllos que la enfrentan.

La realidad es que para gran parte de la juventud, ésta fue una “década precarizada”. De quienes trabajan, la mitad lo hace en condiciones precarias; 16% está sub-ocupado, 19% con contratos a plazo determinado, 15% con período de finalización. El 23% trabaja más horas de las legalmente permitidas y el 25% percibe un sueldo por debajo del salario vital y móvil”.

Es por ello que, cada 24 de marzo de la década, la izquierda y organismos independientes de derechos humanos, a la par que marchamos por 30.000, salimos a denunciar y pelear contra el doble discurso K, por todos los jóvenes y los trabajadores que sufrimos todos los días la opresión y la explotación.

Los presidenciables oficialistas y de la oposición están de acuerdo en algo: todos exigen “más seguridad”. En otras palabras, más represión. Daniel Scioli, Macri y Massa miran para otro lado frente a al hecho de que cada 28 horas la policía asesina a un pibe a sangre fría. A esto se suman las torturas y maltratos en las comisarías. Sólo en estos doce años, los casos de gatillo fácil, según CORREPI, fueron 2.448. El 50% corresponden a menores de 25 años, como Leonardo Rodríguez en Mendoza, Franco Casco y Jhonatan Herrera en Rosario, Thomás Pérez Mar del Plata y, el más reciente, en Córdoba, Ismael Sosa.

En el transcurso de este “fin de ciclo” kirchnerista, la distancia entre las proclamas oficiales y la realidad se hacen cada vez evidentes. Cristina no tiene ningún problema en enviar a la gendarmería y la policía para intentar frenar la experiencia que una generación obrera está haciendo en la lucha, como demostró durante todo el conflicto de Lear. Tampoco en meter presos a estudiantes que quieren dar con ellos la pelea contra los despidos y las suspensiones. En otras palabras, al gobierno no le tiembla el pulso a la hora de atacar a aquéllos que expresan una verdadera continuidad de las mejores banderas que supo levantar la juventud en nuestra historia.

¡En las calles, contra la impunidad!

El kircherismo busca darle una sobrevida a su discurso de derechos humanos mientras le lava la cara a Milani y a los servicios de inteligencia, se apoya en las burocracias y policías asesinas, y basa su poder en intendentes y gobernadores mafiosos.

Desde la Juventud del PTS te invitamos a que este 24 de marzo marches con aquéllos que pusieron el cuerpo en cada lucha obrera. Con los centros de estudiantes combativos que dieron en la UBA una pelea contra el vicerrector Richarte, ex hombre de la SIDE. Con las mujeres que, contra el gobierno y el Vaticano, salen a exigir sus derechos. Con los jóvenes que enfrentan la represión y dan una lucha inquebrantable para terminar con todo este sistema. ¡¡Este 24M, nos sobran los motivos!!




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