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Estados Unidos del racismo y la hipocresía

Dos afroamericanos fueron asesinados en dos días. Alton Sterling y Philando Castile fueron ejecutados por la Policía. Racismo, hipocresía y control de armas otra vez en escena.

Celeste Murillo

@rompe_teclas

Sábado 9 de julio de 2016 | Edición del día

El martes 5, dos policías ejecutaron a Alton Sterling en Baton Rouge (Luisiana). Los policías dijeron que Sterling los amenazó con un arma. Dos videos filmados con teléfonos celulares confirmaron la sospecha: Sterling no amenazó a los policías, no se resistió, fue ejecutado.

El miércoles 6, un policía acribilló a Philando Castile en un control de tránsito mientras Castile intentaba sacar su identificación de la billetera. Su novia filmó su muerte mientras discutía con el oficial. El video viralizado confirmó la sospecha: Castile no se resistió al control, fue ejecutado.

Alton Sterling y Philando Castile tenían algo más en común: eran afroamericanos.

Hipocresía y control de armas

Alton Sterling vendía CD y DVD para mantener a su familia y tenía permiso para portar armas. En el estado de Luisiana, donde se ubica Baton Rouge, además de ser legal la portación de armas, los residentes pueden llevarlas a la vista. Sterling poseía un arma, pero jamás la usó, ni siquiera la mostró; fueron los policías quienes, después de asesinarlo, la sacaron de su bolsillo para usarla como evidencia de la “amenaza”.

Philando Castile trabajaba en un comedor escolar y le avisó al policía que lo detuvo en el control de tránsito que tenía un arma, y que tenía una licencia para usarla. Cuando quiso alcanzar su billetera para identificarse, como le había pedido el agente, recibió al menos cuatro disparos. En Minnesota es legal portar armas si la persona tiene licencia, que Castile poseía.

Hace pocas semanas, volvió al centro de la escena el debate sobre el control de armas a raíz de la masacre en la discoteca Pulse en Orlando (Florida). En esa oportunidad, el presidente Barack Obama planteó una vez más su agenda para restringir el derecho a portar armas de la población civil. De esa forma se hizo eco de la bronca y el miedo que generan hechos aberrantes como el de Orlando o hechos similares.

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Tras la muerte de cinco policías y un civil en medio de una protesta en Dallas, Obama insistió en subrayar en que la raíz del problema de la violencia armada son las armas (lo cual se traduce en que el derecho de la población civil a portar armas debe ser restringido). La consternación que provocó el tiroteo en Dallas volvió a poner en el centro el debate de control de armas y dejó en un segundo plano la raíz del problema que hace crecer la bronca de miles de personas que protestaron en las principales ciudades de Estados Unidos: el racismo y la brutalidad policial.

Crímenes de odio y brutalidad policial racista

Poco se discuten las verdaderas raíces de la violencia armada en una sociedad profundamente dividida y atravesada por prejuicios reaccionarios como la xenofobia, la homofobia o el racismo. Los crímenes odio no son perpetrados por portadores de armas en general, sus motivaciones suelen ser racistas, xenófobas u homófobas. Quienes compran armas son en su mayoría varones blancos (61 % según el Pew Research Center), y las mujeres, la comunidad LGBT, latina y afroamericana están sobrerrepresentadas entre las víctimas de masacres y tiroteos masivos en Estados Unidos.

El propio FBI en su informe sobre crímenes de odio reconoce que el 48,5 % tiene motivaciones racistas, y entre aquellos crímenes el 66,4 % es contra afroamericanos (los crímenes contra blancos apenas superan el 20 %).

Pero si hay una ausencia llamativa en todas las declaraciones de funcionarios y candidatos, incluso las que son políticamente correctas como las de Obama contra los crímenes de odio, es la brutalidad de la institución armada más grande, armada y peligrosa de Estados Unidos: la Policía.

Y esa brutalidad tiene un claro sesgo racista. De hecho una persona afroamericana tiene 3 veces más probabilidades de ser asesinada por la Policía que una persona blanca. Sumado a esto, menos de 1 de cada 3 víctimas afroamericanas de la brutalidad policial fueron siquiera sospechosos de un crimen o estaban armados (Mapping Police Violence).

Aunque representan solo el 2 % de la población, los varones afroamericanos entre 15 y 34 años fueron el 15 % de los asesinatos a manos de efectivos policiales. Solo en 2015, según cifras oficiales, 1 de cada 65 muertes jóvenes afroamericanos fue a manos de la Policía.

Racismo institucional y la grieta de Ferguson

La luz verde para asesinar solo puede entenderse en un contexto donde el racismo es moneda corriente. La desigualdad económica, la discriminación en el acceso a la salud y el empleo refuerzan estigmas y prejuicios contra la comunidad negra. A la vez, se mantienen vigentes símbolos y organizaciones de la supremacía blanca como la bandera de la Confederación o el Klu Klux Klan. De esa forma, se mantiene vivo el legado racista que atraviesa la historia de Estados Unidos.

El racismo no siempre se expresa mediante el desprecio directo de aquellas personas que no son blancas. Declaraciones como las del presidente Obama ante dos asesinatos de afroamericanos a manos de policías son muestra de la enorme tolerancia de la brutalidad policial: “Aunque los funcionarios deban continuar investigando los trágicos tiroteos de esta semana, también necesitamos que las comunidades trabajen en las fisuras que llevan a estos incidentes”.

La conquista de los derechos civiles puso fin a la segregación racial legalizada pero no acabó con el racismo. Eso ha sido una constante de 1963, cuando se promulgó el Acta de Derechos Civiles, y desde ese momento ha existido una tensión constante entre una sociedad polarizada, donde los sectores conservadores pugnan por avanzar en su agenda reaccionaria y las nuevas generaciones de trabajadoras, trabajadores y jóvenes que rechazan el racismo, la homofobia, defienden los derechos de los inmigrantes y quieren mayor igualdad social. Por eso son protagonistas de los principales movimientos sociales contra la desigualdad y el racismo como Occupy Wall Street, Black Lives Matter y el movimiento por el salario mínimo.

Hasta el 9 de agosto de 2014, se respiraba en Estados Unidos el sueño de una sociedad posracial, inaugurado por la llegada a la Casa Blanca del primer presidente negro en 2008. Pero el asesinato a sangre fría de Michael Brown hizo que se desvaneciera. Lo que siguió se resumió en las postales de guerra de la pequeña ciudad de Ferguson invadida por tanques de guerra y policías pertrechados con armamento militar.

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Al asesinato de Brown dejó en evidencia que el racismo está vivo y es institucional. Mientras se extendían las protestas, asesinaban a Eric Garner en Nueva York, a Freddie Gray en Baltimore, todos nombres que se transformaron en símbolos del movimiento contra el racismo que encendió el grito #BLACKLIVESMATTER (Las vidas de los negros importan).

La elite política y las clases dominantes vuelven a exigirle calma y paciencia a la comunidad afroamericana. Pero la impunidad policial y el racismo hacen cada vez más difícil ocultar la impotencia y la legítima bronca de la juventud. Vuelve a resonar en la calle: “Sin justicia no habrá paz”.








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