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ECOLOGÍA POLÍTICA

Entrevista a John Bellamy Foster: “Necesitamos un movimiento de resistencia por el planeta”

Foster es el editor de la prestigiosa revista norteamericana de izquierda Monthly Review, y es autor de varios libros, entre ellos, La Ecología de Marx (Materialismo y naturaleza), Planeta vulnerable y La fractura ecológica.

Juan Cruz Ferre

Editores de Left Voice

Sábado 29 de abril | Edición del día

John Bellamy Foster es profesor de sociología en la Universidad de Oregon, Estados Unidos, y editor de la prestigiosa revista norteamericana de izquierda Monthly Review. También es autor y coautor de varios libros, entre ellos, La Ecología de Marx (Materialismo y naturaleza), Planeta vulnerable y La fractura ecológica. En esta entrevista concedida a Left Voice, de la red internacional de medios de La Izquierda Diario, Foster nos señala que "el movimiento por el clima es central, pero tenemos que combatir en todos los frentes, combinando una amplia defensa de los derechos humanos y la oposición a la guerra y el imperialismo con la pelea para salvar a la Tierra como el lugar que los humanos habitamos".

Existe una evidencia abrumadora que demuestra cómo el cambio climático antropogénico está fuera de control y conducirá a una catástrofe ambiental global –de no ocurrir una revisión importante de la producción de energía. En el número de febrero de 2017 de la Monthly Review, señala que, aunque se nos han presentado estimaciones precisas e indiscutibles, las instituciones científicas y de las ciencias sociales no han logrado llegar a soluciones eficaces. ¿Por qué piensa que éste es el caso?

JBF: Estamos en una situación de emergencia en la época del Antropoceno en la que la disrupción del sistema Tierra, en particular el clima, está amenazando al planeta como un lugar habitable para los humanos. Sin embargo, nuestro sistema político-económico, el capitalismo, está dirigido principalmente a la acumulación de capital, lo que nos impide abordar este enorme desafío y acelera la destrucción. Los científicos naturales han hecho un excelente y valiente trabajo al hacer sonar la alarma sobre los enormes peligros de continuar como si nada, el llamado business as usual, con respecto a las emisiones de carbono y otras fronteras planetarias.

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Pero la ciencia social dominante, tal como existe hoy, ha interiorizado casi por completo la ideología capitalista; tanto que los científicos sociales convencionales son completamente incapaces de abordar el problema en la escala y en los términos históricos que son necesarios. Están acostumbrados a la visión de que la sociedad hace mucho tiempo “conquistó” a la naturaleza y que la ciencia social sólo concierne a las relaciones entre personas, y nunca a las relaciones entre las personas y la naturaleza. Esto alimenta un negacionismo en lo que se refiere a los problemas de la escala del sistema Tierra.

Aquellos científicos sociales convencionales que abordan las cuestiones ambientales con más frecuencia, lo hacen como si se tratara de condiciones bastante normales, y no de una emergencia planetaria, de una situación sin analogías.

Los científicos naturales han hecho un excelente y valiente trabajo al hacer sonar la alarma. Los científicos sociales convencionales son completamente incapaces de abordar el problema en la escala y en los términos históricos que son necesarios.

No puede haber una respuesta gradualista, ecomodernista, a los terribles problemas ecológicos a los que nos enfrentamos, porque al mirar el efecto humano en el planeta no hay nada gradual en él; es una Gran Aceleración y una fractura en el sistema Tierra. El problema está aumentando exponencialmente, mientras se empeora aún más rápido de lo que esto sugiere, porque estamos en el proceso de cruzar toda clase de umbrales críticos y hacer frente a un desconcertante número de puntos de inflexión.

Si la conversión a energías renovables pudiera detener o revertir la marcha de la crisis ambiental, ¿por qué no nos movemos en esa dirección al ritmo adecuado?

JBF: La respuesta corta es “ganancias”. La respuesta larga es algo como esto: Hay dos barreras principales: (1) los intereses creados vinculados al complejo financiero de los combustibles fósiles, y (2) la mayor tasa de rentabilidad en la economía se obtiene de la economía basada en los combustibles fósiles.

No es sólo una cuestión del rendimiento energético de la inversión en energía. La infraestructura para los combustibles fósiles ya existe, dando a los combustibles fósiles una ventaja decisiva en términos de rentabilidad y acumulación de capital sobre la energía alternativa. Cualquier sistema de energía alternativa requiere que toda una nueva infraestructura de energía se construya prácticamente desde cero antes de que realmente pueda competir. También hay subsidios mucho mayores para los combustibles fósiles. Y los combustibles fósiles representan, en la contabilidad capitalista, una especie de “regalo gratuito” de la naturaleza al capital, incluso más que la energía solar.

La estructura financiera, incluyendo los bancos más grandes y Wall Street, está estrechamente conectada con la economía de los combustibles fósiles. Las reservas de combustibles fósiles bajo tierra representan miles de millones de dólares en activos que ya tienen un efecto real en la economía de hoy, en el sentido de aparecer en los libros financieros de las corporaciones -incluso considerando que quemar todas estas reservas (lo cual rompería el presupuesto climático cinco o seis veces) podría enviarnos a un infierno climático. Pero estos billones de dólares en activos asociados con reservas de combustibles fósiles simplemente desaparecerían si la quema de combustibles fósiles cesara. No hay equivalente con respecto a la energía solar o eólica en términos de activos.

Mi colega Richard York, uno de los principales sociólogos ambientales del mundo, ha demostrado empíricamente en un artículo de Nature Climate Change que en este momento la energía alternativa sigue siendo tratada como un suplemento y no como un sustituto de los combustibles fósiles dentro de la industria de la energía. El rápido crecimiento de la energía alternativa no debe ser visto como una ruptura radical con la dominación de los combustibles fósiles. Eso todavía tiene que ocurrir.

Usted ha argumentado que la expansión del capital financiero, los patrones de estancamiento económico, junto con el declive de la hegemonía estadounidense son causas subyacentes de un mayor impacto en el medio ambiente. ¿Puede elaborar sobre esto?

JBF: Desde el punto de vista de los llamados “maestros del universo” que crecientemente dirigen la economía mundial -hoy en día seis hombres (hace unos meses eran ocho) tienen tanto dinero como la mitad de la población mundial- el principal problema actual no es el cambio climático sino el estancamiento de la economía mundial.

Este estancamiento es más profundo en las economías capitalistas avanzadas. La economía estadounidense creció a una tasa del 1,6 % el año pasado y ha experimentado más de una década de crecimiento por debajo del 3 % por primera vez en la historia registrada. La tasa de crecimiento de Europa en la última década fue de alrededor del 1,7 por ciento. Compare eso con la tasa de crecimiento de 1,3 % en los Estados Unidos en la década de la depresión de 1929-1939.

El capital monopolista-financiero, como hemos argumentado en Monthly Review por décadas, tiene una fuerte tendencia hacia la acumulación excesiva y el estancamiento. Lo que principalmente levantó la economía en los años ochenta y noventa fue la financiarización (el crecimiento de las finanzas en relación con la producción y las burbujas financieras). Como la financiarización ya no es capaz de estimular la economía en la misma medida, el estancamiento se ha establecido indefinidamente en el período abierto desde la Gran Crisis Financiera.

Ésta era de hecho la tesis de dos libros que escribí: La Gran Crisis Financiera con Fred Magdoff en 2009 y La Crisis Interminable con Roberto W. McChesney en 2012.

Si uno eliminara los residuos municipales que salen de todos los hogares en los Estados Unidos, sólo reducirían en un 3 % el total de desperdicios materiales. El resto está en manos de corporaciones.

Todo hoy está orientado a hacer que la economía vuelva a funcionar. Es cierto que el estancamiento de alguna manera ayuda a la ecología, ya que el crecimiento económico ejerce más presión sobre el medioambiente, aumenta las emisiones de dióxido de carbono, etc. Pero como York demostró empíricamente en otro artículo de Nature Climate Change, el sistema no reduce las emisiones con efecto sobre el clima a la misma tasa cuando la economía cae, que lo que las emisiones aumentan cuando la economía sube. Por otra parte, el enfoque de todas las economías capitalistas avanzadas sobre el crecimiento económico a toda costa ha dejado toda la cuestión del planeta a un lado donde está marginada.

Por lo tanto, hay un nuevo impulso para eliminar las regulaciones ambientales con el fin de impulsar la economía hacia adelante. Estamos en un tren fuera de control que se dirigía hacia el precipicio climático mientras atizamos el motor con más carbón para aumentar su velocidad.

El Acuerdo Climático de París fue aclamado como el legado ambiental de Obama. ¿Qué tan eficaz es como una herramienta para prevenir y revertir el avance de la catástrofe ambiental?

JBF: Es perfectamente ineficaz. Requiere acuerdos voluntarios. En el mejor de los casos, representa simplemente las buenas intenciones de los gobiernos mundiales. Los planes voluntarios de países individuales nos llevarán casi hasta los 4° C de incremento de la temperatura, lo cual se cree que marca el fin de la civilización, según la evaluación de muchos científicos. La propuesta estadounidense se basaba en el Plan de Energía Limpia de Obama, que era muy pequeño y muy tardío y se basaba en mecanismos de mercado que no funcionarían. Ahora está siendo desmantelado por la administración Trump, negacionista del cambio climático. Con Washington abandonando el Acuerdo de París de facto o de jure, existe el peligro de que todo se desmorone.

El elemento más atractivo en el Acuerdo de París desde el punto de vista del movimiento climático fue el reconocimiento formal del objetivo de permanecer por debajo de un aumento de 1,5° C en la temperatura global. Pero casi todo lo demás en el acuerdo desmentía eso. Y ya hemos visto que un aumento de 1,2° C es probable que ocurra pronto.

Por supuesto, ahora que Trump está dejando de lado el Plan de Energía Limpia de Obama, estamos aprendiendo qué diferencia existe entre medidas que son simplemente insuficientes pero no cortan la posibilidad de seguir aumentando nuestras acciones para contener el cambio climático y políticas que en realidad nos llevan hacia atrás y amenazan con eliminar por completo lo que James Hansen ha llamado “la última oportunidad para la humanidad”.

¿Cuánto podemos influir en el cambio climático a través de elecciones en nuestro consumo y vida cotidiana, es decir, el compostaje, el reciclaje, el ahorro de agua?

JBF: Por desgracia, no podemos tener mucho efecto de esa manera -aparte de un movimiento nacional masivo para conservar, que requeriría la movilización de toda la población y tendría que ser parte de un intento de alterar la producción también. Es decir, una estrategia normal basada en el consumo, que está simplemente enraizada en la acción individual, es incapaz de resolver el problema o de moverse lo suficientemente rápido.

Para tener una idea de las dimensiones del problema, si uno eliminara todos los residuos municipales que salen de todos los hogares en los Estados Unidos, sólo reducirían en un 3 % el total de desperdicios materiales (basura) en la sociedad. El resto está en manos de corporaciones.

Nadie puede ser verdaderamente socialista e incluso marxista en el siglo XXI y no reconocer la completa gravedad de la crisis ecológica planetaria.

Esto no quiere decir que no deberíamos estar haciendo todas las cosas que mencionas. A menos que nos cambiemos como individuos y nuestra cultura -la forma en que nos relacionamos con la Tierra- no podemos esperar hacer los cambios generales en la sociedad que nos son necesarios. Así, es esencial eliminar los desechos y asumir la responsabilidad por los daños que infligimos a la naturaleza en nuestra vida cotidiana. Cuando usas un tenedor de plástico hecho en el otro lado del mundo y entonces comes tu ensalada para llevar, lo tiras junto con el embalaje en la basura después de, tal vez, un minuto de uso, llevas a que un tenedor de plástico idéntico tenga que ser producido con productos petroquímicos y enviados a través del mundo para tu próxima comida para llevar. Definitivamente estás alimentando un sistema destructivo y derrochador -uno que crece por medio de la destrucción y el desperdicio.

Pero desde hace tiempo se conoce que la “soberanía del consumidor” es un mito. Para hacer cambios fundamentales en la economía de los productos básicos es necesario tener poder sobre la producción.

Una cosa que podríamos hacer si fuéramos verdaderamente serios es ir tras los más de un billón de dólares al año que se gasta en los Estados Unidos solamente en marketing, es decir, focalización, investigación motivacional, desarrollo de productos, empaquetado, promoción de ventas, publicidad, marketing directo, etc., persuadiendo a la población a comprar cosas que realmente no desean ni necesitan. Pero para abordar el marketing también se requeriría una respuesta política. Marx dijo una vez que los obreros -y tal vez esto se aplica más aún para los consumidores- están en una sociedad capitalista siempre del lado más débil en cuanto a su accionar puramente económico y, por lo tanto, necesitan organizarse políticamente.

David Harvey, Naomi Klein, usted y muchos otros comparten la idea de que es el capitalismo o el planeta. Explíquenos más.

JBF: Sí, hay un creciente reconocimiento en la izquierda en general del hecho de que la humanidad está ensuciando su propio nido a un nivel planetario. Con demasiada frecuencia los socialistas no han tomado en serio las cuestiones ecológicas. Sin embargo, esto no es una falla de los socialistas por sí solo, ya que la falta se aplica aún más a la tradición liberal tomada en su conjunto.

El capitalismo es un sistema orientado a la acumulación ilimitada de capital y, por lo tanto, al crecimiento económico exponencial. No se puede negar la realidad de los límites ecológicos y la presión que la economía les impone.

Pero cualquier cosa que decidamos decir sobre el socialismo en el siglo veinte, hay que subrayar que nadie puede ser verdaderamente socialista e incluso marxista en el siglo XXI y no reconocer la completa gravedad de la crisis ecológica planetaria. Estamos en la vanguardia de la lucha para proteger la tierra como el lugar donde habitan los humanos (y como un hogar para innumerables especies) o estamos al lado del sistema, del exterminismo creativo del sistema Tierra tal como lo conocemos.

Usted tiene razón sin embargo en señalar a Naomi Klein, ya que ella ha hecho más que nadie en los últimos años fuera de la comunidad científica para hacer sonar la alarma. Ella es, en mi opinión, la líder intelectual-activista en el movimiento climático radical en los Estados Unidos y Canadá. A diferencia de una figura como Bill McKibben, ella no evita la cuestión de dónde está enterrado el perro. El subtítulo de su libro Esto lo Cambia Todo es explícito: es cuestión de Capitalismo vs. Clima.

Ella está alineada con el ecosocialismo, que es el nuevo desarrollo más importante en el pensamiento socialista y ecológico, y en el movimiento ambientalista. Un buen ejemplo es el libro de Ian Angus Enfrentando el Antropoceno: capitalismo fósil y crisis del sistema Tierra, que apareció el año pasado.

En cuanto a mis propias contribuciones sobre esta cuestión, he escrito una serie de obras sobre el tema, como El Planeta Vulnerable, Ecología contra Capitalismo y, con Brett Clark y Richard York, La Fractura Ecológica: La guerra del capitalismo cotran el planeta. La cuestión es clara. El capitalismo es un sistema orientado a la acumulación ilimitada de capital y, por lo tanto, al crecimiento económico exponencial. Entonces, aumenta constantemente en escala. Con una tasa de crecimiento del 3 %, la economía se expandiría dieciséis veces en un siglo, 250 veces en dos siglos y cuatro mil veces en tres siglos. Mientras que la capacidad del planeta con respecto a lo que llamamos el grifo, el extremo por donde ingresan los recursos, y el sumidero, el final del desecho, permanecerían esencialmente iguales. No se puede negar, por lo tanto, la realidad de los límites ecológicos y la presión que la economía les impone.

La teoría de Marx de la fractura metabólica fue el primer análisis para establecer una visión socialcientífica verdaderamente integral de la crisis ecológica sistémica.

Por supuesto, el problema es mucho más grave de lo sugerido anteriormente. Lo más importante es el hecho de que el capitalismo impone sus leyes de movimiento al medioambiente, independientemente de los ciclos biogeoquímicos del planeta y del metabolismo de la Tierra, de modo tal que crea grietas o rupturas en los ciclos biogeoquímicos del sistema terrestre que trascienden los meros efectos de escala del crecimiento económico. Es este problema de la fractura metabólica nuestro desafío más profundo. La sostenibilidad está cada vez más comprometida y en niveles cada vez más altos, una amenaza que se acelera continuamente para la civilización y la vida misma.

La teoría de Marx de la fractura metabólica, o la “fractura irreparable en el proceso interdependiente del metabolismo social”, fue el primer análisis para establecer una visión socialcientífica verdaderamente integral de la crisis ecológica sistémica, abarcando tanto la sociedad como la naturaleza y sus interrelaciones dialécticas, y conectándolo a la producción. De hecho, tan poderosas fueron estas percepciones que son cruciales para cómo vemos la crisis del sistema Tierra el día de hoy. Esto es evidente en un artículo en la edición de marzo de 2017 de Scientific Reports, que explícitamente se basa en el concepto de Marx, citando El Capital.

Cuando hoy hablamos del Antropoceno desde una perspectiva científica, estamos reconociendo explícitamente que la Gran Aceleración en el impacto humano en el planeta desde 1945 ha creado una grieta antropogénica en el sistema Tierra, separando, ecológicamente para siempre, el presente de las etapas anteriores de la historia, tanto geológicas como humanas. Esta fractura en la relación humana con el planeta ya es catastrófica y pronto podría llegar al punto de no retorno -si aumentamos las temperaturas medias globales en 2° C- conduciendo a mayores catástrofes y amenazando a la misma humanidad.

Si tuvieras que adivinar, ¿crees que la humanidad será capaz de detener esta locura contaminante antes de que sea demasiado tarde? ¿O es más fácil prever un futuro distópico con agua escasa, humos tóxicos y temperatura de asador?

JBF: Ya estamos enfrentando catástrofes crecientes debido al cambio climático. Es demasiado tarde para evitar temperaturas elevadas, escasez de agua y condiciones climáticas extremas. De muchas maneras, ese barco ya ha partido. La Tierra va a ser mucho menos hospitalaria para los seres humanos en el futuro. Lo que estamos tratando de evitar en este punto es otra cosa: como dice James Hansen, y como cito en mi artículo sobre Trump and Climate Catastrophe, “una situación dinámica que está fuera del control humano”, impulsándonos a un aumento de la temperatura global de 4 ° C o incluso más alto, lo que pondría en peligro la existencia misma de la civilización humana, y de un sin número de seres humanos.

Peor aún, señalaría la posible extinción de nuestra especie. En este sentido, las visiones distópicas no alcanzan la severidad de la amenaza, que incluso es mayor de lo que la novela más distópica podría proyectar -después de todo una novela distópica tiene que tener por lo menos un ser humano al menos temporalmente. Tenemos que imaginar una gran muerte en la Tierra. Los científicos ahora están diciendo que podríamos perder la mitad de todas las especies vivas en este siglo solo en la Sexta Extinción -y un mundo, si proyectamos lo suficientemente lejos en el futuro, que sea despojado de seres humanos- tal vez incluso lo que Hansen llama el “síndrome de Venus”.

Pero mucho antes de eso veremos cientos de millones, incluso miles de millones de personas afectadas de manera desastrosa. Esto es lo que la ciencia nos está diciendo. Todo lo que tenemos que hacer para destruir el planeta como un lugar de la vivienda humana es continuar como estamos en la actualidad con los negocios capitalistas como siempre.

Todavía es posible evitar esto, o los efectos más catastróficos, como el aumento del nivel del mar, no pies sino yardas, la muerte del Amazonas, la muerte de la mayoría de la vida marina, etc. Pero requeriría un revolucionario cambio ecológico en el sistema de producción, es decir, en el metabolismo entre los seres humanos y la Tierra.

Tenemos que reducir las emisiones de carbono, dice Hansen, en un 5 % anual en todo el planeta, comenzando en unos pocos años, lo que significa que los países ricos tienen que reducir la suya en algo como dos dígitos.

Y además tenemos que encontrar una forma de eliminar cantidades gigantescas de carbono, tal vez hasta 150 gigatoneladas, de la atmósfera -el problema de las emisiones negativas- si todavía queremos estabilizar el clima a un promedio global de 1,5° de temperatura. Sólo para evitar pasar por la barandilla de 2° requeriría un 3 % de reducción anual en las emisiones anuales de carbono.

Esto tiene que ser un movimiento gigante, tiene que unirse con los trabajadores de todo el mundo, tiene que oponerse al imperialismo y a la guerra.

Todo ello puede hacerse con los medios que tenemos disponibles, incluidas las energías alternativas, el cambio social-estructural y la conservación, pero requeriría un vasto movimiento de la humanidad y tendríamos que oponernos a la lógica no sólo de la economía de los combustibles fósiles, sino del propio capitalismo. Como dice Kevin Anderson, del Instituto Tyndall para el Cambio Climático en el Reino Unido, tendríamos que ir en contra de “la hegemonía político-económica”.

En tales situaciones el optimismo o el pesimismo no son el punto. Lo que necesitamos es coraje y determinación para hacer frente a probabilidades aparentemente insuperables. Lo que tenemos que hacer no es tan difícil a primera vista, si nos fijamos en las medidas ecológicas directas que debemos tomar. Lo que lo hace parecer un problema insuperable es la monstruosidad de la sociedad capitalista global.

Hoy, con los negadores del cambio climático en la Casa Blanca y en la cabeza de la Agencia de Protección Ambiental de EE.UU. (EPA), ¿crees que es suficiente explicar la necesidad de luchar contra el capitalismo para prevenir el cambio climático? ¿Cuáles son las perspectivas de ampliar la lucha por el planeta?

JBF: Con Trump el neofascismo ha entrado en la Casa Blanca. Su objetivo es una forma diferente de administrar la economía capitalista. Es a la vez un rompimiento con el neoliberalismo y al mismo tiempo su sucesor a la derecha, un signo de la crisis profunda de nuestro tiempo. No sólo la administración defiende el negacionismo climático y ha declarado a los ambientalistas como enemigos del pueblo, también amenaza con socavar la democracia liberal, y está atacando a los oprimidos racialmente, inmigrantes, mujeres, personas LGBTQ, ambientalistas y trabajadores. El movimiento de resistencia a esto, por lo tanto, necesita ser una defensa de la humanidad misma en todos sus aspectos.

Si podemos combinar lo que Harvey llama un movimiento co-revolucionario orientado a las necesidades de la reproducción social y el desarrollo humano sostenible, con la lucha para salvar la Tierra como un lugar de la vivienda humana, entonces podemos llegar a alguna parte. Pero esto tiene que ser un movimiento gigante, tiene que unirse con los trabajadores de todo el mundo, tiene que oponerse al imperialismo y a la guerra. Todas estas cosas están conectadas. El movimiento climático es central en el sentido de escoger aquello que es más urgente, pero sólo podemos llegar a algún lugar si luchamos en todos los frentes o hacemos un gran frente.

El modelo es quizás el movimiento de justicia ambiental en todo el mundo, y lo que Naomi Klein llama “Blockadia” representando las barricadas de nuestro tiempo. Sostengo que depende del surgimiento de un proletariado ambiental (hoy más visible en el Sur global) donde se reconoce que nuestras luchas materiales sobre el medioambiente en el que vivimos, respiramos y trabajamos son realmente las mismas.

Tenemos que reconocer quién es el enemigo. Las ocho mayores corporaciones de combustibles fósiles del mundo emiten más dióxido de carbono que Estados Unidos, que representa el 15 % del total mundial. Tenemos que centrarnos en el capital y las corporaciones.

La lucha contra el oleoducto de Dakota recibió un amplio apoyo de todo el país, e incluso de pueblos indígenas fuera de los Estados Unidos. Aunque el conflicto todavía está abierto y la administración Trump se prepara para volver a la ofensiva, una gran batalla se ganó en diciembre. ¿Qué lecciones podemos aprender de la lucha por defender Standing Rock?

JBF: La lucha en Standing Rock ha dejado una huella indeleble en la lucha ambiental actual. Fue una gran victoria, aunque con la elección de Trump se establecieron las condiciones para la cancelación de lo que se había ganado. Los pueblos indígenas demostraron una vez más, como lo han hecho una y otra vez en los últimos años, su liderazgo en la lucha por la protección del medioambiente. Los protectores del agua se mantuvieron firmes mientras se atacaba con agua helada, sometidos a balas no letales y gases lacrimógenos, y atacados con perros.

El mundo entero abrió su boca de asombro. Era difícil no recordar las luchas de la era de los derechos civiles en el sur de Jim Crow. La batalla fue principalmente para proteger el agua que estaba amenazada por la perforación de una tubería bajo el río Missouri. Pero todo el mundo comprendió -y no sólo los ambientalistas que se unieron a ellos, sino especialmente los propios pueblos indígenas- que ésta era una batalla por toda la Tierra.

Para mí, sin embargo, el punto culminante fue cerca del final cuando miles de veteranos estadounidenses llegaron en masa, acercándose a Standing Rock en largas líneas sinuosas de vehículos que se extendían a lo largo de kilómetros, para proporcionar un “escudo humano” para los protectores de agua. Ellos declararon que estaban de pie con los pueblos indígenas -e incluso tomando sobre sí mismos el peso de disculparse de rodillas por la historia de cómo los Estados Unidos trataron a los nativos americanos. No es un accidente que el gobierno se rindiera un par de días después de eso.

El conflicto que se habría producido habría atraído a un número incalculable de personas a la resistencia ambiental y, en ese sentido, habría sido un desastre a gran escala para los poderes constituidos, por lo que optaron por retirarse en ese momento.

Pero lo que realmente lo hizo tan importante fue que representaba un acto de solidaridad recorriendo las líneas que históricamente nos han dividido. Es el surgimiento de la solidaridad humana en la hora de la necesidad lo que nos dice de esta manera que podemos ganar.

* Esta entrevista fue publicada en la versión impresa de Left Voice Magazine #2, verano (boreal) del 2017, y ha sido traducida por Santiago Benítez.








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