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ATENTADOS EN CATALUNYA

Entre unidades nacionales, rey y ’mossos’: un Régimen tocado

El 26A fue un hecho político inédito que merece ser reflexionado. Frente a la crisis del régimen y sus instituciones y la cuestión nacional catalana, entran en juego el choque de las dos “unidades nacionales”, cuya escalada, se sabe dónde empieza pero no dónde termina.

Cynthia Lub

Barcelona | @LubCynthia

Lunes 28 de agosto | 07:12

FOTO: EFE/ Quique García

Hasta hace unos días no estaba confirmada la presencia del rey en la manifestación convocada por Puigdemont y Ada Colau. Eran muchos los interrogantes con respuestas hipotéticas. Nos preguntábamos y nos respondíamos: ¿Qué sucedería si el rey no concurre a la manifestación del 26-A? Se trastoca la unidad nacional. ¿Qué ocurriría si el rey acude a la manifestación del 26-A? También cuenta con riesgos que llevarían a trastocar la unidad nacional.

Finalmente, el monarca estuvo presente, ¿cómo están las “unidades nacionales”? Es la primera vez que un rey participa en una manifestación. Felipe VI había encabezado la de Madrid en el año 2004 cuando era príncipe, tras los atentados del 11 de marzo de ese año en la capital, que causaron 193 muertos y más de 1.700 heridos.

Y es la primera vez en la historia de la democracia del Estado español que un monarca recibe semejante recibimiento. Los pitidos, silbatos y gritos de ¡Fora, fora! que recibió el rey fueron vistos y escuchados por toda la población ya que se retransmitían en directo por la televisión pública.

Pitidos que además le llegaron a Rajoy y a su comitiva del gobierno, rememorando el 2004 cuando por Passeig de Gracia un millón y medio de manifestantes gritaban “fuera el PP”, “PP asesinos” o “Tú eres el culpable, Aznar miserable”.

El 26-A fue un hecho político inédito que merece ser reflexionado en, como mínimo, dos flancos: uno, la crisis del régimen y desgaste de sus instituciones como la misma corona. Dos, la cuestión nacional catalana. Y aquí entran en juego el choque de las dos “unidades nacionales” cuya escalada, se sabe dónde empieza pero no dónde termina. El Régimen no está tan atado y bien atado.

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Los brutales atentados de Barcelona y Cambrils encuentran al Estado español en una situación en la que las contradicciones que abrió el ciclo de movilizaciones y huelgas generales con el 15M aún no se cerraron: crisis del régimen y sus partidos, crisis económica, cuestionamiento a las instituciones, un gran malestar social producto del paro, la precariedad, la violencia de género, los desahucios.

Un factor nuevo de la situación ha sido la emergencia de Podemos, que acabó actuando como factor de desvío para desmovilizar las calles y estabilizar el Régimen. La “segunda transición” tan prometida por el neorreformismo (sin reformas) está ayudando en ello, y mucho. “Creo que es muy importante estar juntos. Yo estoy muy satisfecho de nuestra lealtad institucional", dijo Pablo Iglesias cuando le preguntaron si le parecía bien la presencia del monarca en la manifestación.

Pero en cierta medida esa lealtad institucional se rompió el 26A. Y quedará para la historia esa gran bandera con visibilidad aérea que decía, “Felipe VI y Gobierno español, cómplices del comercio de armas. No tenéis vergüenza”. Las pitadas y abucheos al Rey fueron sonidos de aire fresco en una manifestación cargada de reaccionaria unidad nacional que lo instrumentaliza todo en un “duelo” único, bajo las putrefactas instituciones del Régimen del 78.

Estos hechos, que desbordaron incluso a las entidades que lo habían organizado, desafiaron la idea de que es imposible cuestionar esta unidad encabezada por Rajoy y el Rey. Porque parece que criticarla es ir en contra de la “democracia y la libertad” o “es faltar el respeto a las víctimas”, como dijeron varios analistas frente a los abucheos al monarca. Y por el contrario, si se cuestiona alguna de las instituciones o partidos catalanes, o no se reivindica a los mossos, se está del campo del centralismo español.

La unidad catalana: mossos “héroes” y la hipocresía de la Barcelona diversa y multicultural

Siguiendo con Pablo Iglesias, quien por supuesto marchó junto al Rey, Rajoy y Puigdemont, éste se posicionó tendiendo puentes, discursivos, hacia Catalunya, sin sacar los pies del plato de la unidad nacional española, “Creo que es muy importante haber estado todos juntos pero creo que hay que respetar la libertad de expresión, sobre todo después de las cosas que hemos escuchado en estos días tratando de acusar al Ayuntamiento de Barcelona que hoy ha dado un ejemplo enorme. Y hay que poner en valor el trabajo de los servicios de emergencia, de los mossos d’esquadra, de los profesionales sanitarios, lo que han hecho los taxistas, que hoy tenían que ser los principales protagonistas por encima del rey y por encima de todos nosotros”.

Ambigüedades difíciles de sostener mas allá de los discursos, frente a una de las tensiones más agudas del régimen. Pero podemos imaginar a dónde lleva la “lealtad institucional”.

El curso de la hoja de ruta soberanista venía siendo lo más incierto de todo. Hasta ahora ni Rajoy ni Puigdemont se animaban a tirar la primera piedra, aunque las tensiones se desgarraban entre campañas catalanofóbicas de los medios y la derecha, las disputas entre policía local y nacional y los discursos aún sutiles de unidad Pero contra el procés.

Pero el 26-A ha dejado mucho al descubierto y la agenda catalana se viene encima. Al día siguiente, Rajoy reclamó a Puigdemont que renuncie “a sus planes de ruptura, división y radicalidad”. El president, anunció claramente que continuará con el Referéndum y propuso una “transición corta y negociada” con Rajoy y la UE, si el Sí gana el referéndum.

La cartas están de nuevo sobre la mesa. Y en esta disputa de unidades nacionales discurre un juego peligroso para el Régimen, como lo es la escalada entre policía autonómica y nacional e Interior. Estamos hablando de una fisura importante, nada más y nada menos que de las fuerzas policiales. Tras una semana de tensiones mediáticas y un día después del 26-A, Puigdemont publica un artículo en La Vanguardia, en el que reclama que la policía de Catalunya “tenga la presencia y el acceso a los espacios tanto estatales como internacionales donde se coordina la información que tienen que conocer los diferentes cuerpos (…) Es una vieja demanda de los gobiernos catalanes”.

Mientras, todas las organizaciones y partidos catalanes (y no catalanes como Podemos), desde Barcelona en Comú, la ANC, Puigdemont y ciertos portavoces de la CUP han reivindicado la actuación de los mossos. No faltó en la manifestación el homenaje floral a estos “héroes” junto a la guardia urbana. Ni las camisetas de la famosa frase del major de los Mossos d’Esquadra Josep Lluís Trapero -transformada en hashtag #BuenoPosMoltBéPosAdios- surgida cuando en una rueda de prensa unos periodistas casposos se quejaban de su informe hablado en catalán.

Estos son hoy los otros intocables de la otra unidad nacional, en una suerte de “olvido y perdón” de los palos a la juventud del 15M. De la represión a las familias desahuciadas que defienden sus viviendas. De los estudiantes que luchaban contra el Plan Bolonia y todas las reformas educativas. De Idrissa Dialo, de Esther Quintana, de Yassir El Yonousi. De la represión cotidiana de una Ciutat Morta para la juventud precaria, las mujeres que luchan contra la violencia o la clase trabajadora que pelea contra los recortes y el paro.

De todo esto se olvidó la Barcelona diversa y multicultural de Ada Colau que dice luchar contra el racismo, mientras garantiza razzias a los colectivos de inmigrantes, a los manteros. Y en una hipocresía sin límites, las “tolerantes” instituciones catalanas alentaban a que representantes de las organizaciones de la comunidad musulmana, esa que sufre día a día la islamofobia, marcharan al costado del Rey y de Rajoy.

Mientras, el golpe habilidoso de la CUP en su denuncia a la monarquía por sus negocios con Arabia Saudí estuvo muy bien para puertas afuera. Pero, ¿puertas adentro? ¿O no es la burguesía catalana parte del imperialismo del Estado español? Por sólo mencionar algunos datos: el 40% del negocio bilateral entre el Estado español y Emiratos Árabes se debe a las empresas catalanas. La Multinacional Aigües de Barcelona cuenta con una destacada presencia en Latinoamérica. O Gas Natural con el negocio del gas en Argelia. Omisiones propias de la otra unidad nacional (catalana).

En tiempos de la “nueva política”, parece que la palabra “imperialismo” -la raíz del racismo y la islamofobia- debe quedar en el cajón de los recuerdos. Porque se trata de resistir y de limitar lo más que se pueda al capitalismo “inhumano y salvaje”, con políticas de “integración” a las comunidades de inmigrantes.

O mejor dicho de “asimilación” al sistema, ¡A ver si se organizan contra las leyes de extranjería, por el cierre de los CIEs, o se unifican con el resto de la clase trabajadora y los sectores populares! Ya hay ejemplos y pequeños pasos hacia ello. Pero también hay una gran comunidad árabe y/o musulmana sumida en la marginación y la pobreza imposible de “integrar”. Ripol es un ejemplo del fracaso de utopía del capitalismo humanizado y “tolerante”.

Contradicciones y particularidades de la unidad nacional catalana. Por un lado supo canalizar en el 26A esa bronca generalizada contra el Gobierno central y la Corona, representantes del centralismo español que utilizará todas las medidas represivas, si es necesario, contra el derecho a decidir del pueblo catalán.

Pero a la vez reforzó las instituciones del Govern, como los mossos d’esquadra, el Ayuntamiento y la propia Generalitat. Otra trampa para la clase trabajadora y sectores populares de Catalunya que sufren los recortes, la represión, el racismo y la islamofobia de una clase capitalista catalana que, entre otras cosas, nunca estuvo dispuesta a llevar adelante el derecho a decidir.








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