Política

NACIONAL

Entre el relato y el pragmatismo: Cristina, Lula y Scioli

La presidenta ocupó el centro en el acto que compartió con el exmandatario de Brasil. Las tensiones que la campaña desnuda y el futuro papel de CFK.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Jueves 10 de septiembre de 2015 | Edición del día

El mediodía de este miércoles y una fuerte lluvia fueron el contexto. El conurbano, el escenario. La protagonista, Cristina. Primer actor de reparto, Lula. Extras: Mario Ishi, Daniel Scioli y Aníbal Fernández. La presidenta montó un discurso casi fuera de época. La visita de Lula ayudó a dar un aire que hace rato no se respiraba en los cuarteles oficialistas.

En un escenario político marcado el resultado de las PASO, donde (aún) nada indica que no habrá segunda vuelta, Cristina volvió a brindar su apoyo a Scioli, quien a veces es “Daniel” y otras sólo el “compañero gobernador”, como ocurrió este miércoles. Una sutil diferencia con “Aníbal”, también presente, pero identificado por su nombre de pila. El trato disímil denota las tensiones del “proyecto”.

Necesidad y herejía

El kirchnerismo se vio obligado a aceptar como candidato a alguien que no era de su riñón. Esa autoimposición vino dada por la necesidad de mantener parte del poder político conquistado. El camino elegido fue el de la “fracción parlamentaria”. Pero el mismo supone para el oficialismo ganar claramente en octubre. La necesidad dio paso a la herejía de avalar a quien, hasta hace poco, se sindicaba como “parte de los noventa”. Pero eso se hace en interés de continuar existiendo como corriente propia.

Cristina está obligada a apoyar a Scioli y, al mismo tiempo, a diferenciarse. Mientras construye “sciolismo” debe seguir agitando las banderas del kirchnerismo. Paradojas de la coalición gobernante. De allí que este miércoles, junto al aval político al gobernador, haya sacado a relucir un discurso donde el relato cobró mística y un tenue tono antiimperialista.

Una condena a la brutalidad de los gobiernos europeos por la crisis migratoria (“andan tirando los inmigrantes de un país a otro como si fueran bultos”); la denuncia contra el capital internacional (“la culpa de la crisis la tienen los que crearon burbujas financieras”); el pedido de avanzar en la integración entre Argentina y Brasil; y el recuerdo de “aquella Cumbre de Mar del Plata, presidida por Néstor, donde le dijimos no al ALCA (…) no a la subordinación y a la dependencia de nuestro país”.

Un momento emotivo (y lleno de cinismo) llegó cuando la presidenta pidió “que nadie nos venga a poner de ejemplo a algunos países del norte (…) no quiero parecerme a países que expulsan inmigrantes y dejan morir chicos en las playas”. Cristina decía estas palabras a horas de que se conociera que un joven QOM, de apenas 14 años, había fallecido por desnutrición y tuberculosis. No en las playas argentinas sino en el Impenetrable chaqueño.

Un voto por el ascenso social

La campaña obligó a Cristina a hacer mención al escándalo que, por estas horas, recorre al PRO por las denuncias contra Fernando Niembro. La recurrencia al “choripán de oro” fue, al mismo tiempo, una respuesta a los discursos gorilas que se tejen desde la oposición.

El verdadero interpelado por el discurso presidencial apareció sobre el final. Fueron los sectores de las clases medias bajas y de la clase trabajadora que mejoraron su nivel de vida en estos años. En la tradición de Perón, el bolsillo era la “víscera más sensible”. Cristina, como buena peronista, habló directamente al bolsillo.

“¿Sabías Lula que fuimos el país que más clase media generó? 23 millones ascendieron en estos 12 años. También a ellos quiero dirigirme porque muchas veces cuando vos pasás de un estado social donde no tenías casa, no tenías auto o trabajo y de repente conseguiste trabajo (…) en una fábrica y en un sindicato que todos los años tiene paritarias libres y te aumentan el sueldo (…) a lo mejor te pudiste comprar una casita y antes alquilabas (…) podés tener un autito y antes solamente viajabas en el bondi; hermano a vos te hablo y te digo que recuerdes cómo estabas en el 2003, no para agradecerme porque tenías derecho a todo, pero tenía que venir un gobierno a reconocerte esos derechos”.

El relato se presenta entonces como ese (limitado) ascenso social. Limitado porque un tercio de la clase trabajadora todavía se encuentra en la informalidad; porque la pobreza acosa a una de cada cuatro personas; por la miseria que sufren millones, entre ellos la comunidad QOM donde vivía el joven Oscar Sánchez.

El ajuste que viene y la “Jefa”

Cristina cerró su discurso diciendo: “No den las gracias, guarden las fuerzas para reclamar que no les quiten nada de lo que tienen, para eso guarden las fuerzas”. Paradójicamente, quienes quieren “quitar” compartían palco con la presidenta. El programa económico que despliegan los asesores económicos de Scioli –esencialmente similar a los de Massa y Macri- implica atacar las condiciones de vida de la clase trabajadora.

Cristina, que lo sabe, se ubica a contramano de lo que la clase capitalista exige y los principales presidenciables ya garantizan: un ajuste. Se propone terminar su mandato como vocera explícita del “Nunca menos”. Desde ese lugar simbólico y con las bancas conquistadas posiblemente buscará ubicarse como referente de amplios sectores progresistas cuando Scioli despliegue una política de ajuste.

Hace meses, cuando el gobernador de Buenos Aires fue “ungido” candidato presidencial, los analistas hablaron del pacto del helicóptero. Allí se habría tejido un acuerdo a futuro donde el kirchnerismo no aceptaría “ajustes fondomonetaristas”.

Pero el escenario de la economía internacional y sus golpes sobre la Argentina cada día acercan más esa perspectiva. Cristina Fernández y el kirchnerismo “duro”, después de haber ayudado a encumbrar a uno de los posibles ajustadores, se preparan para distanciarse. Las tensiones políticas a futuro, si Scioli resulta ganador, parece no cesarán.







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